CRÓNICAS DIARÍAS

-¿Qué va a ser hoy Don Emiliano?

-A ver qué tienes…

-Pues de primero un guiso de lentejas. Espaguetis a la carbonara. Y rabo de toro estofado…

-¿Qué me aconsejas tú?

-Yo me decidiría por las lentejas ¡De primera!

-Pues tú mandas. Una de lentejas. ¿Y de segundo?

-Merluza a la plancha. Revuelto de ajetes. Y bistec con guarnición de verduras.

-Hoy me apetece pescao, esta semana ni lo he olido.

-De postre, ya sabe: Flan, fruta, o cuajada.

-Fruta, fruta, ya me conoces.

-Pues ahora mismito le traigo las lentejas… ¿De beber?

-Agua, que es muy sana…Por cierto, ¿No ha llegado aún Miguel?

-Pues no, y ya es raro, porque suele ser el primero…Mire, ahí llega.

La camarera vuelve a sacar su libreta del bolsillo del delantal y espera a que el anciano se siente junto a su compañero.

-¿Qué tal Don Miguel? ¿Cómo va todo?

-Va, hija, va… ¿Ya has pedido tú?-Indaga jugueteando con la servilleta-

-Si.

-Y ¿Qué?

-Lentejas. De segundo para ti, el bistec y de postre…

-Mi cuajada. Y una cervecita bien fresquita, pimpollo-Y levanta la cabeza guiñándola un ojo con picardía-¡Mira que estás guapa hoy, niña!

-¡Zalamero!-Sonríe ella-A ver si somos más originales, que siempre me dice lo mismo.

-¿Y qué quieres que te diga? ¡Ay, si yo tuviera tus años! No te me escapabas tú, así, como así…

La muchacha se aleja hacía la barra. El abuelo se queda extasiado con el vaivén de sus caderas.

-Deja ya de mirarla. Se te va a caer la baba.

-Que pena de juventud derrochada-Comenta encogiéndose de hombros-

-¿Y quién te dice a ti que la derrocha?

-Es verdad. Seguro que no-Se lamenta aflojando el nudo de una corbata algo desfasada-¿Has leído el periódico de hoy?

-No, ni ganas ¿para qué? Está uno harto ya de tanta mamonada.

-A ver…Ya están aquí las lentejitas. Y cuidado que queman.

-Gracias, maja-Contestan a duo.

No puede evitar remirarla de nuevo hasta perderla de vista. Se vuelve y soplando la cuchara, procurando no quemarse, roza los labios con temerosa precaución. El caldo entra despaciosamente calentando su garganta de forma casi instantánea.
Al minuto llega de nuevo la joven con una bandeja.

-Aquí les traigo las bebidas…

-Si es que no se puede ir como vas, hija…

-Déjala ya, hombre, no te metas más con ella. Tiene que trabajar.

-Gracias Emiliano, usted siempre tan atento-Asiente jovial retirándose un mechón de la frente con un gesto que no pasa desapercibido al abuelo.

-Anda, ve ya a tu trabajo, niña…Cada día me vuelve más loco.

-Miguelito…Cómete de una vez las lentejas y no sueñes más.

-¡Que putada de vejez, macho!

-Si, ya, eso ya me lo sé, así que cambia de tema.

-¿Y de qué quieres que te hable? ¿De cómo va el país? Porque, chico ya estoy un poco hasta los cataplines de tanto gorrón como hay por ahí.

-Siempre ha sido igual-Le recrimina con la boca llena sin darle demasiada importancia-

-No, Emi, no siempre ha sido igual. Antes había unos ideales que…

-Y una mierda los ideales-Masculla sin énfasis- El rico vive, el pobre subsiste. Como toda la vida. Ahora, antes, y después.

-¿No me digas? Tienes que reconocer que las cosas van peor cada día. Dime tú si no, como es posible que antes no salieran tantos malasangres.

-Tú mismo lo has dicho. Antes no sabíamos de la misa la mitad. Ahora parece que le han cogido el gustillo a refregárnoslo en las narices.

Tan abstraídos se hallan que apenas perciben las manos que retiran los platos ya terminados. Solo un alejamiento de la mesa y un llevarse la bebida a los labios.

-Que asco Emi ¡Otra guerra es lo que hace falta en este país!

-Eso, ¿que pasa que ya no te acuerdas de lo que es pasar hambre y calamidades?

-Pues de eso se trata. De qué la gente sepa lo que es eso ¡Como no lo vivieron!

-Yo no quiero que mis hijos y mis nietos pasen por lo mismo que yo pasé.

-Un bistec de primera para Don Miguel y una merluzita para Don Emiliano ¿Cómo estaban esas lentejitas?

-Riquísimas.

-Tenías razón, niña, pa chuparse los dedos.

-Emi, esto que pasa es porque falta mano dura.

Emiliano ataca la merluza cuando esta más indefensa se encuentra. Despacio y retirando meticulosamente las espinas, le rebate sin levantar la vista del plato.

-Deja en paz a los muertos.

-¿Me vas a decir que no se vivía mejor con él?

-¿Porqué no dejas el tema? Sabes de sobra lo que opino de eso.

-No te gusta ¿he?

-Está de muerte, esta merluza-Dice evadiendo por completo el reto.

-Si, el bistec también, pero eso no es lo que te pregunto.

-De muerte.

-Emi, nosotros llevábamos mejor el país, admítelo.

-No me retes Miguelito, que siempre sales perdiendo.

-Cógeme el guante, anda, sé valiente.

-No veo ningún guante.

-Acepta que fuimos los ganadores. Que vosotros, los del otro lado…

Varias cabezas se vuelven en su dirección al escucharle.

-Estás dando la nota, chico. Yo que tú me callaría un rato. Aburres al personal.

-¿Te acuerdas…?

-Yo no me acuerdo de nada. Ya sabes; el Alzehimer.

El anciano respiró hondo sin reparar en la camarera. De nuevo retiró los platos, para volver con los postres.

-¿Unos cafés?

-Claro que si, niña. Dos cafetitos. Un descafeinado corto de leche y otro solo.

-Están dejando el país como un solar. El barco se hunde y nosotros sin hacer nada.

-¿Y qué quieres que hagan dos viejos chochos como nosotros?

-Luchar. Levantar a todos los que hicieron la guerra-Afirma con un visible temblor en los labios, victima de sus ochenta años.

-Muy bueno el café ¿Qué hizo el Madrid?

-Ganar. Tres cero.

-Y ¿el Atleti?

-Perdió, uno, cero. En el último minuto- Le informa enterrando sin dificultad la conversación anterior.

-Como siempre ¿Pagas tú o yo?

-Yo no he traído la cartera.

-No te preocupes, pago yo.

-Estoy loco por salir fuera y fumarme un cigarrillo ¿Nos vamos?

-Si, yo también. Déjale algo de propina a la niña.

-No te preocupes ¿Un euro?

-Un euro está bien.

-Hasta mañana, guapa.

-Hasta mañana…Y gracias.

-Las que tú tienes, reina.

La muchacha contempla la escena tras los cristales. Los dos ancianos se pasan el mechero y encienden unos cigarrillos. Se abstrae y divaga sobre la pareja que ya se aleja como si se apoyaran en uno en el otro. Nadie que los hubiera escuchado y no supiera de sus escenas diarias, podría adivinar que eran hermanos, que se encontraban viviendo juntos, que juntos habían hecho la guerra en bandos diametralmente opuestos y que se querían más que a nada en este mundo.

LA NAVIDAD ES UN CUENTO Segunda parte de Fantasía de Navidad

Secuencia recogida momentos después de dar a luz

-…La verdad es que es muy hermoso. Indiscutiblemente, la llegada de un nuevo ser, es algo prodigioso.

-Si-Suspira profundamente el Ángel de la Anunciación batiendo sus alas alegremente. Su dulce sonrisa, bendita y angelical, llegaba hasta la piel del infante recién nacido dibujando en sus mofletes unos sonrosados círculos. Perfectamente redondos. Hermosamente diseñados por una divinidad artísticamente inigualable.

La recién madre, aquella Maria horas antes temerosa y primeriza; le atrae hasta su pecho y sin poder despegar los ojos del niño, lo amamanta con tal mimo, que José, su marido, se siente lleno de una paz desconocida en su memoria.

-¿Y ahora qué?

-¿Ahora?-El Ángel de la Anunciación se rasca con una pluma en un punto perdido de su cogote-No lo sé. Todo depende de ellos-Añade levantando la cabeza en dirección al pequeño grupo que se agolpaba alrededor del nacimiento.

-Pues estamos apañaos-Bufa la anciana sonándose los mocos y las lágrimas; ambas cosas resultantes de la emoción-¡Menuda nos espera!

-Ellos ya hicieron su trabajo- Dice señalando al trío que conforman el recién nacido, y los jóvenes padres- El niño ya ha nacido. ¡Y mire que ha costado!

-En eso le doy la razón…

De pronto suena una melodía. El Ángel recoge sus alas y se busca en el bolsillo. La música va aumentando el volumen: “Resuenan con alegría, los cánticos de mi tierra, y viva el niño de Dios, que ha nacido en Nochebuenaaaaa…”

Desconcertado y nervioso, pulsa la tecla correspondiente, mientras entre dientes refunfuña ofuscado.

-¡Pero si no tenía cobertura! ¿O era…?-De pronto se da cuenta de con quién está hablando y tartamudea…

-Si, si Señor…Ya nació. ¡Y qué hermoso es…! ¡Nunca vi…- Se para en seco sonrojándose al instante-Claro, faltaría más…No se preocupe. Pronto estaré de vuelta. Claro, claro…Otras cosas que hacer, si. Entiendo…Si, está claro, mi trabajo ha terminado…Si Señor- Luego, excitado-Esto… ¿Podría quedarme un ratito más? Sólo sería un ratito. Le aseguro Señor que no dejaré…-Una amplia sonrisa dulcifica aún más su imagen- Así es, salió todo según lo previsto-Se relaja y con un sencillo-Gracias-Apaga el aparato.

-¡Estos móviles!-Le recrimina la anciana. Yo, ni sé como ni de qué manera se usan. ¡Menudos cacharros!… ¿Con quién hablaba que le importuna en un momento como este? ¿Su jefe?

-¡Dios!-Exclama mientras apaga el teléfono-Una de las plumas se le ha quedado enrollada en el móvil-¡Perdón por el escándalo!-Vocifera a grito pelao-Los que allí se congregan le miran aturdidos. El Ángel ya no sabe ni dónde meterse.

La anciana le sonríe y le tira de la túnica como quien es pillado en una travesura.

-No se preocupe, hombre, si aquí cada uno va a lo suyo.

-Es que…-Su sonrisa ya no es tan angelical, más bien se asemeja a la de una diminuta pulga (por lo de pequeña e insignificante)-Tengo que irme, aunque me muero por quedarme un poco más… ¡Es tan dulce!

José se acerca a Maria y le susurra:

-Voy a darle las gracias. ¿Te parece Mari? Se ha portado muy bien con nosotros.

Ella asiente.

_Ve. Y dile que sin su ayuda este milagro tan increíble, jamás hubiera sucedido.

No deja de asombrarla, y continúa, arrobada, observando a su pequeño.

-Oiga…-José alcanza al Ángel a punto de salir casi de puntillas para no ser visto- Espere. Quiero darle las gracias. En mi nombre, y en el de mi mujer. Es usted un ser único.

-No diga eso. Soy normalillo. Del montón-Afirma azorado mientras se vuelve.

-Se lo digo como lo siento. Esto que usted hizo no lo hace cualquiera. Su gesto fue encomiable.

El Ángel se siente como en una nube.

-Ahora cambiaran las cosas. Él ya ha llegado-Afirma completamente convencido.

-Yo también lo creo…

Poco a poco, las ventanillas se van abriendo. Alguien da una palmada. Los demás se observan perplejos. Luego otro más, y otro, así hasta que toda la sala irrumpe en un cálido aplauso. Unidos por un contagioso júbilo, asienten entre si, convencidos de que un nuevo mensaje ha llegado a sus vidas.

Un tono, esta vez más discreto, le saca de su embeleso.

Todos le examinan con curiosidad. El negro del turbante, aquel que sus colegas llaman Melchor, le dice entre carcajadas:

-Mira a ver quién es; hombre de Dios…

El Ángel, visiblemente atolondrado, saca el móvil y lee el mensaje: “¡Ya estás arreando, te estamos esperando para la comida!”- Y más abajo- “Tu padre”.

UN CORAZÓN A PRUEBA DE BOMBAS

- Usted si que sabe escuchar. Con usted da gusto, es de las pocas personas que conozco que saben escuchar con atención. Me gusta charlar con usted, Doña Emilia, me gusta mucho.

- Ya. ¿Oye tú no te has dado cuenta de que estoy más sorda que una tapia y que si te miro fijamente y sin decir ni media, es para seguir el movimiento de tus labios porque así no pierdo ripio de lo que me cuentas?

-¿No me diga?

- Si, hijo, si. Que parece mentira con los años que hace que nos conocemos y todavía no lo sepas.

- Pues no me había dado cuenta. Es que se pone usted tan seria cuando le cuento mis cosas.

- Claro, hombre. Es bastante difícil reírme y seguir la mímica de tus labios.

- Ahora que lo dice…

Marcial siempre ha sido un poco despistado además de un Don Nadie. Cree en eso de que el trabajo dignifica, y aquello que cantaba Rafael: “El trabajo nace con la persona, va grabado sobre su piel…” Y un montón de tonterías del tiempo de Mari Castaña. Recoge y limpia todas las noches los cubos de la basura del mercado del barrio con tal pulcritud, que no parece sino que fuese ha hacer el Camino de Santiago. Que no le recrimino yo que ponga toda su atención en ello, no, pobre; yo no le discuto eso. Lo que me da rabia es su puntualidad extrema, el ritual, la desesperante dramaturgia con la que se entrega a esta tarea como si en esos cubos, además de toda la mierda del mercao, entregase su alma entera…Claro que no me extraña, si hasta cuando se sienta en un escalón de la puerta de Iglesia para pedir su limosna, lo hace con toda una serie de detalles que hasta haría hablar a un muerto. Todas las mañanas, puntualmente a las nueve, nunca antes ni después, le verás introducir su mano derecha en el bolsillo y sacar un impoluto pañuelo medio roído por el tiempo, y con sumo cuidado extenderlo en el suelo. Después y con una sonrisa de dientes que jamás han vislumbrado ni un mísero cepillo, cándido y con un gesto eficientemente bien aprendido, sin querer molestar en demasía a los feligreses; prolonga su mano hasta rozar faldas y pantalones en una actitud de rendida pleitesía. Se saca sus buenos euros, vaya que si. A las diez de la mañana, finaliza su tarea. Recoge el pañuelo, lo junta en las esquinas y sin contar las monedas, se acerca al bar de la esquina, pide un carajillo al camarero y un cigarrillo “de gratis” a cualquier conocido. Después de esto se pasará por las puertas y tocará timbres. Las vecinas, siempre dispuestas a echarle una mano, le mandaran recados y él, loco por el “servicio bien prestado”, acudirá a traerle el pan a “la Antonia”, la leche a “la Julia”, las verduras al “Sebastián”. De esta manera lavan sus conciencias. El año pasado, yo misma le regalé un abrigo de mi difunto, ya desaparecido hace diez años. Me daba una pena tremenda desprenderme de el, pero el armario se me estaba quedando chico y no tuve más remedio. Le quedaba grande y los bolsillos deshilachados mostraban un poco el paso del tiempo. Además de eso, el forro sobresalía en los bajos de la espalda. ¡Con cuanta ilusión lo compró Daniel allá por los años setenta, y cuanto provecho le sacó en las décadas siguientes! Ahora era justo que sirviese para una buena obra. Digo, yo. Sé que Marcial me lo agradeció infinitamente. El hombre me miraba y remiraba y parecía que le costaba encontrar las palabras. Apenas le salió un “gracias” atragantándose y tartamudeando, imagino, por la emoción.
Y se fue tan contento, lo sé porque no hacía más que mirarlo y remirarlo, metiéndose las manos en los bolsillos y calibrando la buena obra y la excelente calidad del paño. Yo me acosté aquella noche con un sentimiento extraño, mezcla rubor por lo que pudiese pensar mi difunto si se levantase de su tumba y reconociese su abrigo en el infeliz del Marcial, mezcla por la bondad de mi obra. Aquel invierno, Marcial dejaría de pasar frío, me decía al tiempo en que me acostaba.
Pocos días después una gélida mañana de Diciembre lo encontré en la puerta de la Iglesia. Como fuese que hacía un frío de perros y no le viese con el abrigo puesto, le pregunté intrigada.

- Oye, ¿Qué pasó con el abrigo?

Él me observó largamente. Ladeó la cabeza como si meditara tomándose su tiempo para contestarme. Luego, con aquella sonrisa de funambulista, suspendido en un alambre delicadísimo, me endosó, como el que no quiere la cosa:

- Pues mire, Doña Emila, se lo regalé a un vecino. El pobre cuando me vio saliendo con el, el mismo día en que usted me lo dio, me dijo que siempre había sentido envidia de su difunto cada vez que se lo veía puesto. Me pareció que lo necesitaba más que yo y se lo regalé.

Yo me quedé con la boca abierta.

- ¿Y a quién se lo diste?- Quise saber intrigadísima.

- A Don Genaro.

- ¿Mi cuñado?

- El mismo.

Sus harapos hacían enrojecer mi cara. Su bobalicona sonrisa se me infiltraba entre los huesos, dejándome más helada que el glacial viento de la mañana.

- ¡Si hubiese visto su cara, Doña Emilia…! Si hubiese visto su cara. Yo pensé: nunca más sentirá envidia. ¿Qué le parece Doña Emilia? ¿A que hice una buena obra de caridad?

Me limité a sacar cincuenta céntimos de mi monedero y echárselos en aquel arqueológico pañuelo.

UNOS POCOS SENTIMIENTOS

A veces no me doy cuenta de que La Dulzura no es un cuento. Sé que puede narrarse sola, e incluso sacar alguna sorpresa de esa chistera y regalarme instantes sospechosamente hermosos. Todo eso lo sé. En cambio dudo de su permanencia. Aclararía algo el sobreponerme a su influjo. No abandonarme como si de una siesta se tratase. Plácida y armónica, siesta de orinal y bandeja de plata para mis sueños, avaros por denunciarse, soplones del mensaje, que un día olvidado, buscaron el garabato y el engaño.
En el mes de Mayo y junto a mi aquiescencia humanoide, los rayos de sol, filtrados por el tamiz de unas nubes abarrotadas de una filosofía sin precedentes, me senté a la puerta de mi casa y esperé. No tardaron en llegar La Bondad y El Amor. Venían de la mano como dos buenos emisarios de paz. Enarbolando un privativo crisol, rumbero, orgulloso y fanfarrón, me invitaron a negociar. Yo, ante aquellos fuegos fatuos, en un primer momento decliné la oferta. “Prometemos, prometemos…” Exclamaron a un tiempo. A mí, que la duda me suele durar lo que duran dos parpados sin parpadear, me entró la angustia. El alma y corazón me dieron toques de aviso. ¿Será que hoy no es mi día? ¿Será que no pongo suficiente atención? ¿Será…? Sé que en aquel interrogatorio hamletriano, la existencialidad del momento podría jugarme una mala pasada, de este modo busqué en mis recuerdos-las defensas que genera el cuerpo humano son insospechadamente descomunales-sorprendiéndome de mi propia agilidad mental. Rápidamente comenzaron a brotar relámpagos de tiempos vividos, instantáneas sicodélicas envueltas en preciosos papeles de seda, malabaristas de circos fantásticos y fantasiosos. Orates de mundos Kabukis, prestos a saciar mi curiosidad dentro de un fastuoso escenario. Mis evocaciones, bajo una acelerada lluvia de exaltaciones-el recuerdo siempre se desfigura con el implacable paso del tiempo- no tuvieron más remedio que adueñarse del espacio. Furtivos, los recuerdos, como manchas de un aceitoso elixir, fueron expandiéndose a su capricho por todo lo largo y ancho de mi memoria. De esta manera y queriendo abreviar, me topé con el error. Encontré frases de una enajenación sin contornos, es decir, hijas de la juventud y la inexperiencia muy propias de quién poco o nada ha vivido. Momentos caóticos, cifras superlativas de anacronismos resaltando lo frágiles que somos ante el extenso proceso de una vasta vida.
Sofocada y altamente conmocionada por el sin fin de abrumadoras meteduras de pata, decidí dar rienda a mi imaginación y me rendí.
Y entonces, con una furia sin igual se pasearon con Orgullo, El Rencor y Los Remordimientos. El primero con un ansía de maldad inconmensurable, los segundos e igualmente poderosos, con un ejercito multitudinario y devastador. Por igual, intentaron aniquilar mi ánimo. Por igual, me restaron la fantasía que se esconde en cualquier corazón primitivo, sencillo y carente de vanidades.
Ni que decir tiene que la lucha resultó encarnizada. Por un lado, mis sueños se resistían ante la brutalidad de aquel ataque tan despiadadamente salvaje, por el otro, El Orgullo, enarbolando la bandera del ciego Odio y empuñando la caníbal espada de lo irracional, en sus vaivenes, iba dejando a su paso un reguero putrefacto, oscuro y letal de todo aquello que llevase el nombre “ingenuidad” en cualesquiera de los sentimientos que mi ser atesorase.
Fue injusta la lucha. Desigual el ataque.
Al cabo del tiempo y la lucha, años más tarde, mi corazón aprendió a restarle importancia al asunto. Cada vez que rememoro la contienda, reconozco la sabiduría que se encierra en aquel acontecimiento.
Por eso mantuve mis propios rehenes, Así es, aún los mantengo presos.
La Justicia se encargó de ambos. Siguen entre rejas. El Orgullo y El Rencor, con muy pocos adeptos, esa es la verdad, fueron relegados a una parte de mi conciencia dónde jamás puedan volverse fuertes. El, todopoderoso Olvido se encargó de ellos.

SONATA PARA TRÍO

Si, lo recuerdo muy bien. Fue el poeta el que dijo: “¡Si, lazos para coger chochas! Demasiado bien se yo con que prodigalidades presta el alma juramentos a la lengua, cuando hierve la sangre”.
Efectivamente, así es. Más, este adagio, este tempo lento de Albinoni no era exactamente de su autor. No ¡voto al cielo! Que no. Cabalmente, señor, Giazzoto, el biógrafo; lo completó.
El larghetto de concierto para trompa numero 3 en mi bemol, sustitutivo del adagio del señor Mozart, es un ejemplo emotivo en el lugar de los allegro… Y ya que el señor Mozart sale a colación, el primer momento, recuérdelo usted bien, del celebérrimo Réquiem, fue lo único que este ilustre maestro escribió. Única y exclusivamente el “Réquiem Aternam” y el “Kyrie” así como la partes vocales y el bajo continuo de la secuencia “Dies Irae”, hasta el octavo compás del “Lacrimosa”. Süssmayr, resultó el alumno que bajo la batuta del maestro la concluyó…
Más, si usted por un casual no ha tenido el inmenso placer de escuchar el Area “Der Hölle Rache Kocht in meimen Herzem” por la “Reina de la noche”, es que usted, querido amigo; no sabe para qué tiene los oídos…
Perdón, perdón, siento haberle ofendido. Acepte mis disculpas. Más ¿hay algo más hermoso que una flauta-garganta? Pues eso; mágica.
Y más, aún más mágica; la palabra. “…La peste de tales estúpidos, pintureros y fantásticos petimetres ¡Estos nuevos afinadores de palabras: Por Jesús, que excelente espada! ¡Que tío! ¡Valla una puta de postín! ¡Que! ¿No es cosa lamentable, abuelo que hayamos de vernos molestado por estos extranjerizantes moscones, esos figurines de moda, esos pardanez moi, tan apegados a la nuevas formas que no pueden sentarse con comodidad en un banco viejo? ¡Ho, sus bons! ¡Sus huesos!”

_ ¡Mariano; la cena!

…¿No le decía? Me parece, tengo la impresión de que me leen la mente ¡Estúpidos botarates! ¿Quién puede pensar en la cena en un momento educativo como este? ¿Cómo cerrar la clase? Pero usted no los atienda, por Dios, ni les hable. Usted y yo, a lo nuestro ¿Por dónde íbamos? A, si, “Mi canción, dijo Tagore, “Mi canción te envolverá con su música, hijo mío, como los brazos entrañables del amor…” ¿Ve usted lo que le digo? ¿Lo entiende? Si quiere se lo explico de una vez; por mí, que no quede…Bueno, bueno, no digo más. A ver, ¿cómo era eso…? “No temo eso, que de día me avivo por dónde venga de noche. Que jamás me subo por poyo mi calzada, sino por medio de la calle. Por qué, como dicen, no da paso seguro quien corre por el muro, y que aquel va más sano que anda por llano…”
Si, si; eso era. Perfecto, redondo ¿A usted que le parece?

_ Mariano ¡La cena!

Parece que oigo voces…Pero no, creo que es el viento que silba y silba como los dragones… ¿Qué dice? O si, por supuesto. No faltaría más, querido alumno; ahora mismito se lo aclaro. El “¿porqué son rechazados hacía sus naves los Aqueos melenudos? Libradme, Ho, dioses de las crueles desventuras que un día me anunció mi madre al decirme que, estando vivo yo aún, el mejor de los Mirmidones perdería a manos de los Troyanos la luz de Helios…” etc. Lo meditaba Aquiles en la “Rapsodia” XVII o XVIII. No, no, es en la; XVIII. Exactamente en la; XVIIII.
…Pero escuche; si de simbolismos hablamos; niégueme a Dante. Hágalo y le retorceré el pescuezo ¿Existe algo más encuadrado en el simbolismo que esto? “A mitad del camino de la vida me encontré en una selva oscura por haberme apartado de la recta vía…”

_ ¡Mariano!

Usted no haga caso. Ni respire. Si ninguno de los dos hacemos ruido; creerán que nos hemos ido. Silencio…

_ ¡Mariano! Pero… ¿Será posible? ¿Dónde se habrá metido el viejo este?

Chitón ¿he? ¡Válgame el cielo! El “Finale Alegro con Fuoco” de Chaikovsky, me retumba en la cabeza… ¿No lo oye usted también?

_ ¡Mariano! ¿Se puede saber dónde estas?

Calle, calle; hable más bajo ¿No ve que nos van a encontrar? Péguese a mí. Así, muy bien. Y ahora calladito… ¿Lo oye?¿Escucha el “Aleluya del Mesías” ¡Handel!… Ale, ale, aleluya, aleluya, ale… ¡Que hermoso es! ¿Verdad?… usted siga; no se pare. Apriete bien la cuerda…Apriete. Ahora escucho mucho mejor a los ángeles.Ahor…

-¡Marianooooo!

FIN

FANTASÍA DE NAVIDAD

A PETICIÓN DE NUESTRA VECINA ANNE AQUÍ VA MI APORTACIÓN A ESA ESTUPENDA IDEA DE IMAGINAR UN CUENTO DE NAVIDAD. HE DEJADO EL ENLACE DE EDUARD EL PRIMERO EN PONER EN MARCHA LA INICIATIVA.

http://eduardblanco.wordpress.com/

- Hola, buenas, vengo a traer la paz…

- ¿Y usted quien es?

- Soy el ángel del pesebre.

- Ya- Contesta el funcionario observándole con sus gafas de pasta de marca apoyadas sobre un tabique nasal bastante pronunciado- A ver, muéstreme sus papeles.

El ángel saca una carpeta de color azul cielo debajo de su túnica y extrae de ella un papel que entrega al funcionario.
Él hombre lo examina con minuciosidad.

Parece que está todo en orden… No sé…- Se queda pensativo durante unos instantes y entregándoselo le indica con desdén- Dos sellos y…

- ¿Como que dos sellos? Yo pensé que estaba todo en regla.

- ¿Está cuestionando mi trabajo?

- No, no señor- Contesta el ángel visiblemente preocupado- Nada de eso. Solo que…

- Entonces no me haga perder el tiempo. Le digo, dos sellos en la ventanilla quince ¿Estamos? Y, a ver; en la ventanilla dos, entrega todo el papeleo. Después de pasar por ella, vuelva.

El ángel parpadea incrédulo. Ante si, ambas ventanillas se encuentran repletas de personas esperando ser atendidas. Pierde la cuenta de los que esperan.

- Perdone ¿Hasta que hora tienen abierto?- Indaga con cierto temor.

– Hasta las dos.

- ¿Y si no me diera tiempo?

- ¿Quiere hacer el favor de marcharse? Me está engordando la fila. Si no puede hacerlo hoy, vuelva usted mañana.

- Es que yo lo necesito para hoy. Esta noche es veinticuatro de Diciembre.

- ¡Y a mí que me cuenta! Haber venido antes, ¡no te jode, el señorito! ¿Quién se habrá creído que es?

- Perdone- Vuelve a insistir ya nervioso- Pero es que yo soy el ángel de la Anunciación.

- Ya, eso ya me lo ha dicho- Le responde cerrando la ventanilla desafiándole tras los cristales. Una sonrisa maliciosa asoma descarada y soberbia consciente de su poder.

El ángel cargado con sus enormes alas, se dispone a sumarse a la fila.

- ¿Es usted la última?

- Si, señor, yo soy la última.

La joven embarazada tiene una sonrisa dulce y angelical.

- Mi marido está en la otra ventanilla, para no perder tiempo, ya sabe.

- Ya me imagino… Si está cansada puede sentarse. Yo le guardo la vez.

- Muchas gracias. Es usted muy amable- Y volviéndose se presenta- Me llamo María.

- Y yo Ángel de la Anunciación.

- ¿Así se llama?

- Si señora.

- Que nombre más curioso.

Un joven con aspecto desaliñado, enjuto y con barbas de más de un año, se les acerca.

- Le presento a mi marido. José, este hombre tan amable dice que nos guarda la vez. Yo voy a sentarme, estoy un poco cansada.

- Si, ve… Así que usted se llama…

- Ángel de la Anunciación.

- ¡Menudo nombre!

- Si, ya me dijo su mujer… ¿Me perdona?, tengo que hacer una llamada.

- Claro, hombre.

El ángel saca el móvil y espera.

- Nada, imposible comunicar- Comenta fastidiado.

- ¿Una llamada importante?

- ¡Y tanto! Necesito hablar con mi jefe. Ya le dí un par de toques antes, pero ahora parece ser que me he quedado sin saldo.

- Pues si es importante, tenga el mío- Le ofrece el joven con prontitud.

- No sabe cuanto se lo agradezco. Será solo un minuto.

- ¿Jesús?…Si, es que me quedé sin saldo…Oye, que esto va para largo…Claro, eso digo yo…Si, si, evidentemente…Así es, pero figúrate la hora que es, yo no sé si podré…Si, lo intentaré, pero ya te digo…Bueno, estamos en contacto. Oye, que gracias por todo. Si, que te digo que yo haré lo posible…Hasta pronto.

Son la una y media de la tarde y quedan aún diez personas frente a la misma ventanilla. Los funcionarios no paran de mirar el reloj, ansiosos porque las manecillas cumplan el horario de cierre.
La joven embarazada está como ida, sudando se retuerce las manos continuamente.
Para que el tiempo se haga más corto y la desesperación no se apodere de sus nervios, se le ocurre mantener una conversación con el joven.

- No parecen ustedes de aquí.

- No, venimos de muy lejos.

- ¿Cuánto le queda?- Indaga desviando la vista hasta la muchacha.

- Ya ha salido de cuentas, así que en cualquier momento…

- Pobre, y yo pensando en lo mío.

- Si, figúrese nosotros, con el día de perros que hace, y aquí, esperando a ser reconocidos.

- ¡Anda, claro!- Dice dándose una palmada en la frente- ¿Ustedes deben de ser…?

- Si señor, los mismos.

- ¡No sabe lo emocionado que me siento!…- Luego intentando dar un deje enfadado- Habría que hacer algo, esta gente no tiene corazón…

De pronto se le ocurre una idea.

- ¡Señores!- Grita en medio de la sala- ¡Señores, María va a dar a luz, tenemos que agilizar esto! ¡Tengan corazón!

Un murmullo de agrias voces llena la sala.

- Yo también tengo prisa, soy Gaspar.

- Y yo Herodes. No sa fastidiao. Que espere su turno, como todo el mundo.

- Eso, a ver si se cree que los demás no tenemos prisa. Si Estrella que es la primera, no sale de aquí, ya me contará quien.

- ¡Señora, que nosotros…!

- Calma, calma, por favor, un poco de calma. Todos tenemos prisa.

- ¡José, que me parece que…!

- No puede ser- Comenta el joven desesperado- No puede ser Mari, ¿seguro que controlas las contracciones?

- José, que el niño ya está aquí.

Todos se quedan mudos. Los funcionarios cierran sus ventanillas al mismo tiempo unidos por un fin común. Su hora de salida.

- ¿Serán sinvergüenzas?- Se escucha con rabia.

- No tienen corazón.

- Habría que mandarlos al paro.

- Eso, todos al paro…

- …Oye, que esto…Si, ya mismito, acaban de cerrar. Claro, menudo follón se ha armado. No creas que han tenido consideración alguna, nada. Ha llegado su hora y aquí nos han dejado a todos. Lo peor es lo del niño. Si, haré lo que pueda. Habrá que llamar un médico o algo parecido. Yo no he traído el coche, pero alguien…- Los gritos de María le sobrecogen- Oye, te tengo que dejar, esto se pone feo.

- ¡Un médico, por favor, que alguien llame a un médico!

- José, que no hay tiempo. Que el niño ya viene…Uf, uf- Respira con dificultad.

Entre todos la tumban en un pequeño sofá. Una mujer ya entrada en años la coge la mano con ternura.

- No te preocupes niña, todo irá bien.

El ángel se coloca a su cabecera. José, su marido, intenta mantener el tipo haciéndose el valiente.
Las mujeres se arremangan y consultan entre si. Los hombres suplican arrodillándose y pidiendo al cielo no ser necesarios.

Entre lágrimas, María busca, indefensa, un valor que no está muy segura de encontrar. Abre sus piernas y espera el milagro. El milagro llega asomando la cabecita. Sonrojado y sucio, pero hermoso, como todos los recién nacidos. La fuerza de María, el estimulo de los que les rodean y la madre naturaleza, hacen que la maravilla de la vida, aparezca. La joven madre ríe y llora al mismo tiempo. Alguien corta el cordón umbilical. Todos se llenan de una alegría espontánea. Se abrazan unos a otros a otros, sin conocerse, sin haber intimado, pero con un lazo común. La llegada de un nuevo ser al mundo.
Al ángel se le despliegan las alas.
Se abre un corro. José y María, embobados, adoran al niño en silencio.

SIEMPRE QUISO SER COMO ALICIA

CERTEZAS

-¡Ji, ji, ji! …- Reía el pequeño capitán con una risa sarcástica de quien se sabe dueño de todos los enigmas.- ¡Por fin es viernes, niña!

- ¡Capitán…! ¡Mi capitán, por fin es viernes!-Vociferó un grumete de cachetes sonrosados por la brisa marina-

-Si, si, eso decía yo: Por fin es viernes.

-¿Qué pasa los viernes?- Quiso saber intrigadísima.

-Que después del viernes viene el sábado- Contestó sin dejar de sonreír.

-Ya, eso ya lo sé… ¿Pero qué tienen de especial los viernes?

El chiquillo la observó arrugando la nariz.

-Que después viene el sábado, niña, pareces tonta.

Cansada de aquel tonto juego, decidió prestar atención al mar tan deliciosamente transparente que los circundaba. El capitán, satisfecho, sacó una piruleta y la paladeó complaciente.
Unos extraños seres comenzaron a salir de las profundidades. Yaiza reparó en ellos con los ojos abiertos como platos. Lo más parecido que recordaba eran sirenas, solo que en vez de colas de pez, desde su cintura, se prolongaban unos espectaculares remos dorados, gráciles y vidriosos, cual si de cristal se tratara.

-¿Qué es eso?- Exclamó entusiasmada.

- Allí dónde se encuentre una certeza, verás una verdad- Dijo muy solemne.

- Pero… ¿Qué…?

De pronto se sintió invadida por una ola de conocimiento. No le hizo falta preguntar quienes eran, de dónde venían ni que motivo les movía a seguirlos en su viaje. Allí iban, remando incansables, con sonrisas de espuma, dando saltos, confundidos entre el agua y el cielo. El espectáculo resultaba fascinante y los ojos de la niña se movían a su perfecto compás.
Asimiló de manera mágica, y por primera vez desde que se viera inmersa en aquel insólito mundo, que sus abuelos habrían de haberse sentido muy preocupados por su salud y que sus llamadas pamplinas, eran más gordas y terribles de lo previsto. Así podía entenderse el hecho de ser transportada al único lugar en el que podría curarse. Supo también instantáneamente, que su enfermedad sino era mortal, si era cosa seria. Muy seria. Lo suficiente para dejarse aconsejar y escuchar con interés todas las cosas que le iban sucediendo, así como agudizar su ingenio interpretando cada lección de quienes sabían más que ella. Aunque se tratara de niños más pequeños que ella misma. La sabiduría, se dijo sin sorpresa, no se encontraba únicamente en la edad. La experiencia era importante, pero supo (nadie, ni ella misma podía explicarse las razones de sus conclusiones) que aquellos niños hablaban con bocas pertenecientes a siglos de conocimientos y por lo tanto, a jeroglíficos inventados cientos de años atrás. Su razonamiento, iba en concordancia, con el ritmo de los asombrosos seres.

- Son libres, como este océano, como el pensamiento…

Yaiza le examinó atenta, consciente de que cada palabra del niño capitán contenía algo más de lo evidente.

- ¿Sabes lo que quiero decir?

En el otro mundo, en el suyo en el ¿real?, tales frases habrían resultado inmensamente grandes en un niño de tan corta edad. Como vestirse con un abrigo veinte tallas más que la suya. Sin embargo en este otro lado encajaban de forma natural y espontánea.
Cerca del barco planeó lenta y suavemente, una gaviota. La niña levantó la cabeza y sus ojos siguieron el majestuoso vuelo del ave.

- Como ella- Se escuchó decir.

- Como ella- Asintió el pequeño- Dime, Yaiza. ¿Te gusta leer?

- Mucho- Afirmó entusiasmada.

- ¿Y qué lees?

- Cosas de mi edad.

- ¿Te compra tu madre los libros?

- Si. Otras veces vamos a la biblioteca y juntas decidimos.

- ¿Te gustan las aventuras?

- ¡Me encantan!

- ¿Tú sueñas?

- Dormida nunca recuerdo si sueño. Sueño despierta, juego todos los días que sueño. Invento mundos. Y siempre soy la protagonista de todos mis sueños.

- ¿Te gustaría que se hicieran realidad?

- No- Negó rotunda, sin pararse a pensar- Quiero mucho a mis padres y nunca me separaré de ellos.

- Ya… Creo que empiezas a curarte, niña, eso creo- Y metiéndose la golosina en la boca agarró con fuerza el timón.
-Si, eso creo yo también. Purita lógica- Completó feliz.

El nuevo mar la llenaba de confianza. Se sentía plena, sin ningún resquemor ni perdida, ni angustiada, ni desubicada. Como si todo resultara natural y el nuevo mundo le perteneciese. Como si se hallara en casa.
Poco a poco, iban dejando atrás las limpias aguas, mientras su ánimo se desnivelaba. De pronto recordó el paquetito de “Miss Fina” y lo abrió. Sin hambre ni sed, bebió un pequeño trago de la botella y comió una diminuta porción de pan. El espejo era casi de juguete, recargado y de color violeta. Lo levantó despacio hasta el rostro.
Cuando Yaiza se reflejó en él, casi se muere del susto. La niña que se reflejaba en él, era una Yaiza de tres años. Seria y preocupada, pero reconocible para quien la observaba con tanto interés. El desconcierto la invadió. Así mismo, todos los ocupantes del curioso barco se movían en un inquieto frenesí. El capitán alzó la cabeza y olfateó el aire con visible preocupación…

QUIÉN ESTÉ LIBRE DE PECADO QUE TIRE LA PRIMERA PIEDRA

¡Y qué hermosa que era la muchacha de las manos desnudas! Anacrónica, y estrafalaria, presa de una paranoica anomalía, se vestía todos los días de lluvia y se lanzaba a la calle en busca de pasiones desusadas, esas que nadie quiere, por extravagantes y poco usuales.
A veces, se topaba con un genio sin lámpara y no tenía más remedio que embotellarlo en un tetrabrik envejecido. Era entonces, cuando su demencia surtía un extraño efecto y en ese mismo momento, con ganas y sin ellas, se tomaba la justicia por su mano. En este punto, las coreografías no salían de forma coherente y se lanzaba al vacío de manera suicida.
Presa de aquellas irracionalidades, dejaba de tomar el mando de sus propias decisiones.
Alguien, a su lado, la tomaba la mano y lloraba su desamparo. En la caída, se sucedían los días de manera monótonamente desquiciantes.
Su ático de la calle Huertas fue puesto en venta. Nadie se asombró de la lluvia que caía en el baño, cada vez que se duchaban. Era normal. Todas las duchas, cuando se abren, sueltan agua. Solo que este liquido no era tal. De allí, junto con el agua, brotaban disoluciones de espuma.

A VECES LLEGAN CARTAS…

-…No puedo creerlo. Seguramente no era para mí.

-Pero te lo ha dado en mano ¿no?

-Si

_Pues entonces, era para ti.

-Ábrela ya. Así saldremos de dudas.

-A ver… “Hola María. La vida es muy dura. Tenemos que enfrentarnos a la rutina y esa misma rutina nos envuelve de monotonía. Si a esto le añades que no puedo hablarte como yo quisiera, entenderás que se me hace más complicada aún. Te habrá extrañado que te escriba. La verdad, a mi también me extraña. Pero es que me gustas un montón. En el curro y con tanta gente alrededor, soy incapaz de abrirte mi corazón, así que he tenido que escribirte esta carta.
En un mundo dónde ya no se hace este tipo de cosas, parece raro afrontar los problemas de esta manera. Me gustas mucho y el hecho de no poder ser sincero contigo, me está matando.
Antes de que pases por mi mesa tu olor ya te delata. Te acercas a mi lado, me consultas algo y las piernas me tiemblan, el pulso se me dispara y no soy capaz de atinar a lo que me demandas. Te lo creas o no, parezco de trapo.
Sé que estarás preguntándote como un chico, como yo, le da por escribirte. Eres un encanto. Tu risa, cuando alguien comenta algo gracioso, es la más bonita que he visto en mi vida. Tienes unos dientes perfectamente blancos. Sinceramente, solo por darte un bocado en los labios, no sé lo que haría. Tus ojos verdes parecen aceitunitas diminutas, recolectadas del mismo árbol. Tus manos, con ese color rojo pasión en las uñas, me atraen como pequeñas y dulces fresitas de almíbar. Tu cintura… Ay, señor que cintura. Me quedaría colgado en ella, para toda la vida.
Bueno, María, espero que no te parezca muy atrevida esta carta, que nació, para que tus lindos ojos la desnudasen. ¿Podríamos quedar algún día fuera del curro? Me darías la alegría más grande de mi vida.
Por favor, no comentes nada de esta carta con nadie del curro.
Un beso dulce de tu enamorado.
Luís”.

-¿Qué os parece?

El autobús se llenó de carcajadas estridentes. Algunos pasajeros volvieron la cabeza hacia las jóvenes. Estas obviaron las miradas, centradas por completo en ellas mismas.
La que mantenía un papel arrugado en las manos, miraba desconcertada a las otras dos.

-¿Qué?

-¿Qué quieres que te digamos? -Contestó una de ellas atragantada por su propia risa.

_Pues lo que os ha parecido. Estoy flipando yo sola. No sé que voy hacer mañana cuando aparezca por el trabajo. En cuanto se me acerque…No quiero ni pensarlo. Me va a dar vergüenza mirarle.

-¿Y eso?

-De verdad que no os entiendo. Lega un tío del curro y me endiña una carta de amor. Un tío como Luís. ¡Es el tío más bueno del curro!

-Ya- Dijo otra mirándola con interés- Luís. No es la primera carta que escribe. A mi me la dio el primer día que entré a currar. Y tampoco soy la única. Luego comentará por toda la oficina, lo que tú le contestes. Si hubiera sido otro, pues no sabría que aconsejarte, pero al tratarse de Luís la cosa cambia. Porque verás, es su forma de pasar el tiempo en el curro. Escribe una carta a la nueva, se la da, espera a que esta reaccione y luego sirve de cachondeo entre los tíos del departamento. Así funciona tu enamorado Luís.

La muchacha del papel arrugado sostenía la mirada como buenamente podía. A falta de recursos, su piel iba cambiando del moreno propio, al blanco, nacarado.

-¿Sabes lo que le vas a decir a Luís cuando te pregunte lo qué piensas de la dichosa cartita?

La otra negó empequeñecida en su asiento. Sintiéndose más humillada que nuca. Agotándose de lástima por si misma.

-Dicen que la mejor bofetada es la que no se da. Así que cuando te pregunte si la has leído, tú le dices que por descuido la tiraste al cubo de la basura. Así, sin más…

Cómo no es un cuento inventado, si no un hecho real, escuchado en persona propia yendo en un autobús hace un par de días, no sé como acabó la cosa.
Como le dije a uno de mis “colegas blogueros” la vida es más irreal que la propia ficción.

CRONOS

Soy único y perpetuo, voraz e insatisfecho. Hijo y padre al mismo tiempo. Soy y me hago, engendrándome, a cada momento. No necesito dioses, tengo mi propio universo. Me reencarno y reafirmo. Más, desgarro con orgullo los vástagos, que yo mismo fecundo. Cuanto más me ames, menos me tendrás. Consumiré sin raciocinio tus metas, tus fracasos, tus ilusiones, tus impaciencias, el amor del que un día, ambicionaste ser dueño. Te colmaré de prebendas. A mis pies te arrastrarás y el alma pretenderás ceder, para que a tu lado, y bajo mi manto, te proteja para toda la eternidad. Más como soy exacto jamás me podrás sobornar. Nadie puede huir de mí ¡Jamás! Ten por seguro que cuando yo lo pretenda; te consumirás. Morirás o te irán muriendo, para el caso es lo mismo. Desde que naciste, caíste en mis garras. Y puedo asegurarte, plebeyo, que sin mí, nunca serías nada. Si, siervo, soy eso que se te escapa, Eso que para el viejo resulta una estafa, para el niño una promesa, para el joven una esperanza, para el adulto una quimera, para el loco, una cadena de desaciertos vana. Soy Dios de tinieblas y luces, incansable, sediento y hambriento, de todo aquello que transcurre.

NO QUIERO MÁS LUNES Humilde homenaje a Sabina

Y yo que quise siempre ser, la princesa de todos los cuentos, aquella que a los quince no baila ni con el tuerto.
Me dejaron volar sin globo, me mal-casaron, me auspiciaron remordimientos, y yo que de mala no tenía nada, me dejé llevar.
¡Pobre princesa sin cuento! ¡Ay que el príncipe, era tuerto!
¡Ay, que yo no me quería casar!
De acuerdo que todos tenemos lunes. Que a todos nos toca subirnos al tren del: “no, no debo”, pero ¡caray! Alguien debió ponerse de acuerdo.
Princesa: se acabaron todos tus sueños. Y si al caso, el viento silba, ponle freno,
no vaya a ser, nena que, canelita sin rama, soso quede aquel arroz con leche, que tanto te gustaba.
Nadie quiere nada de los perdidos, aquellos que no son bien nacidos, que los que pierden no ganan y se quedan sin salón y sin ganancias.
Y me dio la vida otro vuelco y yo que de tonta no tengo nada, cogí el toro por los cuernos y me dije, “nena esto tienes que cazarlo al vuelo”.
Mis noches solas, se acompañaron de olvidos y ya no tengo sueño, me da lo mismo, encontrarme espesada, pero contigo.
Todos aquellos versos que me hiciste, me los bebí de un solo trago, y, apasionadamente loca, rememoro tu disco duro.
Y yo, que quise siempre ser, la princesa de todos los cuentos…Cuando quise coger el tren, este ya había partido a buscar otros besos.
Este cuento, cuento de todos los cuentos, no tiene final. Por un beso de esos, que te dejan en otro mundo, doy todo lo que tengo, aunque lo que tengo, se lo llevó el infierno.
En fin, la vida. Da igual…Sólo soy un ángel al que le están creciendo las alas; en contra del viento.

TORMENTO

Si te quedas conmigo, todas las noches serán mojadas, con ese toque de maestría que tu mano amorosa pose, tendrá la costumbre necesaria para sembrar girasoles. Y este café a media tarde, con saborcillo a gloria, apuñalará las costumbre malsana de hacerme impaciente e incauta. Si te quedas conmigo, pudiera dejarme esta etiqueta prendida en mi ombligo, que cuenta tu historia y la mía sin grandes desvaríos. A mí, la práctica se me da de lujo y mira por dónde, coincido en tu mismo criterio (para qué engañarnos) absurdo. Coloca tu frase en mi boca, tus tormentos en mis desatinos y pregúntale a quién dio una mano de azul en el techo, por dónde van los tiros.
Si te quedas conmigo embalsamaré mis recuerdos y quedarán para siempre incinerados, allá en el olvido, cuajaditos de esencias mortuorias, pero ni tuyos, ni ya, míos.
Si te quedas conmigo, acúname de sueños, mi amor que sigo extraviada. Sórbeme de a poquito a poco, calienta el aire con tus silbidos.
Si te quedas conmigo, no tendré más remedio que hablar más bajito, pues ninguna falta hará, que te llame a gritos. Los voceros del mundo dan fe de lo que hablo. Paso a paso, como un cojo voy andando. Un pie, el otro, y tú a mi arista, sin necesitar más patas de palo. Cuasimodo de lo absurdo, jorobado y carente de alucinaciones, vas sembrando mundos mal que te pese, a mi costado.
Si te quedas conmigo, alárgame la vida, déjame que sueñe que soy tu asilo, tu cobijo, tu regazo. Y pública en el diario, que soy tu vida entera, tu insana costumbre, el infierno de todos tus holocaustos.
Yo, a cambio, te daré los buenos días sin que lo percibas.

EMBRUJO

Di: ¿Me quieres encantada? Bien; fascíname. Ponme en los extremos un níquel, en el que una vida, roce el misterio. Introdúceme en una espiral que atrape sólo los besos más dolientes. Rodéame la frente de miel, dibujada sobre un enjambre de locura. Atrapa en un crepúsculo los diez mandamientos, que rigen los acordes, de todos nuestros secretos. Para recordar con nostalgia, la plañidera música, que abrazas en los cóncavos sótanos de tus ojos, ceñidos de un embrujo sabio, como una leyenda que nos “fabuliza”, las costumbres de lo cotidiano. En este embeleso, cuajado de criptas, que me has puesto en la boca, se parte sutilmente, la alucinación de conservarte mío. Porque si sigues insistiendo, caerá, en el relieve de tu frente, el más feroz de los conjuros, haciéndote parte, de la sangre que corre por mis venas. Dí ¿me quieres encantada? Bien, pasarán la sombra y los recuerdos, los labios y las mixturas, pero el hechizo de tu sonrisa, vida mía, quedará para siempre guardado, en la cajita que golpea, mi corazón enamorado.

Yaiza

Se llama YAIZA de ojos negros, pelo azabache y piel morena. La boquita pequeña y cuando sonríe un guiño gracioso sorprende a quien la mira (le falta un diente y anda mellada con ese huequito gracioso que los críos de siete años comienzan a mudar).
Infancia dulce y pacifica, de gorrión libre, inocencia fresca y nueva repartida generosamente hasta que el tiempo diga lo contrario.
Mas que moverse con las horas, son ellas las que revolotean a su alrededor, tan inquieto resulta su ritmo que hasta el aire la teme en su vaivén ” YAIZA, hija, deja de moverte un rato ” le dice su madre al borde de la desesperación… YAIZA ni niega ni afirma, corre veloz en busca de unos patines. La comba o cualquier otro cachivache con quien pelearse.
Parlanchina hasta cansar podrá pasarse una eternidad (este concepto en ella resulta tan instantáneo como un soplo de aire) hablando y hablando, con prisa mucha prisa y sin pausa, acompañando con sus manos cada frase cual si se tratase de un dictado de mimo.
Las manos de YAIZA nos muestran o mejor, pregonan al viento hacia donde llega su limite en cuanto a gestos; hojas mecidas y soñadoras, dibujos de cuento en donde perderse sin remisión.
..Y es que entre sus mejores virtudes guarda YAIZA en su corazón como un regalo envuelto entre vivos colores de celofán, la gracia de la imaginación. Crecida y sin barreras cabalga cual potrillo sin control hacia sendas imaginadas por su ilusión y entras en su mundo y sin comprender su motivo te inmiscuyes en sus onomatopeyas, palabras y mímicas, gritos y susurros; cascabel de su boca, enferma de fantasía.
…” Y cuéntame un cuento, tía, me pide con dulzura (esa dulzura que tan solo ella es capaz de transmitir sin que la reste sinceridad) un cuento de los que tú te inventas, en donde salgan Adrián y José… Y yo, y que nos pasen muchas cosas, como el cuento del Dragón o aquel otro del lobo y los tres cerditos que tú cambiaste para nosotros…”
Y me lo pide con tanta… Tantísima ansia, que yo, cansada y sin ganas sentándome al borde de la cama me fundo con ella tomándola de la mano, llevándola conmigo hacia el misterioso y juguetón viaje en donde nos encanta perdernos a las dos.
YAIZA crecerá algún día y dejará de ser niña, pero mientras el tiempo nos siga ofreciendo el regalo de su infancia seguiremos soñando con ella, adentrándonos en su mundo de Alicia y sus maravillas.

A ti, para que nunca pierdas la imaginación.

MENSAJE EN UNA BOTELLA

Y fue un gesto, una voz, una palabra. Y resultó que me transformé en océano, playa, arena; atlas en el que tú me recorriste, como si mi piel, confinada en tu aliento, tuviese el compás o el ritmo, de una música inacabada. Mi pelo, harto de opio, se engolosinó endulzado en tu beso, mojado, acuoso, confiscando todos mis pensamientos. “¡Al ladrón!” gritaron mis sentidos, y tú así; ladino, maravillosamente mío, me otorgaste el favor de todos tus momentos. Papel en blanco mi cuerpo se convirtió, lo llenaste en un momento de interminables, frases. Poemas, que aún leo; cuando el alma se me va de las manos.

Y quedarás dónde habiten los sueños…

MATER AMANTISIMA

-..Eres un desgraciado –soltó después de llenarse el vaso de vino con un pulso algo más que dudoso-Un desgraciado-prosiguió-¿cómo coño crees que vamos a salir adelante?

Después de izar el vaso y llevárselo a los temblorosos labios, le observó largamente con unos ojos que median, visiblemente, la cantidad de alcohol ingerida durante las últimas veinticuatro horas.

Aunque quisiese y desviase la mirada hacia el hijo, en realidad le resultaba físicamente imposible, una neblina persistente se lo impedía y así, de manera estúpida, su retina moviase de un lado a otro imaginando una silueta poco perfilada.

-Será hijoputa!-Exclamó sin alterarse-¡me cago en tus putos muertos!..¡Mamarracho!.

-Papa

-Ni papa, ni leches, so cabrón.

Después de una pausa seguida de otro trago, continuó; jadeando como un perro. (Tal era el esfuerzo que padecia cada vez que vaciaba la botella).

-Estás más ido que una jaula de pajaros.Ella es…Era, la única que se levantaba a las cinco de la mañana para ir a fregar portales, que ya medio Madrid la conocia de tantas escaleras que se pisoteaba ¡Cabrón! No tienes cojones, eso es lo que te pasa a ti. Te faltan cojones…Y la culpa la tiene ella-Afirmó dirigiendo la cabeza hacia el dormitorio; tenebrosamente silencioso.

-Por consentirte tanto. Que si el niño quiere esto y lo otro.Que si no quiere estudiar, que trabaje. Que si no trabaja, no hay prisa; ya lo hará ¡cago en mis muertos! Con treinta tacos y los cojones negros y todavía no sabe limpiarse el culo solo…Si ella me hubiera dejao, si no se me hubiese puesto delante cada vez que me quitaba el cinturón…Así pasaba-negó contrariado-que la somanta de palos se la llevaba ella solita…Pobre Paca-Sollozó tierno-Mi Paquí.

-Papa.

-¡Cállate, coño!, si no fuera por que me tiemblan las manos; te los iba a colocar en el cogote. Desde que era una mocita-recordó con lagrimas ya-Desde entonces no ha paraó y ¿para qué?; pá sacar adelante a dos vagos, dos perros como tú y yo- y se le escapó un inoportuno hipo en el momento en que se sonaba los mocos. Con el “pollo” a medio camino, prosiguió.

-Ya podias haber salido a ella y no poner los ojos en este figurín de calamidad que te tocó por padre…La hé querio mucho-seguia, incansable al desánimo en un soliloquio lacónico y enternecedor-¡Mucho!sólo que no sé, a veces se me ponia tonta y habia que enderezarla un poquito. Pero en cuanto lo hacía-suspiró a evocador perfilando una sonrisa, mostrando una hilera irregular y negruzca-se me quedaba más suavecita que un guante. Si señor, a la mujer…

-Papa…

-¡Cállate; coño! ¿No ves que estoy hablando yo?… Si yo pudiera levantarme de esta silla, te ibas a enterar tú… Pero ya no tengo fuerzas pa na.

Otro trago seguido de su correspondiente jadeo.

-…La atrosis, el higado ¡Que sé yo!, tu madre decía que no tenía na; solo cuentos…Estoy muy malico, hijo, a vé si no; como me han dao en la segurida social; la incapacida, esa de por vida…

Papa…

El viejo volvió de sus ensoñaciones, torció la cabeza y le observó átonito.

La cabeza voló estampándose sobre los blancos baldosines de la pared (fregados con Baldosinin por Paca, hacía quince días).

En un segundo, la sangre salpicó de una mezcolanza carnicera; toda aquella blancura.
Tiró la escopeta con aire de indiferencia y tranquilidad a un mismo tiempo. Entró en el dormitorio y arropando a lo que quedaba del cadáver de su madre; colocó un suave beso en lo que, supuso, sería la frente.

-Que duermas bien; vieja.

Minutos más tarde se colocaba el cañon de la misma escopeta de caza (que años atrás le regalase su madre) entre las cejas.

Hablar por hablar

Despierto de una terrible pesadilla. El pánico ha sido tan monstruoso, que aún tengo el corazón latiendo de forma desbocada.
Soñé que alguien me cortaba los brazos después de haberme inyectado algún potente somnífero dejándolos a la altura de los codos. Durante un par de días, las moscas eran mi única compañía. Me habían atado a una silla y de la misma manera que mis brazos eran inutilizados, las piernas habían sido seccionadas hasta la rodilla. Si esto no era ya suficiente para tenerme impedido, mis labios no alcanzaban a abrirse. Los tenía sellados, perfectamente cosidos con un fino hilo de alambre de espino. El zumbido de las moscas era ensordecedor. Pegajosas, se arremolinaban a mi alrededor, posándose intermitentemente por todas las partes de mi cuerpo.
Quién me hubiese hecho tal felonía, debía de tener muy claro lo que pretendía. Pero en los sueños no se pueden encontrar hechos coherentes y por esta razón busqué en mi recuerdo el principio de la terrorífica pesadilla escudriñando algún dato, aunque este resultase irrelevante. Sé que en mi sueño conducía mi propio taxi. Recuerdo haber recogido a una señora bastante corpulenta, que fuera de este detalle no tenía nada particular…Bueno, si, es cierto entre la neblina de la memoria algo me llamó poderosamente la atención: Hablaba por los codos. Su tono resultaba agudo y bastante molesto. No paró de hablar desde el mismo instante en que subió al coche. Este apunte de mi subconsciente contenía gran relevancia, pues aunque me he topado con todo tipo de personas, las que califico de “habladoras compulsivas”, suelen ser las que más detesto. No soporto la charlatanería. El hablar por hablar, me pone de los nervios. Esta señora tenía este defecto. Desde que entró en mi humilde taxi su boca no se cerró ni un instante. Todo el trayecto (bastante largo, por cierto) estuvo hablando sin parar. No había conexión alguna en su historia. En algunas de sus pequeñas pausas, me encendía un cigarrillo. Yo en mi coche, hago lo que me da la gana, así que no la pregunté si le molestaba o no. Por la forma de arrugar el entrecejo me daba cuenta de que, si la molestaba y mucho. No obstante, haciendo caso omiso, yo continuaba a lo mío pues tan irritante me resultaba el escucharla, que ni siquiera tuve la delicadeza de ser cortés y no parar de fumar.
Ella hablaba y hablaba y sus voces me martilleaban provocándome un fuerte dolor de cabeza:

-…Pues si, lo que yo te diga; da gusto hablar contigo. Con mi primer difunto me sentí incomprendida. Con el segundo, ignorada. Y con el tercero; ya fue otro cantar. Qué quieres que te diga, los hombres sois así de egoístas… Yo creo que lo vuestro es realmente un problema. Ni sabéis escuchar, ni mantener una conversación interesante. Un “si” y un “no”, os bastan. Algún encogimiento de hombros, y poco más. En realidad, casi es mejor, porque para lo poco que os importan las cosas verdaderamente importantes, lo mismo da. ¿Recuerdas los años que te dije que tenía cuando le corté la lengua a mi primer marido? Te lo voy a recordar por si acaso lo olvidaste…

De pronto comprendí que no había sido un sueño. En mi barbilla se posó una de aquellas asquerosas moscas. Sentí sus pegajosas alas en el mismo instante en que la mujer de mi pesadilla, rociaba un aerosol mata-moscas sobre la habitación. Mi mente quedó en blanco. Un sudor frío me recorrió la espalada. Observé lo que quedaba de mis brazos y piernas y de mis atónitos ojos, resbaló una lágrima ahuyentando al repugnante insecto.

- No sabes como las odio. Es una lucha con ellas. Me pasó lo mismo con los otros. Pero no te preocupes, pronto pasara todo. Limpiaré más a menudo tus heridas y así no aparecerán tan de continuo…A ver, ¿por dónde iba? A si, te estaba contando lo de mi primer marido…No le gustaba porque yo era gorda. Eso decía. Pero yo sé que esa no era la verdadera razón…

PURO GALIMATIAS

“T epr dnd smpr vl? Ctstm e cut pda…”
Y yo que me quedo como en Babia, leo y releo el mensaje sin soltar el móvil preguntándome, ingenuamente, que quiere decir. Sopeso cada palabra. La inspecciono paso a paso. Nada. Tal suerte de incoherencias quedan relegadas en el cajón de mi memoria lingüística, sin conseguir conexionar una frase medianamente coherente.
Repaso una a una lo que parecen frases a medio hacer. Las verifico y compruebo buscando las pistas que me saquen del galimatías en el que se ha convertido un simple mensaje. Me digo que soy muy torpe. A ver: “T”, no suena solo “T”. ¿Y si le colocase la “e”? Entonces sonaría “Te”. Bueno, parece que esto tiene argumento. Veamos la segunda parte: “epr”. Dicho tal cual, no dice nada, de modo que si la pista anterior decía “Te”, a lo siguiente le podría colocar, por colocar algo, una “S”. Veamos: Te es… no sé de que manera me viene a la mente, “espero”. Tal vez porque yo había mandado anteriormente un mensaje en el que preguntaba si podíamos quedar para vernos. En este punto el mensaje se lee solo, como si alguien hubiese encendido la llave de un interruptor, olvidado por mi mente, allá en algún lugar de mi recóndito cerebro. Las palabras cobran una dimensión extraordinaria, no tanto por su significado, si no por la magia que las hace aparecer de forma completamente lógica y congruente. El mensaje, de esta manera, sería el siguiente: “Te espero dónde siempre. ¿Vale? Contéstame en cuanto puedas”.
Desde que los móviles aparecieron en nuestras vidas, una de las cosas que más me llaman la atención es esta manía de la gente en general, por abreviar y cometer errores gramaticales para ahorrar tiempo. De esta manera podemos comprobar lo burros que llegamos a ser y la cantidad de tonterías que se pueden dejar escritas. El problema viene cuando el que escribe este tipo de mensajes, llega al punto de dudar ante un folio en blanco si amar se escribe con “H”, o habas, sin ella.

PAROLE, PAROLE, PAROLE…

¿A dónde van las palabras que no llegan? Aquellas que vuelan. Las que huérfanas, no encuentran destinatario. Dí, ¿Por dónde se cuelan?, hundidas, perdidas en sus miserias.
Y dime ¿Quién las entierra? Dime tú, ¿No serás tú quien las falsea? Serpenteante, sigilosa, nimbando llegaste, derribada te desvaneces. Cuentista, ¡Siente! Ama y déjala suelta. No la escondas, deja que el mundo disfrute de ella. Enciérrala en una leyenda. Ella entonces, crecerá y armada de hermanas, armónicamente sentirá, que la tratas como una reina. ¡Sherezade, despierta! El tiempo apremia. Dí por tu boca que una sola palabra es capaz de contener, con toda su fuerza; que los corazones se levanten, que las conciencias se muevan, que el amor no tenga límites y la vida entera, se diera por ella.

ARREBATO

Se deslizaba, como en un tobogán de perfidias, en una recta sin final. Acaso las mañanas, amodorradas buscadoras de tesoros mágicos, apostaban en la punta del alma un sombrero de ala ancha, buscando a ciegas, el laberinto de la eterna juventud. Él no se intimidaba. Subía, bajaba. Se enredaba, hundiéndose en aquella amalgama, presta a ser devorada, ansiada, estrechamente incómoda ante tanto juego. No existía momento más calmo del día como este. En los albores y a continuación de las frenéticas noches, el desasosiego la envolvía en una nube de pequeñas púas, alocadas, transgresoras, frenéticas por removerse. Luego la calma y la monotonía. El espacio árido de la vieja cómoda, aguardándole muda y sincera después de una breve, pero intensa lucha. Ambos; la mata de pelo y el cepillo, parecían fumarse un cigarrillo a medias, después de una intensa mañana de arrebato.

EL RECOLECTOR DE CUENTOS

Era un espejo sencillo. Colgaba de la pared, inocuo, incauto. Le pregunté si tras él se escondía algún tipo de sortilegio o magia, capaz de traspasarlo. Después de una breve pausa se desplomó de la pared. Recogí sus pedazos con sumo cuidado y los tiré a la basura. Volví a la tienda y compré el séptimo espejo de ese día.

Pereza salió zumbando. Mentira dijo que la vio acunando el alma de un niño hambriento. Pero Conciencia se apuró y confesó la verdad: Aún la están esperando.

Partes de mi cuerpo acuchilladas retoman la costumbre de recomponerse de vez en cuando. A veces creo que me ignoran y cada una de ellas juega a las escondidas con mi dolor.

¡Caprichosa! Vuelvo la cabeza y compruebo que no se dirigen a mí. Alzo los hombros y con un mohín de disgusto, apresuro el paso. Acabo por tirar mis “gracias” en un pozo y mis miradas en un cuarto oscuro. Nadie las verá jamás.

Princesa está triste. ¿Qué tendrá La Princesa? ¿Pastillas contra la impotencia? ¿Viagra? Por primera vez después de mucho tiempo, sonrió picarona. Príncipe comenzaría su tratamiento, en la mañana.

La gente no era menos idiota en la época de Cristo. Dicen que cuando Poncio Pilatos se lavó las manos, a él lo soltaron. Barrabás hizo un corte de mangas al público y salió en honor de multitudes. Jesús fue crucificado. Paralelismos con la época actual: El más idiota tiene su instante honorífico y es santificado y laureado en un minuto de gloria televisiva.

¡Ten cuidado, no entres ahí! Es peligro…De una sola dentellada, el miedo se la comió.

TANGO PA TI (Dedicado a la tanguera Claudia)

Me despegué de tu boca, como si nunca más la tuviera y del balcón de tus caderas, ya no me quise desenredar y así hecha un ovillo contigo, el tango arrabalero de tus ojos de gato, me dejó como un pitillo a medio fumar. Y en aquel cuarto oscuro los milagros florecieron. Llévame en tu frente, como yo te llevo; en la cremallera de mi falda.

PIM, PAM, PUM: ¡FUEGO!

En mis viajes por todo lo largo y ancho de este mundo, jamás encontré un solo perdedor. No es que no supiese buscarlos. Seguramente se escondían agazapados en alguna madriguera oscura lejos de las miradas curiosas. La ratonera habría de servir también para cobijar a alguno más de su propio género. Durante un largo periodo de tiempo me dediqué con ahínco a buscar esta especie (muy poco convencional y en demasía excéntrica) pues soy muy curioso. Cierto día y ya a punto de desistir tomé el camino de las ciudades oscuras. Mis conocidos quisieron alertarme sobre los posibles peligros de tal empresa, pero yo, tremendamente fascinado por las historias que se contaban sobre esta raza en extinción y, decidido a darles caza, me armé con mi escopeta de caza mayor convencido de que esta sería mi última tentativa. Alejándome de las tierras conocidas y con la incertidumbre a mis espaldas, penetré en el peligroso paraje. Recuerdo que pensé en los consejos de los amigos. En el riesgo que entrañaba tal aventura y en lo poco preparado que me hallaba. La escopeta podría servirme, en tanto en cuanto, el perdedor fuese realmente uno de ellos. Pero, ¿y si lo que me encontraba poseía una forma indestructible? ¿Y si su fiereza fuese capaz de inmovilizarme y no pudiera reaccionar? ¿Y si, desarmado ante su conducta, no pudiese salir invicto de mi aventura? En estas vicisitudes me encontraba cuando de repente, y entre la maleza, el movimiento de unos matorrales me hizo pararme en seco. Escudriñé la espesura y mi oído se agudizó. No se escuchaba ni el trino de los pájaros. Con el corazón latiéndome a cien por hora, levanté mi escopeta y esperé.
El irracional asomó la cabeza. En un intenso minuto, nos miramos expectantes. Ladeó la cabeza y me estudió incapaz de adivinar mi intención. Aproveché el momento y disparé. El sonido retumbó en la lejanía y mi hombro se resintió. Le acerté de lleno en el corazón. El animal cayó desplomado. No quise acercarme para rescatar mi presa. No hacía falta. En ese momento supe que era uno de ellos.

EL CLUB DE LAS PLUMAS INQUIETAS

PRIMER LANCE

“…Es una de esas historias que se originan desde la realidad. ¿Nunca la escuchaste? Yo no solo tuve conciencia de ella: ¡La viví! Logramos algo mágico que se rompió de manera siniestra”…
El viejo oscila entre la amargura y la evocación. Sus cansados ojos bosquejan historias lejanas en el tiempo. Lejanas y tal vez añoradas. La asistente que le atiende asiente con la cabeza sin dejar de ocuparse de su trabajo. Es un ancianito empequeñecido, consumido en su vejez, con una mirada abierta y chispeante. Lleva tres años en el pabellón y nadie es capaz de discutir con él. Desarma su calmosa lucidez y sus ansias, aún, por descubrir cosas nuevas.

-Llegamos a ser trece. ¡Trece!- Exclama con pasión- Fuimos tocados por los dioses del olimpo, mi querida niña…A veces pienso que la vida retuerce y retuerce para sacarnos el líquido como si…

-Siéntese aquí, abuelo, en el jardín estará más cómodo.

-Si, niña, si; lo que tú digas. Tú eres la que manda, pero déjame que te cuente- Asume susurrante-…El caso salió en la prensa de entonces…Acomódate, que te cuento…

-No se preocupe por mi, usted cuente, cuente que yo le escucho- Dice acercando una silla junto a la del anciano- Hasta las siete tengo todo el tiempo para usted.

-Como te decía, éramos trece. No sé como empezó la conjura que nos enlazó de aquella manera. Hoy en día es lo normal. Todo el mundo lo utiliza. Pero entonces, mi querida niña, entonces todo aquello era nuevo. Una herramienta absolutamente desconocida que nos llevaba a comunicarnos, como si de un milagro se tratara. ¡Fuimos los primeros! ¿Sabes lo que eso significa?

La muchacha anda entretenida en juguetear con una hormiga aventurera. Sube por su muslo y baja, sin necesidad de billete, hacía el fascinante mundo de una redondez con curvas cerradas.

-Los trece nos embarcamos en una empresa en la que carecíamos del pleno control. Ninguno pensamos en los riesgos que tal hazaña nos depararía. En realidad, niña, no existía riesgo alguno. Recuerdo- Sus ojos se tiñen de imágenes y sucesos, pareciendo vivirlos de manera tangible-que en mi caso, al principio, lo tomé como un juego. Tenía una vida cómoda y mi trabajo me permitía el lujo del tiempo. Así que cada noche hacía una entrada magistral. La comunicación, era casi, instantánea. Nos fuimos reuniendo de manera virtual. Cuando entré en el club de “Las plumas inquietas” su número era muy escaso. Apenas cinco personas. Cuando sucedió la tragedia, el número fatídico, cerró el círculo. La informática estaba en pañales. Pero nosotros supimos sacarle su juego. Ocio y trabajo, trabajo, y ocio, y en este último; lo grandioso de nuestra historia. Fuimos los primeros en relatarnos historias. Las lanzábamos como bumerang. Uno de nosotros disparaba al aire: ¡Una idea! ¡Un relato! ¡Una hermosa historia!… Y los demás comentábamos frenéticos por responder, alucinados en nuestro propio juego. Febriles por conocer la opinión de los demás parecíamos antiguas metralletas en pleno combate: ¡Ta, ta, ta, ta!- La muchacha sonríe viéndole gesticular con las manos lanzando disparos al aire- ¡Ah, el sonido de los correos! Ese era nuestro mayor premio. Conocer quien nos había leído, a quien gustábamos más. La cantidad de juicios que se movían a nuestro alrededor, nos motivaba a exprimir nuestro ingenio, nuestra capacidad de asombrar al que nos leyese. Formamos un equipo indestructible, pues cada vez que algún nuevo “cuentista” quería desmoralizar con sus degradantes comentarios a uno de los nuestros, formábamos una piña. Cuando a uno de nosotros se le ocurrió designarnos “El club de las plumas inquietas”, creímos formar parte de una alianza indestructible. ¡Y lo éramos, niña!; éramos ya indestructibles. Nada nos podía parar. Formábamos parte de una hermandad en toda regla. Entonces las naciones andaban cada una por su lado y resultaba mucho más complicado trasladarse de manera tan rápida a otros países. Hoy en día tenemos es hermosa máquina del tiempo que te permite viajar de un lugar a otro en un solo instante. En cambio, en aquella época, conseguir que un ciudadano más allá de tus tierras pudiera leerte de manera inmediata, era toda una heroicidad. Todo andaba en pañales. Nosotros también…

-Abuelo, son las siete. Tengo que llevarle al comedor; es hora de la cena.

-Un poco más, niña; deja que te cuente un poco más.

-Mañana, hoy se hace tarde. Prometo que mañana, nos sentaremos en el jardín y podrá contarme su historia.

EL CLUB DE LAS PLUMAS INQUIETAS

SEGUNDO LANCE

Ha resultado una noche inquieta. No ha podido descansar y no como otras noches por la razón de siempre. Cuando uno entra en la ancianidad las horas pasan descontroladas y a su bola. En un minuto se ha dormido y al siguiente, algo le despierta de manera que ya no puede pegar ojo. Es como si se durmiera a trompicones. A saltos de montaña rusa desquiciante. Esa noche el sueño le ha vencido antes de tiempo, quizás invadido por el recuerdo de su juventud. Cada nueva situación hace en la senectud un acontecimiento excitante y perturbador. Hacía mucho tiempo que los recuerdos no le asediaban de aquella manera tan real. Parecían unirse a su costado y danzaban en un ir y venir en su memoria desgastada. ¡Pero que reales se plantaban, como una semilla al viento, en sus pensamientos!
Amaneció con ojeras, pero despejado. Su mente contenía el murmullo suficiente como para continuar, completamente decidido, su historia con la muchacha que le habían asignado para asistirle de manera personal.
La esperó durante todo el día. Al principio calmado. Luego con la zozobra de los mayores. No volverá, se dijo decayendo por momentos. Cuando la vio aparecer, estuvo a punto de engarzase en su cuello. No obstante, supo contenerse. La sonrió en la lejanía y la animó con un gesto a unirse a él.

Casi se muere de la alegría cuando la muchacha le ayudó a salir al jardín. Un solo día y ya parecía ser una costumbre necesaria.

-¿Quieres que siga contándote…?

Para su sorpresa la joven le miró con ojillos chispeantes.

-Claro abuelo, he estado hablando con mi compañero y me ha comentado que él si tiene noticias de aquella historia. Dice que fue algo muy comentado. Y muy triste. Pero que nunca se supo la verdad. Sus palabras han sido: “Un misterio que nadie supo descifrar”. No puede creer que aún exista un solo superviviente.

El anciano recuperó la ilusión como si le hubiesen hecho una transfusión instantánea de un poderoso reconstituyente.

-Si, si, soy yo. Estoy aquí hablando contigo. Yo fui uno de ellos. ¡Uno de los grandes!

-Pues ya me ha picado la curiosidad-Dijo la muchacha acercándose una silla-Ahora me va a contar el final ¿no?

-Claro que te lo voy a contar… ¿A qué hora tenemos que dejarlo? ¿A las siete, dijiste?

-Podemos quedarnos un ratito más…Digamos que hasta las ocho ¿Será suficiente?- Insinuó guiñándole un ojo a modo de complicidad.

-Supongo que si. Si, tal vez sea suficiente para contarte aquello, que todavía hoy, parece que lo estoy viviendo.

El anciano entrecerró los ojos y buscó en su memoria…

-Como ya te dije, éramos indestructibles. Un día uno de nosotros escribió. Puedo asegurarte, que nunca leí una historia como aquella. Era el relato de amor más hermoso que jamás se escribiera. Sus entradas eran magistrales pero esa entrada nos dejó marcados. Fue su última entrada. A partir de ese día sus textos cambiaron. Cada uno de nosotros dominábamos a nuestro capricho las palabras. Cada una de nuestras entradas contenía un sello único. Así que cuando la siguiente noche apareció con otro relato nos quedamos desconcertados. Ese no era él. Era su espacio. Su verdadero sitio. Pero no era él. Las palabras, la sonoridad, el lenguaje que utilizaba no era el suyo. Discutimos entre todos que habría podido pasar para este cambio, pero él aseguraba ser el mismo. Durante un tiempo no sucedió nada anormal salvo estas entradas a las que nos habíamos acostumbrado. Eran parrafadas sin sentido. En algunos casos relatos obscenos, repletas de palabras mal sonantes. De ideas sin un nexo de unión- El anciano mueve la cabeza apesadumbrado- Poco a poco nos distanciamos. El círculo se había roto. Ya nada era igual. Dejamos el contacto totalmente abatidos. La magia había desaparecido y las musas nos abandonaron.

-¿Y…?-Preguntó ansiosa la muchacha-

El viejo se encogió de hombros. Un rayo de sol le hizo guiñar los ojos al darle en pleno rostro.

-Nada. Así de simple. Nada. Para mi fue una tristeza muy grande. Era como si mi vida ya no fuese la misma. El club había formado parte de mi mundo. No me había dado cuenta de lo fácil que había resultado engancharse hasta que lo perdí. Comprendí que lo necesitaba como una droga. Las entradas, los correos, los comentarios. Me había quedado sin vida social…- Luego de quedarse en silencio alzo la cabeza y la miró pensativo-Nadie podía imaginar lo que había pasado. Nos desperdigamos, cada uno volviendo a nuestra rutinaria vida hasta que una noticia en los periódicos de la época nos hizo retomar el contacto: “Asesinado un hombre de treinta años para ser suplantado en una página de blog”…-Resumió intrigante- ¿Te imaginas mi cara al leer aquello? ¿Puedes comprender lo que quiero decir?-Ella le miro contrariada por la sorpresa.

-¿Asesinado?-Inquirió desconcertada-Cómo…

-Así es.

-Pero…

-La policía investigó el suceso…-Hizo una pasusa y preguntó-¿A que hora dijiste que…?

La joven después de mirar el reloj mostró un gesto de disgusto.

-Si, es verdad. Tenemos que dejarlo. Pero mañana tiene que continuar ¿Lo promete?

Sintió la cercanía. Las ganas. El protagonismo, como hacía tiempo, no recordaba. ¿Cuanto hacía que no se sentía atendido y escuchado? Las lágrimas de viejo le asaltaron delatoras.
¡Maldita vejez!, se dijo así mismo sonándose los mocos y llevándose las manos hasta los ojos para secárselos.

CONTINUARÁ…

EL CLUB DE LAS PLUMAS INQUIETAS

TERCER LANCE Y FINAL

Era sábado. Lo sabía porque ese era el día en el que el centro se convertía en un circo. Las visitas podían hacerse a lo largo de toda la semana. Sin embargo, los familiares destinaban el fin de semana a visitar a sus mayores. Él nunca esperaba visitas. Los familiares y conocidos se le habían ido quedando en el camino. A todo se acostumbra uno, pensaba al tiempo que, sentado, daba pequeño sorbitos al sabroso café de la mañana. Le encantaba estudiar los comportamientos ajenos. Así, mientras desayunaba, andaba pendiente de este y aquella. Los veía trajinar, ir de un lado a otro mientras el murmullo iba creciendo, como una suave melodía. El gallinero comenzaba a subir de tono al tiempo en que las risas, fabricaban ilusiones nuevas dentro de la rutina de todos los días. Completamente relajado se llevó la taza a los labios. Antes una pausa para, de un ligero soplido, enfriar el humeante liquido.

-¿Puedo sentarme?

Sin prestar demasiada atención, se apresuró a otorgar con un movimiento de cabeza.

-Claro, claro, hombre, siéntate.

El anciano que se sentaba a su mesa dejó en ella una bandeja de un frugal desayuno, y achacosamente se dejó caer en la silla.

- Como se nota que es sábado-Afirmó queriendo buscar un diálogo-Esto de la vejez es una chochada.

Este comentario le hizo sonreír. Apenas se había fijado en él durante los tres años de su estancia. No poseía ningún rasgo en particular para retener en su memoria, algo que lo distinguiera de algún otro. Un anciano anodino, pensó. Sin embargo, siempre afable, le sonrió por cortesía. Por eso, y porque él mismo estaba pensando de forma similar.

-Cosas de la edad, viejo.

El otro parecía analizarlo hasta el punto de llegar a sentirse incómodo con la forma tan persistente de mirarle.

-Estoy seguro de que tú eras “El zorro”…

El anciano se quedó con la taza a un suspiro de los labios. En un momento sus entrecerrados labios, a punto de tomar otro sorbo de café, conquistaron, de manera instantánea, el camino del desmayo gestual. Intentó colocar la taza en el plato de manera que apenas se notase su acelerado pulso. Pero la vejez, traidora como ella sola y dejando al descubierto sus emociones, lo desnudaba a cada momento. Tomó la taza con las dos manos y la colocó lo más cerca posible del centro del plato.

-¿Cómo sabes tú eso? ¿Eres acaso…

-Te escuché la otra tarde hablar con la asistente. Fue algo fortuito. Pero no pude dejar de acercarme y curiosear.

-¿Pero cómo sabes tú eso?

-Yo soy “Dumas”. Bueno; el suplantador de “Dumas” ¿Recuerdas ahora?

Casi le da un infarto al recordar. Claro que recordaba. Intentó respirar como le habían enseñado para no llegar al final del túnel del que siempre hablan.

-Tranquilo, hombre. Toma un sorbo de agua. No quiero ser el causante de otra muerte…Ya pagué lo que tenía pendiente.

Con el tembleque, siempre presente, se bebió de un solo golpe; el vaso entero.

-La vida tiene este tipo de cosas-Continuó muy tranquilo-“Dumas” era mi hermano. Era un escritor aunque nunca publicara nada. Lo había hecho desde niño. Siempre fue el mejor en todo. El más listo. El único que sacó una carrera de los dos hermanos que éramos. Voy a resumirte la historia para no alargarme demasiado. En la época en que escribía en el blog, vivíamos juntos. No voy a contarte que le envidiaba porque eso ya lo supondrás después de lo que te he contado. Sin embargo era algo peor que eso lo que sentía hacía él. Le odiaba. Vuestros comentarios hacía él eran únicos. Y yo sabía que nunca escribiría como él. Jamás. Por eso, me nubló la ira. No sé cómo pude hacer algo semejante. Pero lo hice. Mi abogado pudo conseguir que me internaran en un centro psiquiátrico, al declararme culpable. Rogué que no se diera demasiada importancia al asunto en la prensa. Quince años estuve encerrado. Y pagué mi pena. Bueno, en realidad no he dejado de pagarla pues me sigue atormentando su recuerdo…Solo quería que lo supieras. Por cierto- Dijo al tiempo que se levantaba- Dale a la muchacha un final más romántico, ella se lo merece. Cuéntale un cuento; de esos que vosotros inventabais de manera espléndida…

Y se fue alejando entre la algarabía, confundido entre el gentío, como un anciano más; con una historia a sus espaldas. Como todos…

PERCEPCIONES

De noche todos los gatos son pardos. Eso dicen. La oscuridad propicia este tipo de frases. Los colores se confunden y eso fue lo que la ocurrió. No distinguió bien lo que se le avecinaba hasta toparse con el bulto en pleno rostro. La fiesta había resultado de lo más alocada y el alcohol regó su cerebro hasta dejarlo seco de una sola idea coherente. Con la bruma etílica, y los zapatos de tacón alto, (uno de ellos atascado en una de las grietas del empedrado) su primera reacción fue la de echar a correr. Pero no pudo. Ya dijimos que uno de sus tacones quedó prisionero encadenándola sin piedad. Así que, completamente ciega de pavor, se tapó la cara con las manos. Los gritos de ambos resonaron en la callejuela espeluznantemente solitaria. Supo que nadie acudiría a su alarido, como también que el gato que saltó sobre su cara, y que gritaba apocalípticamente, no era tan feroz. Sonriendo de manera estúpida y con el pulso acelerado, se quitó las manos de la cara. Cuando comprobó que el minino lamía, justo el tobillo prisionero, dejó de sonreír. Las fauces de aquel felino no aparentaban tanta inocencia como podría presumirse por su tamaño.

ALZHEIMER

Instrucciones para leer este texto: Siéntese. A ser posible, bien relajado. Si tiene otras cosas que hacer, posponga la lectura del relato para otra ocasión más propicia. Nada de atender la casa, trabajo, contestar correos u otro tipo de ocupaciones. Cuando esté en optimas condiciones, prepárese siguiendo estrictamente estas instrucciones: Clickee en la imagen y abra bien los ojos. Deje que la música le envuelva. No pierda una sola línea de lo escrito. A continuación deje volar la imaginación y recréese en la historia. Abandone su mente de pensamientos insanos. Busque en su memoria, cuando se emocionó por última vez. Y prepárese para recorrer el más fascinante viaje que jamás realizara al corazón humano.
Bienvenido ¿está preparado? Allá va…

Encuentro que esto que me pasa no tiene explicación. Usaré aquello que tengo más a mano. Mi extenso diccionario mental. Hacedor de palabras. Recolector de expresiones. ¿Qué más? Un sucedáneo de interpretaciones para reconocer. No existe anuario que mis neuronas hayan anotado. Nada. Las acotaciones a pie de texto, debieron perderse entre los ovillos neurofibrilares, dispersándose a su capricho. Apenas puedo conceptuar la soledad que me envuelve. Me siento un extraño en mi propio cuerpo. Acorralado en esta dimensión trasatlántica. Espacios ajenos monstruosamente impredecibles, exóticos acuarios metafísicos subyugan la imaginación. Sé que miro la nada como si un infinito blanquecino me anonadara. Sé que los que me rodean viven un calvario conmigo. Lo sé. En cambio no puedo expresar mi total desacuerdo cuando los escucho hablar sobre lo que me acontece. No importa. La verdad no tengo miedo alguno. Ni prisa. Ni ansía. Ni valor. Ni alegría. Ni ganas de saber como se llama esto que me apremian como si les fuera la vida en ello…-Papá, por Dios, abre la boca y come. Papá, traga…
Y la pena de mis hijos, la inconsciencia de mis nietos. La locura de mi mujer, aferrada a mis manos, llorando como una cría. Ríos de inmensas lágrimas derramándose sobre nuestra fotografía de boda. Y yo que la miro y ladeando mi cabeza intento explicarle que el amor no se pierde. Que entiendo, que desde mí más allá, podré un día tomarla de la mano y acariciársela como antes. No, mejor que antes. Con más amor y entrega. Con más pasión. Y mientras su labio pronuncia un nombre (algo que a mi se me escapa) compruebo que dentro de mi corazón se enciende una llama. No es amor. No sé como se como se exclama. Ni revierte en mi memoria la palabra. Solo sé que sale de dentro. Se acuna en mi alma. Y me hace desbordarme en su figura, como si de mi alimento se tratara.

DIFICULTAD PARA QUERERSE

Arrojó con desden el cuchillo sobre el frío suelo de losetas blancas del baño. Se lavó las manos y echando una larga mirada en el espejo, lentamente se desvistió. No tenía prisa alguna. Desnuda, recorrió con una mirada extensa, todo su cuerpo. El espejo creó un hermoso cuadro y la pintó tal y como la veía. El paisaje subyugante publicó la maestría de su creador. No obstante, algo la hizo ladear la cabeza, arquear las cejas y mostrar un inquieto síntoma discordante. Recogió el cuchillo y se hizo una incisión en la aureola de los pezones. Al momento brotaron dos diminutos bultos, como pequeños capullos febriles por desarrollarse. De nuevo curvó el cuello. Algo iba mal. El espejo decía algo que ella no entendía. Se acercó a el buscando una respuesta alentadora. Otro corte, esta vez más extenso. La sangre tomaba ya la magnitud de un río sin orillas ni matices. Se alejó unos centímetros del espejo contemplándose en la distancia. Aquellos senos, juzgándose así mismos, nunca estarían contentos con nada.

CONFUSIÓN

Nerviosa y excitada, rodaba de un lado a otro. ¿Un rojo carmesí? ¿Un rosa almibarado? ¿Un brillo transparente? ¡Hay, señor! La duda la traía por la calle de la amargura. El anuncio en Internet le había devuelto la vida. Como a tantos otros, la lista del INEM se había convertido en una pesadilla. Horas de insomnio malgastadas. Vueltas de tuerca, buscando una salida. Menos mal que el anuncio le había devuelto la vida. Ya hacía proyectos. Se imaginaba buscando su propio sitio. Las ganas de ascender. Los madrugones mañaneros. El trajín y la locura de estar siempre en condiciones óptimas. Dar todo de si misma. Entregarse a las tareas de manera fiel y disciplinada. Amaba su trabajo. Se sabía buena y eficientemente segura de si. De sobra conocía que su profesión era muy corta, por eso tenía que darse prisa, mucha prisa para no ser relegada al olvido.
Ya dispuesta se presentó a la cita. A primera vista todo parecía ir sobre ruedas. Su aspecto encandiló desde el primer minuto. Comenzó a relajarse. Era su primer empleo, carecía de referencias. Pero el anuncio lo decía bien claro “Mejor sin experiencia” De esta manera y al tiempo que la entrevista transcurría, supo que se había ganado el puesto. Salió de allí orgullosa de su comportamiento. Al día siguiente comenzaría el periodo de prueba, dijeron cuando se despedía.
Y llegó el esperado día. Cuando la dijeron cual iba a ser su cometido, todas sus ilusiones se vinieron abajo. Casi se derrite al encontrarse con un ojo que, valiente la insinuaba a que le perfilasen.
¿Cómo era posible que se confundieran de aquella manera? Volvió al anuncio y leyó: “Rostro de mujer necesita barra de labios. A ser posible que aumente la belleza y resalte los labios. Mejor sin experiencia”.
Por supuesto reclamó, pero le dijeron que se habían confundido y pidiéndola disculpas la dejaron con la miel en otros labios.

GUAJIRA


Y levanta los brazos y como abanicos al vuelo se enroscan en el aire, con olor a incienso, aromas de jazmines que esparce la brisa en su baile. Envolviendo, bajando, danzando. Y en los pies, de puntillas; taconazos. Y en los ¡olés!, los quebrantos, los clamores de un quejió que manda al corazón que riegue la sangre que hace falta pa que la bailaora, golpee los zapatos de tacón alto. Y en ese vestido de faralaes, negro y ceñido en la cintura, se desborde en un vaivén condesadito de milagros. ¡Ay! que me miren tus acais, preñaditos de sueños como los tuyos y los míos. Morena de rostro aceitunao, clavel reventón en esa mata de pelo ensortija, dulce ambrosía, que ahora mismo me bebería en tu boca, a punto de ser mía. Alma perdía, que dejas encerrá en los sones de mi guitarra toda mi valentía. Dile al sol que no te mire tanto, que de tanto mirarte, anda el embrujao. Y del minarete de tu cintura, me he quedao yo enamorao, y rasgándome la camisa te llame por tu nombre: ¡Canela fina! Canela fina tu boca, canela fina tus labios, canela fina la rima, canela fina los farolillos de esas pestañas más negras que la estrella que me guía. Dime gitana, ¿quien te ha embrujao? ¿Qué sortilegio guarda el encantaor, que ha ti te ha encantao? El junco de tu cintura emborracha. ¡Dame, más vino, tabernero, pa cantarle a este clavel lo que vale una vida! Ella que me quita el sentio, ella que me muere en vida. Taconea, taconea, revuela y juguetea con el aire a ritmo de una guajira. Los volantes de tu bestio perfuman el aire. Olores de azahar, naranjos y limoneros, abren grietas en mi carne con el surco que vas dejando con ese olor a hembra, condensaito en mi carne.
Baila, mi gitana, baila. No temas a naide, que mientras yo esté a tu vera, morena mía ¡A ti ná ha de fartarte! Y cogiéndote el bestio, ese que con tanta coba me chamulla al oído, con las dos manos soplándome al aire, me lanzas un beso, de esos que hielan la sangre.

¡UN BRINDIS POR TODOS ELLOS!

Si, amigos, hoy me apetece romper un poco el ritmo de este blog y escribir otro tipo de texto. Hoy, queridos amigos virtuales, quisiera brindar por todos ellos. En concreto, este brindis se dirige a todos aquellos que han ido entrando poquito a poco en este humilde sitio y en el que, algunos se han encontrado “tan agustito” que se han instalado de manera intermitente, pero con derecho a llave propia.
Para ser coherente empezaré citándolos por orden alfabético y así, no dejarme a nadie en el tintero. Para los nuevos lectores que quieran entrar y curiosear en sus blogs particulares, los tengo a mi diestra, como dicen que Dios tendrá a los justos (Hay que fastidiarse, que una atea como yo, diga semejante frase) para deleite de ojos limpios de polvo y paja.
Estoy segura de que con este titulo a cualquiera le pica la curiosidad. Se llama “Bolg de relatos y otros escritos intimistas” de Anne Fatosme. Anne, según nos cuenta es una francesa de adopción (suerte que tenemos los españolitos, que nos eligió). Sus relatos traspasan lo meramente literario para hacernos jugar a su juego. Leer a Anne provoca, reta, y asumiendo la libertad que dan las palabras; utilizarlas de manera magistral. El primer relato que leí de ella me dejó con ganas de más. Se trataba de un magistral cuento sobre un asesinato en Facebook. Original como el solo. Sinceramente lo recomiendo, a ella y a todo lo que se le pasa por la cabeza.
“Buworld” es un blog donde tiene cabida todo. Filosofía, música, sexo, Buero Vallejo, y un largo etcétera. En el que sobresale, para mí, su admiración hacía el gran maestro Joaquín Sabina. Solo por esto ya es grande. Os invito a pasar un rato entretenido con él.
“Cuento chino” es una de mis ultimas lecturas. La verdad, resulta muy difícil analizar este blog. Repleto de una inteligencia fuera de lo común, su forma de escribir parece ser de las que sentencian. A mi humilde modo de opinar, diré que sus historias conmueven, y abren márgenes en las orillas para recrearse en otros mundos fuera de estos mundos. Un verdadero hallazgo para mí.
Concha Huerta-Arte y cultura. Es verdad, su titulo lo dice todo. Es como abrir páginas y páginas de libros de arte. En su blog entra todo lo que tenga que ver con la belleza en todos sus ámbitos. Con una exquisitez, fuera de toda duda, nos recomienda, enlaza y descubre, mundos de infinitos coloridos. Una inagotable caja de sorpresas. Pura ambrosía para los sentidos.
“Defecto perfecto” Un Giancarlo que me asombra por su capacidad a la hora de comentar. Sus comentarios implican un pozo de sabiduría cultural. A la hora de interpretar un texto, siempre tendrá a mano alguna historia épica. Su sitio es un lugar interesante, un revuelto “de todo un poco” que hace que el lector le eche en falta cuando no aparece una nueva entrada suya.
“Descubriendo mi alma” Bueno, fue uno de los primeros en entrar a mi casa, comentarme, quedarse en ella (como un verdadero amigo) y terminar colgado (anda un poco liadillo y hace tiempo que no escribe) de un hilo. Goheta, en cuya entrada, aseguraba “Seguir vivo”, efectivamente me abrió su alma. Sus textos contenían toda una amalgama, propia de la gente joven con ideas y visiones intimas. Prometió volver, así que ya espero con muchísimas ganas tu vuelta, querido amigo.

“Diario de una escritora novata” La admiro. Admiro su escritura, repleta de mundos mágicos, descripciones a modo de película.Victoria traspasa la pantalla del ordenador y nos lanza a su mundo de hombres y mujeres de época con todo lujo de detalles. Quién entre en su página encontrará la satisfacción propia del artista. Con una maestría de oficio, nos regala una novela, en la que diariamente escribe, para deleite de quienes la seguimos.
“Divagaciones de Foro Amor”. Jalex nos hará reflexionar sobre…Claro, el amor. Todo lo que tenga que ver con este mundo de las relaciones. Nos hará pensar y discernir, provocará y hará que el lector se motive a dar su opinión. También fue de los primeros en comentarme. Y guardo un cariñoso detalle de su página, por eso y porque ya se ha hecho un hueco en mi corazón, como sus historias.
“El Faro del fin del mundo”. Luis Irles, ese navegante reflexivo, rescata, para todos aquellos que quieran ser conducidos hacia toda clase de dudas. Nos hablará de Irena Sedler, Jean- Luc Godard, y hasta nos paseará por “El tren del fin del mundo”. Todo un fantástico viaje que no te puedes perder.
Elu.Kat, ella fue la primera. Encontró un texto mío “Cuento urbano” y creyó encontrar el blog del enganche. Como todos los jóvenes, la inconstancia la hizo alejarse poquito a poco. Tengo ganas de que vuelva con esos vaivenes suyos. En su sitio, se respira ingenuidad, frescura y un poquito de locura adolescente. Todo un encanto. (Hace tiempo que tampoco nos comenta nada. Imagino que andará ocupada en otras cosas)
“Fotófilos” es un blog en dónde la fotografía, en todos sus perímetros, nos calará de manera irremediablemente intensa. Quedaremos con ganas de analizar, estudiar y adentrarnos en ese fascinante mundo.
“Hello, Madrid. Hola New York- blog. Allison nos dará un repaso a las diferencias entre las costumbres entre Estados Unidos y España. Eso pretende, pero al final consigue una combinación de culturas francamente atrayente. En su sitio se puede encontrar de todo. ¡Hasta un lavaplatos!
“Historias ciertas y otras no tanto” Chrieselli se ha convertido en la cereza, o mejor, la guinda de este selecto club. Las entradas de Chrieselli tienen que leerse de forma pausada y tranquila. Trasmiten paz y armonía y aunque ella se empeñe en que los relatos cortos no son su fuerte, yo creo que el ejercicio la está viniendo muy bien para darse cuenta de que ya no hay nada que se le resista. ¡Ánimo artista!
“Kokichuelo” (estoy segura de que le gustará que le adjetive así) es un espécimen raro. Muy raro de ver por estos mundos tan dispares. Me encanta. Apenas me salen las palabras para describirle. Sus entradas son cortas. Como cuentagotas, nos abre el frasco de esa ironía que tan magistralmente provoca nuestra sonrisa. Y lo consigue ¡Por la pluma del Poeta, que lo consigue!
“La media Copa” Uf, hablar de Claudia, con esa juventud arrolladora y no hablar de nuestra querida Argentina, es no decir nada. Entre el tango (con su feroz Gata), los derechos o amoralidades, algún que otro relato (espero que comparta alguno más con todos nosotros) y su verborrea inagotable, nos muestra un mundo diverso. Si hoy nos trae a Bach, al mismo tiempo nos publicará una investigación exhaustiva sobre cualquier tema que pueda ser dialogado. Un pozo de mezcolanzas. Imposible pasar por su casa y no quedarse a charlar un ratito con ella.
“Micromios blog” Rápido, sagaz, estrechamente microscópico, pero gigante cuando empuña la pluma. Si cierro los ojos y pienso en ella, consigo visualizarla rompiendo las teclas con su rapidez en contar historias. Ingeniosa y lúcida nos entregará siempre un manjar a gusto de cada comensal.
“RedNote” House llegó un día a mi casa, hace ya tiempo y de vez en cuando nos visitamos mutuamente. Tiene un espacio tan amplio que mi casa parece una humilde choza comparada con su mansión. Encontrarás todo lo habido y por haber. Videos unas veces ágiles otros divertidos, amenos, curiosos y un sin fin de cosas más. Además por ser de los primeros también le guardo un especial afecto.
Reflexiones desde el globo. Es una de mis últimas lecturas. De forma crítica nos abre los ojos a las noticias de manera, directa y con buena precisión. Lo mejor de este blog es que deja márgenes al exponer los puntos de vista, de esta manera el lector toma el partido que más le convenga. Muy bueno.

“Relatos y cuentos depredadores Weblog” ¿Qué decir de Eduard? Los que ya le conocen (hace muy poquito tiempo que nos encontramos) coincidirán conmigo en lo especial que resulta. Como buen detective, gangster, y personaje de novela negra (en dónde a mi parecer se desenvuelve como pez en el agua) nos encandilará. El maestro del suspense (nuestro Eduard) recopila muchachas divinas. Rubias platino, morenas y pelirrojas. Las describe con tal maestría (él) que si no existiese habría que inventarlo.
“sinBalas” nos habla desde Chile. En su espacio podemos encontrar un sin fin de noticias, rescatadas y examinadas por la vivaracha espada de un genial contador de batallas. Se trata de nuestro más intrépido reportero. Aquel que nos mostrará la noticia a forma de bandolero de antaño. Un verdadero descubrimiento, el que hice hace muy poquito tiempo con él.
“Stat rosa pristina” Llegué tarde. Muy tarde. Tanto, que me dejó con la miel en los labios, de seguir disfrutando de lo exquisito de su lectura. Esperemos que vuelva.
“Tejiendo el mundo” Vaya, tienen tantas cosas en este blog, que me quedo con todas. Curiosas como ellas solas. Todo un bazar en dónde encontrar cosas de más de cien (Como los “todo a cien” de entonces).
“Testigo”. Ernesto es poseedor del espacio dominguero más sugestivo que te puedas encontrar. De su chistera sacará desde reseñas de libros hasta los más hermosos amaneceres. Puede que un día cualquiera te encuentres con disertaciones sobre política, las cuales sabe examinar a la perfección, pero como él mismo dice, la vida está llena de diferentes matices.

“Letrasdeagua”. De las últimas y la que espero que escriba un poquito más para poder analizar mejor. Sin duda un blog para no echar en saco roto. (Nuevo)
“Minimalia” Un micarver sugerente nos invita, con pequeñas pinceladas, a entrar en un mundo distinto. Nada convencional y lejos de esteriotipos. De los últimos en descubrir. Una lectura fresca y nueva.
El blog de Tetúan-Madrid. Todo lo que tenga que ver con uno de los barrios más castizos de Madrid, lo encontrarás en este blog. (Nuevo)
La libertina3: El arte del flamenco. Que ya es mucho arte, visto por un cronista excepcional. (Nuevo)
Labalaustra: Literatura, y cualquier cosa que tenga que ver con el arte. (Nuevo)

Bueno este es el extenso repaso de todos aquellos, que conmigo, exploran y disfrutan de un mundo, cada día más abierto. Abierto a otras culturas, pero con idénticos sentimientos. Gracias a todos. Por sus comentarios. Por las ganas y la ilusión que ponen en cada entrada. Por las sonrisas que a veces nos arrancamos aunque nos encontremos tan lejos. Las letras nos vinculan. Que sean ellas quines tengan…La última palabra.
¡Brindo por todos ustedes, compañeros!

CUALQUIER DÍA EN CUALQUIER PARTE

No negaba que la vida le pesaba. ¿Para qué? Negar lo evidente era otro síntoma de debilidad. Los huecos se habían desproporcionado y las lágrimas reconstruían un salero destapado de forma brusca sobre su garganta. Supo del amor, y más tarde del abandono. Historias paridas y abortadas; de ellas se alimentaba la propia historia del mundo. Nada nuevo. Echaba de menos muchas cosas. Si, ahora echaba de menos, no antes, cuando las tenía. Solo el perdedor sabe lo que ganó en su día, y ella echaba de menos su sonrisa ¡lo de siempre! (pero es que era verdad), su mirada de niño encerrada en un cuerpo de hombre, (demasiado hombre) diría después para justificarse él mismo. El despertar en las tardes y curvarse junto a su espalda buscando… (Cualquier psiquiatra de libro le habría dado múltiples explicaciones a su conducta y seguramente ninguna de ellas valdría la pena ser valorada)…La armonía. Esa era justamente la palabra. Evaluándose a si misma, y a la propia relación, entendía que tal vez, y solo tal vez, hubiese puesto en la balanza algo más que él. Buscando apoyos se encontró con un entarimado flojo y nada seguro, en el que un escalón más le habría roto los dientes…Y el corazón, órgano absurdo y simplón capaz de fantasear y cometer todos los errores habidos y por haber.
Ahora solo quedaba llorar. Pero resulta que se había quedado sin lágrimas. Y no entendía porqué. No entendía que sus ojos se hubiesen tragado, de manera milagrosa, el líquido sanador de heridas. Tomó pastillas para el sueño. Desertoras, malsanas, le abrieron surcos en la memoria destruyendo a su paso, gentes y lugares sin nombre. Llegó un momento en el que la evocación de la misma tristeza le hizo interrogarse sobre el porqué de tanta angustia. Y buscó. Y buscando, un día cualquiera se encontró con un mensaje en su correo. Pinchando para verlo y con toda la apatía del mundo leyó: “Sé que sigues leyendo mi correo. Haz el favor de no meterte más en mi vida. Esto que tú haces es un delito. Te lo ruego: Déjame en paz; coñ…” Entonces recordó. Recordó que un día cualquiera, en cualquier parte, abrió su correo y supo de la otra. Y las palabras que leía eran una declaración de amor en toda regla. Por eso un nombre siempre en la boca. Un recuerdo constante hacía ella. Se dijo que tenía que asumir el final. La meta estaba ahí, como una cuerda elástica en la que la única manera de desligarse era deshacerse de ella. Supo que Pablo había encendido el televisor. El bullicio y la algarabía le llegaban como una música de fondo. Ni siquiera se molestó en cerrar la puerta. No le hacía falta. Su mente, totalmente entregada, solucionaba problemas de forma instantánea.
Pablo, rascándose sutilmente la entrepierna y con una lata de cerveza en la mano, volvía del baño cuando en mitad del pasillo se paró. Volvió tras sus pasos y se quedó en la puerta observándola. Aporreaba en teclado del ordenador, como si en esta maniobra, le fuera la vida entera. La agresión resultaba ridícula e infantil. Por un momento dudó en preguntarla que era aquello que la tenía tan concentrada. Quiso indagar, conocer, el motivo de tal entrega. Debía de tener un salvaje fundamento…Sin embargo y a pesar de las ganas, su boca se abrió para preguntar: ¿Pedimos una pizza para cenar? Ella, ni levantó la vista del teclado ni pareció escucharle. No le afectó lo más mínimo. El gol de su equipo, gritado enloquecedoramente por el cronista, como un salvoconducto, llegó a su rescate. Y se marchó concentrado en la desbordante euforia de una victoria futbolera.

Una sonrisa de triunfo baldeó su cara. Orgullosa y henchida de una soberbia enfermiza,
abrió un paquete de cigarrillos y extrajo uno. Lo encendió y aspiró con furia. Deleitándose en el texto, corrigió: Aquí, falta una exclamación, el texto lo pide a gritos. Se dijo con el corazón galopando salvajemente.
En la noche Pablo celebró la victoria de su equipo con su santa señora. La santa, la buena señora; dejábase hacer al mismo tiempo que sus pensamientos buscaban palabras para dejarlas impresas en el próximo mensaje: “Querido cabrón…

NUESTRO NUSHU

Hace un tiempo le hablaba a nuestra amiga Claudia de rescatar una novela que escribí hace años. Lo pensé y analizando pros y contras, me he decidido a que la leáis. Como necesita de muchos retoques, pues el paso de los años la deja en mal lugar (pequeños detalles como el cambio de moneda y otros tantos apuntes de actualidad) la iré cambiando puntualmente mientras salga a la luz. No quiero modificarla en demasía, así que si alguien piensa que está desfasada, espero que me lo diga con total sinceridad. Es un experimento nuevo. Nuevo para mí, claro, retomar lo escrito hace miles de años en dónde mi visión de las cosas y el mundo, se ha dado la vuelta de manera radical.
Los personajes femeninos están sacados de la realidad, salvo la protagonista. A todas ellas las conocí en diferentes etapas de mi vida, y no se conocen entre si. Luego las uní y escenifiqué para ellas este modesto teatrillo. Ninguna sabe de este homenaje. Perdí el contacto y no tengo forma de retomarlo, pero estoy segura de que si lo leyeran les encantaría verse en este modesto retrato. Guardo de todas ellas un bonito recuerdo. Las situaciones sin que son ficción. Igual que los nombres que sustituí deliberadamente.
El titulo me pareció de lo más acertado. Para quien lo desconozca el “Nushu” es una escritura secreta inventada por antiguas mujeres chinas para relacionarse entre ellas sin que los hombres supieran de sus caracteres. La historia de este lenguaje es muy interesante. Para quién quiera más información, existen muchas páginas en Internet que hablan de el.
No quiero que la lectura se haga muy pesada así que siguiendo los consejos de Claudia, la iré insertando un día a la semana. Cada lunes publicaré un capitulo y ustedes me dirán que les parece. Eso si, necesito que sean totalmente sinceros y me den su opinión. En el momento en que las críticas sean “chungas” lo dejaré. No es mi intención cansar a nadie.
El primer capitulo será muy corto, pues con la introducción alargaba mucho la entrada, de esta manera quedará un poco chocante pero, por necesidades de espacio lo dejaré así.
Espero que disfruten tanto leyéndola, como yo la disfruté en su día inventándola.

CAPITULO I

Hasta que la mierda no me metió la cabeza en la ídem, no reaccioné. Luego, intenté, como todas en mi caso, supongo; disculparlo. Luís solo era violento cuando bebía (aunque cada vez lo hacía más a menudo y sus ataques resultasen más irracionales).
La primera vez que me agarró el cuello y hundió mi cabeza en el inodoro, pensé que me moriría del asco. Pero no fue así. La capacidad estoica del ser humano es imprevisible. En realidad no me dio tiempo de “saborear” nada, pues a continuación, y con una desconsideración sin límites, estampó todo mi cuerpo contra las preciosas baldosas de mi baño azul. Entre mi despertar y la conciencia de que debía poner pies en polvorosa, pasaron algunas horas. Mientras tanto, mi Luís “saboreaba” fresquitos y largos cubatas en cualquier club nocturno, en dónde las putas -¡Uy!, perdón por la expresión, nada sutil- quise decir; las señoritas psicólogas, que escuchaban pacientemente a mi Luís, lo sanaban de esas heridas profundas que contiene el alma de un pobre hombre, que acaba de excederse en contra de su voluntad.

FÁBULA INFANTIL

Era una cajita hermosa, pequeña, de un rojo amarronado. La niña la mantuvo en sus manos. La rodeó con su mirada al tiempo en que la hacía girar. “¿Cómo puede un sueño encerrarse en un sitio tan pequeño?” Se preguntaba misteriosamente. Cabía exactamente en el hueco de su mano. Sentada en la hierva no dejaba de observarla. “Cómo me gustaría tener un secreto para guardarlo en ella. O un sueño, o una esperanza. Quizá otros mundos podrían entrar en mi caja…” El jaspe, con sus líneas entrelazadas, se dejaba querer. Con un cierre de fantasía en forma de media luna, coquetamente, la sedujo. La niña, fascinada, abrió la cajita lentamente. Buscó en uno de los bolsillos de su vestido y sacó una “chuchería”. Se trataba de una gominola de sabor a cerezas. La introdujo en la cajita y después cerró esta última. Apretó los ojos con fuerza y esperó. Sus pies comenzaron a moverse inquietos. No tuvo más remedio que levantarse, remontando el vuelo. No fue de manera rápida, ni lenta, sino de manera nueva. De lejos, supuso remotas tierras; llegó una música. Como niña que era no aguantó las ganas. El sonido de la flauta dejaba en sus oídos un rastro subyugante. Despegó del suelo de manera irremediable. Hubo un pájaro que, disfrazándose de nube, hizo surcos en el aire con sus alas. Las campanitas sonaron alegres y vivarachas, el ave la regañó por su extravagancia, ella por su camuflaje. El sol la hizo guiños y reprendió a ambos. Tuvo suerte de encontrarse a una nube seductora que la envolvió ocultándola de ambos. Esta nube la contó que podría visitar a las hadas cuando quisiera. Sobretodo ahora, que sabría pasar perfectamente por una de ellas. No lo dudó. De puntillas por la nube y escurriéndose sutilmente, se agazapó para no ser descubierta por el sol. Como la nube le contara, encontró a las hadas. Estas perforaron sus oídos con chillidos de hadas. Muy propio, pensó al tiempo que se las quitaba de en medio de la cara. Eran tan diminutas y sus alas tan transparentes que simulaban el cristal. ¡Una niña! Gritaban fuera de si, simulando un siseante: ¡Shiiiiiiiiii! Surgían de la nada. De las altísimas copas de los árboles. Detrás del pico de una montaña, de las espumas de unos mares embravecidos. De los geranios y margaritas, los nenúfares y las enredaderas. Una gaviota se enganchó en su vestido y reconoció ir como las locas. Dadas las pertinentes disculpas continuó su vuelo al tiempo en que, con una habilidad increíble, dibujaba tirabuzones al aire en honor a la niña. Ella danzaba, volaba, dejábase llevar curioseando aquí y allí, mostrando sonrisas confundidas con la música. Una flor llamada “diente de León” soltó sus clipselas dispersándose a su capricho…
-Malena, despierta… ¡Malena! Anda, levántate ya…
-¿Mamá?-Dijo incorporándose al tiempo que se frotaba los parpados.
-Mira. Llegaron ya. Mira que zapatillas de valet más preciosas…

LA VENTANA

Dentro hacía un calor bochornoso e irrespirable. Las casas antiguas del centro de Madrid, era lo que tenían. El calor se incrustaba en las paredes y lo esparcía como si de una cámara de gas se tratara. Manuela regó por segunda vez las plantas, convencida de que el frescor del agua las aliviaría. Con un cuidado de anciano, milimetrando cada paso, abrió el balcón y a la sombra del toldo verde y blanco se acercó con mimo a ellas.

-Bebe, bebe, bonito- Le susurraba al jazmín-Anda, guapo, ¡Que tienes que estar pasando un calor…!-Decía moviendo la cabeza de izquierda a derecha lastimeramente.

Luego se orientaba a los geranios y más tarde a las rosas. Las gitanillas rojas simulaban no darse por aludidas, pero cuando la anciana llegaba a su altura, optaban por crecer y entre altaneras y vivarachas, dejaban que sus brillantes hojas se impregnaran del cristalino líquido.

- Bueno, ya está bien por hoy- Luego, parándose en seco indicaba con el dedo índice en círculo- Aunque si os portáis bien; en la noche os doy otro traguito…

Llegó hasta la cocina y guardando la regadera en un armario se dispuso a preparar el café. Justo cuando cerraba la cafetera, llamaban a la puerta. Arrastrando los pies llegó hasta el pasillo.

-¡Hija, que calor…! Este paseíto me ha dejao medio tonta.

-Pasa, anda, que ya estaba liada con el café.

- La verdad es que me viene de perlas. Mira lo que he traído- Y le entregó una bolsa de un conocido supermercado hecha un nudo prácticamente infantil- Mételo en la nevera, y nos lo tomamos con el café.

-Sabes que no tenías que haber traído nada. Esta mujer…- Comentaba al tiempo en que se acercaban a la cocina.

-¿No he venido muy pronto?-Preguntó consultando su reloj de pulsera.

-No, que va, tenemos el tiempo justo de preparar el café. Ya verás.

-Ya, ya, pero date prisa, no quiero que nos pase lo del miércoles de la semana pasada.

-Que no mujer, ya verás…Espera… A ver si llego. Estos malditos armarios del infierno…- En un superlativo esfuerzo para su edad, acercó una banquetita que tenía para esta maniobra y subiéndose en ella estiró los brazos. La otra sacaba las cucharillas tranquilamente.

-Emilia, cualquier día de estos; te matas.

-¡Pues que me entierren! Total, ya ves tú los que nos queda: Dos telediarios, como aquel que dice…- Alcanzó las tazas y se las entregó a la amiga.- Y ahora…- Continuaba al tiempo en que bajaba dificultosamente de la banqueta- Voy a sacar los hielos…

-Emilia, date prisa, que, llegamos tarde.

–No, si al final de tanto decirlo…

-Es que ya estamos muy reviejas para estas cosas.

-Y menos mal que no tenemos que arreglarnos, que si no…

Ambas se echaron a reír como cómplices de alguna travesura infantil.

Con sus cafecitos con hielo y el helado que trajo Manuela, ambas marcharon hasta el “cuarto de estar”. Emilia abrió una de las ventanas y subió algo la persiana; justo hasta la altura de las sillas donde se sentaban.

-¡Ay, señor, que cosa más deliciosa!…-Expresaba al momento en que se volcaba una porción de helado sobre el café.

-Calla, calla, ahí están- Advirtió nerviosa.

Por un momento retuvieron la respiración. A Manuela se le resbaló el vaso y unas gotas de líquido marrón, salpicaron el blanco tapete de hilo que adornaba, primorosamente, la redonda mesa. Emilia, abstraída por lo que sucedía tras la ventana, ni cuenta se dio del detalle.

-Mira, la ha traído flores…

-Y parecen caras- Contestó Manuela, ya más pendiente de la escena frente suya.

-Es que anoche discutieron.

-Eso no me lo habías contado-Refunfuñó sin apartar la vista.

-Hija, era ya muy tarde para llamarte. Él llegó de madrugada y ella le esperó ¡Menuda pelea!

-Si, si, como las suyas.

-Eso. De padre y muy señor mío.

-Mira que beso se dan-Suspiró

-Si, ¿Te acuerdas tú de algo parecido?

-Se me va la memoria.

-Y ami.

-Yo creo que la va a pedir matrimonio.

-Yo también lo creo.

-¡Que bonita juventud!

-Y que lo digas, hija, y que lo digas…

El olvidado café sobre la mesa, hacía aguas confundiéndose entre el hielo y el dulce helado de nata.

LA VIDA ENTERA TE DIERA

A cuestas con sus derechos, volvió la mirada. Las manos sencillas, ebrias; rastreaban en la curvatura de su cintura. Dignificando, orando una larga letanía de plegarias; leyendas de fantasías que la abandonaban a merced del desmayo y la pasión. La mano derecha interrogó y su propia piel, dispersada a su capricho, se tornó cartografía; extensión de un mundo sin fronteras por el milagro de su tacto.
No hubo hueco que las manos de él; como timones de un bravío bergantín, no se dejara subyugar. Sin ánimo de atrincherarse, desplegándose colmada, se abandonó a su pecho. Varonil, intimo; capaz de todo por ella…Entonces los labios se abrieron. Grietas como tierras de labranza, amigas de la siembra. Dilatadas…
De lejos, un crujido. Abrió los ojos lentamente. Manuel se vestía de espaldas a la cama.
Ella se escuchó decir:

-He tenido un sueño. Soñé que me querías.

Sin girarse respondió.

-Tendrías que dejar de leer ese libro. Te llena la cabeza de tonterías.

De pronto una detonación los hizo mirarse a los ojos con temor. Ella se levantó como sacudida por un mecanismo invisible. Rápidamente, y medio desnuda, salió de la habitación al tiempo en el que él gritaba:

-¡Los críos! ¡Saca los críos fuera!

Mientras Manuel buscaba su escopeta, ella sacó a los pequeños de la casa. Sabía dónde tenía que ir. Dónde dirigir a los chicos. Engarzó a su cuello a la más pequeña en un hatillo, aquella que aún ni gateaba, mientras sus manos buscaban a tientas las de los demás. Hicieron filas los cinco y presa del pánico y la sorpresa, buscaron la puerta de la calle.
El sol apenas salía. En medio del campo, la brisa azotó sus desconcertados rostros.
El silencio se adueñó del espacio. La casa, aislada y acogedora, mostraba ahora el infierno que había que abandonar a toda prisa. Sin pausa. Sin una mirada atrás. El aroma de la cebada y el trigo se desperdigaba confundidos con el olor de un lejano incendio.
La celeridad le hizo desperdiciar algunos cartuchos que cayeron al suelo. Como pudo, alcanzó una lechera pensando en los pequeños. Y corrió. Corrió como siempre. Sin pensar. Dejando que su disciplinada mente de campesino no se ocupara en otras cosas. Solo la huída. Estrella sabía lo que tenía que hacer. Correr como él hasta la disimulada trampilla, cercana al pozo. Allí estarían a salvo hasta que la contienda entre los dos bandos, cediese. Hasta que alguno de los dos, claudicase en su empeño en poner el mundo patas arriba.
Abrió la puerta con furia, y entonces un estallido le hizo desplazarse hacía atrás. Después, la fría certeza.
Abandonados a su suerte, su mujer y sus cinco hijos le ofrecieron el espectáculo más dantesco de su vida. Parecían dormir (sin haberles dado tiempo a alcanzar el refugio) si no fuera por los rostros teñidos de un dolor pavorosamente granate y unos ojos desvalidos, en donde las lágrimas jamás volverían a brotar.
Como loco, se fue hacia ellos tirando la ya, inservible escopeta. Arrodillándose en torno a los inertes cuerpos, comenzó a llorar.
Hubiese dado su vida entera, por decirla lo mucho que la amaba.
No lo pensó. Con calma buscó la escopeta y se pegó un tiro, sin coraje para seguir viviendo.

NUESTRO NUSHU

CAPITULO I (Continuación)

A mí los hombres me gustan como a todas, pero tuvo que pasar algún tiempo hasta que mis ojos volvieran a encontrarles algún encanto. Para mí tienen que ser hombres y punto. En cambio las hay retorcidillas. A mi amiga Carmen, una de mis amigas, más amigas, es decir, a la que más llamo para darle la “paliza” y pedirle alguna buena oferta vacacional, (trabaja en una agencia tipo, “Colocón viajes” o algo así. Como se puede apreciar muy, muy amiga) le gustan los cubanos.
Se vuelve paranoica pérdida, por un tío con acento caribeño, meloso, dulzón y tiernamente jovenísimo. Teniendo en cuenta que nosotras rozamos la bonita cifra de…Años, a veces Carmen más que acostarse con un crío más que jovenzuelo, se lo hace con un bebe. Coetáneos de su hijo o no, a Carmen se le cae la baba con los veinteañeros
Sonia en cambio que va de “chupi-guay”, prefiere a los maduritos. Se jacta de este pequeño matiz al tiempo que declara sin rubor “que es mejor que te enseñen, a enseñar”. Carmen con algo de distorsión en la interpretación, comenta orgullosa: “A mi también me la enseñan”, quedándose más ancha que larga.
Sonia, cuando esto sucede, (tan a menudo como nuestras puyas particulares) apenas puede disimular un gesto de desprecio. ¿He dicho ya que las dos se odian? ¿No? Bueno, Carmen es una de esas mujeres, que siempre, siempre, andan buscándose el Nirvana. Mujer espiritual donde las haya. Morenaza. Buenas carnes (algo desparramadita para la media del momento), ojazos color azabache y mirada de matrona a punto de saltarse cualquier regla establecida. Con un encanto tan español, que los obreros, (por supuesto, de obras) caen rendidos a sus pies con sus contoneos. ¡Jamona! ¡Chula! Y expresiones por el estilo (algo más burras lo de las que se puedan transcribir aquí) la hacen dibujar una sonrisa, profundizando aún más en ese meneito de culazo “atrona-aceras”.
Sonia como buena amiga, nos comenta por lo bajo, y con infinita envidia, que alguien encontró ya su Nirvana. Por cierto, este Nirvana tan particular puede encontrarse en lugares tan inauditos como un bolso, una barra de labios o un niño de veinte años. Carmen es así de profunda. La quiromancia, los juegos psicológicos, los entresijos de la psiquiatría, las canciones del Guerra, Las Hermanas del sol naciente, junto con el manual del Chinfrú (con sus posturitas extrañas de relajación interna). Laura Esquivel, Antonio Gala, Ana Belén; son su Vademécum; su sentencia de la vida. Aparte de dos hijos en el San Idelfonso, una valentía sin límites, el mar y las estrellas de por medio, con Carmen se puede pasar una noche loca de teléfono, una mañana de rastro dominguero, junto con un “Todo a cien”.
Sonia en cambio es más de Alejandro Sanz. Amante de los deportivos, la ropa de marca increíblemente estrecha (ella puede, con ese cuerpazo de escándalo) ese moreno de máquina freidora, las uñas siempre arregladas, la raya en su sitio, el pelo siempre a la última y con esa nariz de rastreo que Dios le dio en la que el olor a macho-yupi, hace que todo su cuerpo se tense ante una posible presa. Sonia siempre está a la última de lo que se lleva. A medio camino entre “choni” y mujer fatal; en un mundo en donde, todo se nos descuelga, ella consigue ser la número uno de las “cazadoras”. Altiva, orgullosa, solo consiente bajarse del pedestal cuando un tío bien “forrao”…Perdón, ¿he dicho forrao? Mis disculpas, quise decir, formado y con buena posición, estable, formal y de clase elitista, la mira de soslayo. A Sonia no se la encandila con cualquier frase. Un ¡Jamona! La ofendería (daría media uña porque esto sucediera con la asiduidad con la que le ocurre a Carmen) Sueña con las canas del Gere. El romanticismo de Luis Miguel. Sus lecturas preferidas se disgregan, entre “Clara” “Adelgazar con la dieta del pepino rojo” “Estilo” y “Como conseguir un marido rico sin tener dónde caerse muerta” por Bienvenida Perez. Carmen como adivina, la confía un buen augurio. “Solo el que busca, encuentra”, comenta con esa risotada con sabor espontáneo, un poco hiriente, pero simplón, de mujer ingenua e infantil.

TÓPICOS TRÍPTICOS TRADICIONALES

-¿Qué ha pasado?

-No sé. Parece ser que se ha suicidado.

-¿Se ha tirado desde allí arriba?- Pregunta la anciana levantando la cabeza. Lleva un carrito de la compra por el que sobresalen un hatillo de puerros y apios, frescos y cómodamente instalados.

-Si. Figúrese. ¡Menuda leche!-La informa una señora con un delantal que delata, someramente, la de mugre que ricamente, proclama los guisos de todo un mes.

-Pa matarse.

-Es que se ha matao, señora.

-Ah…Pobre hombre. Nadie sabe lo que nos pasa por la cabeza cuando hacemos estas cosas.

-Pues si…

La calle se llena de curiosos. En la acera, un bulto tapado y con tintes sanguinolentos descansa, ignorante de la atención que provoca.

-¡Madre de mi vida! Pero…

-Discutió con su mujer-Le cuenta la anciana anterior a otra vecina- Ella se defendió y él calló pa bajo.

-¡Jesús, que hombres!-Exclama santiguándose dos veces seguidas con una rapidez reveladora de agotadoras horas de ensayos en la Iglesia del barrio.

-Ya ves…

-¡Escalofríos me da…!- Un señor, alto y con bigote, con un maletín en la mano, se acerca a la escena.

-¿Quién es?-Pregunta al azar. La vecina que hablaba con la anciana le pone al corriente, no sin cierto matiz macabro- El vecino del octavo. Na, estaba borracho y salió a la terraza. Al asomarse le entraron ganas de vomitar y al bajar la cabeza, perdió el equilibrio y cayó. Dicen que según caía se daba cuenta de todo. Como si se despejara con el aire…

-Joer…No, si, la bebida es muy mala.

-Oiga…

_ ¿Si?-Pregunta girándose el hombre del bigote con un maletín- Al darse la vuelta se encuentra con una señora de muy buen ver. Lleva unos tacones de vértigo y una minifalda ajustada. El hombre del bigote con un maletín se emboba con sus larguísimas piernas. Es normal que pierda la memoria ante semejante monumento.

-Perdone; ¿Qué ha pasado?

-Un violador entró en la casa. La mujer, semidesnuda, pudo empujarle y el muy capullo, salió volando.

-¡Que horror!

-Y tanto- Continua el señor del bigote con un maletín-Hay cosas que no se deberían ni pensar…-Comenta al tiempo en que la mira el escote.

-¿Tienes fuego?

La muchacha mira a su derecha. Un “Perroflauta” la “asedia” con sus flamantes rastas, sus pantalones roñosos y un canuto recién liado.

-No, no fumo.

-¿Qué se cuece…?

-Nada, Creo que un ataque de celos. Es una mujer, pobrecilla. Pilló al marido con otra, y claro; el resultado está a la vista. La pobre se ha llevado la peor parte…

-¡No Jodas!…No, si la culpa la tiene el capitalismo. Ya se lo tengo dicho a mi padre… ¿Sabes?, tiene una empresa de plásticos y se está forrando con toda esa mierda…Un asco, tía.

-Ya…-Ella tuerce la cabeza echando una larguísima mirada a su trasero. Piensa que no esta nada mal. Respingón y simpático.

-Perdona, ¿Tienes fuego, tío?-“El Perroflauta” busca entre el ya, aumentado grupo de curiosos, en busca de su divino fuego.

-Si, hijo, si-El anciano le observa sin pestañear. Repara en toda la liturgia que le precede y piensa en su padre. Pobre, si el hombre le hubiera visto, le habría dado un patatús. ¿De dónde se habría escapado semejante figurín? Del manicomio seguro que no, allí lo primero que habrían hecho, sería raparlo.

Al tiempo en que se quita la gorra y se rasca la cabeza, consulta:

-¿Qué ha pasado ahí?- Señala en un gesto mientras que le entrega un mechero., no sin cierto grima de que le roce con la mano.

-Nada, abuelo, cosas de la vida…

Un perro lleno de pulgas e infinitamente famélico, busca dueño. Cuando el joven se da cuenta, le silba. El can se coloca a su altura y se deja acariciar. Tiene el pelo medio comido por los parásitos y tan solo se le adivinan los ojos, victima del ayuno más feroz. De ahí, seguramente, venga lo del “hambre canina”.

-…Hola, Canelo, ¿Dónde te habías metido…?- Luego del cariñoso recibimiento, se vuelve en dirección al anciano-…Una tía, estaba en paro desde hacía dos años. Se le acabó y decidió quitarse de en medio.

-El país anda muy mal. Esto antes no pasaba. Con Franco…-Cuando el abuelo se quiere dar cuenta, “El perroflauta” ha desaparecido de su vista. Ni rastro. Solo un leve tufillo…

-Esta juventud…-De pronto parece quedar en la inopia. Algo le hace reaccionar. Horrorizado, exclama:

-¡Se mueve! ¡Está viva!… ¡Fíjense, por Dios, esa mujer se mueve!

Entonces el corrillo es dispersado por las fuerzas públicas. Se abre aún más el círculo. Retirando la lona que la cubre, aparece el rostro de una mujer joven. Parece que sonríe.
Eso busca. El amago de sonrisa hace que un latigazo de dolor lacere todo su cuerpo.

Aún le quedan ganas de seguir viviendo. Por fin, es protagonista de algo. Nunca en su vida se había sentido tan atendida. Su sueño se ha hecho realidad. Quiere dar las gracias a todo el mundo. Quiere levantarse y aplaudirles por el generoso gesto que han tenido con ella. Pero no puede hacerlo. Al momento comprueba que sus piernas, andan desparramadas sobre la acera sin que le pertenezcan.

PODRÍAS…

…Podrías haber sido la mujer de mis sueños. Te juro que podrías, solo con abrir lo que queda de tu alma, yo te juro, vida mía, que en el hueco de este corazón despechado, aguantando las ganas de comerte a diario, yo te juro que podrías salvarme de este calvario. Solo ponle ganas, anda atrévete, ya mañana me contestas. Ando como lobo enjaulado, remolcado, borracho por besar esa boca, que me reste el agrio sabor de otros labios. Podrías, sé que podrías, romper esta cadena, este mal sino que se me pegó a la suela del zapato. Los hombres no lloran, dicen los resabios, que sabrán ellos de lo que es atragantarse, quedarse sin apetencias, sin caprichos ni ganas de levantarse, arrastrando toda una suerte de quebrantos. Podrías contarme al oído que esos laberintos de tu carne no tienen dueño, sé que podrías, y a poquito que quisieras, el yo de mis quebrantos reptaría hasta tus muslos, sarracenos, inconclusos y hambrientos en busca del tesoro que guarda tu falda. Esa que ondea al viento prometiendo y deshaciendo lo que mi imaginación de loco de atar sueña, entre la utopia y el desacierto. Sé que podrías sanar las heridas, de esta perra vida, que presiona y mortifica. Mal paridos sean estos andamios que me mal sujetaron, en dónde otras músicas y en otros escenarios, se novelaron historias antiguas cuajaditas de fracasos. Se que podrías en la primavera de tus pocos años, atesorarme en una cajita de caudales, para idealizarme cotidianamente. Yo a mi vez, prometo comer en tus manos y subirme a tu tren aunque no me llevase a ningún lado. Juro que sé que podrías, llamar a mi puerta, darme las buenas noches y registrarte en la academia de este mal técnico de amores naufragados. ¡Ay, mujer, sé que entonces!…Te quedarías a mi lado.

NUESTRO NUSHU

CAPITULO II

Aurelia te exprime. Solterona. Seca. Parece que la aridez de su vientre se le saliese por los ojos (aridez de vientre y sequedad de entrepierna) la convierten en un animalillo indefenso. No es del Opus, pero como si lo fuera. Frases preferidas de Aurelia: “Dios te castigará” “Dios aprieta, pero no ahoga” “A Dios rogando y con el mazo dando”, etc. etc. De todas nosotras, Aurelia es la que más lee. Su basta cultura la convierten en una experta en literatura: “Las confesiones de San Agustín” “Los nombres de Cristo” de Fray Luis de León, o “El Castillo Interior” de Santa Teresa de Jesús, son sus fieles acompañantes en la mesilla de su dormitorio. Rosa jura que entre estas obras una vez descubrió el “Diario intimo de Anais Nin”. Ninguna de nosotras sabía de qué podría tratar ese diario, ni quién era esa mujer. Carmen aportó una pista: “¿No es esa niña que estuvo escondida de los Nazis?” Tras una rápida reflexión -muy rápida esa es la verdad, pues andamos todas un poco escasas de introspectiva cultural- admitimos que Carmen valía un Potosí.
Los trajes de chaqueta. Los foulard, los zapatos clásicos y discretos de medio tacón, junto con perlas y abalorios, cremas de rejuvenecimiento, día si, y día también. Largas horas en la peluquería (laca que la deja el cabello como una mole de cemento) Maquillaje espeso, estiramientos faciales, dietas tan insípidas como ella y un hobby la mar de curioso: Coleccionar rosarios de todo tipo y tamaño. Aurelia siempre lleva uno en el bolso por lo que pueda pasar. Incluso cuando vamos de copas o nos atrevemos con los salones de baile. Aunque ella nunca se mueva, pues se queda sentada velando por nuestra “Virtud moral”. Más de uno ha salido corriendo ante el santo espectáculo de Aurelia sacando el rosario entre cubatas y ginebra sola.
El sueño de Aurelia es visitar el Vaticano. Todas la animamos a que se de prisa, ya que a este paso, Aurelia le perderá la pista al Santo Padre, dada la avanzada edad del pobre hombre. En su peregrinar se pasará por Venecia, pues está convencida de que no tiene tanta agua como dicen. “No creo-niega con parsimonia-es imposible que todos los venecianos tengan que saber nadar.

De Rosa hay poco que hablar. Está casada con un camionero. Puestos a escoger, no sé que es peor; si lo de la profesión o el estado (es la única del grupo que aún cumple condena, y va para largo). Cuatro hijos. Todo en plan muy liberal. Ambos dos se divierten por separado. Él en clubs de carretera y ella con nosotras. El mejor plan que en vez de separar, une, con lazos que aún seguimos sin comprender. No lee, no tiene hobby alguno, sigue sin fe. Nunca ha puesto un pie en un gimnasio, jamás se amilana al pintarse como una puerta, ni al escándalo que suponen sus minúsculas faldas. Tampoco va al cine. Se quedó en Pajares y sus bingos y el gordito de Esteso que le acompañaba siempre, con esa pinta de “pasmao” ¿Sería así en la vida real? Y en Manolo Escobar con su tupé tipo soufflé, y con la Conchita Velasco de sonrisa infame (por lo persistente). En cambio adora los concursos televisivos, esos en dónde el presentador hace mil gestos. -¡Qué bien despista el muy ladino!-, que actorazo, ¿Cómo se llama…? ¿Sopera? ¿Sordera? ¡No! Sobera, Carlos Sobera. Los gestos de los concursantes. Lo que pierden por atontaos; la estúpida felicidad de los demás vista a través de una caja tonta.
Después de toda esta exposición tengo que reconocer que Rosa es la más normal del grupo. Carece de envidia, grandeza de los simples y sinceros.

“Pipa”, es decir, Pepa, llamada “Pipa” porque a Aurelia le encanta eso de poner motes, es de esas mujeres leales al máximo con la que puedes contar siempre. Además presume de ser muy clara y de ir por la vida de frente…Y de eso doy fe. Siempre te enteras de lo verde que te ha puesto. Solo que normalmente se confunde y al cotillear de una, se lo cuenta a la otra. No existe maldad.; es así de despistada.
Jurará por su vida que tú eres su mejor amiga. Esto nos lo ha dicho a todas en infinidad de ocasiones. Que nadie, nadie, sabrá lo que tú le cuentes (en cuanto deje de hablar contigo lo sabrá, por lo menos, media España de los españoles).
Es doña perfecta. Nadie sabe hacer los huevos fritos como ella. Entusiasta enamorada de Arturo Fernández, puede pasarse días y días, metida en casa viendo películas de los años setenta. Sobretodo las que protagonizaron; Manolo Gómez Bur y ese que hacía siempre de paleto se iba a Alemania a trabajar, y todo le salía mal.
A “Pipa” le trastornó algo lo del divorcio. Desde entonces anda ella un poco tocada. Debe de joder un poco el estar casada con un chulo y aguantarlo por los hijos. Ya más tarde y algo creciditos, los cinco prefirieron abandonar a su madre y marcharse a vivir con él. Desde luego no le salieron muy tontas las criaturas, el susodicho es director de un banco. Después de arduas artimañas, el “bicho” consiguió que “Pipa” se quedara hasta sin casa. Vive con su anciana madre. A “Pipa” esto la llena de una mezcla extraña de frustración y autocomplacencia. Su confidente, por empatía moral (salvo en temas masculinos) es Aurelia. Juntas se dedican a repasar el rosario las veces que haga falta. A Aurelia esto la hace feliz, a “Pipa”, la desconcierta. Esta contradicción motiva en Aurelia la envidia. Ese sacrificio supremo, ese dolor agudísimo de levantar a la anciana, lavarla, escucharla, (este si que es un castigo divino, pues la mujer no para no contar cosas que sucedieron hace ochocientos años, con una lucidez tal, que parece haberlas vivido todas las ocasiones que las cuenta) el estar atada de por vida a la pobre octogenaria. Ese aceptar de manera tan cristiana y sacrificada, sin una sola queja su destino, la llenan de verdadera envidia. ¡Cuánto daría Aurelia por estar en su lugar! ¡Con cuanto estoicismo conseguiría ella levantarse por las noches para colocarle el orinal a la anciana mientras es observada por el Divino! Seguro que esté llenaría su corazón de luz y la diría: “Tú que eres santa y buena y que todos los sacrificios que te mando, son pocos para probar tu voluntad; serás premiada. Mañana mismito te mandaré un hombre. Un hombre con algo de canas y que al mismo tiempo que caliente tu cama, vele por ti, pedirá que seas su esclava, te sacará a pasear y dejará siempre subida la tapa del inodoro, fuera de su sitio el tapón de la pasta de dientes, dejando cientos de pelillos de barba en el lavabo después de afeitarse…Te encantará, ya lo verás…” Y diciendo esto, Dios la dejará en paz hasta que se muera, mientras que Aurelia a su vez, desistirá en su empeño de tanto “sobeteo” con el rosario.
“Pipa” lleva este destino dependiendo del día, pero contraria a la espera del sino Divino, no se queda de brazos cruzados. Es la primera en poner el coche para salir de “cacería”. Aurelia también se apunta para ponérselo más fácil al Bienaventurado.

UNA NOCHE DE MIEDO

Yo no lo habría dicho mejor…Ni valor habría existido en la decisión. Decisión por otra parte, que confería al asunto una sentencia en toda regla.
Aquella tarde el cuerpo me pedía guerra. Y se la iba a dar. Mientras tú conseguías creer que mi corazón andaba aún colgado de los tejados y los rulos de mis ternuras convulsionadas se tomaban su tiempo en sopesar las promiscuidades de ese temperamento tuyo tan subjetivo, a mí me dio por reflexionar. Charlie Parker -por supuesto en vinilo, ¡faltaría más!- sonaba en mi arcaico tocadiscos.
El vendedor me había jurado y perjurado que el sillón era un sillón de primera. Desde luego solo por el precio tendría que serlo. Lo coloqué frente a la chimenea y me dejé engatusar con tu recuerdo.
Recuerdo que el calor de la noche de Agosto en que te conocí habría servido para calentar la atmosfera del globo terráqueo enterito si se lo hubiera propuesto. Pero fueron tus ojos y esas palabras tuyas dichas casi en un susurro, evocándome psicofonías de ultratumba, las que me engatusaron. Dando un giro de ciento ochenta grados a mis fantasías más desconocidas, me dejé arrastrar. Las birritas que nos tomamos en aquel bar coqueto y con sabor a cigarrillos mal apagados, no enturbiaron de ningún modo tu pinta de Don Juan desfasado. Pero he aquí dónde las ganas de hacer el indio trastocan todos nuestros proyectos, esos que una cree que nunca y bajo ningún concepto, pondría a disposición ajena. De esta absurda forma, caí en tus redes; a sabiendas, a conciencia suicida, ese halo extravagante me ganó equivocando la guerrilla. Con los jueguecitos propios de todos los estrenos abocados al fracaso, me juré que tan solo serías un entretenimiento. Y quise enredar, divertirme, colocar las firmes estructuras de mis sospechas, en algo escasamente verosímil y ciertamente peligroso.
La noche- las noches suelen traer consigo una escasa conciencia de ingenuidad, algo como miedo escénico, para quién no esté familiarizado con las malas artes- resultó todo un prometedor espejo de risas. Y digo bien lo de espejo. Tú sonreías y yo mimetizaba de manera que puestos a colocar caracteres idénticos, el daño sería mínimo. Al menos, era lo que mi corazón dictaba sobre la marcha. Como dos idiotas mutuamente subyugados por la seducción momentánea, bromeamos y nos besamos como dos fieras al tiempo que el corazón galopaba a su capricho. El deseo, tormento que se nos fue metiendo entre ceja y ceja; salió vencedor. De camino a tu casa, nos encontramos con toda clase de fauna en nuestro mismo sendero. Las manos, condescendientes con la premura, parecían ser hábiles, precisas, dueñas de los mejores manuales en el arte del regateo. En este tira y afloja, las esquinas nos sorprendían a cada paso y entre la ceguera y el alcohol- un viaje que se abreviaba en lo que se tarda en decir un adiós- necesitó horas para finiquitarse. A cada rincón oscuro un beso. Nada de robado. Entregado como el que entrega rosas el día de los enamorados.
A tres meses de aquella noche de miedo, me dices que ya basta de tanto juego. Charlie finge que no me escucha llorar. Pero sé que mi llanto le apena tanto, como saber que él mismo está muerto.
Si te llamo y te cuento lo que siento, sé lo que me dirás. “¡Tía, solo se trataba de un juego!” La pena es que a mí se me quitaron las ganas de jugar, cuando me quedé colgada de sus ojos de ensueño, me dio el primer beso y me sedujo con su pinta de “Trasnochado Don Juan”.

NUESTRO NUSHU

YA LAS LETRAS SE NOS VAN QUEDANDO HUÉRFANAS. OTRO PADRE QUE MURIÓ: SARAMAGO…

Entre Carmen y Arancha existe este tipo de repulsión de los polos simultáneos. Es decir, que tanto Carmen como Arancha van del mismo rollito, lo cual hace que las dos brillen por separado, pero juntas corren el peligro de cargarse la conexión cósmica que existe en el grupo. No es que se odien, es que se conocen demasiado, es que juegan con las mismas armas, y así es imposible que alguna de las dos quede “hechizada” con la otra. Arancha es toda pasión, todo jugueteo con la fantasía. Igual que Carmen el feudalismo de la palabrería se le cuela entre los “cuentos” que algún cuentista le contó y Arancha, que por este tipo de hombre, daría media pestaña; valora los inhóspitos mundos de la fantasía, acaparando cualquier detalle para luego ser la protagonista en cualquier reunión, en donde moverse a sus anchas.
Resulta Arancha la más colega, la más “kie”. La más amiguita de las amiguitas. La más desprendida, la más solidaria. En infinidad de ocasiones dejó pasar de largo un buen trabajo anteponiendo valores humanos a los monetarios, con el correspondiente descalabro económico dejando sin nada que llevarse a la boca a una criatura que apenas si veía a su madre más que en reuniones sindicalistas, manifestaciones en donde la pancarta frontal era portada, con un orgullo idiota, por una madre poco responsable de su prole, pero infinitamente luchadora a favor de todas las causas injustas. Nunca nadie se acordó de ella para sacarla del fango cuando se hundió hasta la…Saciedad.
Arancha es una buena lectora. Y rápida. Empieza siempre todas sus lecturas por el final. Más que nada, para conocer lo interesante del tema. Si la protagonista acaba flagelando al macho a base de pisarlo a conciencia y este adora y admite públicamente el poder de la tirana; se habrá ganado toda la admiración de nuestra Arancha. Se “comerá” el libro recomenzando su lectura al regodearse en todas las penurias de la “prota”, advirtiendo que al final todo se dará por bien sufrido. Sus temas preferidos: “No sin mi hija” “Soltera y sola en la vida” “Lucecita, la niña sin gas”…
Aún existen lecturas que las subyugan por completo. Se trata de la novela erótica, en particular, aquella en la que la mujer viola y castra al macho, por el simple hecho de serlo.
Los poltergeist o fenómenos extraños atrapan a Arancha a quienes dos seres muy “queridos” (y porqué no decirlo, también dos almas muy negras en vida, pues la mortificaron lo suyo en este otro lado del mundo, no por otra cosa aunque ella trate de mitificarlos después de muertos) la guardan bien las espaldas de todo mal. Esto está bien probado porque se lo ha dicho una vidente amiga (sin cobrar, claro) a quienes los servicios sociales, sirven.
Arancha salió por pies cuando el mal rollito de su hombre la acongojó entre una pistola y la pared, con un arma-que en este caso-pesaba más que él. Cuando el infeliz la quiso pedir perdón (ya pasados los efectos de la heroína) Arancha atenazando sus delicadísimas partes intimas, con una sola mano, le anunció que su propósito de enmienda llegaba algo tarde: “No me joderás más…” Dijo, y salió toda orgullosa de la página como sus heroínas de ficción.
Sus rasgos son fuertes, rudos, demasiado duros para una mujer en la que el paso de los años en vez de desmitificar, fue afirmando el lado menos agradable de la vida.
Su película más vista: “El Poli se la pela”. En dónde el diálogo es escaso-sobraría- y los músculos la hacen soñar. Gran enamorada de Adonis y Hércules, adora los moteros. Aún en sus mejores momentos, vestirá de cuero, ante el asombro de todas nosotras imaginando arduos esfuerzos en colocarse los pantalones.
Susana. Hablar de Susana es hablar de frescura. De intimidación, de soberbia, de…Susana solo tiene treinta añitos recién cumplidos. Sale con nosotras por ser hermana de Rosa y porque se la mató el novio el año pasado en un accidente de moto. A Susana esto le dolió en el alma…Y en el bolsillo. Ahora y gracias al accidente, tendrá que pagar ella sola el pisito que se acababan de comprar.
Tiene otras amigas, pero nos prefiere a nosotras. En el otro grupo las otras tienen pareja, y a nosotras, además de no salirnos nada decente, nos come la envidia su juventud.
De niña trabajó como modelo de unos grandes almacenes, algo que se la nota en todos sus movimientos. Parece que siempre esté posando. El color de su pelo es su mejor secreto. Ha llegado a llevar en la cabeza los más variados colores; desde un rojo fuerte, a un verde manzana. De una tez pálida, cualquier cosa que se ponga le sentará bien. Estilo entre fashion y pija, antes de verse en el lío del piso se ha recorrido en moto Europa entera. Un extenso álbum de fotos guarda el recuerdo de incomparables instantáneas en sus mejores días de vinos y rosas. Susana de mayor quiere ser como Sonia. Esta no dice nada, pero todas estamos seguras de que se reconcome por dentro. Los catálogos de moda son su mejor arma de mujer.

En fin, estas son mis compis, mis amigas; mis compañeras de fatigas, a las que llamo cuando más inestable me siento. Cuando esa palabra cariñosa nos motiva. En el caso de Carmen:”Sé positiva, mi amor, verás como todo lo ves de otro color”. En el de Sonia: “No desesperes, vete a la peluquería, cómprate ropa y te sentirás como nueva”. En el de Rosa: “El tiempo lo cura todo”. En el de Aurelia: “Los designios de Dios son inescrutables y esta depresión te fortalecerá como persona”. En el de Susana:” ¿No será que estás pasando por una crisis menopáusica?”. En el de Pepa:”Puedes contar conmigo que yo no se lo diré a nadie”. En el de Arancha: “¿Cuanto hace que no echas un buen polvo…?”

NUESTRO NUSHU

CAPITULO IV

Como ya dije al principio, la mierda fue la causante de mi separación. Hubo de pasar un tiempo en mi inestabilidad emocional, para que el mecanismo de defensa funcionara. Es decir, y hablando claro, que tras volver una y otra vez, con mi “adorado” Luisito, y después de cinco fallidos intentos por “amortizar” nuestro matrimonio (la rutina es a veces un lazo dificilísimo de romper, mucho más que el amor) decidí cortar de raíz aquella persistente manía de Luis porque yo probase la mierda; física y dúctil del inodoro.
Cada vez que rompíamos, se ponía él muy en plan metafísico-como nunca antes lo hiciera, al menos conmigo- De filosofía habíamos hablado muy poco en los quince años que duró nuestro matrimonio. En realidad usábamos poco la palabra- ¡Muy primitivos que éramos, vaya!- En cambio, separarnos, y “ver” la vida desde otro punto de vista. Como nuestra separación se hizo en breves intervalos de dos años, nuestra “cultura” nos amplió vastos conocimientos en dónde- era de esperar- nos perdíamos sin llegar a ninguna conclusión.
Ejemplos: Luisito y yo, después de descargarnos físicamente, tras varios meses a base de “pan y agua”:

-¿Lo has pasado bien?-Pregunta de Luisito, por supuesto.

. -Esto…Si, pero no sé…Creo que huelo…-Contesto yo sin contestar a su pregunta, oliéndome algo-Es que todo me parece ¿Cómo diría yo? ¿Nuevo?

-No sé…Para mí, que a ti te gustaba que te zurrase un poco.

Yo algo “escamada”, susurro en su oreja, peluda, picuda y fea como ella sola.

-No…Esto es algo más profundo…Ese olor…

-No sé, como no sean mis “gayumbos”…Es que no puedo vivir sin ti. Hace cuatro días que no me cambio. No tengo quién me los ponga en remojo.

Yo, que le miro con ojos incrédulos y que a él le parecen que brillan de admiración absoluta por su sinceridad, parpadeo mientras me recreo en mi propio pensamiento, divagando entre la existencialidad y la profundidad de un amor tan…

-Voy a vestirme, mañana tengo que madrugar-Digo, por no decir otra cosa.

-No puedo imaginar otra noche sin ti-Alega rascándose sutil, pero aún mismo tiempo, persistentemente sus…Como si una enfermedad del alma se le hubiera bajado hasta…

-No es por no quedarme-Continuo, intentando evitar que mis ojos suban y bajen hipnotizados como idiotas ante el rasgueo de…Tenía algo de mágico aquel momento, seguro, solo que yo no lo captaba, por mucha atención que pusiese en el empeño, por eso y por… Valla usted a saber por qué, no lograba entrar en el juego “fascinante” y “prometedor”.

-Yo creo que tú tienes mucho orgullo…

A veces basta una música, o una palabra, o un “no sequé”, para que nuestros pensamientos salgan de nosotros mismos hacia fuera, con una fuerza tal, que el descargo que supone tal bravura, se vea superado por la tranquilidad del espíritu rompiendo barreras, afianzando nuestras propias decisiones.
Era tarde noche y las estrellas que ya se dibujaban tras las ventanas de la habitación, salieron despavoridas ante el estruendo. No me sorprendió, ni rompió nada que no estuviese roto ya, pero el “gas”, tremendamente sonoro de Luisito, caló en lo más hondo de mi oído haciéndome el mismo efecto que a las pobres estrellas.

Otro ejemplo: Luisito y yo almorzando en un restaurante antes de…Luis que bebe a pequeños tragos, pero muy constantes- es decir, agarra la botella y no la suelta hasta que no acaba con ella-suspira sin apartar los ojos de mí…Y de lo que le deja ver la botella, claro:

-…Tienes una luz en los ojos…- Me dice escupiéndome algo de vino con la lengua afectada por las dos botellas de vino que lleva en el paladar-Parecen lucecitas. Como…

-Es la botella- Digo yo, algo cansadilla por la escena-Si te la apartaras un poco de la cara, a lo mejor…

-Estoy perdido Nuri- Nuri, soy yo, aclaro-

-No me extraña, baja la botella y verás como a lo mejor te encuentras.

-De verdad, Nuri, no sabes lo caro que me sale vivir sin ti.

-¿Caro?-Pregunto, inocente de mí.

-¡Carísimo!-Exclama en un suspiro- Las putas me salen por un ojo de la cara- Escupe sorbiendo los restos de la botella.

Se me escapa si ha querido decir algo romántico. O bien, si habla de una necesidad espiritual por el lado menos intelectual, y en la monotonía del restaurante, mis palabras suenan contenidas, sacrificadas; un poco como la histérica sonrisa de un loco:

-¡La madre que te parió!

-Voy a dejar de beber- Asiente convencido de su nuevo propósito.

-¿Y lo otro?

-También. Yo por ti, soy capaz de eso y de más…

Como que es de día y me llamo Nuri, que le creí. Así pasó, que cuando estábamos en casa, así, bien “agustito” los dos, va y se le mete en la cabeza introducir la mía en el dichoso inodoro. Nunca llegué a entender esa tenaz manía suya, entremezclada en los vapores etílicos. Supongo que soy algo burra.

OPIO

Con el ruido inconfundible, de mis tacones de aguja, me predispongo arrogante, a levantar castillos, desmembrar la madrugada, desmigajada entre mis manos…Y cuerpo a cuerpo contigo, feroces a la lumbre de la chimenea, haré que muerdas los segundos que nos quedan. Ebrios de carne subiremos a las azoteas, danzando canciones inventadas. Resacas que el destino enredaba, anidando en mi cuello, sujeto en mi falda. Playa tus labios, arena mi boca. Lengua metálica rozando la extensión de mi todo, abarcando el laberinto en dónde se desmoronen los parpados, cansados de tanto opio. Opio tu piel, opio mi mano. Incandescente, escalas hasta mis andamios y en ellos me abraso, quemándome en tu fuego. Notas, posit clandestinos, dejas en mi carne. De esta manera indagando, descubro besos que nunca supieron para qué fueron inventados, ni en qué momento se imaginaron. El narcótico del prometedor Mayo, susurra que eres mío, que en parte y aunque estalle tu corazón con mi contacto, seguirás amándome sin descanso, pues lo táctil busca la realidad y tú y yo, somos como dos peces en un charco. Hermosos, acuosos, cosidos en una primorosa vainica; ajuar con mimo confeccionado. Confundidos entre el gentío, y como en espera, pondrás mi mano alrededor de tu cintura mientras yo estudio-como alumna bien aplicada- el mudo sonido que calculaste para mí aquel día en el que, como un niño, prometiste mi salvación con tu primer contacto. Temblé y mi mundo dejó de ser mío para pasar a ser dual, extenso mar en el que naufragué gracias al columpio que instalaste en el jardín de los días nublados. El amargor de no tenerte se me enrosca y como una gata, melosa y condescendiente, entro en la tortura que supone haberme bebido de golpe tu abecedario. Opio, carne… Ponte serio, que quiero, susurrarte al oído del porqué este día me dio por llamarte: Esperanza. Amor te llamas, no nos confundamos. Y alisándome la falda, desarmada en la mañana, vuelvo a ser parte de tu sonrisa.

NUESTRO NUSHU

CAPITULO V

-…Pues, hija, no sé, será algún trauma infantil.

-¿Y lo del gas?

-Mi ex, que tenía los dientes muy separados, cada vez que estornudaba me ponía perdida. Y si estábamos comiendo; ni te cuento. Mi madre dice que todos los hombres tienen costumbres muy raras. Ya sabes, hay que vivir con todos sus “encantos”.

-No sé, a lo mejor es que yo no lo entiendo.

-No me extraña, yo tampoco lo entendería. Porque hija, romántico, lo que se dice romántico; no es. Míralo de este modo; de buena te has librado porque si sigues con él al final pruebas la mierda; te lo digo yo.

-No, si visto así…

-Mejor que visto en el váter…

-¿…?

-¿Y cómo estás?

-Fatal.

-Claro.

-No sé todavía vivir sin él.

-Normal, hay costumbres muy difíciles de quitar.

-Ya…

-¿Y no has pensado en redimirlo?

_ ¿Queee?

-Yo creo que Dios ha querido ponerte en su camino para…

_ ¿Y lo de las putas?

-¡Calla!, es verdad, es un depravado.

-Eso pienso yo.

-Pero si estuviera contigo, no iría con esas perras salidas del infierno en dónde volverán para el escarnio que el Santísimo les tiene preparado como prueba…

-¿…?

-¿En serio? ¿Se tiró un pe…

-Si.

-¿Cuándo…

-Si.

-¡Porras, que tío más guarro! ¿Cómo has llegado a vivir con un hombre así?… ¡Y lo qué es peor, Con esa pinta Carrefour!

- Me llevó a un buen restaurante.

-Ah… Aún así ¿No le enseñaste a cambiarse de muda?

-¿…?

-Nunca podremos cambiar a los demás. Nacemos con una estrella que es la que nos guía.

-Algunos con la botella en la mano en vez de con la estrella en el culo.

-¿Qué horóscopo es?

-Aries.

-Claro, debí imaginarlo, por lo de los gases.

-¿Y eso que tiene que ver?

-Todo. La existencia de ese hombre está determinada por su obsesiva obsesión hacía el aire y el líquido materno que aún lo ata.

-¿Líquido materno?

-Está muy claro; su adicción al alcohol y la manía de meterte la cabeza en el inodoro y los pedos. Todo concuerda. Es su Cosmos. La trilogía. El tres como número mágico. La cábala. La magia negra. Las brujas. Los templarios. El vudú…

-¿…?

-¿Has probado a darle celos con otro?

-¿Para que?

_No sé, para algo; a los hombres eso les excita mucho.

-Yo no quiero excitarlo. Solo me faltaba excitarlo más.

-¿Cómo ibas vestida?

-¡Y yo que sé cómo iba vestida! ¿Tú crees que me voy a acordar de eso?

-Pues los hombres si se fijan en eso.

-Serán los hombres, dudo ya que Luis lo sea.

-A mí novio le ponía el rojo. Tú no sabes como se excitaba con la ropa interior de ese color.

_Ya te he dicho que no quería excitarlo.

-¿Y el gas?

- A algunos hombres se les escapa un aire cuando se excitan.

-¿…?

-Los hombres son todos iguales.

-¿El tuyo también te mete la cabeza en el inodoro?

- No, pero deja la tapa abierta, que para mí es lo mismo. Y cuando llegan a cierta edad, se mean fuera ¡Un asco!

-Si, me alegra mucho la afinidad.

-¡Si yo te contara!

-Otro día ¿vale? Hoy tengo mucha prisa.

-Para los mocos no usa pañuelo.

-¡No…!

-Como te lo cuento.

-Y cuando come paraguayas se le escurren las babas…

-No sigas, me vas hacer llorar. Que encanto de hombre.

-¿A que le echas de menos? No, si no hay nada como un buen marido…

-¿…?

-No me jodas, ¿Para qué quieres un buen marido?

-Hombre…

-Eso. Un hombre es distinto. A un hombre, como dices tú, se le necesita para echar un polvo; y si te he visto no me acuerdo.

-Pero el amor, el cariño, la comprensión…

-¿De qué gilipolleces me hablas? ¿Qué quieres? ¿Sentar a un pobre en tu mesa?

-¿Eh?

-Que si, tía, que los pedos son de cada uno y el váter para el culo.

_¿…?

NUESTRO NUSHU

CAPITULOVI

Aparte de un esfuerzo enorme, un dineral en sicólogos y una ruina mental, conseguí por fin desligarme de la necesidad afectiva, llenando el vacío que el inodoro ocupó en mi espacio vital, sustituyéndolo por toda clase de aficiones a las que se recurre en estos casos. Del Yoga, por ser demasiado relajante, pasé al aerobic. De este mismo, al culto por los idiomas para llenar mis inquietudes intelectuales, inscribiéndome en algo llamado “El inglés para el ama de casa”. Yo no soy lo que se dice un modelo de ama de casa, pero este inglés de andar en zapatillas, le otorgaba cierto grado de viabilidad a mis neuronas. Craso error. Del Kitchen no salí y dudo siquiera si se escribe así. De esta manera y después de seis meses de comerme consonantes, cambiar vocales, e inventarme verbos, salí de allí (aunque lo justo es decir que me echaron por puro aburrimiento) con la sensación de haber sacado de quicio a todos los profesores.
Después de mi paso por el gimnasio, había adquirido musculatura, subido pompis, reducido cadera. Hasta mi cutis modificó su aspecto de calavera (al entrar en el gimnasio me propuse una dieta de esas que llaman sanas a base de hiervas, tubérculos cocidos, pescados casi crudos, carnes a medio matar y frutas del bosque de cámara) mostrándose limpio de impurezas. Transparente y juvenil. Me hallaba en ese estado de realización estética tan necesario en las mujeres, después de una ruptura sentimental. Para realzar mi belleza me ví “empujada” a meterme en esa máquina claustrofóbica llamada rayos U.V.A. Morena, sana, equilibrada; monísima. Hasta que pasado un tiempo, me cansé de tanto sacrificio y decidí darle gustito a la mente. Había oído hablar mucho yo de de la “belleza interior”, del alimento del intelecto, del hambre del conocimiento y decidí dar un giro total a mis horas de asueto. Primer paso inscribirme en una biblioteca. Segundo; comprarme un ordenador. Primeros pasos y primeros errores. Si me hubiera quedado en los libros no habría pasado nada, pero no, tuve que enredar más la cosa con lo del ordenador. Y así salió. Yo odio leer. No es culpa mía, es que ni siquiera puedo sostener un libro entre las manos. Supone un esfuerzo físico impresionante para mí. Y luego está lo de razonar lo que leo. Ejemplo. Abro un libro, uno cualquiera (entré en la casa del libro, anduve unos pasos, me detuve, alargué la mano y un volumen se me pegó a la palma. Pagué el importe, me senté cómodamente y me dejé llevar por las letras…)
“Por mi y Rocamadour, no tenés que preocupar…”-¿Qué tenía pensado para cenar? ¿Una pizza? No sé, no tengo hambre, no me inquieta. Ese vestido azul, tengo que comprármelo, aunque es incómodo y me hace gorda…Llamar a Pipa, puede que su madre esté peor…-“Yo no seré lo bastante ciego, querida, pero el nervio óptico me alcanza para ver que vos te vas a arreglar perfectamente sin mi…”- ¿Y si volviese al gimnasio? Me estoy poniendo como una foca…-“Ninguna amiga mía se ha suicidado hasta ahora, aunque mi orgullo sangre al decirlo…-¡Como me comería unos huevos fritos!
Me sentía incapaz de dar un sentido a cualquiera de las frases. El pensamiento iba y venía y yo volaba con el. Me distraía continuamente, negada para entender nada. Cerré el libro, leí la portada: “Rayuela” y, encogiéndome de hombros, suspiré en la esperanza real de aquellos huevos fritos. Odiaba los libros. Odiaba las lecturas, frases, dictados y definiciones, desde niña. Hasta el punto de que hoy en día, sufro y hasta las lágrimas se me saltan, en la lectura mensual del recibo telefónico.
Así llegué al ordenador. Me conecté a Internet y un día alguien me siguió el rollo más de la cuenta o yo se lo seguí a él. Mi curiosidad llegó más allá de lo permitido al quedar en vernos en persona y sucedió lo que sucede en los cuentos, llegando a ser más fantasioso y cruel que estos, pues ya éramos muy adultos y poco ingenuos para el caso.
Este fue nuestro primer chateo: Yo tecleé “Trinity busca a alguien llamado Príncipe azul”. Su majestad me replicó: “Aquí estoy para ti”. Montones de frases de quinceañeros más tarde, nos propusimos vernos en la Puerta del Sol. ¿Cómo te reconoceré? Inquirió deseoso. Llevaré un libro de portada negra, ¿y tú? Una carpeta amarilla. Ok. Y yo no sé, porqué escribí: Olé.
Acudí a la cita como un flan. Al principio me dije que no iría. Luego sentí curiosidad. Después tensión. ¡No tenía nada decente que ponerme! Mi armario esta repleto de ropa de todo tipo, pero cuando una se enfrenta a lo desconocido, se siente tan vulnerable que cualquier detalle se vuelve trascendental. ¿Rojo? No, ¡Es excitable! ¿Sexy?, Demasiado pronto. ¿Traje chaqueta? Excesivamente formal. ¿Cuero? Se me marcan las morcillas. Al final eché mano de unos vaqueros, roídos, pero infalibles; ellos nunca me dejaban mal. Opté por no llevar nada de maquillaje. Cuando ya estaba en la puerta recordé algo. Busqué en el dormitorio. En la cocina, incluso en el baño. Nada, el libro no aparecía por ningún lado. Volví de nuevo al mi cuarto y busqué bajo la cama. Allí lo encontré. Con los nervios a flor de piel me lo guardé en el bolso dirigiéndome al lugar de la cita.

ENSUEÑO

Era Brava. No tanto por sus acciones, como por la belleza que la cincelaba. Las cejas alzadas, la mirada altiva, desafiante; a punto de soltar un taco por la intromisión a la que se veía sometida. Bien es cierto que, las rosas, los libros, los numerosos tatuajes sobre su brazo y pierna derecha, la ceñían de un halo de fantasía del cual no podía, aunque quisiera, escapar. Los adornos y el pastel del colorido, inmortalizaban sus misteriosos ojos negros, junto con esa boca de labios más rojos que la sangre recién derramada. Armándose de una condescendencia inusitada en su personalidad, la muchacha-que recordaba en la pose al mismísimo cuadro del Cordobés- alimentaba la fábula de su hacedor. Un sueño del que el mismo artista reconoció en la exposición-con un tímido toque vanidoso-que le atormentó hasta que la imagen pudo, por fin, resucitar de su propia galaxia interior. Pudo más la tormenta de ideas, las enloquecidas ganas, el acoso de la figura rabiosamente femenina, cargada de una sensualidad capaz de encender todos los fuegos de varón, que el tormento del artista por rescatarla de su propia cautividad.
Los brazos, descansando amorales en unas piernas contenidas de versos incandescentes. El ángel y los pinceles, diligentemente construidos a su derecha poseían la liturgia de lo salvaje. Solo una pose. Un instante retenido en el caótico mundo de las ideas. El artista, el padre, el hacedor de los tormentos interiores, suspiró al ver completada su obra. Como Pigmalion se enamoró de su obra. Hubo un momento en que, sintiendo unos terribles celos de las miradas ajenas, quiso protegerla. Presa de una paranoia sin antecedentes, descolgó el cuadro de la pared, sin previo aviso, de la galería donde se exponía.
Ya en su taller y lejos de las obscenas miradas, pasó sus manos por el lienzo. Llegando a los labios, se detuvo. Quiso convertirla en su propia Galatea, darle vida con el solo roce de sus dedos. Armarla como ser humano, para al fin, poseerla. En su locura, las lineales cejas del bello rostro, imprevisiblemente, se alzaron indignadas. Firme en su propósito se negó a dejarse manipular. Buscó rayos de sol, luces naturales que apoyaran su tesis, el sueño que le iba mortificando desde que la creara. Sin embargo, ella, brava, altanera, sin ceder, y consciente de su poder, abriendo los labios en una mueca irónica; se burló de él. No recordaba haber imaginado unos dientes tan blancos, ni una risa tan dolorosa en toda su vida.
Rasgó el lienzo. Mientras la furia acompañaba sus violentas maniobras, la figura femenina dejó de ser mito, para convertirse en puro rendimiento al hombre. Comprobó como sus delicados hombros se sacudían clamando vida. Desconcertado y tremendamente agotado, se sentó en el suelo. Ella alargó sus brazos y juntos retomaron la única ilusión que les quedaba; fundirse en un abrazo.
Dicen que el pintor anda en sus cosas. Allá, en otro mundo más lejano…

Un pequeño homenaje a nuestro querido Eduard, por el detalle.

NUESTRO NUSHU

LA CITA

CAPITULO VII

Tuve la sensación de que allí se citaba medio Madrid, la mitad de la población española y restos de cuartos mundiales. Aún no había sacado el libro del bolso y cuando reparé en ello, tomé la decisión de dejarlo allí. En mi vida había sentido tanto miedo. Entre la multitud, mis pies se negaban a sostenerme. Observaba, indagaba, buscaba y analizaba con una mezcla entre terrorífica y sobrecogida por el gentío. Apreté el bolso contra mi estómago como si se tratara de un escudo. Mucha de aquella gente me miraba, no llevaban ninguna carpeta amarilla por lo que deduje que les llamaba la atención esa mirada mía entre histérica por la muchedumbre y terrorífica por la situación.
De pronto la encontré. ¡Como para no verla! Se trataba de una carpeta de un amarillo chillón de muy mal gusto. Me quedé allí parada a un soplo de aire del dueño de semejante chisme. Poco a poco mis ojos dejaron a un lado el objeto subiendo curiosillos hasta el rostro del desconocido. Resultaba tan atractivo, que solo en el cine puede una encontrar semejante idealización de la belleza masculina. Así es, porque aquel interesante joven-¡y que joven, señor!- era clavadito a una estrella del cine americano del cual, andaba yo, sin secretos, colgada. La gente pasaba, me achuchaba, dejaba sus hombros impresos en mi espalda, sus codos en mi cogote y mi mente, mientras tanto, congelada como en una película muda. Vestía unos jeans ajustadísimos-¿No será su propia piel?, recuerdo que pensé, atocinada, yo, ante semejante cuerpo- Camisa negra, junto a unas deportivas. Moreno, pelo corto, ojazos verdes y una tez blanca, que perfilaba el misterioso matiz de aquellos ojos rasgados.
Debí de quedarme tan alelada que incluso dejé de sentir el aleteo de una pegajosa mosca rozándome el labio superior, tal fue mi parálisis mental. Nuestros ojos se encontraron y temí que me desnudara simplemente con el repaso que hizo por todo mi cuerpo-más tarde al recordar la escena, comprendería el motivo verdadero- dejándome sin aliento.

-¿Estás esperando a alguien?

La pregunta me sacudió lo suficiente como para despertar, aunque sin conseguir el control de mí misma.

-Si…-Musité

-¿Si? ¿Tienes un libro?

-¡No!-Grité horrorizada-No sé leer.

Evidentemente no era una respuesta muy normal. Él arqueó las cejas ante mi estupidez, completamente sorprendido.

-Quiero decir que no llevo ningún libro. ¡Claro que sé leer!

-Ah…

Y me alejé con las piernas temblando de pánico.
Su amplia sonrisa me hizo perder todo el sentido y la dignidad al devolverle el gesto. Por momentos me fui derritiendo como un helado al sol.
Príncipe Azul se puso en contacto conmigo al día siguiente pidiéndome explicaciones.

-Eso es injusto-Tecleé a la defensiva- No apareciste por ningún lado después de hora y media esperándote.

-No encontré a nadie con un libro de portada negra-Contestó él inocentemente-Se nos olvidó decirnos como éramos físicamente.

Yo me mosqueé. Si que lo habíamos hecho.

-¿Sigues ahí?

-Si. Creí que era suficiente con lo del libro y la carpeta. Y yo no vi a nadie con una carpeta-Escribí con pulso nervioso. La clandestinidad jugaba a mi favor, eso pensaba yo en aquellos primeros ensayos.

-Yo tampoco vi a nadie con un libro, pero puede que lo llevaras y no me fijase. Te aseguro que estuve allí.

Como yo no contestaba-no se me ocurría nada pues mi mente rememoraba aquel bombón desperdiciado por el miedo-volvió a reclamarme.

-¿Cómo dijiste que eras?

Escribí sobre la marcha describiéndome como el bombón que a él le pegaba.

-No, estoy seguro, no te vi.

-¿Y tú?-Por Dios, pensé, que no me diga la verdad, supliqué enloquecida ante su imagen.

Rápidamente y con el corazón, casi latiendo en mi mano, escribí:

-No estoy segura; no te vi.

Él a su vez:

-No, estoy seguro. Si te hubiera visto, te recordaría.

Volvimos a quedar, pero por supuesto, no acudí a la cita. Durante semanas le perdí la pista aunque mi pantalla reclamase mensajes por leer. Acuciada por el terror decidí apagar aquel engendro del diablo que solo me trajo problemas.
Y así quedó todo. Volvió mi vida a ser el caos que siempre ha sido, dejando de ser rutina hasta que la noche y el sueño me acunaban en los brazos y las infantiles historias que yo me montaba con Príncipe Azul.
Hasta que una noche…

NUESTRO NUSHU

-…He quedado con él…

Susana nos miró por el rabillo del ojo esperando reacciones de envidia. Arancha fue la primera en hablar.

-Pues lávate bien; y ve a por él. No sabes la envidia que me das, tía.

-Aurelia, ¿quieres hacer el favor de guardar eso?- Casi gritó Sonia.

-Ay, hija, no sé porqué te molesta tanto.

-Nos molesta a todas-Apostillé yo.

-Nos espantas hasta las moscas-Se alió Pipa.

-Si solo fuera eso…-Continuó Carmen.

-¿Será cabrona? ¿Pero cómo se te ocurre sacar eso cuando estamos comiendo?

Aurelia mostró su infinita paciencia al contestar:

-No es una cosa. Es un rosario precioso y lo he sacado para enseñárselo a Pipa.- Mira-Y se giró para enseñárselo a la susodicha-Me lo acaban de traer de Japón.

-Allí te voy a mandar yo de un sopapo como lo no guardes ya- Se la encaró Arancha con medio rollito de primavera entre la boca y el tenedor-Esta tía está cada día peor. Yo creo que se pone, si no, no lo entiendo.

-Venga, darle más rollo y a mí, ni caso. Claro, como a vosotras no os entra nadie-Gimió Susana mirándonos a todas con desprecio femenino.

-Si, hija, nos entran; pero otras cosas.

-Ya ni el tampax- Continuó Carmen.

Y Rosa, que hasta entonces no había abierto la boca, nos sorprendió murmurando entre dientes de forma admirativa y completamente hipnotizada:

-¡El de la ginebra!

En un primer momento pensamos que se hallaba en trance o algo parecido, pues su mirada se perdía en el infinito. Luego comprendimos que aquellos ojos cargados de rímel y raya negra tenían un destinatario real.

-…Otra…-Estaba diciendo Susana cuando su voz fue apagándose muy lentamente hasta quedar tan muda como su expresión.

-Es verdad-Dijo alguna a mis espaldas. Es igualito al de la ginebra. No puedo creerlo.

“¡Por Dios!”- Gemí pa mi misma- “¡Que no me halla visto!”, “¡Por favor, que no me reconozca!””¡Que no se fijara!”…” ¡Que me recuerde!”

Como pude, me volví para prestar una fingida atención a mi plato.

-Pues no veo yo que sea para tanto-Me escuché decir como si hablara desde otro mundo.

A Aurelia se le escapó el rosario de las manos.

-¡Viene hacía nosotras!

-¡Como está el cabrón!

-¡Menudo tío, que manera de moverse!

-Este tiene ya su Nirvana ¿Cuánto daría yo por compartirlo con él!

-Yo creo que va al baño.

-Voy a acompañarle…

-¡Es mío! ¡Que nadie se mueva!

Deduje que algo pasaba, cuando un suave golpecito en mi espalda, reclamó mi atención.

-Perdona…

-¿Qeeeeé?

-Yo a ti, te conozco de algo.

Nos encontrábamos tan cerca como “la noche de autos” ¡Ay, Dios, que miradita!, Como si antes hubiera sido un ensayo y ahora se recrease en manifestarse. ¡Que labios y dientes!, complemento los unos de los otros ¡Que manos!…Como en el cuento del lobo, Príncipe Azul me acechaba, entre divertido y hambriento. A puntito, a puntito, de saltar sobre mí.

-Nosotros nos hemos visto en algún sitio- Persistía él, recreándose en el visible impacto que causaba.

-Lo siento, pero yo no te he visto en mi vida.

-Yo creo que si.

-Estarás confundiéndome con otra.

-No sé…Puede.

-Seguro que no-Dijo la lanzada de siempre. Arancha y su insufrible sinceridad, en momentos como este, me sacaban de quicio- Si te hubiera conocido antes ya lo sabríamos todas. ¿Verdad Nuri?-Interrogó inquisidora-Pero si tú quieres, yo si te conozco de algo ¿Por qué no te sientas con nosotras?

Príncipe Azul sonrió de oreja a oreja.

– Estoy con unos amigos-Y nos señaló un grupito que hizo relamerse a más de una.

-¿Por qué no les dices que vengan?-Quiso saber Carmen ante el sabroso bocado de un jovencísimo caribeño en el grupo.

-Acabamos de entrar y tenemos mesa reservada. Gracias.

Su mano, aún apoyada en el respaldo de mi silla, conseguía ponerme más nerviosa que la colonia envolvente que lo envolvía, cual último detalle de un precioso regalo.
Volvió a reclamar mi atención:

-Pues yo juraría que tú y yo…

-No importa que tengas mesa reservada-Apuntilló Aurelia sin percatarse del olvidado rosario en el suelo-Podemos quedar para tomar una copa después de cenar.

¡Ah, maravillosa Aurelia! Con cuanto gusto la habría ahogado allí mismo, con aquel hortera de pañuelo, que hoy echaba sobre sus hombros y que a mí se me antojaba una hermosa soga para asfixiarla.

-Perfecto- Aceptó ante el aturdimiento de las ocho que ya pensábamos en una rendición sin condiciones-Podemos encontrarnos aquí-Y nos extendió una tarjeta que las siete (casi en una milésima de segundos, las ocho) recogieron nerviosillas al unísono-Allí nos veremos si queréis. Y tú…

Mi interior me sacudía ante la obstinación. Yo a mi bola, rezando letanías inventadas. “¿Porqué me castigaba Diosito de esta manera?”

-¡Que yo no te he visto nunca! ¿Quieres dejarme en paz?

No sé porque lo hice. Cuando mi interior escuchó aquello mi mente se llenó de cientos de vocecitas chillonas soltándome los peores tacos, imposibles de transcribir aquí.

-Perdona si te he molestado. Ahora mismo me voy-Luego, dirigiéndose a todas en general-¡Hasta luego monadas!- Y volvió a reunirse con su grupo, el cual prometía más que el de Bloomsbury…

NUESTRO NUSHU

CAPITULO VIIII

ALGO HUELE A PODRIDO

-¡Entró!- Vociferó Rosa

-No os mováis, creo que estoy soñando.

-¡Pedazo de culo!

-¡Lo quiero pá mi, please!

-¿Os habéis fijado en sus ojos?

-¡Y qué educado!

-Y los dientes ¿Os habéis fijado en esos labios?

-Me pido el culo

-Igualito, igualito, que el de la ginebra, ¿cómo se llamaba?

-Keanu

-¿Cómo?

-Keanu Rives

-Si.

-Keanu…

Gradualmente fueron clavando sus miradas asesinas en mí.

-¡Sosa!

-¡Menopáusica!

-¡Gilipollas!

-¡Idiota!

-¡Subnormal!

-¡Estreñida!

-¡Reprimida!

“¡Miedica!”, dijo alguien y en mi mente, las cien vocecitas que hacían de eco de la realidad silbaron de júbilo al dar en el clavo.

-No van a venir…

-Normal, demasiado perfecto para ser real.

-Esas cosas solo pasan en las pelís.

-Tienes razón, estaban demasiado buenos para nosotras.

-Ellos se lo pierden.

-Eso ¡Que se vallan a tomar…

-Cállate Arancha, me estas poniendo nerviosa.

-Lo que no puedo entender es como se le puede negar algo a un tío así. Nuri, lo tuyo es muy fuerte. Vale con que no lo conocieras…Pero ¿Eso que importa?

-Sabéis que soy muy sincera- Mentí

-¡Vete a la mierda!- Me mandaron todas sin excepción.

Nos encontrábamos en un lugar bastante chupi-guay, muy del estilo de Sonia, en dónde nos sentamos, abandonadas ya nuestro destino, cuando el camarero se nos acercó.

-¿Qué van a tomar?

Las ocho nos miramos mientras entre carcajadas, soltamos a un tiempo:

-¡Rives!

A falta del plato fuerte, nos entretuvimos con los entremeses.

Aurelia, Pipa y yo-bien a mi pesar-nos enzarzamos en temas diversos. Sonia, Rosa, Carmen, Arancha y Susana, formaron un círculo-en el que los moscones acudieron como abejas a la miel-al tiempo en el que bailaban.
Entretanto, mi mente volaba hacía Príncipe Azul. Le había impactado, o al menos me recordaba. O tal vez se trataba de una estratagema para quedar con Susana. Resultaba lo más factible. Quiero decir que ella era guapísima y se acercaba más a su edad. La contemplé desde lejos. Llamaba tanto la atención, como Príncipe Azul ¿Qué narices podía hacer metida en un grupo de viejas como nosotras? ¡Si yo hubiera tenido sus años y ese cuerpo…!

La primera que lo vio fue Aurelia. Con un: ¡El de la ginebra!”, como grito de guerra, consiguió agruparnos a todas cual madre protectora.

-A la primera que abra la boca-Aseveró inflexible- le meto el rosario en ella-¡¡Dejármelo a mí!

-¡Que te den!-Soltó la “dulce Aranchita entre dientes ante la incipiente proximidad de nuestros galanes.

-Aurelia, te lo juro, como se te ocurra abrir esa bocota, te meto el vaso en el…

-No te preocupes, yo la mantendré ocupada.

Eran todos jóvenes y guapos. Grupo compacto en donde, casualmente, el número coincidía con el nuestro. Llegaron las presentaciones. Príncipe Azul resultaba el más…Los besitos, las risas. Los comentarios tontos que se hacen en estos casos. Tipo: “Eres muy mona” “Y tú, muy simpático” “Que ojos tienes” “Que cuerpazo”-entre ambos bandos- “Estás muy buena” “¿Queréis tomar algo?””Que raro que estéis solas” “Vosotros también” “¡Que bien, que ya hemos ligao!”
En un momento determinado y esquivando sin disimulo a la persistente Susana, Príncipe Azul, me fue apartando del grupo ante las amenazadoras miradas de mis amigas, clavadas en mi espalda. En realidad no dolía nada. Andaba yo demasiado ocupada para notar la sangre correr sobre mi piel.

-¿Seguro que no nos hemos visto antes?

-Iba a soltarle yo algo parecido a “que pesadito eres, majo”, cuando las “cien” sellaron mi boca. Era la primera vez que me ocurría lago semejante. Y aquella situación “extremadamente morbosilla”, me desestabilizaba lo suficiente, como para perder el poco juicio que me quedaba. ¡Que me había quedado colgada de aquella prenda, vaya!
Y que todo lo que podía yo hacer, no era más que dejarme llevar, sin saber muy bien, dónde acabaría tal fantasía.

- A lo mejor, si, pero yo no te recuerdo.

-Pues quizás tengas razón-Admitió él, desconcertándome por completo-Pero tengo un presentimiento contigo. ¿Bailamos…?

NUESTRO NUSHU

CAPITULO X
UNA CHULERÍA INTRIGANTE

¿Bailar? Me pregunté mientras me dejaba arrastrar con su brazo en mi cintura. ¿Quién baila hoy en día como él pretendía hacerlo? Solo recuerdo haberlo hecho en bailes de esos dónde los mayores encuentran la excusa perfecta para rememorar sus años mozos. Hoy en día la gente joven no baila. Se mueve en un “si” y un “no” de sacudidas, como queriendo aparentar seguir el ritmo de la música, pero nunca pegados, como dice la canción. Por eso mi asombro. Por eso mismo el quedarme sin habla ni una frase tonta que me ayudase a salir del paso. Príncipe Azul no me sujetaba, me sostenía. A puntito de caer rendida en un hechizo mágico entre sus brazos, así me sentía. Cómo colgadita de una nube. Cómo la protagonista de una de esas películas románticas en su punto más álgido. Y la mirada asesina de todas mis amigas, queriendo descubrir lo máximo en aquellos brazos de locura.
Comenzamos a bailar completamente solos en aquella improvisada sala, cosiéndose casi, a mi piel mientras yo hacía algunos esfuerzos -poquísimos, esa es la verdad- en despegarme.
Recuerdo que sudé como una cochina, temblé como la gelatina y recé –sin conocer oración alguna- para que aquel Príncipe de mis sueños no me soltase jamás. Acercó su rostro al mío y cuando todo mi cuerpo se derrumbaba de pasión, cuando más mística me hallaba, en un alarde de chulería sin límites, apretándome contra su pecho y tiernamente acercando sus labios a mi oído susurró:

-Quiero que sepas que no eres mi tipo- Así, de sopetón. Me fui desinflando levemente, sin ruido. A poquito que me soltase, mi cuerpo se habría desplomado como un saco de arena sin sujeción. Al contrarío de lo que pensaba me sujetó con más vigor. Aullaba por dentro estudiando el sentido de aquella sonrisa increíblemente dulce, tan sumamente contradictoria a sus palabras.

-No dejes de bailar- Continuaba él, medio mareada yo, alejando mi vista hacía mis amigas en cuyo rostro se leía la envidia, muriéndose de ganas por conocer todos los detalles de nuestra conversación.
Reprimiendo, no sé como, las ganas de salir corriendo esbocé una sonrisa, como si en vez del sufrimiento el coqueteo anidase entre los dos.

-Me he apostado con mis colegas que te llevaría a la cama esta noche.

Aguantando el chaparrón y con las lágrimas sostenidas sin andamios, por Dios sabe que mágico milagro de la anatomía humana, traté de hacerme invulnerable y respondiendo a su gesto, yo también rocé mi mejilla en la suya para murmurarle al oído:

-No lo entiendo muy bien.

Ante mi sorpresa echó la cabeza hacía atrás soltando una carcajada tan deliciosamente encantadora que me dejó sin sentido. El grupo de ambos nos acribilló con sus miradas. Por descontado, a mi el alma cada vez me parecía más tangible que nunca, dada la ridiculez de la escena.

-Te lo contaré en mi casa.

¡Toma del frasco…! Ahí es nada. Aquí mi mente, se quedó en blanco.

-No te preocupes- Pronunció como si estuviera a punto de besarme-Te prometo que por mi parte, no pasará nada.

Atrincherada y armada hasta los dientes de infinita paciencia- La verdad, no sé que era lo que hacía que continuase escuchando tal barbaridad de improperios y tonterías- respirando despacio, al fin pude hablar.

-¿Te han dicho alguna vez “no”?

-No, nunca.

-Pues ya es hora de que alguien te lo diga.

Aunque la licencia me estaba permitida, yo misma me asombré. Hablaba con una chulería impropia en mí. Era justa, e incluso me quedaba corta. Tal vez se trataba de orgullo, o dignidad. Pero me equivocaba. Tenía que reconocer que era algo distinto. Algo que nunca, ni siquiera con Luis, sentí. Se trataba de odio. Por primera vez en mi vida odiaba a alguien con toda mi alma. Quería hacerle daño. Tenía esa necesidad de herirle en su punto más débil, de asesinarlo, si eso era posible, de manera inmediata.
En cambio, cobarde como yo sola, decidí marcharme antes de que me viera llorar. De nuevo me equivoqué. No estaba dispuesto a soltarme tan fácilmente, sobretodo teniendo en cuenta lo frágil que aquella presa parecía, y ante mi gesto en querer soltarme de sus brazos, volvió a tirar de mí. Tomé aire furiosamente.
¿Cómo era posible que aquella canción durase tanto?
Llevábamos ya tres temas y dos de ellos bien moviditos, pude comprobar ante las bromas y remiradas de todos los clientes del local, tan distraída andaba, que ni cuenta me dí del espectáculo que estábamos dando.

NUESTRO NUSHU

CAPITULO XI
EL PRECIO DE LA INGENUIDAD

-Míralas…

-¿A quién?-Me oí decir en la lejanía como si mi voz no me perteneciese.

- A tus amigas- Y acompañó sus palabras con el amago de un beso.

Me retiré de manera tan brusca que me hice daño en el cuello.

-¿Qué pasa con ellas?

-Están verdes de envidia.

No sé, de verdad que aún no sé, porqué razón mis ojos siguieron la ruta que llevaba hasta Susana. La estudié examinando esa amplia sonrisa dirigida al mozalbete con el que se dejaba tontear, sin embargo sus ojos soltaban chispas, destellos incandescentes, al entrecerrarse maliciosos escudriñándonos furtivos. La conocía lo suficiente como para saber que su gesto con el muchacho era forzado. Estaba espléndida con aquel ligerísimo vestido de verano. El abundante pelo recogido en un moño a lo Audrey Hepburn, mostrando la plenitud y frescura de sus pocos años por todos los poros de su piel. Sus ojos, además del verde propio, contenían el verde de la envidia más sutil. En el poco tiempo que tuve para rebelarme, aquella imagen me estimuló dando un giro insospechado a los acontecimientos.
Decidí ser yo, la que llevara las riendas de la situación. Le atraje hasta mi cuerpo descaradamente y, de modo que tan solo él pudiera escucharme, le apremié:

-¡Vamos de una vez!

Se apartó de mí y proyectó sobre mi cuerpo una mirada tan sumamente avara y ambiciosa (creí, lo juro, que creí morirme del regodeo) que los ojos de todas las féminas del local quedaron tan arrobados como si un encantador de serpientes, las hubiese encantado.
Con la repugnancia retenida en el pecho y la felicidad dibujada en la boca, dejé que prendiese mi mano y cual dos amantes recién tocados por Cupido dejamos de bailar, uniéndonos al grupo.

-Nos vamos- Manifestó con energía sin dar tiempo a nadie a preguntar nada.

Las sonrisas de mis amigas se mudaron en resentimiento, curiosidad y estupor. Las de ellos, me hirieron en la comprensión de su motivo.
¡Cuánto habría dado Sonia por estar en mi lugar! En realidad, cuanto se habrían dejado conquistar cualquiera de ellas, solo que en aquel momento mi mente pensó en Sonia al introducirme en el deportivo más chupi-guay que en mi vida viera. Además de presumirse carísimo resultaba una monería y por encima de todo, poco discreto. El rojo brillante de la carrocería con el crema de los asientos, crecía la personalidad de su propietario de manera nada casual. Puso en marcha el motor y nos fuimos perdiendo en las nocturnas y achicharrantes calles de Madrid.
Vivía, como era de esperar, en uno de los barrios más selectos y de mejor estatus de este Madrid tan diverso y caprichoso. En un ático cómodo y bien amoldado en lo que se presumía todo él.
Apagó el motor y estirando todo su cuerpo con desgana, me observó largamente. Yo sentía, por un lado la repulsión que me provocaba su soberbia y por el otro el ahogo que me causaban sus ojos. Esperé su reacción que no tardó en llegar a falta de palabras y sequedad de boca por mi parte.

- Y ahora, puedes preguntarme lo que quieras.

Aquel endiosamiento, encendió de nuevo mi odio.

-¿Porqué yo?

- No te ofendas por lo que voy a decirte- ¿Había más?, me pregunté horrorizada ante lo que se me venía encima- Pero tienes cara de reprimida.

-No, si no me ofendo. ¿Y qué más?

-Pues pareces bastante ingenua.

-Insegura- Me decidí en ayudarle a encontrarme defectos- Y poco agraciada. Y con más años que Matusalén…Y todo lo que tú quieras. Pero yo estaba de espaldas a ti en el restaurante.

-Pero todo empezó antes Trinity

-¿Y quién es Trinity?-Pregunté con toda la inocencia que pude.

-Tú.

-No, yo me llamo Nuria.

-Puede, pero tú eres Trinity, como yo Príncipe Azul- Y sonrió de manera tan hiriente al recordármelo, que me entraron ganas de abofetearlo.

-No sé de qué me estás hablando.

-Bueno, si prefieres seguir negándolo; allá tú. El caso es que todo pasó una tarde de cachondeo con los colegas. Tengo mucho tiempo libre ¿sabes? Andábamos de chateo, cuando apareció una tal Trinity buscando un Príncipe Azul. Imagina lo que nos pasó por la cabeza.- Yo si sabía lo que pasaba por la mía, mientras le dejaba desfogarse a su capricho.

-Pues como soy una ingenua, no se me ocurre nada.

-Conseguir quedar con ella. Nos apostamos unas birritas…

-Sigo sin entender.

-Eres más lenta de lo que pareces a primera vista. A ver, la cuestión estaba en la tía. ¿Quién puede buscar un Príncipe Azul? Alguien que pretende encontrar un tío así, o está muy mal, o tiene…

-¿Qué?

-Lo supe en cuanto te vi.

- No tiene ningún valor-Dije sin inmutarme- Con lo atractivo que eres y el desparpajo que gastas, no creo que te sea nada difícil encontrar a alguien más a tu altura…Intelectual.

Sonrió ampliamente ante el calificativo.

-El cachondeo estaba en la tía…

- Si no te entiendo mal quieres decir que una niña de tu edad y buenísima, no tendría nada de gracia ¿Es eso?

Él asintió sin perder el gesto.

-En cambio alguien como yo, digámoslo, suavemente; del montón y con cara de Madre Teresa de Calcuta; resulta para partirse el culo.

-Exacto.

Le observé a punto de abrirle la cabeza.

-Pues hijo, sigo sin entender.

-Tú acudiste a la cita.

-Yo nunca he quedado con un cerdo semejante.

- Con un cerdo no, pero si con Príncipe Azul ¿Recuerdas el impacto que causé en ti? ¡Pero si hasta me dijiste que no sabías leer!

-Ah, si, ahora recuerdo. El chulo de la carpeta chillona.

-El mismo. Enseguida supe que eras tú. Seguro que nunca habías tenido una cita a ciegas.

Suspiré dándole a entender que me estaba aburriendo.

-Y qué es lo que se supone que tengo que hacer.

-Grabar…

-¿En video?

-No, no, negó horrorizado ante la sola idea- Será suficiente con escucharte…

-Como me derrito por ti.

-Efectivamente. Seguro que lo haces muy bien.

-No sé, no me hace mucha ilusión, la verdad…Además. ¿Se puede saber qué gano yo con todo esto?

-Piensa un poco. Todas tus amigas están esperando que les cuentes “la maravillosa y romántica” noche de amor que vas a pasar con un tío como yo.

Mi cabeza afirmó lentamente, a puntito de estrellarlo contra la luna del coche. Habría sido una pena que aquel crema tan inmaculado se manchase con el rojo de la gélida sangre de un cerdo tan atractivo.

NUESTRO NUSHU

CAPITULO XII

¡ARRIBA EL TELÓN!

En vez de eso-Apenas me quedaban fuerzas para asesinarlo-me encogí de hombros.

-Subamos a mi casa. Tengo una sed terrible. Si no quieres, no pasará nada-Afirmó encogiéndose de hombros- Allí hablaremos más cómodos.

Recapacité durante algunos minutos. Algo me estaba pasando y no lo entendía muy bien. Me ponía a caldo y yo seguía allí, como si estuviera encantada. No podía matarlo-ya me habría gustado- además, odioso, o no, el morbo de su compañía me tenía en un sin vivir ¿Qué tenía que perder? Me decía a mí misma, mientras subíamos en el ascensor, derechitos al ático. Todo, me contesté al tiempo en que introducía la llave en la cerradura.

Algo debió ocurrirme. Algo que aún hoy y pasado el tiempo, no logro comprender. Quizá fue aquel sillón de masajes tan increíblemente prometedor, o la admiración de mis amigas, la circunstancia en si, lo inaccesible de la compañía, el reflexionar lo que el destino me depararía actuando de una forma tan contradictoria a mi personalidad ¿Cuando había tenido la oportunidad de ser la protagonista de algo fuera de lo común? ¿Cuántas aventuras podría contar que fueran ciertas? El destino me ponía en bandeja una realidad cuanto menos insólita y lo único que hacía era pasar por una timorata, desperdiciando un juego semejante. Una idea, casi sin concebir, pasó por mi mente de manera vertiginosa-es decir, fuera de toda reflexión- y antes de que se esfumara, la apresé al vuelo poniéndola en práctica.
¿Qué pretendía? Lo ignoro, el caso es que aquel chulo insensible iba a encontrarse con algo más que una acongojadita de clausura.
Antes de actuar le hice una pregunta:

-¿Cuánto de ingenua se me ve?

Por un momento le imaginé humano contestándome con algo de consideración. En cambio resultó demasiado seguro y despiadado en su respuesta.

-Todo.

Fue suficiente.

-¿Puedes darme algo de beber?

-Si, claro, pero si quieres…

-¿Tienes hielo?

-Claro, voy a la cocina.

Al tiempo en que desaparecía busqué el equipo reproductor. Me senté sintiendo un extraño cosquilleo en el estómago. Apreté uno de los botones del fantástico sillón y este me tumbó de golpe como si mi cuerpo fuera un saco de harina.
Me levanté como pude, volviéndolo a colocar en su antigua posición. Cuando Príncipe Azul volvió con los vasos, andaba yo enzarzada con la cremallera de mi vestido.
No sé que se le pasaría por la cabeza pues algo asombradillo, si que me miró. A duras penas y tragando saliva, preguntó educado:

-¿Qué quieres tomar?

Me consideré en la gloria. Estaba claro, iba por buen camino.

-Lo que quieras-Contesté como si lo que estaba haciendo fuera una reacción de lo más lógica.

Dándome la espalda y tras la coqueta barra del minibar, se concentró en llenar los vasos al momento en que me escuchaba:

-…Espera, espera un poco-Decía yo con la voz entrecortada –Ten paciencia…

Lentamente se volvió abriendo los ojos como platos ¿Me estaba excediendo? Me pregunté ante su nueva expresión. Cien vocecitas en mi interior me interrogaban queriendo saber que narices estaba haciendo.

-…Hace mucho tiempo que no estoy con nadie- Y me daba besos a mí misma en mi propia mano. Unos besos bien sonoros, exagerados, quizás para la ocasión; pero totalmente audibles para que se expandieran a su antojo. Sin dejar de susurrar, con la otra mano bajaba muy lentamente la cremallera de mi vestido a un paso del colapso coyuntural.

Jadeaba ya con grititos ahogados mostrándole, sin vergüenza alguna, mi cuerpo serrano. Quedaban aún, restos de gimnasio y rayos U.V.A en mis músculos y piel y por casualidades del destino llevaba puesta una combinación de seda, de tirantes finísimos, rematada en un precioso encaje, toda ella de color rojo, extremadamente sexy. Comprendí que estaba en el camino correcto ante su estupor.
¿Quién me dijo que los hombres se fijan en la ropa que una lleva? Claro, por eso esa expresión entre fascinada y sorpresiva, entre creer que se hallaba entre una momia y encontrarse con una mujer.
Yo seguía a lo mío. A continuación me tumbé en el fascinante sillón, colocándome de manera que imaginase más que viese y desease, más que llegase; a mis dominios.

-¡Ay, Dios, no me hagas eso…!- Y de repente me paré, y se mudó mi expresiva pasión, haciéndole un gesto con la cabeza en dirección al aparato- al de música, se entiende- para que lo pusiese en marcha.
Tuvieron que pasar algunos minutos para que reaccionase.

-¡Ah, que bien…! ¡Qué tío más bestia! ¡Que hombre, por Dios!

No es por tirarme el pegote, pero tengo unas piernas de escándalo y él era incapaz de desviar la mirada concentrado en aquel par de prometedoras extremidades que yo mostraba lo justo, tapando y destapando, con mi escasa combinación.

-Así, así…-Gemía al tiempo que le apremiaba con gestos, para que el pobre hombre se dignara a seguirme en mi soliloquio.

Subiéronse sus cejas- en señal de captación del mensaje- y actuaron sus pies, para acercarse a probar un poquito lo que allí se voceaba.

-Dame…-Le apremiaba para que abriera la boca y dejase soltar alguna idiotez de las suyas- Para…

-¿Para qué quieres que pare?-Dijo por fin saliendo de las profundidades del limbo.

Sonreí mentalmente. La ronca pronunciación, genuina, espontánea y natural, liberada ya de aquella otra conducta chulesca y machista de momentos anteriores, me animaba en grado superlativo. Totalmente a mi merced. Irremediablemente excitado, por una ingenua como yo.
Sin atreverse a tocarme y medio hipnotizado por el giro que había tomado el juego, continué en mi papel de vampiresa, entre suspiros y gritos varios, tacos y demás expresiones que suelen utilizarse en estos casos…Hasta que de pronto me paré, y con un ¿Ya?, decepcionante e ingenuo, acabé con la comedia. Tan fresca como una lechuga, me levanté del sillón.

-No importa, mi amor; son cosas que pasan. Aunque yo solo hablo de oídas. ¿El baño, por favor?…

Tiempo le faltó para correr a apagar el chivato aparato.

-¿Qué has querido decir con ese “ya”?

-Pues eso, que si ya habías terminado.

Enfurecido me sujetó el brazo con una fuerza desproporcionada para el momento. Es decir, que le había jodido de lo lindo. Mientras me soltaba, como si la cosa no fuera conmigo, recogí mi vestido.

-Un momento ¿A dónde crees que vas?

-A mi casa- Afirmé sin mirarle subiéndome la cremallera.

-¡No!

¿Había gritado? ¿Eso había sido un grito de rabia? Anda, pues no daba la sensación de que fuera para tanto. Esto me estaba gustando me hacía sentir tan bien, que incluso me sentí feliz.

-Si.

-No- Negó bajando la voz como si empezase a comprender hasta dónde podría llevarle tal conducta.

Aunque diese la impresión de ordenar, más bien suplicaba. Se humillaba él solo al exteriorizar la necesidad de que me quedase. Me hice la loca. Pero disfrutaba. Disfrutaba como nunca.

-¿No has tenido bastante? Ahora tus colegas tendrán más cachondeo ¿No era eso lo que buscabais?

Su expresión había cambiado tanto que sentí un miedo real. Estaba tan atractivo, así, acercándome su rostro al mío y sus ojos rasgados deseándome, como nadie me deseó jamás…

-Ahora lo vamos hacer de verdad- Volvió a quebrare su voz por la propia fuerza varonil y me destrozó por dentro más de lo que mi Luis lo hiciera jamás. Para mi mala suerte, le deseé, obligando al mismo tiempo a mi pensamiento a encontrase con la dura realidad. No lo conseguía. A duras penas, luché sin armas, muerta de miedo por el torbellino de sensaciones contradictorias que mi propia conducta había determinado.
Por eso mismo y sin poder remediarlo, a mí también se me rompió la voz al contestar con infinito desprecio:

¿Con toda mi represión, o con toda mi ingenuidad?

Continuará…

NUESTRO NUSHU

TARDE DE DOMINGO

-Yo no imaginaba que fueras así.

¡Que idiota!, pensé ante aquella estúpida lágrima cayendo ridícula por mi mejilla. Imagino que estaba cansada de tanto juego, de fingir algo que no era ¿Y él? ¿Qué pretendía en realidad? Parecía sincero.

-Perdona-Dijo con ternura mientras retiraba un mechón de mi pelo, obstinado en caer sobre mis ojos- Lo siento. Siento haberte hecho daño.

-Sentí un dolor intenso. El odio se removía en mi estómago al tiempo en las piernas comenzaban a temblar.

-La que lo siente, soy yo. No eres mi tipo- Me oí decir sin conocer mi propia voz.

Tiré con rabia los zapatos y el bolso en el ascensor y allí mismo acabé de arreglarme. Bajé a la desierta calle. El deportivo continuaba allí, indiferente a mi dolor, desafiante y orgulloso como su propietario ¿Dónde estaban ahora aquellas vocecitas chulas y vivarachas? Miré el reloj, eran las cinco de la mañana. Dormidas, resolví cansada ante los albores del día.
Corrí como una loca hasta que los pies se quejaron de dolor. Me senté en un banco quitándome los zapatos de tacón. Friccioné con suaves masajes mis pies animándoles a que no me dejasen allí tirada.
Temblando como un flan, mitad por el relente, mitad por mi desquiciante estado emocional, desesperada y humillada, me puse a llorar como una posesa.
Lloré y lloré viendo repetidas veces aquel rostro hermoso y endiosado, recordando cada palabra, cada insulto, como si este Príncipe Azul hubiese conseguido lo que mi Luis nunca consiguió; que probase al fin la mierda. El rimel se unió a mis lágrimas formando una pasta negrísima y asquerosa.

Vinieron mis amigas a verme, como era de esperar. El timbre de la puerta sonó en mi cabeza como un golpe en el oído más que un lógico sonido. A duras penas logré levantarme de la cama. En el pasillo tropecé con el bolso y los zapatos. Semidormida, al pasar por la entreabierta puerta del baño, me descubrí en el espejo. Casi me muero del susto. Ni me había desmaquillado ni me había quitado la combinación. Esta se había hecho un nudo en los tirantes. Y del rostro ¡para qué hablar! Entre el pegote de pasta negra del rimel, las legañas, y las rayas sutiles de mis arrugas mañaneras; poseía un encanto verdaderamente mágico. Horrorizada por lo que supuse en un primer momento, una aparición, me paré en seco. Me dí la vuelta. Y de repente una sucesión de imágenes trajo a mi recuerdo la noche anterior. El nudo de mi garganta, casi estuvo a punto de asfixiarme. No tuve tiempo. El timbre sonaba con tal insistencia, que sobreviví por la propia inercia existencial. El desánimo se mudó en mala leche.

-¿Y si no está en casa?

La pregunta salía de labios de Sonia, aunque yo no distinguiese más que un bulto excesivamente maquillado, teniendo en cuenta el madrugón dominguero.

-¡Pero Nuri! ¿Qué te ha pasado?

Conté con la mirada siete bultos vestidos de tarde de fiesta y contesté herida, en la profundidad de mi quebrado descanso.

-¿Qué hacéis aquí, ¿pasa algo?

- A nosotras no- Y tosió como se hace en las películas, de forma tan sospechosa que dio a entender que sabía más cosas que yo misma.

-¿Qué te ha pasado en la cara?- Preguntó Rosa intrigadísima.

Iba a contestarla cuando Arancha se me adelantó.

-Pareces tonta ¿no lo ves? Se le ha corrido el rimel.

-Que combinación más mona- Suspiró Susana. ¿La llevabas anoche?

Bajé la cabeza un poco aturdida. Al momento fueron desfilando como si de un velorio se tratase.

- Vamos, guapa, vete espabilando que ya es hora.

-No, si ella ya iba preparada. Esa combinación me da mala espina.

-¡Jesús Nuri, que desorden!, deja, ya te lo recojo yo.

-Vosotras que decís: ¿Habrá pasado una romántica noche de amor, o no? Ay, que yo creo que si…

-Me muero de ganas por saber que coche tenía.

-Iros a la mierda…Nuri, hija, dinos de una vez: ¿Te lo tiraste, o no te lo tiraste?

-Yo…Un momento- Puntualicé llamando su atención- ¿Se puede saber que estáis haciendo todas aquí?

Como era de esperar me ignoraron y cada una fue sentándose en el largo y ancho sofá a su antojo.

No me habéis contestado: ¿Qué hacéis aquí?

-Tenías el teléfono descolgado.

Quise hacer memoria. ¿Cuando? Me mosqueó lo mayor que m estaba haciendo, ya se me iba hasta la cabeza.

-¿Qué queremos?- Cuchicheó Pipa dándole un codazo de complicidad a Carmen- Que graciosilla.

-¿Para que narices crees tú que hemos venido? ¿Para ver lo horrible que estás recién levantada?- Gruñó la “dulce” Arancha.

-¿Quién os abrió el portal?

-El portero, no te jode.

-Dejaos de tonterías ¿quién tiene mi llave?

Una por una, fueron sacando un manojo de idénticas llaves.

-Vale- Admití rendida modificando mi táctica- ¿Porqué habéis venido tan temprano? ¿Es que no tenéis nada mejor que hacer?

-Nuria, son las cinco de la tarde.

-¿Tan tarde?- Exclamé confusa

Las siete se miraron absortas. Pipa fue la primera en reaccionar. Levantándose de un salto, se ofreció gustosa y servil.

-Esperar, no empecéis sin mi, voy a preparar café.

Pareció que se relajaban. Arancha debió de ser la que sacara el primer cigarrillo, las otras se sintieron invitadas a seguirla. No dejo que nadie fume en mi casa, no obstante mi mohín de fastidio no sirvió absolutamente de nada.

-Os podíais cortar un poco…Luego me olerá toda la casa…

-Echa ambientador- Me sugirió Arancha- Al grano ¿Te lo tiraste o no?

Desde la cocina, allá en la lejanía se escuchó un débil:
-Eso no vale. Dije que no empezarais sin mí.

-Cuenta, o no saldrás viva de aquí- Amenazó Susana.

-¿Puedo antes lavarme la cara? Porque imagino que ducharme, nada de nada.

- Pobrecilla- Me socorrió la santa de Aurelia- Somos un poco burras. Acaba de levantarse- Y las miró esperando una predisposición unánime.

Se examinaron entre si. Pareció que la moción era satisfactoria.

-¡Pero cagando leches!

- Eso, Nuri, tengo misa a las ocho. El Padre Tomás dice unas homilías preciosas. El otro día…

Arancha la asesinó con un simple giro de cabeza en su dirección.

Salí de allí como si me hubiesen puesto un cohete en el culo. Cerré la puerta del baño…

NUESTRO NUSHU

MENTIRAS ENTRE VERDADES

Cerré la puerta del baño. No tengo cerrojos en ninguna de las puertas de mi casa. ¿Para qué si vivo sola? Abrí el grifo y me metí en la ducha. El agua comenzó a caer sobre mi cuerpo al tiempo en que cinco de ellas, encabezadas por la pertinaz Arancha, entraban robándome la intimidad de mi aseo personal.

-¡Eres una cobarde!- Acusó a grito pelado- No tienes ovarios…

- Chungo, algo pasó que no quiere contarnos.

- Seguro que era un muerto de hambre. Tanta ropa de marca me pareció excesiva para un chico tan joven.

-¡Chicas, el café ya está listo!

-¿Queréis dejarme en paz?- Luego cambié el tono- Arancha, llévatelas, por favor. Ahora mismo salgo ¿Vale?

En silencio las fue sacando de allí. Atenta cerró la puerta. Anudándome el albornoz y mientras me enrollaba una toalla en la cabeza, me observé en el espejo. ¿Qué iba a contarlas?, me pregunté completamente desorientada. No podía contar la verdad. Eso nunca. Cada cual, y a su manera, me habrían crucificado. Tenía que pensar en algo ¿Y si les dijera que no había pasado nada? No, eso tampoco. De esa manera si que habría desperdiciado aquella maldita noche. ¿Entonces? No lo sabía. Tenía que pensar.

El olor a café recién hecho y la ducha, lograron estimularme de manera que mi cabeza comenzaba a funcionar al cien por cien.

- Vamos, dame una taza de esas, Carmen…Que gusto. ¡Por fin empiezo a ser persona!

Estaban todas con sus miradas clavaditas en cada una de mis palabras. Las miré de frente mientras las estudiaba. De Arancha podía imaginar de todo menos indulgencia. No habría piedad para mi cobarde actitud. Es más, la crucifixión sería la pena más leve-dicho de otra forma, me habría puesto a parir- Pipa y Aurelia, en cambio, me indultarían. Aunque más tarde Pipa me dejase por los suelos ante las demás. A Carmen le intrigaría. De eso estaba segura. Habría imaginado pasiones dónde no las hubo y un torbellino de sentimientos existenciales, dónde tan solo se ocupó el instante fugaz de una reacción sin controlar. Rosa me desconcertaba. Pocas veces supe calibrar sus percepciones. Era tan noble que podía salir por cualquier lado. Sonia querría saber cualquier detalle del ático. El sillón, su música, su colonia, sus muebles. Y por descontado que coche se gastaría. Y Susana…Susana, me envidiaba. Supe que se había quedado “enganchada” de él, nada más estudiar su postura.
Se pasaron el mechero y la casa se me fue llenando de aquel olor tan asfixiante, como mi cabeza de locas ideas.

-Bueno, Nuri, yo creo que ya es hora- Apremió lentamente Susana. Llevaba una blusa que la favorecía al máximo. Todo muy cuidado, pero sin que diese la impresión de estar estudiado. Era normal, su juventud lo hacía todo.
En cambio Sonia rayaba lo exagerado. Demasiado maquillaje. Demasiada laca. Superlativamente ajustados aquellos pantalones pitillo- por supuesto de una carísima marca, como si de un anuncio se tratara-

-Es verdad- Afirmó estimulada ante las demás- Todavía no nos has dicho que coche tiene.

-¡Y a quién le importa eso!- Suave, pensé, demasiado suave para nuestra Arancha. El vaquero que la “secuestraba”, tenía más cortes que las arrugas de su cara. La camiseta del Che, comprada en el rastro de Lavapiés, daba algo más que grima.

-¿Te cercioraste de que no estuviera casado?- El tono de Pipa abrigaba la esperanza de una pasión imposible, ante la expectativa de “un hacer clandestino”. El traje sastre la “engullía”. Cada día más amargada en su dolor, el negro gritaba que aún cabía la fe, de que la pobre madre muriera y descansaran las dos.

-Jesús, que cosas tienes Pipa. Cualquiera diría que todos los hombres tienen que ser como tu “ex”. También hay hombres buenos en este mundo…Pocos, esa es la verdad- Aurelia introdujo inconscientemente la mano en su bolso al tiempo en que sacaba el rosario de los domingos. Parecía más bien un saco. O eso creía uno al ver aquel vestido gris. Como ella. Sin tono. Neutro, como su alma en pena- Pero algunos quedan. Peores somos nosotras, las mujeres…Almas descarriadas…Vale, vale, ya me callo.
Al hablar, Carmen me demostró que la conocía como si la hubiese parido yo misma:

-Ese aire oriental de sus ojos desvela su misticismo. En serio, Nuri, ese hombre tiene algo mágico en si- Los pechos de Carmen retumbaban como un tambor de ardientes esperanzas. Solo que eran tan exuberantes que la camiseta los asfixiaban sin remedio. Los pezones descubrían una tirantez exagerada. La falda, tipo campesina tirolesa con las típicas zapatillas anudadas a los tobillos, la mostraban sinceramente pueblerina.

En cambio Rosa, nos salió por la tangente. Con una delicadeza tan poco en consonancia con su tremenda y descarada minifalda roja-resultaba algo más que hortera al conjuntarse con unos zapatos de imposible tacón y una camiseta de tirantes negra y ajustada, tipo putón verbenero- se la escuchó decir:

-¿Te has enamorado?

Su pregunta hizo que todas se quedaran mudas. Yo la primera.

-¡Hombre, Rosa, claro que no!- Exclamé cuando me repuse del impacto. Demasiado énfasis, pensé, ante tan contundente negación- Uno no se enamora de la gente así como así, Rosa, para eso hace falta tiempo. No nos conocemos…

Arancha no me dejó terminar:

-Eso quiere decir que hubo tema.

-Eso quiere decir lo que he dicho.

- Vamos a ver ¿Quieres contarnos de una puñetera vez que pasó anoche?

- Pues que quiso tema y yo no quise.

Perfecto, me dije, en el fondo no había mentido. ¿Cómo no se me había ocurrido antes? Tan sencillo como decir la verdad. Siguiente paso: Detalles.

- ¿Quieres decir que ese tío tan bueno te propuso tema?

Susana me observó tratando de averiguar cuanto de verdad contenía mi afirmación.

-Si. Así fue.

-¿Y…?

-Pues que todavía no he olvidado a Luis- Y me quedé tan ancha.

-¡Vete a freír espárragos, Nuri!

-Es la primera vez que estoy de acuerdo con Arancha, Nuri, eso no se lo cree nadie.

Yo tampoco, pensé. ¿Y ahora? ¿Qué esperaban que les dijese? Tenía que imaginar algo rápidamente.

-¿Cómo se llama ese bombón?
No sabía si besarla o tirarme a su yugular. Susana me había salvado y me ponía en un aprieto al mismo tiempo.

-Pues…

-¿Ya se te ha olvidado?

- ¡Pero si es que no me dais ni tiempo a contestar…! Esto…Se llama…Alvaro, eso es; Alvaro.

¿Conocía yo a algún Alvaro? Me pregunté ante tal nombre ¿Dé dónde me lo habría sacado?

-¡Alvaro!, qué bonito- Susurró Pipa ensoñadora.

NUESTRO NUSHU

CHANTAJE AL CANTO

-Pues si, se llama Álvaro es empresario tiene treinta y cinco añitos, vive solo en un ático que fliparíais. Tiene un Porsche rojo de ensueño…Y los labios más dulces que pueda soñar. Además fue tan tierno conmigo, que a punto estuve de quedarme a dormir en su casa. Pero, no, él mismo me trajo a la mía. Y cuando nos despedimos me dio un beso de locura.

-No jodas…

El aire de mi salón se evaporaba por momentos. Nadie respiraba incapaces de quebrar la intriga.

-Sonia murmuró como si tuviera miedo de preguntar:

-¿Buen estatus?

Yo asentí cerrando y abriendo los puños en señal de abundancia.

-¿Le preguntaste que horóscopo era?

-No estaba para eso, Carmen- Afirmé con malévolo disimulo para darle más intriga al asunto.

-Seguro que es Acuario. Los más soñadores, rebeldes y humanitarios de todos los…

- Mi ex era Acuario. Y supo ser muy humanitario conmigo. Lo primero que hizo cuando nos separamos fue dejarme sin casa.

-¿En qué dijiste que trabajaba?

¡Leñe! ¿En qué había dicho que trabajaba?

-Es empresario-¡Jesús, que sustos me daba mi poca memoria!- Pero no recuerdo de qué me dijo que era la empresa.

-No sé Nuri, pero tú no estás bien de la cabeza- ¡No lo sabes tú bien!, recuerdo que analicé ante las palabras de Arancha- Aunque hubiese sido un cabrón y solo quisiera pasar una noche contigo, ese tío se lo merece un cuerpo cualquiera. Lo que todavía me estoy preguntando, es qué narices vio en ti. ¡Que no me lo explico, vaya! Si hubiese sido Susana tendría un pase. Pero tú… ¡Madre de mi alma, si yo me topo con él! Ese no sale vivo de allí ¡Que polvo más alegre le habría dado a este cuerpo mío!

Solo le faltó relamerse de gusto. Arancha habría matado por un hombre así-lo que dejaba entrever la fachada, por supuesto- Ami vez, yo reflexionaba al conjuntar aquel cuerpo con los recién estrenados sentimientos con los que le estaba dotando.

- Oye, ¿Qué pasó con vuestros galanes?- Quise saber para desviar el tema, agotada de tanta fanfarronada.

-Pura fachada- Me informó Aurelia. En cuanto vosotros dos os fuisteis, salieron pitando. Ni siquiera Susana obtuvo trofeo.

- Ninguno merecía la pena- Contestó esta última más pendiente de mi historia que del comentario de Aurelia.

- Creo que ya es bastante por hoy. Supongo que ya estáis más que contentas. Así que ahora, cada una a su casita, que tengo muchas cosas que hacer. Venga, cada una a lo suyo.

-¿Cuándo habéis quedado?

Susana, inocente, no estaba más que para ponérmelo difícil. Contesté escogiendo un día cualquiera de la semana, al tiempo en que las ganas de seguir fantaseando, iban poco a poco, evaporándose.

No podía quitármelo de la cabeza. Durante semanas perdí el gusto por las salidas con las chicas. Me hallaba como en una nube todo el tiempo. Sólo podía pensar en él y eso trastocaba toda mi cotidianeidad. Las chicas no hacían más que insistir en que saliera con ellas de nuevo, ya qué el hecho de mis citas con el tal Álvaro, no debían romper hasta ese punto nuestras salidas. Sin embargo yo me encontraba aturdida. Era como si de repente hubiera encontrado otra forma de ver las cosas. Sentía tal incontrolables ganas de verle, que incluso perdí el apetito. Iba a mi trabajo, sonreía y hablaba sin enterarme de nada. Como si me hubiese colgado de su recuerdo. Y lo que era peor, imaginando una personalidad muy distinta a la real. Dormía poco y para más “inri” sufría las constantes llamadas de todas ellas queriendo averiguar cada detalle de esta “maravillosa” relación.

Era sábado y tirada en el sofá, de nuevo y sin ganas de salir, me decidí a pasar la noche con un cuenco de palomitas, una caja de pañuelos en mi regazo y mi película favorita. Cuando sonó el timbre del móvil Escarlata se hacía la interesante con un Rhett Butler en la escena de la cárcel. “Estás preciosa, Escarlata”, le decía un Rhett enamorado. Ella se dejaba girar para que él contemplara la hermosura de su vestido. Sin apartar la vista de la escena-aunque me la supiera ya de memoria-lo cogí. Se trataba de un mensaje.: “Quiero volver a verte. Eres como un caleidoscopio y necesito descubrir más. Por favor, ponte en contacto conmigo”.
Embobada con la película le resté importancia. En el curso de la noche recibí llamadas de todas. No tenía ninguna gana de cogerlo. En realidad me sentía culpable por haberlas mentido. ¿La solución? Esconderme en mi madriguera hasta que pasara el temporal. Cuando acabó “Lo que el viento se llevó”, me llegó un último mensaje: “Nuri, cógeme el teléfono, por favor, tengo que hablar contigo”. La misiva me llegaba del móvil de Susana. “¡un cuerno!”, me dije, “Ya la llamaré mañana” Y me fui a la cama harta ya de tanta palomita y con los ojos más hinchados que un globo de feria.

Recuerdo que aquel domingo me levanté con un hambre atroz. No me extraña, arrastraba días sin comer en condiciones. Me preparé un buen desayuno y sentada en la cocina, como no, pensé en Príncipe Azul. En lo divino que habría resultado conocerlo con algunos añitos menos y lo “guay” que me haría sentir el estar a su lado desayunando, compartiendo ese café recién hecho. Así como ahora, recién levantada, con el pelo aún mojado por la ducha y mi cuerpo abrigado y confortable…En un ambiente de complicidad, regalándome mimos y jugando…
El timbre del teléfono me arrancó de golpe todas las tonterías que mi mente edificaba.
Con la boca llena descolgué:

-¿Si…?

-Ya es hora, guapa.

-¿Susana?

-La misma.

-Dime-Dije al tiempo que tomaba un sorbo de café.

-¿Porqué no me llamaste anoche? Te dejé un mensaje en el móvil.

Suspiré distraída al tiempo en que me estiraba.

-Estaba ocupada, ya sabes…

- No, no sé. ¿Con qué?

- Con qué no, con quién. Estaba con Álvaro en el…Cine. Cuando me di cuenta era ya muy tarde para llamarte, perdona.

- ¿Con Álvaro? ¿Estás segura?

- Claro- Afirmé al tomar la taza de nuevo- ¿Porqué te sorprende tanto?

-Porque anoche salimos y nos encontramos con él.

El último trago de café me llegó hasta el conducto de la nariz. Tuve que tapar el teléfono para que Susana no me escuchara toser.

- Nuria… ¿Sigues ahí?

- Si, si…Te escucho. Dime- La estimulé al tiempo en que me limpiaba con una servilleta.

-Cómo que te diga. Dime tú.

- Nuri, me pidió tu teléfono ¿Se puede saber a qué estás jugando?

-Yo…Es qué…Habíamos discutido y…

- Nuria no me has oído. Me pidió tu teléfono.

-¿Se lo diste?- Se me ocurrió preguntar de manera inocente.

-Vete a la mierda. Las demás no lo saben.

-¿El qué?

-Que me pidió tu teléfono y que nunca has salido con él.

-¿Porqué no?

-Solo estuvo un momento con nosotras. Lo pillé en un aparte porque tu historia me tenía algo “escamada”. Me lo confirmó al pedirme tu teléfono.

- ¿Se lo vas a contar a las demás?

- No, me lo vas a contar tú. Y quiero saberlo todo.

- Vale. Mañana…

No, Nuri, vas a ser tan amable de invitarme a comer hoy y me vas a contar la verdad de lo que pasó aquella noche. Me lo debes.

- Eso se llama chantaje.

- Si señora, efectivamente. Esto es un chantaje en toda regla.

Aturdida colgué. ¿Y ahora? Pasé toda la mañana como un zombi sin reparar para nada en el mensaje de la noche anterior…

NUESTRO NUSHU

UN INTERROGATORIO SOSPECHOSO

Cuando Susana apareció yo ni siquiera tenía pensada la comida. Entró en la casa de manera triunfante y soberbia.

- ¿Quieres tomar algo?

-Claro, dame una Light.

Me siguió hasta la cocina pendiente de cada uno de mis pasos. Al tiempo en que sacaba el refresco ella se sentaba cruzando las piernas. No sé que me cabreó más si su actitud chulesca o el cigarro que ya encendía.

-Bueno, Nuri- Apremió exhalando una larga bocanada al cigarrillo-Puedes empezar cuando quieras.

La observé tratando de calibrar la situación. No tenía otra que contarle la verdad, pero el orgullo me lo impedía, así que comencé a dar rodeos.

-Me dijiste que lo viste anoche ¿Qué te dijo él?

La noté molesta al contestar, había algo que la incomodaba. Desconocía por completo los motivos, pero estaba segura de que escondía más secretos que yo misma.

-Pues…

-¿Si?

De pronto se levantó irritada. Tiró la ceniza en el fregadero y volvió a aspirar mirándome con desdén.

-Nuria, ¿qué pasó aquella noche? ¿Por qué ese tío se fijó en ti de esa manera?

-Lo normal habría sido que se fijara en ti ¿verdad?- Advertí intrigada ante su sorprendente postura- Mira, niña, no tengo porque darte explicaciones- Afirmé rotunda. Al fin y al cabo, ¿porqué tenía que dárselas?- Podrías haberme llamado a casa sabiendo que no estaba con él.

Susana esquivó mi mirada.

-Querías que te siguiese mintiendo. Querías comprobar hasta qué punto, continuaría con mi mentira. ¿No te contó él mismo lo que pasó aquella noche?

Su gesto, al apretar los labios con fuerza, me iba descomponiendo ¿Qué le estaba pasando? ¿Qué sentido tenía ponerse así por una simple mentira que a nadie más que a mí, perjudicaba.

Dio la última bocanada al cigarro, abrió el grifo y lo apagó.

- Te gusta.

-No digas tonterías, Nuria, lo que pasa es que nos has mentido.

-Te gusta mucho, ¿verdad?

- ¿Ese gilipollas?- Articuló con desprecio. Yo a mi vez, me cuestionaba hasta qué punto podría saberlo ella.

- Susana, no te entiendo ¿Porqué te pones así por una tontería como esa?

Me dio la espalda orgullosa.

-No me gusta en absoluto, puedes quedártelo para ti solita-Argumentó al tiempo que se volvía- Pero reconoce que es una guarrada.

Yo ya estaba algo más que mosqueada. ¿Tanto teatro simplemente porque un tio se había fijado en mi? .Aquello tenía más que miga.

-¿Porqué? ¿Solo porque un chaval quiera salir conmigo? No le encuentro yo tanto misterio.

Tan ofuscada la veía que quise poner algo de cordura al asunto.

-Ven, vamos a sentarnos.

- ¿Sabes al menos cómo se llama?

Me encogí de hombros.

-No ¿Tú si?

-Si, se llama Alex.

-Estás coladita por él, no mientas.

-Que no, Nuri, que no me gusta un pelo ese tio.

-Entonces no te entiendo. No puedo explicarme tu conducta.

Apoyó los brazos en la mesa y confidencialmente volvió a interrogar:

-Nuri, ¿qué pasó de verdad aquella noche?

-Que pesada te pones con eso.

-Me intriga.

-Está bien; voy a contártelo- Imité su postura y comencé a relatarle mi visión de los acontecimientos- La verdad es que no pasó nada. Yo me quedé tan sorprendida como vosotras cuando se acercó a mí. Igual que cuando me invitó a su casa. Ni nos dimos nuestros teléfonos, ni nada de nada. Tomamos unas copas en su casa y nada más.

-Y en el restaurante, cuando te dijo que te conocía…

-Me confundiría con otra persona.

-¿No os preguntasteis ni los nombres?

-¿Para qué? No me impresionó tanto como para eso.

Mientras hablábamos se le iba afilando la mirada.

- ¿Tú crees que puedo tragarme eso?

- Es la verdad- Contesté con una tranquilidad insólita en mí.

-Ya ¿Y porqué te llevó a su casa?

Me encogí de hombros.

- Ni lo sé ni me importa. Te lo digo en serio. En aquel momento me enganchó como a todas. Así de simple y sencillo. No hay que darle más rollo al asunto ¿No te parece?

-No sé hay algo raro en todo esto.

- ¿Sabes? Eres la única que me ha interrogado de esta manera.

-Las otras no saben que no os conocéis.

-Me importa un pimiento si se lo quieres contar. Sinceramente, estoy ya me empieza a cansar.

Dí a mis palabras un tono amable, pero en el fondo quería finiquitar el asunto. ¿Quién era ella para juzgarme o querer averiguar más de lo que la importaba? ¿Dónde se hallaba el interés de alguien que solo es una amiga más para investigar tan a fondo en mi vida?

Pasamos la tarde entre cotilleos y tonterías. El día voló de tal manera, que cuando Susana se marchó eran ya más de las doce de la noche. Después de echar ambientador por toda la casa, me duché para quitarme aquel asqueroso olor a tabaco que su presencia me había impregnado. Ya en la ducha, no sé como, me vino el recuerdo del mensaje de la noche anterior.

Busqué en mensajes. Leí: “Eres como un caleidoscopio y necesito saber más. Por favor; ponte en contacto conmigo”. El número de teléfono no me era familiar ni tampoco se hallaba en mi agenda. Desconcertada por la palabra busqué su definición y leí en voz alta: “Tubo ennegrecido interiormente que encierra dos o tres espejos inclinados y en un extremos dos láminas de vidrio, entre las cuales hay varios objetos de forma irregular, cuyas imágenes se ven multiplicadas al ir volteando el tubo, a la vez que se mira por el extremo opuesto” Príncipe Azul, me lo estaba poniendo difícil.

Arancha estaba a punto de perder la custodia de su hijo. No había manera de animarla. Por más que la dijéramos que eso era imposible, ella se encerraba en que había un “mal fario” a su alrededor. Primero lo de la casa, y ahora lo del chico. De esta manera su cumpleaños no se prometía muy feliz. Me fui a una tienda de Ágata y la compré el vestido más estrafalario que encontré. Sabía que nunca se lo pondría, jamás salía de sus roídos y desgastados vaqueros, en cambio, siempre se hartó de decirnos lo que le gustaría tener uno de aquellos modelos de la particularísima diseñadora. Cuando se lo dí- Como yo esperaba- me abrazó con los ojos cuajaditos de lágrimas.

- Arancha, pasarán por encima de todas nosotras antes de que te lo quieran quitar.

-Gracias Nuri, pero esta vez es algo muy fuerte. Esa hija de perra, lo va a conseguir.

La “hija de perra” era su cuñada. A toda costa insistía en que nuestra Arancha no era un buen modelo de madre. Alegaba que apenas trabajaba y qué como en el caso de su ex marido; le daba por la heroína, además de beberse hasta el agua de los floreros. Nosotras sabíamos que todo eran mentiras. Falacias para conseguir la custodia, y todo por el antiguo episodio de la pistola. Desde entonces se la tenía jurada.

- Acuérdate de la casa; al final te la quedaste tú- Intentó animarla Rosa-

- No me jodas. Daría lo que fuese porque ahora mismo se lo quedara y se olvidara de Mario… ¡Hija de perra!

-Arancha; Dios no va a permitir nada semejante…Y si Dios no basta; ¡Aquí estoy yo!

-Gracias Aurelia, pero no metas a Dios en esto.

-Aurelia tiene razón. Te vamos a ayudar a salir de esto. Eso no te quepa duda.

Aquel cumpleaños estaba resultando un desastre. Habíamos acudido con la intención de animarla y ya estábamos llorando a lágrima viva.

-¿Con quién le dejaste?

- Con mi madre. Sabía lo que iba a pasar y no quería que me viese así.

-¿Se lo has dicho?

-¡Y un huevo!

Pipa encendió un cigarro y se lo pasó a Arancha. Esta movió la cabeza en señal de agradecimiento.

-Haces mal- La reprendió al tiempo que sacaba otro para ella- A los hijos hay que tenerlos al tanto de cómo es su padre…Si no, pasa lo que pasa.

-Que lo decida cuando sea un hombre- Contestó muy segura de si- Ahora puede disfrutar de los dos. Manuel es un cabrón, pero nunca le haría daño a su hijo. Y Mario está loco con su padre.

Nos quedamos en silencio Había poco que decir.

Ya en la carretera y mientras conducía, Susana me preguntó:

-¿Por qué no se lo has dicho a las chicas?

-La verdad, Susana, no era el momento.

-Es verdad… ¿Tú crees que le quitaran al niño?

-No lo creo. Arancha le echa más ovarios a esto que nadie. Tú no sabes lo que ha tenido que pasar con su ex. No conozco a nadie que haya pasado lo que ella. Y el par que le echa. Y si no, aquí estamos las demás para ayudarla.

-Parece que tiene una buena abogada.

-Ya lo creo, la mejor. Me costó lo mío convencer a Eugenia, pero al final; ahí la tiene. La mejor en estos temas.

-Sois un poco raras.

-¿Quiénes?

-Todas vosotras.

-¿Lo dices porque somos muy diferentes?

-Si.

-Es verdad. Creo que es lo que nos hace seguir juntas. Supongo que nos complementamos. Como dice Carmen, fue un sino común. Según ella estábamos predestinadas, para no sé qué.- Aunque la tarde había resultado penosa, me reí con ganas.- Carmen está como una cabra, pero puede que en eso resida su encanto.

Giré el volante en la rotonda, quedaba poco para dejarla en su casa. Sonó mi móvil y le pedí que lo sacara del bolso y que mirase quién era.

- Es un mensaje.

-Léelo- La animé sin importancia- Será de Eugenia, la dije que me mandara un mensaje en cuanto tuviera noticias de lo de Arancha.

- No creo, aquí dice algo muy raro.

_ ¿Qué?

-Te lo leo tal cual:”Necesito que des señales de vida”

-Ah,- Disimulé- señales de vida…Bueno, Susanita, ya hemos llegado.

Mantenía la vista fija en el móvil y como no lo soltaba, se lo arrebaté con una sonrisa.

- Ya hemos llegado, nos llamamos ¿vale, guapa?

- Si, si, perdona- Musitó bajándose del coche.

Arranqué todo lo rápido que puede y unos kilómetros después paré el coche. Contrasté el número. Era el mismo.

NUESTRO NUSHU

JUGANDO CON FUEGO

No tenía ningún sentido ¿Porqué no me llamaba directamente y se dejaba de tanto juego? Empezaba a molestarme tanta tontería. Si tantas ganas tenía de continuar con aquel absurdo, lo lógico habría sido que hablara conmigo y se dejara de tantos rodeos. Comenzaba a inquietarme tal comportamiento ¿No había sido tan chulo que me lo había dicho en la cara? ¿Por qué no la daba ahora? ¿Qué pretendía? A menos que…No, me dije alucinando por lo que pasaba por mi cabeza. No, Nuria, déjate de tonterías. Eso no puede ser. Deja de soñar de una vez. Aquel gilipollas era solamente eso; un gilipollas con mucho tiempo libre.

Pocos días después recibí una llamada. Cinco mensajes más sin contestar debieron ponerle en la pista de que no iba a responderle y optó por hablar personalmente conmigo.
Para entonces yo ya estaba preparada.

- ¿Si?

-Hola

Sentí un golpe en el pecho. Chorradas, me dije, no es real. Te estás enamorando de un fantasma, me soplé a mi misma al reconocer su voz y comprobar el efecto que me causaba.

-Hola- Por supuesto forcé una normalidad en mi tono para que no se notara que lo reconocía.

-Hola-Volvió a insistir.

-¿Quién eres?

¿No te acuerdas de mí?

-Pues, si no me dices quién eres, no.

-Soy Príncipe Azul.

Aquel reconocimiento me abrumó. Rogué a Dios que capitaneara una fragata entera de suerte para pasar el mal trago y me la enviara con carácter de urgencia.

-Ah- Reaccioné a media voz- ¿Y cómo es qué tienes mi teléfono?

- Me lo dio una de tus amigas. La buscona.

- ¿Perdona? ¿Quién has dicho que te lo dio?

- Si, la buscona esa; la más joven.

- Mira si vas a empezar insultando, creo que voy a colgarte.

-Lo siento. Puede que tú no lo sepas, pero cuando me la encontré la última vez, casi se me echa encima, ¿sabes?

- No, no sé ni me importa.

- Perdona- Pareció que su tono cambiaba volviéndose más suave- No debí empezar de esa manera.

- No, no debiste empezar así.

-Tienes razón ¿Aceptas mis disculpas?

- Acepto tus disculpas- Acepté con cautela. Me asombró el cambio radical que estaba tomando su conducta.

- No sé ni como te llamas…

- Ni yo tampoco, pero creo que nos va a dar igual ¿Qué quieres?

- Me llamo Alex.

- Yo Nuria- Me oí decir.- ¿Le estaba dando alas al enemigo?

- Hola Nuria, ¿Cómo estás?

Increíble ¿Y si estuviera jugando otra vez? Ándate con pies de plomo, me sugerí mosqueada por momentos. Sin embargo su tono, era el mismito que adornaba mis sueños.

- Me gustaría charlar un ratito contigo.

- Y a mí, que fueras sincero.

- Lo estoy siendo. Es la primera vez contigo, que lo estoy siendo. He estado pensando mucho en ti.

¡Toma, toma y toma! Me encontré viviendo uno de los momentos mágicos de mi vida.

- Ya…- ¡Como se te ocurra bajar la guardia, te asesinamos!, exclamaron aquellas vocecitas encargadas de salvaguardar mi dignidad. Mi lado ñoño buscaba salidas.

- No me crees ¿verdad?

- No- Me negaba a exponerme. Si habría la boca otra vez; me crucificaba yo sola.

- Lo entiendo. Me gustaría que quedáramos y tomáramos algo. ¿Puede ser?

Iba demasiado bien. Maravillosamente perfecto para ser real. Palabras envenenadas que yo tomé a la ligera a puntito de caer en su trampa como una quinceañera sin experiencia. Y yo ya no lo era. ¡Que más hubiera querido yo!

- No sé que pretendes. Ni de qué vas.

- Ahora de nada. En serio. Dime: ¿Te hace tomar algo conmigo?

- ¿En terreno neutral…?

- En terreno neutral. Elige sitio.

-…Nunca quiso estar sola…Dicen que ella le estuvo esperando hasta que perdió la razón…

Le observé atónita. Durante todo el tiempo que llevábamos juntos no había hecho otra cosa que escucharle. Su voz era amable y encantadora. Hechizada por su conversación me dejé llevar. Hacía más de dos horas que nos sentábamos. Dos cafés y algunos refrescos más tarde, me entusiasmaba con su charla, amena y deliciosamente entretenida. No salía de mi asombro. Alex tenía la frescura de los treinta pero el ingenio y la diversidad de un hombre sin edad. Era dibujante de cómics y trataba de entrar en el mercado japonés, o nipón, como matizó él mismo. Días después mantendría una reunión con un par de japoneses en la isla nipona. El autor de mis desbloqueos sentimentales, me dejaba en una nube, desconectando totalmente con la realidad. Ahora pasaba a detallarme el cómic en el que trabajaba. Relataba la historia de un cuento japonés. Hablaba de una de esas exóticas mujeres, las geishas y un amor imposible.
Incapaz de interrumpir aquel relato, me dejé llevar.

-…Hasta el fin de sus días…-Concluyó dejándome arrobada- ¿Qué te parece?

Muda, asentí con la cabeza.

- Fascinante ¿verdad?

Volví a otorgar.

- Es algo muy elaborado. Tengo que jugar tanto con la imaginación y resulta tan sugestivo; que no me lo puedo quitar de la cabeza.

- Seguro- Admití con reservas- Pero… ¿No estarás jugando conmigo otra vez…?

-¿Qué parte no crees?

-Todo. Es…

-¿Qué?

-Fantasioso.

- Es un cuento.

- No, eso no. Digo tu vida.

- ¿No crees que me gane la vida dibujando?

Me encogí de hombros dudando.

_ ¿Por qué?

- No sé.

- Si quieres volvemos a mi casa y te enseño…

A los dos nos dio por lo mismo. Mi sonrisa contenía más pánico que la suya. Aunque espontánea, la duda se mantenía en un escondrijo lo suficientemente acorazado como para no dar la cara. Pero allí seguía…

- Ya te enseñé yo bastante ¿No crees?

Lo siguiente me derrotó.

- Nuria, me gustas mucho…Espera, no digas nada. Déjame hablar. No me gustas cómo lo que piensas. Quiero decir que tu personalidad me atrae. No sé, esa imprevisible reacción tuya aquella noche, me dejó desconcertado. Me gustaría conocerte ¿Puede ser? No te digo que seamos amigos, pero pretendo que me conozcas lo suficiente para llegar a serlo ¿Qué dices?

Estudié su propuesta mientra bebía el ultimo trago de refresco ¿Sería verdad? Comencé a sentirme un tanto ridícula ante mis anteriores pensamientos. Con una prudencia imprudente, respiré físicamente. Esto parecía más lógico. Sus ojos me sugerían un guiño extraño y juguetón.

- No sé, soy muy mayor para ti. O tú muy joven para mí.

-Para ser amigos, ¿pones un listón a mi edad?

- No, pero ¿de qué podríamos hablar tú y yo? ¿Qué cosas nos pueden unir?

-Llevamos toda la tarde hablando sin parar.

- No, tú llevas toda la tarde sin parar de hablar. Lo único que yo he hecho ha sido escucharte. No sé qué podría interesarte sobre mi vida.

- Tengo toda la tarde y noche para ti. Nuria, cuéntame…

Y le conté. Por supuesto obvié el tema de mi estado sentimental. No necesitaba tantos datos. Pasamos horas y horas al teléfono. Al fin salió el viaje a Japón y llegó con unas enormes ganas de vernos de nuevo. Mientras tanto, Arancha se salió con la suya y obtuvo la custodia de su hijo. Para celebrarlo nos propusimos un viaje cortito. Como no nos poníamos de acuerdo, lo sorteamos. Ganaron las que optaron por Lanzarote. En pleno mes de Septiembre y gracias a Carmen, nos salió casi regalado. Nos buscó un hotel la mar de coqueto.

Las mujeres somos un caso aparte. Un espécimen raro. Cuando hay problemas nos unimos, o nos tiramos de los pelos. No tenemos término medio. Cuando vamos de viaje, somos un despropósito. Las hay que van con lo justo, como en el caso de Arancha- solo que nuestra Arancha es la excepción que marca la regla- En cambio Sonia transportaba una maleta tan sumamente inmensa, como el arsenal que contenía todo su armario.

-No puedo creerlo ¿Para qué llevas tanta ropa?

- Para qué va a ser; para ponérmela.

- Ese, no. Yo no me meto ahí. Tiene muy mala pinta.

-Pipa, entra de una vez y no seas toca-narices. Estoy hasta los…

- No la atosigues y coge otro. Nosotras nos metemos en este taxi.

- Manda narices, ¿Quieres entrar ya?

-¡Ay!

- ¿Qué ha pasado ahora?

Sonia nos miró mohína.

-¡Me he roto una uña! Y todo por ti, vas siempre como las locas…

-¡Qué te den! Mira Sonia, no estoy para tus tonterías. Arrea de una vez…Si no fueras tan de Barbie, no te pasaría nada… ¡Vamos de una vez!

-Vulgar…- La escuchamos decir entre dientes.

-¡Gilipollas!- Agregó la otra a grito pelado.

Como buenamente pudimos, salimos del aeropuerto, en dirección al hotel.

NUESTRO NUSHU

AURELIA Y SU PARTICULARÍSIMA RELIGIÓN

-…Yo siempre duermo con la ventana abierta ¿Te importa?

Me volví sin dejar de deshacer mi maleta. Aurelia me preguntaba al mismo tiempo en que se quitaba los zapatos y andaba descalza.

En el trayecto hacía el hotel, se decidió quien compartiría las habitaciones del mismo. Habíamos decidido ir de dos en dos y el azar- Lo echamos a suertes, norma de la casa- hizo que me tocara con ella. Hasta el momento todo iba de perlas. Solo hacía diez minutos que estábamos solas. Nada que objetar.

- Claro que no- Dije espontáneamente- Sin problemas.

- Si te molesta me lo dices.

- Que no, no me molesta en absoluto.

Se metió en el baño. Llevaba con ella un neceser, del tamaño, casi, de mi maleta. Durante dos horas, esperé a que saliera. Como pasaba el tiempo y se eternizaba, me decidí al salir al pequeño balconcito. Aspiré el aroma a sal y tranquilidad al tiempo que mi pensamiento volaba hacia Alex. Que curioso, pensé, ya era Alex. Ya no Príncipe Azul ¡Como pasaba el tiempo! De que forma tan natural nos adaptamos a todo.

Aurelia salió por fin del baño. La pasta verde que cubría su cara me hizo pensar en marcianos.

- Bueno, Nuri, ya puedes entrar. ¿No habré tardado mucho, no?

- No – Calculé dos horas sin mirar el reloj. No me hizo falta. La espera tampoco me había matado, pero su flema me sugirió alguna pequeña nota de lo que podría llegar a ser nuestra reciente convivencia- Que va, apenas cinco minutos- Y entré cerrando levemente.

Entró tras de mi, sin que yo pudiera evitarlo.

- ¡Huy, seré tonta…! Si no me he lavado los dientes…

Y se colocó frente al espejo en el mismo instante en que yo levantaba mi vestido para orinar. No podía quedarme a medias, así que, al tiempo en que la música de mis necesidades iba aflorando, ella se recreaba en dejar sus dientes inmaculados.
Comencé a pensar que mi intimidad iba a ser cosa de dos. Me dije que mejor sería darla un margen de tiempo para que comprendiese el significado de la palabra convivencia.

No podía conciliar el sueño. Por supuesto la idea de volver a verle tras el viaje resultaba tentadora. De pronto un sonido aterrador me sacó, de golpe, de mis abstracciones particulares. Giré la cabeza en dirección de dónde provenía. El silencio retomó su espacio en la habitación. Suspiré un poco acojonada. Aguanté la respiración durante unos segundos. El estruendo, casi me deja sin aliento. Después, un silbido, como el de una flauta muy leve. Aurelia roncaba a pierna suelta. Maldije mi mala suerte y me estremecí al admitir que más de una noche con ella, supondría toda una absolución a mis pecados.

Había sido un acierto. La temperatura era ideal. La tranquilidad también. Pocos veraneantes y sobretodo; nada ruidosos, primordialmente ingleses y alemanes, pasaban de nosotras, tanto como nosotras de ellos. Embadurnadas en aceite protector, Aurelia y yo, nos tumbamos como lagartos al sol.
Yo apuraba el sueño, ese que mi compañera de habitación tan alegremente me había robado, hasta que alguien despegaba de forma brusca, los auriculares de mis orejas. La música se fue perdiendo de mis oídos. Extrañada miré en dirección de la mano ladrona. Aurelia me espiaba como eso; una espía descarada.

-¿Qué…?

- Nuri, tengo que contarte una cosa.

Debía de ser algo muy importante, pues la trascendencia de su fijeza me asombraba. Sin embargo, con el bañador años treinta que llevaba me resultaba difícil tomarla en serio. Aún así, lo intenté.

- Nuri, por favor; no quiero que nadie lo sepa.

Muy a mi pesar, asentí con la cabeza.

-Vale- Contesté a punto de coger su cabeza y hundírsela en la arena.

- Vale, no, Nuri, esto es muy serio- De pronto comenzó a llorar- Nuri, Nuri- Repetía entre sollozos- Estoy metida en un lío muy gordo.

- Me estás asustando ¿Se puede saber qué te pasa?

- Estoy embarazada…

Creo que si a Dios se le hubiese ocurrido la idea de hacer caer una estrella en aquel acojonante momento; yo no le habría prestado la más minima atención. Parpadeé incrédula.

- ¿Qué estás qué?

Aurelia no era mujer de bromas de ese tipo así que su “posible embarazo” podría ser el resultado de una mente calenturienta. Al menos es lo que en un primer momento pensé.

- Que creo que estoy embarazada. Hace tres meses que no me viene la regla. Y mira mis pechos, y mi cintura…Y…

-¡Chicas, el agua está de…!

Ambas miramos en dirección al agua. Pues si, se lo estaban pasando de miedo. Pero estaba segura de que habrían cambiado esa agua tan estupenda por lo que me estaba contando Aurelia. Gesticulé dando a entender a Arancha que no me apetecía en ese momento un baño y volví a prestar atención a este sabroso cotilleo.

- Aurelia, eso no puede ser.

No me dejó terminar. Secándose las lágrimas con disimulo para que las otras no la vieran, se sinceró.

- Hace cinco meses que salgo con un hombre que conocí en la biblioteca.

- ¿Qué…?

- Nuri, está casado.

Yo no podía articular palabra.

- Pero es un buen hombre. No sabes lo que sufro cuando le veo con su mujer y sus hijos todos los domingos- Aquí se le encendió la mirada con un brillo aterrador. Me pareció que Aurelia, si se lo hubiese propuesto, habría resultado una perfecta asesina de esas que llaman obsesivas.

- ¿Pero qué me estás contando?

- Si, imagino lo que estas pensando, Nuri. Soy mala, muy mala. Pero el Señor ya me está castigando. No sabes lo que sufro…

- Seguro que no menos, si su mujer se enterara.

- No lo creo. Este amor es un castigo ¡Y ahora esto!

- Pero… ¿No se te estaba yendo a ti la regla?

- Si. Pero ahora es cuando más cuidado hay que tener ¡Ay, Dios! ¿Qué voy hacer yo ahora?

Suspiré intentando poner en orden todo aquel despropósito.

- Te lo has tenido muy calladito.

- Te lo cuento porqué no puedo más.

- Ya, y por lo que se te viene encima.

- ¡Virgen Santa!, y lo peor es que no puedo abortar.

- Ni tenerlo Aurelia, ni tenerlo. ¿Dónde vas tú con los años que tienes…? Y lo que dirá la gente- Manifesté al tiempo que comprendí que daba en el clavo ante su asentimiento.

- Por eso te lo he contado. Nuri, tienes que ayudarme.

- ¿Yo?

- Eres la única que no se lo contará a nadie.

- ¡Valla, que rica! Y dejarme con esto encima sin poder soltarlo. Porque si fuera una tontería podría explayarme, pero así… ¿Porqué no me lo contaste anoche?

- Estaba muy cansada…Y porqué no hago más que darle vueltas.

- Si, es para dárselas. Oye, ¿y de qué conoces tú a su mujer y sus hijos?

- Van todos los domingos a misa de nueve.

- Que madrugadores- Dije sin salir de mi asombro.

- No bromees con eso Nuri. Es un hombre muy respetable y caballeroso. Si tú lo conocieras…

Aguanté las ganas de tirarme a su yugular. El sol, aún con protección y todo, la estaba dejando unos escandalosos rosetones en la espalda. Pensé que le estaba bien empleado; así tendría otra penitencia más del Divino.

-…No cojas tanta comida, vas a reventar…

Aurelia se volvió buscándome con la mirada. Sus ojos decían algo así como “¿ves como se me nota?

- No me emules, ¿quieres?

- No te empujo, es que eres más lenta que el caballo del malo. Lárgate con la bandeja a otro lado.

-¡Chicas, guardadme algo de melón!

- Cógelo tú, mona, que tienes manos.

- ¡Que despilfarro, señor! Y la gente muriéndose de hambre por esos mundos de Dios…

- Toma un poquito de zumo de tomate, reina, te sentará bien. ¿Verdad Nuri, que le va a sentar bien? Con su edad necesita cuidarse.

- Cuando le cuente a los chicos lo que he comido para desayunar, no se lo van a creer.

No es que hubiera mucha gente, pero estábamos dando la nota. Al fin, nos sentamos después de un tumultuoso ajetreo.

Había pasado un día desde que Aurelia me contara lo de su embarazo. Como buenamente podía, guardaba su secreto, a punto de querer soltárselo a las demás. Aurelia era soltera, tenía cincuenta tacos, y según ella se había mantenido virgen…Hasta que conoció a esta prenda. ¡Madre de mi alma, las tonterías que tenía el destino!, pensé al tiempo que tomaba un sorbito de zumo. La estudié disimuladamente. La tenía frente a mí. La verdad es que la encontraba rara. Haciendo memoria, me dí cuenta de que no había sacado aún uno de sus sobados rosarios. No estaba muy segura de que lo del embarazo fuera tan real como ella afirmaba. Seguro que esa fantasía suya la estaba jugando una mala pasada. Sin embargo lo que más me intrigaba era lo del maromo. ¿Cómo sería esa joya de la naturaleza capaz de hacer ese milagro con Aurelia? ¡Y en tan corto espacio de tiempo! ¿Cómo lo habría conseguido? ¿Habría necesitado alguna herramienta extra para…?

NUESTRO NUSHU

AURELIA (Y LO QUE NO CUENTAN LOS EVANGELIOS)

Sin querer se me escapó una sonrisa. Me atraganté con el café al tiempo en que Arancha me daba unas palmaditas en la espalda.

-¡Leches, Nuri! ¿De qué narices te reías? Nos lo podías contar para que nos riéramos todas.

No podía hablar.

- ¿Me estaba riendo?

- No, te descojonabas viva.

- Pues no me acuerdo.

Desde que estás con Alvarin, estás muy rara.

-¿Qué Alvarin?- Indagué confundida.

Susana arqueó las cejas insinuándome que estaba metiendo la pata. Aurelia, la pobre, ni imaginaba lo que provocaba mis risas, tan metida ella en su laberinto interior. Arancha estimuló mi memoria.

- No me digas que ya se te ha pasado la tontuna.

- Ah, si, es que estaba en otras cosas, perdona…Bueno-Pregunté antes de que siguiera por ese tema- ¿Planes para el día?

- ¿No habrá alguna Iglesia rustica por aquí?

- Yo no he venido a meterme en ninguna Iglesia, guapa. En Madrid las tienes de todos los modelos- Argumentó Sonia en la lejanía.

- Yo quiero montar en camello.

- Pues yo no. Yo quiero playa y sol, mucho sol. Quiero volver a los mandriles más negra que los…- Me perdí el comentario de Arancha retomándolo en su final-…De Mahoma.

-Me apunto a lo del camello.

- Yo también.

-¡Y yo!

- Pipa, ¿vienes conmigo?

- Lo siento Aurelia, pero me hace más lo del camello.

- Deja las santas Iglesias y vete con ellas. El camello te sentará mejor para el cuerpo; será como un revolcón.- Arancha soltó una sonora carcajada.

Yo, que sabía lo que pasaba por su cabeza, me contuve a duras penas las ganas de reír. Ella muy digna, respondió:

- Tengo necesidad espiritual en estos momentos- Concluyó muy solemne.

Ya en la habitación, y a solas, Aurelia volvió con el mismo tema. Yo, para qué negarlo, estaba encantada. No quería preguntar hasta que ella misma sacara la conversación. Con un camisón rosa palo que la llegaba hasta los pies y sus zapatillas número cuarenta y dos, ribeteadas en dorado, se sentó en la cama. Agradecí sobremanera que no se hubiera puesto aún aquella nocturna pasta verde. Me habría resultado imposible ponerme trascendente y seguir su conversación.

- Nuri, estoy en un sin vivir.

- Ya… ¿Pero tú has ido al médico?

- Tenía la cita ayer.

- ¿Ayer?

- Si, se me pasó lo del ginecólogo.

- Aurelia, me tienes confundida.

- No es para tanto, cuando llegue a Madrid vuelvo a pedir cita.

- No, si no es eso. ¿Cómo pudiste? No sé como decírtelo… ¿No decías que eras virgen?

- Hasta que conocí a Ramiro si lo era.

- ¿Y cómo pudiste hacerlo?

- ¿Dejarme hacer esas cosas?

Me asombré de su infantil lenguaje en momentos como este.

- Si, a eso me refería.

La vi levantarse, abrir la maleta y sacar una botella de ginebra. Sin importarle lo más mínimo mi presencia, se echó un largo trago ¡Jesús, María y José! ¡Cómo nos sorprende la vida con sus teje manejes!

- Nuri, a ti puedo contártelo- Se sinceró volviéndose a sentar- No estoy enamorada. Sólo quería saber que era eso antes de que me vaya al otro barrio.

Como sus confesiones me estaban dejando en tensión, mis inquietas manos buscaron mi anillo y jugueteé con el sin sacármelo del dedo.

- Tengo necesidades ¿sabes? Soy como todo el mundo. Pero me educaron de manera muy estricta. Tuve una madre represora y un padre de los que llaman “calzonazos”. Mi madre nos hacía rezar un Padre Nuestro al levantarnos, bendecir la mesa en la comida, El Ángelus por el Misterio de la Encarnación. Podría relatarte la cantidad de castigos, humillaciones y reproches, que mis hermanos y yo, tuvimos que escuchar de su boca. Pero no quiero, ni recordarlo ni aburrirte- Y echó otro trago. Parecía no encontrarlo tan amargo, como los recuerdos que evocaba.

- Yo…No tenía ni idea…

- Normal, nunca lo he contado. Tampoco me quejo, gracias a ella tuve una gran cultura. Me educó en un buen y carísimo colegio. No la reprocho nada.

- Y… ¿Por qué no te casaste o te metiste a monja?

- Pues porque ni tuve vocación y si, mucho miedo a los hombres.

- ¿Y ahora?

-Ahora me he dado cuenta de qué la vida hay que vivirla.

- Podías haberte fijado en un soltero.

La sonrisa que dibujó su cara la dotó de un encanto muy especial.

- Que te crees que soy tonta ¡Esto tiene más morbo!

Yo la acompañé de buena gana y ambas nos echamos a reír.

- ¿Cómo le conociste?

- En la biblioteca. Luego coincidimos en la Iglesia. Va todos los domingos. Tiene una fachada impresionante. Le calculo unos cincuenta y cinco. Pero muy bien llevados.

- Y… ¿No te resultó difícil hacerlo?

- Para qué engañarte, lo complicado fue entrar a matar.

El tonillo que utilizó me hizo soltar una carcajada.

- Si, le costó al pobre lo suyo.

Encendió un cigarrillo. Y otro trago, entró por el insaciable tobogán de su garganta.

- Fue un desastre- Detalló aguantando la risa- ¿Te quieres creer que yo no sabía cómo colocarme? Lo peor fue aguantar el dolor…Pero eso fue al principio. Después…Nuri, Dios lo tiene todo muy bien calculado. Cada cosa entra en su sitio…

Me doblé sobre el estómago sin parar de reír.

-¡Señor, si no hago otra cosa que pensar en lo mismo desde entonces!

Me levanté muy temprano aquella mañana. Intentando no hacer ruido, entré en el baño. Como supuse, Aurelia roncaba, cuando salía por la puerta.
Pobrecilla, pensé, ya en la calle. Hacía una mañana preciosa para andar sobre la arena. La playa, recién levantada, me daba los buenos días.
Aurelia era una buena mujer. Algo desfasada y contradictoria, aunque ahora la entendía mucho mejor, reconocí mientras paseaba con los pies descalzos por la arena, fresca y estimulante. Parece mentira los mundos que se encierran en las personas. Recordaba el momento en qué la conocí. Me la presentó Pipa y la primera impresión que tuve de ella fue la de una mujer amargada y seca. Más tarde me sorprendería su fantástico humor.
Mis pensamientos se expandían al tiempo en el que una silueta en la lejanía, me era familiar…

NUESTRO NUSHU

SECRETOS INCONFESABLES

Rosa venía hacia mí. Agitó sus manos para hacerse reconocer. Yo la devolví el gesto. Parecíamos dos mimos haciendo tontadas.

-Anda, Nuri, ¿dónde vas tan temprano?

-Pues creo que a lo mismo que tú. Me encanta levantarme pronto y pasear cuando no hay nadie.

-¿Vamos juntas?

-Claro.

El sol, tímido y madrugador, nos daba de frente. Emprendimos la marcha con paso firme. Simulábamos dos soldados marchando disciplinados. Uno, dos, uno, dos, contaba mi mente charlatana.

-Hace un día divino para pasear.

Rosa no me contestó. Durante un buen rato anduvimos en silencio. De camino de vuelta, Rosa por fin, abrió la boca.

-Nuri, mi marido me la pega con otra.

Yo me quedé muda.

-Te preguntarás como lo sé- Todavía no me había repuesto, así que me resultaba muy difícil preguntarme nada. Seguí muda.

-Estas cosas de los móviles tienen su lado bueno. Tenía un mensaje que me “escamó”. Cuando la zorra me contestó, supe que se estaba tirando a Pablo. Y el gilipollas se lo cree. ¡Dios, no he visto cosa más tonta que un hombre!…Y si la vieras. Yo no soy nada del otro jueves, pero a mi lado resulta un saco de harina ¡Y encoñadito que está el muy idiota! Nuri, lo único que me saca es juventud. ¡Pero que tetas señor! Lo mismo tiene de tetas que de subnormal y fea. Un cromo de mujer. Y este Pablo mío, como si ella fuera “La Venus” esa… ¡Que dice que quiere irse a vivir con ella! ¡Será gilipollas! ¿Para qué querrá irse a vivir con ella? Que la eche los polvos que hagan falta y punto. Si yo no le voy a recriminar nada. Nuri, llevamos cinco meses sin acostarnos juntos… ¿Tú crees que estas alturas yo me voy a mosquear por eso?

Yo ya no estaba para analizar mucho. Era aún muy temprano y andaba con lo de Aurelia en la cabeza. Mis neuronas, dormidas y brumosas, enredaban situaciones distorsionando analogías. En realidad lo que mi cuerpo y mente pedían a gritos, era el respiro de un buen café recién hecho…Y cargado, señor, a ser posible, muy cargado.

-¿Nuri?

-¿Si?

-Soy yo ¿Qué tal el viaje?

-Bien…Interesante, diría yo ¿Y tú? ¿Qué tal todo?

-Por eso te llamo. Tengo noticias de los “japos”.

-¿Si? Cuenta…

-Les ha encantado mi trabajo. ¡Quieren contratarme!

- ¿En serio? Alex, eso es estupendo.

-Si, eso creo yo, pero hay un inconveniente.

-Dime…

-Tenemos que hablar más despacio cuando vuelvas a Madrid. Solo te diré que me quieren fichar para tres años. Y yo no puedo irme así…

-No te entiendo ¿qué quiere decir así?

-Nuri, tenemos que hablar cuando vuelvas. Llámame en cuanto llegues.

-Vale, lo haré…Pero…

-Tengo que dejarte ¿Me llamarás?

-Claro Alex, te llamaré.

-Ciao, preciosa. Que lo pases bien.

-Adiós…

Tenía muchas cosas en la cabeza, pero solo una que me importara de verdad. Alex. “No puedo irme así” era exactamente lo que había dicho ¿Porqué? ¿Y para qué me necesitaba a mí? Matemáticamente mi fantasía me llevaba por otros derroteros.

- Se está de miedo aquí, no tengo ganas de volver al curro…

Estábamos sentadas en una terracita frente al mar. Eran las diez de la noche y por primera vez nos habíamos puesto de acuerdo en cenar en un buen restaurante italiano. Hablaban entre ellas de temas variados, mientras yo, a mi bola, con lo de Alex, divagando y soñando…

-Nuri, estás muy calladita.

-No, estaba pensando en lo que dice Arancha, yo tampoco tengo ganas de volver.

-Anda que yo- Exclamó Aurelia- La biblioteca estará toda patas arriba cuando llegue, y estoy cansada siempre de lo mismo.

Todas la miramos con sorpresa. Aurelia adoraba su trabajo. Aunque yo las sacaba ventaja. Sabía muy bien el motivo por el que quería retrasar su vuelta.

-No te conozco hablando así. Aurelia, hija, estás irreconocible. Con lo que te ha gustado siempre tu trabajo.

-Me estoy haciendo muy mayor, Pipa, además estoy muy cansada.

-Es que ya tenemos añitos…

-¿Me trae una Light?- Pidió Susana al camarero.

-Que manía tienes con pedir cosas así- La reprochó Rosa.

- ¿Y a ti que te importa?- Espetó Susana.

Bien, íbamos a tener guerra. La actitud de las dos hermanas era desafiante.

-No, si a mi no me importa. Pero ya estás demasiado delgada. Estás obsesionada con los kilos ¿Verdad chicas que está obsesionada?

Ninguna quisimos abrir la boca. Andábamos a la expectativa, a ver por dónde nos salían las dos.

-Déjame en paz ¿quieres? Si yo contara con lo que te obsesionas tú, íbamos a tener juerga para rato.

Rosa se estiró como un junco. Toda erecta ella, se irguió para demostrar que no se amilanaba ni un pelo.

-¿Y por qué no lo cuentas?

Hacía un vientecillo que invitaba a echarse algo por los hombros. La brisa del mar encogía los dedos de mis pies, al aire de unas sandalias monísimas que me había comprado en uno de los puestos del paseo marítimo. Eran preciosas pero me dejaban los dedos meñiques amoratados de dolor. En cambio, nada de esto era transcendente comparado con la escena que estábamos viviendo en conjunto.

-No me piques ¿Quieres?

-No las dejes así- Y nos señaló ¡Eso, eso!, Estoy segura de qué pensamos todas ¡Por Dios, no nos dejes así!- Cuenta, cuenta, a ver con qué me obsesiono yo.

-Rosa…

-Ahora se lo vas a contar. Bueno, nos lo vas a contar a todas, porque yo tampoco lo sé.

-¿Quieres saberlo de verdad?- Interpeló apoyando sus brazos sobre la mesa, en un gesto de instigación y chulería- Pues si eso es lo que quieres; lo voy a contar…

¡Que momento, Señor. Ni el camarero yendo y viniendo con las consumiciones, ni las carcajadas de los guiris, ni esa luna enorme (en plan cotilla, ella también) nos sacarían de esta coyuntura estelar. Sin suspirar siquiera, esperamos impacientes eso tan horroroso que Rosa guardaba como un secreto inconfensable.

- ¿Saben las chicas que…Llevas peluca?

Tan desorientadas nos quedamos que nadie se atrevió a decir nada. Rosa se levantó furiosa y sin decir palabra, se fue dándonos la espalda. Como ninguna se levantaba, supongo que algo trastornadillas por el incidente, me sentí obligada a seguirla.
Cuando la alcancé estaba llorando.

NUESTRO NUSHU

ROSA. UNA DRAMATURGIA ACTUAL

-No llores, mujer, es una tontería.

Ella se secó los ojos con las palmas de las manos totalmente abiertas. Un llanto silencioso que me enterneció.

-Es una imbécil. Una niñata de mierda. Disfruta haciéndome daño.

-Por eso, mejor no te lo tomes así.

-No paso por un buen momento, Nuri. Yo creo que me han echado mal de ojo.

-¡Venga ya!, no digas más tonterías ¿Te apetece tomar algo?… ¿Un helado…?

Rosa ladeó la cabeza y me miró agradecida. Nos alejamos lentamente, sin hablar, disfrutando tácitamente de una noche, en dónde las estrellas, sintiendo la misma inquietud que la luna, nos envolvían prometiéndonos tantos secretos como quisieran ser contados.
Pasamos de los refrescos. Esto era mucho mejor. Descalzas- yo lo preferí, pues mis pies comenzaban a lamentar la esclavitud de un empaquetado tan precioso como cruel- nos sentamos en la arena. El inmenso mar que teníamos en frente se sumó con su presencia a nuestras confidencias femeninas. Su arrullo resultó una música de fondo ideal.
Rosa sacó un cigarrillo. El olor me hizo fruncir el ceño con desagrado.
Aspiró despacio. Parecía que no teníamos prisa. Y no la teníamos. De esta manera dejamos pasar el tiempo sin que ninguna de las dos tuviese necesidad de hablar. Existen momentos como estos, en los que las palabras buscan colocarse en fila para salir disparadas. Antes un análisis retrospectivo. Un subterráneo submundo que propicie los obligados vocablos para el entendimiento. Y con ellos, el desahogo que amanse el espíritu.
Transcurridos unos minutos Rosa, después de apagar el cigarrillo en la arena y sin dejar de recrearse en el horizonte, aspirando la última bocanada, comenzó:

-¿Te has preguntado alguna vez para qué vives?

Levanté mis rodillas y dejé descansar mis brazos entrelazados. Reposé mi barbilla sobre ellos en un gesto de abandono y relax.

- Claro. Como todos.

-¿Le pasará a todo el mundo igual?

-Imagino que si.

-Estoy cansada. Es como si fuera contra corriente. Pablo es un extraño en mi vida. Me ignora por completo. Yo creo que hasta mi sostén me echa más de menos cuando no lo llevo puesto.

Sonreí sin atreverme a mirarla. Bonito ejemplo, pensé. ¡Y yo creída que Rosa se hallaba congelada siempre en la nada!

Suspiró sin sentimiento.

-Nunca me ha dicho nada. No me preguntó dónde ni con quién iba de viaje. Y no porque esté liado con la brasileña esa… ¿Sabes? Te mentí esta mañana. Tiene veinticinco añitos, como veinticinco soles. Es la cosa más bonita que…

Percibí que su voz se quebraba rota por el dolor y el desánimo.

-No es que no pueda luchar contra ella. Eso sería imposible. Es por el propio Pablo. No sé si me explico.

-Te explicas muy bien- Admití sintiéndome en su piel. Luis, a su manera, me trató igual. Comprendía perfectamente cómo se sentía.

-Cuando nació Susana me sentí igual con mis padres. Dejé de ser su niña, para ser “la otra”. No me importó. Quería a Susana como si fuera mi niña. Me volqué en ella. La adoraba. Sin embargo Susana explotó todo lo que pudo esa debilidad mía. Ten en cuenta que nos llevamos diez años…No importan mucho esas cosas ahora, pero el caso es que necesita ponerme en ridículo cada vez que puede.

-Con nosotras nunca lo ha hecho- No quería defenderla de nada, pero si quería nivelar la balanza tenía que ser sincera.

- Y lo sé. Es la primera vez que lo hace delante de vosotras. Pero sabe muy bien por lo qué estoy pasando y le ha venido como anillo al dedo. En casa, en cambio, cuando quiero hablar con Pablo, siempre se pone de su parte…Bueno, no al discutir, Pablo nunca discute ¿Sabes? Se hace el sordo y siento que me humillo yo sola…No sé, Nuri, a lo mejor el problema lo tengo yo…

- ¿Y los chicos?

-Son un calco de Pablo.

-Ya, Rosa…No sé que decirte…

-No quiero que digas nada. Solo siento necesidad de contárselo a alguien. Alguien que no me reproche nada ni le parezca vacío lo que digo. Necesito encontrar algún sentido a todo esto.

-¿Siempre fue así?

-¿Con Pablo?

-Si

-Pues si, siempre fue así. Pero pensé que era buena persona y merecía la pena seguir a su lado. Todos tenemos defectos.

-¿Y ahora?

-Ahora se ha “encoñado” tanto que después de leer los mensajes que le manda a esa niña; me duele. Toda la vida pensando que era un hombre sin pasión y de pronto, al leer, me dan escalofríos sus palabras. Nuri, ¡Nunca imaginé que ningún hombre fuera capaz de sentir lo que Pablo la escribe!

Percibí un leve temblor recorriendo mi espalda. Y no precisamente por el frío de la noche. Me compadecí de ella. Ya no lloraba. Admiré su fortaleza. Estaba segura de que nadie sabía de su dolor, y que por mucho que pasase, jamás se permitiría contárselo a nadie más. Estaba en juego algo más grande que el orgullo. La infelicidad de una mujer, capaz de tragárselo todo, para seguir luchando.

-¿Susana lo sabe?

-Lo de esta niña, si. No te creas, yo no se lo he contado. Pero sé que lo sabe. No me preguntes como lo sé. Es algo que intuyo por pequeños detalles. Lo mismo que lo de las anteriores. Aunque con las otras no fue para tanto…O eso creo yo. El hecho de que mi marido sea una piedra conmigo, tampoco ¿Para qué? ¿A quien le importa que una sufra? Nadie quiere escuchar penas.

Dudé antes de preguntar, pero estaba segura de su respuesta antes siquiera de hacerla.

-¿Te ha dejado?

-Si. Y se ha largado con un buen pellizco de dinero que teníamos ahorrado.

¡Joder!, pensé, ¡vaya mierda de vida! Comenzaba a sentir frío. Un frío real que ya no solo helaba mis pies, si no todo mi cuerpo, incluida ese alma que en algún lado del subconsciente, dicen que tenemos guardada.

-Lo imaginaba.

-No pasa nada. Tendré que ponerme a trabajar como todo el mundo. Lo bueno es que todavía no me ha dado guerra con la casa. Ya la tenemos pagada, así que, si las cosas se quedan como están, al menos daré gracias de vivir en algún sitio que no sea de prestado. Eso, si la “niña” no le mete caña.

-La ves capaz de eso ¿Verdad?

-Estoy aterrada Nuri, pero no muerta. Voy a luchar con uñas y dientes por lo que es mío.

-¿Por eso vas siempre con esas pintas?

Por primera vez se echó a reír. Tuve la sensación de escuchar una risa irónica más que relajante.

-Si, ahora que lo dices, supongo que siempre tuve esa necesidad de llamar la atención. Pero ya ves…

-Reconoce que vas un poco Friki.

- ¿Que voy qué?

-Ridícula, Rosa, ridícula.

-Ah, si, supongo. Pero a estas alturas de mi vida, eso me da igual.

Por un momento el silencio tomó asiento entre las dos. No le hicimos hueco alguno, pero pareció sentirse a sus anchas…Y a la fresca noche. Hacía un frío de narices y las confidencias se iban agotando. Al menos por el momento.

-Oye- Quise saber al tiempo en que nos levantábamos- ¿Es verdad lo de la peluca?

Por un momento creí que me iba a mandar allí dónde amargan los pepinos ante la larga mirada que me regalaba. Pronto comprobé lo equivocada que estaba. Llevándose las manos a la cabeza arrancó de golpe su hermosa mata de pelo negro.

-Si, es verdad- Afirmó con rotundidad.

Desconcertada parpadeé sin creer lo que veía.

-¡Alopecia galopante! ¿Qué te parece?

Rosa volvió a colocarse la peluca. ¡Por los clavos de Cristo, que bien se la ajustaba! Andamos en dirección al hotel con la sonrisa aún en los labios.
Me gustaba esta Rosa que acababa de conocer, me dije al tiempo en que nos abrazábamos la una a la otra, muertas ya, de frío.

Aquel día amaneció nublado. Era de esperar. La noche anterior había sido un presagio de lo que nos depararía el día. Las chicas, se habían ido todas de excursión. No sé muy bien qué cosa les habría interesado al mismo tiempo. El caso es que, alegando un inexistente dolor de cabeza, me quedé en la habitación del hotel.
Me entretuve en poner en orden mis cosas y darle a mi cuerpo un poco de relax. Saqué una bolsa de patatas fritas y me senté en la pequeña terracita al tiempo en que estiraba mis piernas sobre una silla y leía los “trascendentes avatares” de la gente famosilla en una revista de talante “cultural”.
En eso estaba cuando sonó el móvil…

NUESTRO NUSHU

NO SÉ TÚ…

-¿Si…?- Inquirí sin mirar el número.

-¿Nuri?

-Si, soy yo.

-Nuri, ¿no te acuerdas de mí?

En casos como estos el desconcierto me desconcierta. ¡Ay, Señor! ¿Cuánto tiempo hacía que no escuchaba esa voz? Me cuestioné abobada. Los recuerdos me sobrepasaron: w.c, caquita, malos tragos…Dolor.

-¿Luis…?- Tanteé por si las moscas.

-Hombre, por fin me recuerdas.

¿Acordarme? Rumié yo solita. Solo la textura de esa voz- recurso del mismísimo averno- me trastornaba dotando a mi memoria de nostalgias perdidas.

- Si, Luis, me acuerdo de ti- Por más que lo intenté no me salió otra cosa.

-No sé, como no me llamas, pensé que te habías olvidado de mí…- Su acento quiso ser cálido, tierno, como el de aquellas noches perdidas en la memoria- No sé tú, pero yo…

- No, no me he olvidado-

Agradecí el inmenso vacío de mi mente. Dar más explicaciones igualaría su nivel. Y yo ya había pasado el juego entero.

- ¿Y dónde estás?- Giró en un cambio brusco de entonación. Dejé de cuestionar mi yo, el otro yo, el suyo, el de las botellas vacías; emergía apestando a rancio.

- ¿Cómo que dónde estoy?

-Si, es que me pasé por el hospital y me dijeron que te habías tomado unos días de vacaciones. Hable con Juanjo…

-¿Fuiste a buscarme al trabajo?

-Si.- Las emanaciones etílicas me llegaban (mágicamente) a través del auricular- Hace unos días que me dije: ¿Dónde andará la Nuri? Y eso, que fui a buscarte.

Luis era una de las pocas personas que conseguían sacarme de quicio. Respiré profundamente para no soltar ni una palabra que le diese pie, más que a un monologo sin reproches.

- ¿Y qué quieres?

- Pues saber de ti.

- A ver, ¿Qué te pasa ahora?

- Nada, Nuri, que te echo de menos.

Otro resoplido más.

- Ya…- ¡Por el amor de Dios! Rogué, que no me hable de las putas ahora.

- ¿Dónde estás?

- En Valencia.

- ¿Si? Dime dónde y voy a verte.

- No sé como se llama esto.

- ¿Cómo que no lo sabes?

- Luis, no puedo entretenerme- Y dí unos golpecitos en la mesa.- Están llamando a la puerta.

_ ¿Quién te llama?

- No lo sé. La puerta está cerrada- Y volví a insistir golpeando más fuerte.

- Deja que llamen. Ahora estás hablando conmigo.

- Luis…

- Nuri, cariño…

¡Ay, que por ahí íbamos peor! Cuando utilizaba ese “cariño” me preparaba una buena. Bendije el extenso mar que me separaba de su persona.

- Luis, de verdad que me tengo que ir.

- Nuri ¿Estás con alguien?

- Hablamos cuando llegue a Madrid ¿Vale?

- No, vamos a hablar ahora…Oye, zorrita…

Colgué con el pulso tan acelerado, que antes de hacerlo presioné tantos botones como pulsaciones contenía en aquel momento, mi corazón.
Volvió a llamar, y el primer timbrazo me hizo dar un brinco de pánico. Luego metí el móvil debajo de la almohada. Resultaba tan desquiciante que decidí salir de la habitación con las cuerdas de mis nervios, desproporcionadamente tensadas.
En el ascensor me encontré con Pipa.

- ¿Te pasa algo?- Quiso saber al verme entrar como las locas. Tan agitada me hallaba que en un primer momento no la reconocí.

- Te… Te hacía con las chicas- Titubeé recobrándome gradualmente.

Su tono cambió ante mi comentario. En mi propio trastorno, la intuición me hizo pensar que estaba rara. Pero solo fue un momento. Fugaz, meteórico, inaccesible a mi control.

-Tenía que hacer unas compras… ¿Porqué estás tan nerviosa? ¿Te ha pasado algo?

- No, que va… ¿Por qué?

- Por tu forma de entrar en el ascensor. Parecía que huías de alguien, o de algo…

- ¡Anda, que cosas tienes! ¿De qué iba a huir?

- Tú sabrás.

- Bueno, ¿dónde vas?

- Ya te lo he dicho, de compras. Voy a ver que le compro a mi madre ¿Tienes algo que hacer?

-No.

- ¿Me acompañas?

En esos momentos me habría ido con el mismísimo diablo antes de estar a solas con el fantasma de Luis, incrustado en las paredes de mis recuerdos.
Mientras recorríamos las consabidas tiendas de souvenirs curioseábamos y remiramos diversos artículos carentes de una mínima concepción estética. Todos en serie, reflejo de la estupidez del momento. “Estuve en….Y me acordé de ti”. Neptuno y el Tridente. Vasijas de mil colores. Pareos. Flotadores. Palas y cubos, rastrillos que un niño olvidará en la playa cansado de jugar. Castillos de arena pacientemente construidos, arquitecturas sin andamiajes que la playa engullirá sin dejar sombra de su instante.
Pipa buscaba. Pero al parecer, no juzgaba nada interesante por rescatar para aquella pobre anciana a la que un recuerdo de Lanzarote le traería al fresco. Paseábamos la mirada entre los estantes. Encontrando algo “interesante” lo cogíamos- si uno no toca, parece que no es real, por lo tanto hay que palpar, toquetear, manosear y acariciar, antes de comprar- lo hacíamos girar hasta que lo devolvíamos a su lugar. La diversión consiste en eso. En el tira y afloja, de esto si, esto, no. Lo curioso del caso es que no hacíamos ni un solo comentario. Cosa extraña entre mujeres. Yo tenía mi motivo. No podía concentrarme en otra cosa que no fuera aquel “zorrita” martilleando mis sienes. Cientos de Luises me acosaban uno detrás de otro sonriendo de forma estúpida malgastando lascivia en la odiosa sonoridad de aquella insultante grosería.

- ¿Nos sentamos aquí…?- Me preguntaba Pipa ante una terracita local.

NUESTRO NUSHU

PIPA: NI SEXO NI AMOR

Nos sentamos mirando la nada tomando unos refrescantes zumos. El camarero, cansino y sin muchas ganas de trabajar, nos observó descaradamente. El interior del local, era pequeño pero muy coqueto. Los clientes, en su mayoría jubilados, se dividían entre la partida de dominó y dos madrileñas un poco raras.
Me costaba Dios y ayuda, volver a mi estado natural. Tranquilo y pausado, como yo era y no este manojo de nervios que me provocaba dar pequeños sorbitos a la bebida para no atragantarme.

- Estás muy rara- Comenté al azar queriéndome sacar mis propios miedos del cuerpo.

-¿Si?… ¿Se me nota mucho?

¡Toma ya! ¡Y yo jugando al tiro al blanco sin tener ni idea de dónde lanzaría la flecha!

- Algo.

Dio un largo trago antes de hablar.

-Nuri, mi ex, me ha pedido que vuelva con él.

¿Pero qué las estaba pasando a todas conmigo?

- ¿Cómo? ¿No estaba en Las Bahamas con aquella…?

- Le ha dejado.

- ¡Vaya, como son las mujeres de hoy en día! Qué pronto se cansan. Claro, tanto vicio, tanto vicio…

- Nuri, te estoy hablando en serio.

-Y yo, Pipa, y yo.

Comenzó a dar vueltas alrededor de la copa de zumo con un dedo. Pobre, la verdad es que se la veía triste.

-Figúrate…Al cabo de los años…

- ¿Cuántos hace que te separaste?

- Cinco.

-¡Joder!

- Si, eso digo yo.

- Y tú ¿Qué opinas? Me da que…

Ella afirmó apretando los labios.

- Pues si, que ahora mismito volvería con él.

- Anda, que nosotras también, somos buenas.

- Buenas no, gilipollas. Pero qué quieres; sigo loca por él.

- No tenemos remedio.

- Ya…Si pudiera…

- ¿Y cual es el problema?- Quise saber intrigadísima. La verdad es que, siendo egoísta, me venía de perlas. Luis se perdía entre las tinieblas del olvido.

- Mi madre. Si se entera que vuelvo con él, dejará de hablarme.

- ¿Y los chicos?

- Esos son unos egoístas. Cada uno va a lo suyo. Roberto me dijo que ya no viven con él.

- Desde que la otra le dejó.

- Así es.

- Y sin un euro que llevarse a la boca…Por eso quiere volver contigo.

Pipa alzó la cabeza mirándome impresionada.

- ¿Cómo sabes tu eso?

- No sé, será que le echo imaginación al asunto.

- Pues si. No puedes ni imaginarte lo que me confesó. Era un putón verbenero. Se la pegaba con cualquiera. Pobrecillo- Añadió entrecerrando los párpados, evocando, como siempre nos pasa cuando queremos engañarnos, un modelo que tan solo existe en nuestra imaginación- Roberto se deja manipular muy fácilmente.

Yo no sabía si callarme o gritar. Me contuve de esto último, sabiendo que lo único que conseguiría sería dar un espectáculo más a los ociosos jubilados.

- Si, pobre. Imagino lo que debió sufrir- Añadí resignada.

- Desde que se fue con ella dejó de ser el mismo. No cuidaba para nada su aspecto.

- Que no le planchaba bien las camisas, quieres decir- Sonreí irónica.

- A eso me refiero. Tú si que me entiendes Nuri. Las chicas de hoy en día no son como nosotras a su edad. Nos educaron de otra manera.

- Por suerte no lo son. Afortunadamente son más libres que nosotras y eso, no es tan malo.

- Pero si quieres amarrar a un hombre, tienes que mimarlo.

- O darles otras cosas en la cama; algunos son así de sentimentales.

- No, no,- Negó rotunda- Un hombre es un hombre, pero de todo se cansan.

- Antes de una camisa mal planchada que de un conejito juguetón. Oye, no es que yo me quiera entrometer, pero ¿Qué tal lo de tus relaciones sexuales?

Pipa enrojeció de manera instantánea. Dudó antes de contestarme.

- Pues como todo el mundo.

- Ya. Arriba y abajo.

- Claro. ¿Cómo quieres que sea?

- ¿Nunca te propuso otras cosas?

- ¡Por Dios, Nuri!

- Vamos, no te hagas la loca conmigo.

- Alguna vez…-Admitió recelosa- Pero hace muchísimo tiempo de eso.

- Hasta que el hombre se cansó de pedir.

- ¿Tú crees que se trataba de eso?

- No sé. Hay que echarle imaginación a la vida, si no es muy aburrida.- De pronto, imaginando yo también, quise saber- ¿Y qué te pedía?

- No sé, cosas muy asquerosas y depravadas. No quiero ni recordarlo- Sacudió todo su cuerpo horrorizada al evocar aquellas cosas tan “depravadas”.

- Pero ¿Qué?

- Nuri, hay que ver cómo eres. Pues eso, cosas sucias.

Me estaba divirtiendo de lo lindo. Sano, me dije. Una conversación ligera, juego que me quitaba de en medio y de un solo plumazo, el sufrimiento de momentos anteriores.

- ¿Para tu boca?- La ayudé para que no se atragantara al decírmelo.

Con un tímido asentimiento de cabeza, escondió su mirada en el vaso.

- ¡Que asco! ¿Cómo pudo pedirte algo así?

En un principio se mantuvo con la cabeza gacha como si se le avergonzara de que su Roberto fuera tan perverso y vicioso. Ante lo siguiente, es decir, mis carcajadas; se azoró.

- Nuri, te estás riendo de mí- Tan cándida ella, me conmovió.

- No, Pipa, me río de la situación.

- No te entiendo.

- Pues que pienses un poco, guapa. ¿Por qué crees tú que la mayoría de los hombres de antes “se iban de putas” y “respetaban” a sus mujeres?

- ¡Y yo que sé!

- Pues eso, Pipa, que ellas no tenían tantos escrúpulos. Hoy en día la gente es más abierta. Por eso se separan. Porque los dos ponen lo mismo, tanto en el trabajo, como en el sexo… Y por eso mismo la idea de la familia como la hemos conocido siempre, también se diluye lentamente. Es el precio que hay que pagar socialmente, para que nos traten como iguales…

Joder, me dije después de soltar la parrafada. Menudo discurso sociológico me había salido al hilo de un tema tan poco profundo como el sexual.

- ¿Y qué tiene eso que ver con mi Roberto?- Preguntó sobrepasada por mis “visiones” futuristas.

- Pues eso digo yo- Certifiqué- Que para qué me dejas decir tantas tonterías de golpe…Estábamos en tu Roberto.

- Si, si- La toma de contacto con la realidad la relajó- Nuri, ¿Tú que opinas?

- ¿De qué?

- De lo que te contaba. Eso de quiera volver conmigo.

- No estoy en tu piel ¿Y tú? ¿Qué sientes tú?

- Pues que es una segunda oportunidad.

- ¿Para quién?

- Para los dos ¿Para quién va a ser?

- A ver: ¿A ti que te gustaría hacer?

- Volver con él- Afirmó contundente.

- Pues ya está. Vuelve con él. Si solo necesitamos que nos den caña.

- Nuri, a veces no te entiendo.

- Normal. A veces ni yo misma me entiendo. Déjalo. Olvida todo lo que te he dicho- Sabía que ya lo había olvidado por completo. Pipa necesitaba mi aprobación y no tanta palabrería feminista o femenina, según el entendedor.

- Nuri, te voy a ser sincera.- Y su tono de voz cambió de manera tan radical, que me pareció estar hablando con otra persona- Necesito un hombre en mi vida ¡Que le voy hacer! Soy así. Pero no me engaño. Un hombre que ya conozca. Todas nos pasamos nuestra vida buscando nuestro Príncipe Azul sin darnos cuenta de que no existe. Supongo que a los hombres les ocurre otro tanto. Mujeres y hombres perfectos ¿Dónde están? No existen Nuri Quedaron en algún lugar de nuestra infancia. En los cuentos que nos contaron y creímos a pies juntillas. Roberto nunca fue perfecto. Pero cuando hemos salido por ahí, cuando nos maquillamos y nos ponemos súper monas de la muerte solamente para encontrar ese hombre que nos hechice, comprobamos que lo que teníamos en casa era mucho mejor que lo que encontramos. Al menos sus manías y virtudes, son reconocibles. Hombres y mujeres desesperados en busca de la “aventura” de nuestras vidas. Quiero a mi Roberto. Con todos sus defectos y manías ¡Y cuantas manías, Señor! Pero mío. Que la gente vea que está a mí lado. Sin que haya amor. No lo necesito. Lo que si necesito es vivir cerca de sus horripilantes ronquidos, esos que me ponían los nervios a flor de piel. Pegadita a su aliento mañanero. A su olor de macho. A los pelillos de barba abandonados a su antojo en el lavabo. Necesito plancharle sus camisas, pantalones, y hasta sus calzoncillos. Y que Dios me perdone por lo que voy a decir, pero que le den dos duros a mi madre y que no me vuelva a dirigir la palabra en toda su vida. Pero yo, a mi Roberto, no lo dejo escapar por otra mujer ¡Aunque sea mi madre, Nuri!

NUESTRO NUSHU

CARMEN. MUCHO SEXO, Y POCO SESO…

A medida que el tiempo transcurría me daba cuenta del surrealismo que envolvían todas nuestras acciones. ¿Qué necesidad había de hacerlas coincidir justo cuando andábamos de viaje? ¿Acaso se pudieron de acuerdo para demostrarme que la vida no solo gira en tono mío? Los demás también tienen su porción de miserias y basta la atención minima, para destapar el tarro de las amarguras. Nunca habían resultado tan sinceras. Nunca antes me abrieron parte de ese corazón magullado que hoy recorrían como una cofradía en cualquier Semana Santa que se precie, el hombre echo figura de cera.
De esta manera conseguí olvidarme, en pequeñas porciones, eso si, de una relación que yo creí finiquitada hacía dos años ya. Desconcertada. Esa era la palabra que definía mi estado de ánimo. Tampoco fue en vano. Si no llega a ser, por estas casualidades del destino, jamás habría entrado en sus vidas de la forma en que ellas mismas me introducían. Asimilar tantos datos juntos, en tan poco tiempo-no podía negarlo-me estaba dejando tarumba perdida. Entre las chicas, Luis y Alex, mi ánimo se conducía a ciegas.
Contradicciones contradictorias; llenaban mi pensamiento de un revuelto caótico y extraño, muy ajeno a mi condición de mujer liberada, en momentos preocupada por la rutina laboral, en momentos con todo el ocio del universo en mis manos.
Tan pronto deseaba llegar a Madrid y encontrarme con Alex, como al momento rechazaba la descorazonadora idea de llegar a casa y toparme con Luis esperándome en el rellano de la escalera, aguardando paciente, otro momento de éxtasis. Una mierda, vaya.
Pero aún el destino me tenía más sorpresas preparadas. Y eso que yo creía, que nada podía espantarme ya.

Esta vez acudió a mi, Carmen. Me buscó a conciencia. Pero envolviéndomelo de tal manera que más bien me sonó a cuento, que a la desconcertante realidad de su vida.
Al principio me acojonó un poco, luego, como todo en esta vida; lo fui asimilando aunque ignoro por completo si mis expresiones de espanto la llegaron en algún momento de la conversación.

- ¿Qué te parece lo que he comprado?

- Muy bonito- Dije al reparar en el diminuto aparato que me mostraba.

Era una de esas cosas de hoy en día. Tecnología punta de última generación. Un iPod, resplandeciente y presumiblemente caro.

- Mira que le gustan a los chicos esas cosas- Dije sin importancia- Pero no creo que hiciera falta que vinieras a Lanzarote a comprarlo. En Madrid también los hay. Y seguro que encuentras más modelos. Aunque tu hijo estará encantado con el regalo.

- ¿Tú crees?- Consultó dándole vueltas- ¡Que monería! ¿Verdad?

- Pues si, yo creo que le gustará.

- Oye, Nuri, y a un chaval de veinte años: ¿Le gustará también?

- Pues digo yo que si. La gente joven se “pirra” por esas cosas.

Le daba vueltas y más vueltas observando todos los ángulos del aparatito, al tiempo en que su expresión entre pícara y divertida, me asombraba. Aún andaba yo, en tierras de Babia.

- Y ¿A un madurito?

- ¿Cómo que a un madurito?

- Si, a un cincuentón, pongamos por caso ¿Tú crees que podría gustarle una cosa de estas?

Sus preguntas, unas detrás de otras, así tan preparadas; comenzaban a desbaratarme.

- A tu padre, quieres decir- Se me ocurrió preguntar, inocente de mi.

Ella se echó a reír a carcajada limpia de manera que todo su cuerpo tembló en sacudidas hilarantes convulsionando unas carnes, repletitas de grasa bien apretada.

- No mujer, a mi padre, no. Te estoy hablando de un cincuentón. Mi padre ronda ya los sesenta…

Aquella maliciosa mirada tenía que haberme descubierto algo. Pero yo, sin más desvaríos de los que ya albergaba, pasaba de captar la provocación a la que pronto me retaría.

- Pues si te soy sincera, no lo sé. Igual no sabe ni cómo se maneja. Depende de cómo sea la persona a quién se lo quieras regalar.

- Es que…Estoy dudando en comprar dos.

- Ah, ya…

- Uno para el padre y otro para el hijo.

- ¿Te hablas con tu ex?- Quise saber, esperando que me contase algo así como que lo había vuelto a ver y se juntaran de nuevo. Aunque dudase, pues el hombre se había largado con otra y estuviese casado en segundas nupcias, ya me parecía de lo más normal dadas las confidencias anteriores.

-¡Ay, no!- Casi gritó espantada ante la idea- Y mudó su tono de voz, pasando a dulzón; tal y como ella era, cuando relataba algo que contenía un enigma misterioso- Digamos que alguien…A ver, Nuri ¿Tú qué dirías de una mujer que se enamora de un padre y un hijo al mismo tiempo?

¿Tenía yo algo que decir? Por el momento me mantuve con la boca cerrada por si las moscas. Más que nada por creer haberme perdido algo dentro de aquella laberíntica plática.

- Lo malo es que los dos se lo viesen. Entonces sería la leche.- Y reía ya como una posesa. Es decir, jactándose de las imágenes que poblaban su imaginación.

- No sé, Carmen, igual me he perdido algo. Te voy a ser sincera. No sé de qué narices me estás hablando.

Admitir, así por las buenas, lo que me estaba contando; era mucho admitir.

- Nuri, a ti te lo voy a contar. No es que me importe que lo sepan las demás, pero me acribillarían a preguntas. Eso y que me da la gana contártelo a ti sola. Nuri, estoy perdidamente enamorada de dos hombres a la vez. Y resulta que son padre e hijo ¿Qué te parece? ¡Que cosas más tontas tiene el destino! ¿Verdad?

Creo que hasta mis hombros debieron creer estar poseídos por un extraño maleficio pues fue soltar aquello y derrumbarse como una torre de arena.
No tenía palabras. Ni preguntas que hacerla. Era como si ella sola y su particularísimo universo de misceláneas, tuviesen la capacidad de apabullarme. Suspiré izando mis hombros hasta situarlos a la altura adecuada.

- ¿Me estas queriendo decir lo que me has dicho?- Quise aclarar intentando deshacer el contubernio.

- Ya te lo he dicho. Pero parece que no me quieres escuchar. Te estoy contando que me he enamorado de una familia entera. En el mismo pack, dos por uno- Otra risotada más- ¿Lo entiendes ahora?

- Creo que si, pero no le encuentro ninguna gracia ¿No es un poco lío?- Pregunté por preguntar algo coherente.

- ¡Que va, Nuri! ¡Es genial, me lo estoy pasando de fábula! Con el niño es una pasada enseñándole yo. Con el papi, te lo puedes imaginar…A Sonia le encantaría. Súper educado, atento, caballeroso, un auténtico Dandy de los de antes. Tiene su morbo, no te creas ¡Me pone a cien!

¿Te pone? ¿Te pone?… Me calentaba yo con sus tonterías ¡Yo si que te iba a poner en algún lugar de la galaxia! Resolví entre la infranqueable distancia de nuestros pensamientos.

- Si yo te contara- Volvió a recalcar.

- ¡Ni se te ocurra!- Negué aterrada ante tanta sinceridad- No es por nada, pero no tengo ganas de que me cuentes intimidades.

- No iba a entrar en detalles- Apaciguó convenciéndose hasta ella mi misma- Lo que te iba a decir es que el niño es una monada ¡La leche, Nuri! No sabía yo de ciertas cosas que…

- Vale- Corté antes de que reiniciara un formato que me dejara para el arrastre. Demasiadas cosas contenían ya mis neurotransmisores, como para cargarlos de un potencial escasamente práctico.

- Antes de seguir, dime; ¿cómo fue que te liaste con los dos?

- Pues nada, cosas de la vida. Primero conocí al padre. Trabaja en el Banco dónde tengo mis preciosos euritos guardados. Fue un encanto conmigo cuando quise pedir un préstamo para arreglar la casa ¿te acuerdas?- Yo la miraba sin abrir la boca. En ese momento asentía ante su explicación, alucinada un poco, solo un poco, de esa cualidad suya tan natural y espontánea, capaz de crear una atmosfera irrespirable, diestra en dejarte hasta sin aliento.

- …Empezamos a quedar y me enganchó. Bueno, no me enganchó. Me entraron unas ganas enormes de acostarme con él y ya me conoces; cuando quiero algo, no paro hasta conseguirlo. Una noche me dijo que su mujer había salido de viaje. No me lo pensé dos veces. La sola idea de meterme en su cama, me embrujó- ¿Embrujó?, Cavilé echa ya un ovillo. Pequeñito, minúsculo, inadvertido- Allí conocí a la criatura. Imagina nuestra sorpresa. Me presentó como una compañera de otra sucursal y se tiró el rollo de que íbamos a trabajar. El niño es muy liberal y no se cuestionó que su padre llevara a casa a una desconocida sin que su madre estuviera allí. El caso es que noté que le hacía tilín. Días más tarde, me pillaba de sopetón y me daba su teléfono a escondidas de su padre. Nuri, adivina… ¡Yo se lo dí encantada!

Después de todo aquello, solo se me ocurrió animarla con lo siguiente:

- ¿Sabes lo qué te digo, Rosa? ¡Que compres otro y se lo lleves a su mujer! Creo que se lo tiene ganado…

NUESTRO NUSHU

SONIA. PUNTO Y FINAL DE UNA RELACIÓN.

Lo de Sonia fue diferente. Muy casual. Nada forzado. Tan espontáneo que si no llega a ser así; todavía hoy, no me habría enterado.

Recuerdo que estando en el hall del hotel la vi de lejos hablar por el móvil, gesticulando de manera excesiva. Minutos más tarde volví a encontrármela, esta vez, de espaldas a mí. Quien quiera que fuese quién se hallase al teléfono, la estaba sacando de quicio. Llegaba yo de comprarme otras preciosísimas sandalias- ya llevaba tres pares con este- y cansada de tanto trajín lo único que ansiaba era coger un buen silloncito y tirarme en el, cuan larga era.
Se giró justo en el momento en que yo llegaba a su altura. Su cara fue todo un poema al encontrarme. Tanto, que me quedé parada sin saber qué decirla.

- ¿Cuánto tiempo llevas ahí, Nuri?

Su tonta sonrisa a medio hacer, también resultaba cosa rara.

- ¿Dónde?

- Detrás de mí- Evidencié que aún no había terminado de hablar. A la otra persona, se la escuchaba de rumor de fondo, reclamarla atención, imaginé.

Al dejar caer mi mirada en el móvil ella también se fijó. Durante unos instantes dudó sin saber qué hacer. Luego reaccionó.

- Luego te llamo… ¿Vale? Si, si, es ella… Ya te llamo…

Y colgó.

- ¿Pasa algo?

- No- Negó casi con todo su cuerpo oscilando como un péndulo- No pasa nada ¿Por qué?

- No sé, me pareció que discutías con alguien.

- ¿Discutir, yo?

- No sé, me pregunto.

- Que va, que va…- Y en ese punto se le escurrió el móvil de las manos. El aparato se abrió de manera irremediable sobre el abrillantado mármol.

Las dos nos agachamos al unísono para recogerlo. Sus manos temblaban exageradamente. Alzó la cabeza al tiempo que me hablaba.

- ¡Mira que soy torpe! Ya me he vuelto a cargar otro móvil…

- Con lo cuidadosa que tú eres- Me extrañé ante su comentario- Nunca he visto que se te rompiera ninguno, además, siempre llevas el mismo.

- Que va, Nuri, este tiene un mes- Continuó negando al tiempo que lo armaba.

Me sentí completamente descolocada. Sonia, que yo recordase, utilizaba aquel mismo teléfono desde mucho tiempo antes. Era más, Arancha bromeaba bastante a menudo con la suerte que tenía Sonia con cualquier aparato mientras que a ella se le rompían nada más caer en sus manos. Por eso mismo, la insistencia en llevarme la contraria sobre un asunto tan nimio, comenzó a desubicarme.
Miedo me daba, a estas alturas, hasta de preguntar, pero tenía que hacerlo, pues aunque temía las consecuencias de tal acto, mi deber de amiga, me lo exigía.

- ¿Estás bien?- Interrogué tímidamente, rogando a no sabía quién, que no me contase más confidencias de las necesarias.

Si lo hubiera previsto, me habría quedado tan muda como las estatuas de sal de aquella Sodoma; quemándose por tanto pecadillo sin importancia.

- Si- De pronto alzó la barbilla y me observó pensativa- Creo…

¡Ay, Señor!, me santigüé mentalmente sin saber lo que se me avecinaba. ¡Ya empezábamos de nuevo!

-…Eso creo- Tomó aire y lo soltó de golpe- Nuri tengo que contarte algo. Pero no aquí, vamos a un sitio más tranquilo.

- Vale- Admití resignada ante mi sino de oreja- ¿Vamos a tu habitación?

- No, Carmen se quedó duchándose.

- En la mía tampoco. Dejé a Aurelia hablando por teléfono. Además me dijo que no iba a salir de allí en toda la tarde.

- ¿Tomamos algo en algún lado?

Cavilé si quedaba algún lugar de la isla que no hubiese “escuchado” todas nuestras confidencias.

Quedaban…

El blanco inmaculado de las casas, el purísimo azul del cielo, junto con el turquesa del mar, no envidiaban para nada, nuestros disparatados cotilleos. Estoy por pensar que todo aquel entorno debió ser imaginado por un Dios básicamente doctorado en belleza y no este otro Dios de los hombres, empecinado en que los humanos, además de vivir intensamente de los sentidos, razonase o se perdiese en divagaciones absurdas.

Todo blanco. Realmente era lo que me sorprendía. Tan nacaradamente blanco que me subyugaba su fulgor. Arena negra, discrepando sutilmente, en su modesto lenguaje con la lengua del agua. Monótona, reiterativa, pero siempre dispuesta, acudiendo como una amante misteriosa y furtiva a la llamada de su amado.
Aunque me sentía sin ganas, obligué a mi mente a centrarse en Sonia.

Estaba monísima de la muerte. Tan arreglada ella. Con ese bikini en tonos malvas que sujetaba- no le hacía ninguna falta, estaba operada y se sostenía solo- unos senos maravillosamente perfectos, bronceados, carentes de marcas y flacidez. El pelo recogido en una coleta con sus consabidas horquillas doradas. Unas zapatillas preciosas- esa era la verdad- con el tacón justo, que levantaban milimétricamente, su figura de manera precisa.
Aquellas Ray ban, que poco o nada dejaban traslucir su mirada, me ponían los pelos de punta. No soporto que la gente no se quite las gafas de sol cuando me están hablando.

Esperé pacientemente a que hablase. Tardó un buen rato. Buscó en su recargado bolso de marca y con pulso tembloroso rescató un paquete de cigarrillos. Luego el mechero. Encendió el cigarro- ya me mareaba antes de que lo encendiese- y aspiró como si en ello le fuera la vida.

- Nuri…No sé por donde empezar…

No sé porqué, pero mi instinto se negaba a dar facilidades.
Sin embargo, la vi tan indefensa, que la animé.

- No sé ¿Por el principio?

- Es que no sé cómo empezó todo- Se le cayó la ceniza sobre la mesa. Aquí me alarme. Sonia era una mujer muy meticulosa, tan melindrosa y pulcra, que un detalle como este habría descolocado su propio planeta. Ese de la perfección llevada hasta sus últimas consecuencias.
Las conjeturas estaban de más. Solo cabía esperar. Dejarme sorprender sin más. Poner el oído a una confesión inconfesable. Amores profundos. Espectros que regresaban del pasado… ¡Vaya usted a saber! Mi imaginación no daba para tanto. No me quedaba otra que dejarme llevar y esperar que no influyera de manera, demasiado catastrófica en mi ánimo.

- No sé, Nuri, igual me mandas a la mierda…

Estaba segura de que allí la iba a mandar después de tanto rodeo.

- ¿Y porqué te iba a mandar yo a la mierda?

- Pues porque estarás en tu derecho.

Aquí me puse algo tensa.

- ¿Tiene que ver conmigo eso que tienes que contarme?

Ella afirmó con la cabeza.

- Si…

- ¿Porqué no me lo cuentas ya?

- Nuri, no lo pensé. Te juro que si lo llego a pensar, no lo hago. Me siento sucia. Y mala amiga. Muy mala amiga…Sobretodo…

Yo acumulaba toneladas de paciencia.

- Nuri, no es que yo quisiera hacerte daño. Eso sería lo último. Ni hubo…

- ¿Quieres decir de una vez eso que me tienes que contar!

- Luis dijo que ya no te acostabas con él. Que hacía meses que le estabas poniendo los cuernos con otro…Que a ti, te importaba un pimiento…

Esperé ¿Qué otra cosa podía hacer? Esperé a que acabase y me diese algún punto de apoyo, en dónde apoyar mí descoloque mental.

- Yo estaba pasando un mal momento. Acababa de separarme y Luis siempre estaba cuando le necesitaba. En el hospital la gente hablaba de nosotros, pero te aseguro que no había pasado nada. Aún…Nuri, él me dijo que era libre…

M mente comenzó a canturrear una cancioncilla pegadiza de la gran Jurado. “Él me dijo que era libre, como el mismo aire que era libre…Y yo lo creí…”

De pronto se paró. A lo mejor es que yo estaba poniendo caras raras o algo parecido. No sé. Igual pensó que lo que me estaba contando me afectaba y no quería que me diese algún “yuyu”.

- Nuri ¿Estás bien?

- Si. Sigue.

- ¿Has entendido lo que te he dicho?

- Estoy en ello Sonia. Estoy en ello.

Aturdida por mi afirmación dudó unos segundos. Como yo la mirase esperando que siguiese, pues eso; siguió:

- He pensado muchas veces en aquello…

- Y sigues pensando ¿No?

Encendió otro cigarrillo.

- Pues, es para pensarlo…

- Oye- Quise averiguar para hilvanar decentemente tanto desvarío- ¿Cuánto hace de eso?

- Pues ya te lo he dicho. Tres años.

- Ah- Asumí tranquilamente- Es decir que hace tres años una de mis amigas, de toda la vida, me la pegó en su día con mi ex. Justo en el momento en que mi matrimonio hacía aguas. Justo en el momento en que Luis y yo, hacíamos verdaderos esfuerzos por luchar…Bueno: ¡Yo!, hacía tremendos esfuerzos por reparar algo que creí, era cuestión de dos. Aunque me despisté. Ahora me percato en que éramos tres. Claro, que por aquellos años yo no lo sabía. ¿Es eso?

- Si, pero Nuri…

Por Dios, me dije, no la iba a dejar continuar, sin poner mi granito de arena.

- A ver si lo he entendido. Tú que eres doña melindres. Que no soportas a los tíos desaliñados, a los hombres sin tacto. A los vulgares de la muerte. Es decir, a un modelo como mi Luis, resulta que te acostaste con él, al tiempo en que todavía no era mi ex. ¿E eso? ¿Me he olvidado de algo?

- Nuri…

-…Quieres decir que mi Luis, tan sumamente grosero y violento, se transformó en todo un caballero para ti…

- Nuri…

- Que tú, tan acostumbrada a los hombres de marca te acostaste con uno tipo Carrefour…Que besaste y te dejaste “manosear” por alguien a quién tú apodaste “cerdo de mierda”, mientras yo, te metía en mi casa, en mi vida, escuchaba tus lamentaciones sobre los hijos de puta que eran todos los tíos…Y que además de todo eso, resulta que en el hospital dónde trabajáis los dos hasta los pacientes lo saben… ¿Es eso, Sonia? ¿O me he perdido algo más?

- Nuri…

- Claro que puede que la culpable fuese yo.

- Yo no sabía que vosotros dos…Quiero decir, que no imaginaba que me estuviera mintiendo. Pensé que era verdad que tú…

- ¿Te contaba yo que tuviera problemas en mi matrimonio?

- Nunca lo has hecho Nuri, siempre has sido muy reservada.

Lamenté carecer de arrebato animal de Luis.

- Cuando tuve problemas serios lo conté. Todas estuvisteis al tanto.

- Nuri…Lo supe después.

- Ya- Y coordiné sucesos- Y por eso sigues en contacto con él.

Sus ojos se agrandaron. El color chocolate de su piel, tuvo la camaleónica virtud de cambiar el tono. El granate subió hasta sus orejas y se quedó allí estancado.

- Nuri…

- Estabas hablando con él cuando te encontré en el hotel. ¿Verdad?

- Si- Admitió derrotada- Era él.

- Por eso estabas tan nerviosa. Y por eso mismo querías saber cuanto tiempo llevaba escuchándote.

- Nuri, me preguntaba por ti.

- Dime una cosa ¿Qué viste en él?

Sonia no se avergonzó al contestar.

- En la cama…

No estaba dispuesta a dejarla continuar. Sabía muy bien lo que era Luis en la cama. Comprobé, con solo mirarla, que con ella había sido igual.

- Déjalo. No quiero escucharlo.

- Está loco contigo. Dice que fuiste tú quien le llevó a la bebida…Por favor, Nuri, escúchame- Atajó antes de que yo abriese la boca- Dice que nunca quisiste tener hijos y eso le estaba desquiciando.

No quería escuchar nada más. Ni saber nada de nadie. Ni mostrarme serena. Quería gritarle al mundo que esta vida está compuesta de porquería. Que nadie vale un pimiento y que ahora podía morirme de la risa mirando a esta Sonia tan estirada. Con su bikini perfecto. Sus gafas carísimas y súper fashion, sus uñas de porcelana y las tetas mejor puestas del mundo. Pero desnuda de todo aquello, es decir, por dentro; resultaba una piltrafa de mujer.
La pena es que todo eso no me hacía sentirme tan bien como yo pretendía.

-¿Le has dicho dónde estoy?

- No. No me deja hablar. Está como loco, Nuri. No sé qué tiene pensado hacer. Me asusta cuando me pregunta por ti. A toda costa su pregunta siempre es la misma. Que si sales con alguien. Esta mal, muy mal…

- Sonia- Sentencié levantándome- No quiero que vuelvas a dirigirme la palabra en toda tu vida.

NUESTRO NUSHU

UN DUDOSO TROFEO

Luis siempre decía que un matrimonio sin hijos, era como un culo sin almorranas. Luis era así de poético. En el fondo, y aunque sonase basto y soez, contenía todo un alegato a lo que realmente sentía.
Adoraba a los niños. Era, como suele decirse, muy chiquero. Cada vez que nos encontrábamos con alguno, se mezclaba con ellos poniéndose a su altura. La mayoría de nuestras discusiones eran por mi animadversión a la palabra hijos. Me gustan los niños…Pero los de los demás. Es decir, con la suficiente distancia como para que dejen de ser una obligación. Siempre pensé que me restarían libertad para todo. Para mi trabajo, para mi vida social…Para mi hombre. No sabía como comportarme cuando tenía uno delante. Me dejaban más fría que un muerto.
Sin embargo Luis, se perdía con ellos. Parecía que el instinto maternal se hallaba trastocado. Quería cambiar pañales, dar biberones, pasar noches en vela por el primer diente…Para seguir de manera irremediable, a comprar libros de texto, sufrir por cambios hormonales y coronar aquella sucesión de sacrificios inútiles, al comprobar que tan solo somos unos ignorantes de la vida cuando nos cuentan lo fácil que es utilizar un ordenador, un móvil o un mp3 de última generación- Eso si, con cientos de megabytes, kilobytes y gigabytes- Por supuesto, el ciclo no se rompe aún. Quedan, para mayor satisfacción, los nietos.
Luis pretendía que yo me metiese en aquel tinglado solamente para que nuestros genes se perpetuasen de generación en generación. A mi, esto, me daba igual. No tenía la necesidad de traer al mundo, otro Luisito y otra Nuri, porque ya había muchos. Con dos era más que suficiente.
Estuve enamorada de mi ex, hasta el último momento. Y me costó lo mío escapar de aquel infernal matrimonio. Le adoraba. Creo que esa fue la principal razón para no tener críos. Imagino que estaba convencida de que me restarían algo de su atención y cariño y yo lo quería en exclusividad, para mí solita.
Luis quería tener descendencia. Si, ese fue el principio de nuestros problemas. Más tarde se agrandó de forma desproporcionada al solucionarlo a su manera. Dicen que dos no discuten si uno no quiere. Es verdad. Yo le amaba de una manera desmedida, incluso diría que exagerada. Para Luis, yo era su vida entera ¿Qué pasó entonces para que las cosas se nos fueran de las manos? ¿Qué ocurrió para que la ira, ciega y sorda, le guiara hasta las consecuencias finales? ¿En que punto de nuestra relación el insulto envenenó nuestra rutina? Luis, poco a poco, dejó de ser el hombre enamorado de nuestra juventud.
Se cansó de rogar, de insistir sobre el tema de los niños. Yo, a mi vez, lo tenía tan claro, que cada vez que sacaba el tema me daba por hacerme la loca. Aquello se agrandó como una bola de nieve y en vez de agarrar el toro por los cuernos, lo que agarró fue la botella. No hubo manera de redimirlo del malsano vicio, ni rescatarlo de las profundidades de una mente que tan pronto se transformaba en un “Haydee posesivo y macabro, abrumándome con unos celos y unas payasadas fuera de tono.
Mientras tanto, Sonia le daba más alegrías de las que le están permitidas a las amigas. No me resultaba nada difícil dejar de hablarla. Todo depende de la clase de amistad que uno profese al otro. Para mí, Sonia era una “amiga” circunstancial, alguien a quién conocí en el hospital donde Luis y yo trabajábamos. Más tarde tuve que pedir traslado por los problemas matrimoniales. Poco a poco y sin demasiadas intimidades entre ambas, comenzamos una amistad en la que primordialmente primaban las charlas amenas entre todas las chicas. Quedábamos para ir al cine o tomar algún refrigerio, poco más. Eso creía yo entonces ¡Ilusa de mí!
No me molestaba tanto el hecho de que me hubiera traicionado. No. Realmente, lo que me jodía era el comportamiento de Luis. Él era mi marido entonces. Tan solo en él recaía toda mi rabia. Él era quién, supuestamente, me quería con toda su alma. Sonia, simplemente se puso a tiro. Nada más. Así era como lo veía. De esta manera cada vez que me cruzase con ella, me sentiría incómoda, pero no dolida. Furiosa, pero sin rencor. Ella salía perdiendo si esperaba de Luis, un amor o tal vez, un escaso compromiso. Nada más lejos de la realidad. Imagino que a esas alturas ya habría comprendido que sacar al pobre hombre del fango dónde se había metido él solo, no solo sería imposible, sino tremendamente desquiciante. Hasta que Luis no se “curase” de sus propias neuras, la caída libre la arrastraría sin remedio.
Sé que estaba muerta de miedo. La confesión no habría hecho más que aumentar sus remordimientos. Sonia no era mala persona. Quizá excéntrica y perfeccionista, algo superficial y rematadamente, cursi. Pero nunca maliciosa. Pienso en el tormento al que debió estar sometida guardando un secreto semejante y la compadezco. Independientemente de su mala acción tan solo me quedaba desentenderme de alguien que no merecía la pena. En cuanto a mi ex, pues eso, ya hacía tiempo que era mi ex, la cura hacia años, que desinfectó el dolor.
Sin embargo no podía creer haber estado tan ciega. Nada, yo no me había coscado de nada en todo ese tiempo. Recapitulando, me dio por pensar en qué además de las putas a las que pagaba, tenía otra de gratis. ¡Joder, qué bien se lo montaba mi Luis, y parecía tonto…!

El viaje había llegado a su fin. Aurelia desde bien entrada la mañana no paraba de hacer ruidos extraños. Llegaban junto al rumor del agua de la ducha, la del grifo del lavabo, y la del silencio más absoluto en otros momentos, por lo qué me fue dificilísimo averiguar de dónde provenían, ni con qué narices los estaba provocando. Fuera de estas divagaciones y con mi maleta abierta, me preguntaba cómo era tan complicado que entraran las mismas cosas que yo había introducido en ella al salir de Madrid.

La verdad es que tenía ganas de volver. Necesitaba volver a la rutina de mi vida. Reencontrarme con mis cosas. Dormir en mi cama, sin sobresaltos ni ronquidos desquiciantes. Moverme a mis anchas en mi solitario cuarto de baño sin que nadie violase mi intimidad cada vez que me estuviese duchando o haciendo lo que me diese la gana hacer.
Retomar la rutina de mi trabajo. Horarios de locura, comidas fuera de horas y mal digeridas. A salto de mata, mermadas en vitaminas, pero excesivamente grasas y a punto de saltar el índice mínimo de colesterol.
Estirar las piernas sobre mi sofá. Recrearme en los fines de semana perdiéndome sin hacer absolutamente nada. O por el contrarío contagiarme de la vorágine de los centros comerciales, en dónde los derrochadores, empotrados unos contra otros, no perdemos la ocasión de sentirnos plenamente felices con el consumismo irracional que nos invade…
Y por supuesto encontrarme con Alex…

- ¡Yo soy la otra, la otra, y a nada tengo derechoooooooooo…!

Casi me rompe los tímpanos. Aurelia, más que cantar, berreaba. Por esa razón no escuché los suaves golpecitos de la puerta. En el primer intermedio de la canción, desgarradora y dramática a más no poder, me pude dar cuenta de que alguien en el exterior, necesitaba ser atendida.

- ¡Porque no llevo un anillo, con una fecha por dentroooooooooo…!

-Nuri…

Arancha y yo nos vimos por primera vez en una clase de dibujo. Teníamos cinco años. Me tiró de las coletas por un pegote de plastilina que ella consideraba de su entera exclusividad. Desde entonces se mantuvo nuestra amistad. La conocía al dedillo. Todas sus expresiones me eran familiares. A veces, bastaba mirarnos para entendernos.
Cuando abrí la puerta su expresión me aterrorizó. Dejamos a Aurelia entre los salmos de una canción bastante convincente y nada sutil, de su hacer clandestino.

NUESTRO NUSHU

PEOR IMPOSIBLE

-Creo que me voy a volver loca…Tengo que contárselo a alguien.

Respiré con resignación cristiana ¿Qué otra cosa podía hacer ante un destino tan machacón? La obediencia, pensé, ante los designios del de allá arriba, me estaba dejando tarumba perdida. Mi inconformismo le traía al fresco al Divino; recapacité con sorna ya.
Me mantuve a la expectativa.

- Manuel tiene Sida.

No pude abrir la boca.

- Hace tiempo que lo sé, Nuri. Solo que esta mañana mi suegro me ha llamado para decirme que anoche lo ingresaron en el hospital.

Agarré el cigarrillo que Arancha se llevaba a los labios. Se lo quité con tanta fuerza, que la ceniza se desparramó sobre sus roídos vaqueros. Aspiré. Estaba asqueroso y me supo a hiel.

- Nuri, siento que la vida se me va ¿Cómo se lo voy a decir a Mario? ¿Qué le puedo contar? Adora a su padre…Y yo estoy acojoná…Joder, joder…

La dejé desahogarse. Ahora la que se acojonaba era yo.

- Nuri, te voy a pedir un favor. Necesito que me vengas conmigo al hospital en cuanto lleguemos a Madrid. No puedo enfrentarme a esto yo sola. Estoy muerta de miedo.

Por respuesta agarré una de sus manos y la apreté con fuerza. El cigarro, ya consumido, me quemó las yemas de los dedos. La verdad, no lo sentí.

- Nunca me he sentido tan perdida. Nunca le he tenido miedo a nada. Tú lo sabes. Nunca antes como ahora. Esto se me escapa de las manos…Y Manuel, Manuel se me va, Nuri, por gilipollas… ¡Imbécil de mierda! ¿Por qué Nuri? ¿Por qué me hace esto? ¿Tú lo sabes? ¿Tú sabes por qué me hace esto este imbécil?

Encendió otro cigarrillo. Esta vez me ofreció uno. Ya no sabía como el primero. Me dieron unas arcadas de la muerte. Y sin embargo me lo fumé, obligando a mis pulmones a obedecer al descontrol de mis nervios, que reclamaba un escape ficticio y absurdo. La angustia me subía a la boca del estómago.

- ¿Y ahora qué hago? ¿Qué cojones se supone que tengo que hacer ahora?

Arancha la fuerte. Arancha como una Juana de Arco o una Agustina de Aragón, echándole unos cojones más grandes que el caballo de Espartero a la vida misma, se mostraba indefensa y aturdida ante un suceso tan desproporcionado, como la existencia que le había tocado por suerte, en esta lotería que es el destino; vivir.
Las lágrimas alborotadas de su rostro no eran lágrimas normales. Su llanto resultaba desgarrador. Bronco, profundo; brutal. Tan feroz, que a mí, se me fueron las lágrimas buscando las suyas, queriéndose sentir solidarias con su dolor. Al tiempo en que Arancha se convulsionaba yo me quedé rígida. Mi llanto era silencioso, como no queriendo robar protagonismo a su tristeza.

Al fin, no sé cómo, pude hablar.

- ¿Por qué no me lo contaste antes?

- Creí que podía tirar para delante yo sola. Además, No me entraba en la cabeza que eso pudiera ocurrirle de verdad. Ni él mismo lo admitía. Se negaba a creer que algo tan terrible llegara a sucederle a él. Hablé con los médicos, por Mario, ya sabes. Necesitaba averiguar las vías de contacto. Hasta el propio Manuel se negaba a que Mario ándase cerca de él. Tenía pánico solo de pensar que podría contagiarlo. Aún negando que tuviese algo tan…Bueno, el pánico nos acojonó a todos. Según pasaba el tiempo y mientras todas las analíticas que se fue haciendo, nos demostraban que no cabía error alguno, era como si nos hubiéramos acostumbrando…Hasta esta mañana. Nuri, ahora pienso en la muerte de verdad. Ya conoces a Manuel, es una persona muy débil. Tiene que estar muerto de pánico. No sé, una neumonía, un catarro, un simple resfriado…Luego la imbécil, la hija de perra de su hermana metiéndose en medio y buscando mierda para mas remate cuando quiso quitarme a Mario. Justo en el momento en que todos nos enteramos de que no había solución alguna… ¡Hija de perra!

Volábamos de vuelta hacía Madrid. Mis pensamientos también volaban. Iban y venían deslizándose por mi cabeza, como el avión, por las nubes de un cielo, increíblemente azul.
Quería volver. Era como si la vuelta me transportase a la normalidad. Nada habría ocurrido. Todo habrían sido fantasías mías. Nada real. Ni el embarazo de Aurelia, ni su virginidad perdida. Ni la fantasía erótica de Carmen, ni la compra de sus dos absurdos regalos. Ni la infidelidad del marido de Rosa, ni su acojone a la hora de enfrentarse a una nueva vida. Ni por asomo, la vuelta al redil de un ex marido engañado por la amante, ni el encanto que supondría dejar de ser la guardiana de su madre. Ni el desengaño de una amiga, junto con la deslealtad de un marido que me los puso de tal manera, que ni los sentí. Ni por supuesto el pánico ante la muerte de un ser querido, tirando por tierra toda una institución para nosotras, como era Arancha y su rebeldía…Al reflexionar sobre tantos sucesos juntos, por primera vez, me percaté de un detalle. Susana era la única que no me había abrumado con ninguna confesión intima.

Lo primero que hice al llegar a casa fue dejarle un mensaje en el móvil “Ya estoy de vuelta” Escribí sin más detalles. No sabía como comportarme con Alex, pero estaba segura de que, en cuanto pudiese, me llamaría.
Me disponía a ordenar mis cosas cuando sonó el teléfono. Era él.

- ¿Qué tal Nuri?

- Hola…Bien, un poco descentradilla.

- Tengo muchas ganas de verte ¿Puede ser?

- Claro, mañana…

- Necesito que sea hoy.

Aquella necesidad tan urgente, descolocó todos mis planes.

- Alex, acabo de llegar.

- No te preocupes- Resolvió al momento- Dime dónde vives y paso a buscarte.

- Pero…

- Tiene que ser esta noche. Cuando te cuente, lo entenderás. Por favor, Nuria…

¿Nuria? Era la primera vez que me llamaba así.

Necesité muy poco tiempo para pensar.

Me duché relajadamente. Mi cabeza, después de muchos días, se hallaba limpia de cualquier virus contaminante. Estaba tan cansada y saturada de emociones, que en el momento en que le escuché decir que iba a venir a verme, todo lo demás se borró por completo de mi cabeza. Lisa y llanamente, di gracias al destino por darme algo que me hiciese olvidar por unas horas, los últimos momentos vividos con las chicas.

Cuando llamaba a la puerta, andaba yo trajinando en la cocina, preparándome un reconfortante café.

- Ya voy…

Y abrí.

No era Alex.

- Luis…

Enseguida lo noté. No era su aliento. Ni su aspecto desaliñado. Ni esa expresión suya, de atontamiento circunstancial. Eran sus ojos. Unos ojos inyectados en sangre, a punto de volverse locos ante la insistencia en mantenerlos fijos en un solo punto.
Temblé. Mi mente hizo un rápido análisis de la situación. Tenía que llamar por teléfono. Llamar a quien fuese…Por ejemplo a Alex… ¡Alex! ¡Dios mío, Alex iba a venir…! Recordé, así, de forma instantánea, lo poco que quedaba para que llegase. No quería que Luis se encontrase con él. Solo me faltaría eso para coronar un nuevo capitulo en mi vida.

- Se ve, que te he sorprendido- Dijo colocando un pie en la puerta para que yo no la cerrase- ¿No me invitas a entrar…?

NUESTRO NUSHU

GENTILEZAS DE UN HOMBRE ENAMORAO

Asentí a regañadientes. O eso, o nos enzarzábamos antes de tiempo.

- Pasa.

Dejé que se acomodara a sus anchas al tiempo en que yo, con la mirada, buscaba el móvil por todos lados sin encontrarlo.

La pregunta estaba de más, pero necesitaba encontrar el dichoso teléfono.

- ¿Quieres tomar algo?

- Claro, Nuri, ponme un cubatita.

Me fui hasta la cocina y desde allí, procurando que no me viese, entré en mi dormitorio.

- ¿Hace mucho que has vuelto?

- No- Grité desde la habitación, buscando el bolso exageradamente nerviosa- Hace unas horas…

Los nervios comenzaron a fallarme. Miraba el reloj de vez en cuando, cavilando dónde narices lo habría dejado. Eran las nueve y media, y yo, sin encontrar el maldito aparato. Apenas me quedaba tiempo.

- ¿Qué tal por Valencia?

Su voz. ¡Dios mío!, su voz se iba acercando sonando más nítida y cercana…Hasta que de pronto me dí cuenta de que ya lo tenía asomando por la puerta.

- ¿Y ese cubata, Nuri? ¿No me digas que lo tienes en el cajón?

Lo cerré de golpe. Casi me llevo una uña en la brusquedad del gesto. De pronto, no sé de qué manera, recordé dónde lo había dejado después de hablar con Alex.

Me reí de manera estúpida obligándome a no mirar la cama, lugar en dónde el móvil, completamente relajado, me obviaba por completo.

- Claro que no.

- ¿Y qué buscas?

- Pues…No sé dónde he dejado el móvil. No recuerdo si lo olvidé…

- ¿En Valencia?- Sugirió taimado.

- No sé, eso estaba pensando.

- Toma- Advirtió siendo más rápido que yo recogiéndolo de la cama.- Pero, antes, dime ¿Cómo tienes tanta prisa por encontrarlo? ¿Vas a hacer alguna llamada?

Levanté la cabeza aturdida, esperando, con la mano extendida, me devolviese el teléfono.

- ¿Me lo das?- Sugerí con toda la seguridad que era capaz.

Durante un momento dudó. Luego, sacudiendo la cabeza y sonriendo socarrón, alargó su mano en un amago amistoso.
Jugaba, jugaba a un juego que yo odiaba. El minino sonreía, mientras el ratón buscaba una salida. Me iba a resultar muy difícil despistarlo. Mucho tiempo atrás, cuando el juego consistía en una diversión diaria, mis armas se contaban con los dedos de la mano. Poco a poco fui perdiendo el miedo hasta llegar a faltarme dedos. Hoy en día la situación distaba mucho de todo aquello. Yo ya no le temía. Ni quedaban más cenizas que rescatar. Nada. No obstante, conocer en profundidad a Luis, me permitía mantener la mente fría y distante. Tan distante cómo para saber que un solo movimiento sin calcular, me pondría tan cerca del peligro, como el ahorcado de la soga. El patíbulo se hallaba preparado. Luis, mantenía la cuerda con la fría mirada del más eficiente de los verdugos.

- Toma, cógelo- Antes de que yo pudiese rescatarlo, me agarró la mano con fuerza.

Nos miramos desafiantes. Yo estaba acojonadita pérdida, pero no quería darle esa satisfacción.
Nos mantuvimos en esa misma posición durante un buen rato. Al ver que permanecía impasible me soltó. Ya no quedaban lágrimas de antaño. El tiempo fue capaz de borrar cualquier destello emocional. Ahora había que luchar. Luchar de forma inteligente y no dejarse amilanar.

- Bueno, voy a prepararte ese cubata. Aunque no lo necesites…- Luis parecía despistarse. Completamente desconcertado ante mi inmunidad a sus bravuconadas.

Él me siguió hasta la cocina. Hice como que buscaba algo de alcohol a sabiendas que no tenía ni una sola gota.

- Pues…Me has pillado sin nada. Ni ginebra, ni vino, ni nada de nada- Inventaba abriendo y cerrando armarios.

Se acercó muy lentamente hacía mí. Su aliento me dio nauseas. Iba a retirarme sutilmente cuando de espaldas, me agarró por la cintura.

- Estás muy guapa, Nuri. Ese moreno te sentó siempre muy bien ¿Te acuerdas cuando fuimos a Lisboa…?

- Suéltame…

- Antes te gustaba. Acuérdate de Lisboa. ¡Tan niña, tú! Mi niña…

Claro que me acordaba. Éramos dos críos y esas cosas quedan en el recuerdo. Brasas, me decía. Tú amabas, él amaba. Pasado. Punto y final. Solo “visionaba”, no sentía.

- Suéltame, te he dicho.

- Ni las putas más expertas saben besar como tú. Tus besos, Nuri, me dejaban con un nudo en el corazón. Ya no soy un hombre. He dejado de serlo en el momento en que me dejaste tirado como un perro. Te echo de menos, Nuri…Anda, dame un beso…

La situación comenzaba a írseme de las manos. Su aliento me quemaba ya por todo el rostro. Mientras más esfuerzos hacía yo por despegarme, más empeño ponía él en procurarme las arcadas de la muerte.

- Luis…

- Qué, mi vida, dime niña mía…

Rozaba mi cuello con su boca y el amargor aumentaba mi repulsión.

- No sabes la locura que me entra solo con pensar que este cuerpo mío lo disfrute otro hombre…Nuri, solo con pensarlo me entran unas incontrolables ganas de estrangularte con mis propias manos- Las suyas, sus manos, atenazaron suavemente mi garganta. Livianas, casi sedosas- Pero no, no te asustes, yo sería incapaz de hacerte daño. Sólo quiero que vuelvas conmigo. Nada más. Quiero sentirte cerca cuando despierte. Apretarme a tu cuerpo y…

- Luis, no hagas más tonterías, por favor…

- Nuri, no sé que me pasó siempre contigo ¿Recuerdas Praga…?

Mareada de tanto viaje geográfico y emocional, me mantuve sin mover un solo músculo. Si le entregaba mi furia, me rendiría a sus deseos.

- Nuri, mira que estás preciosa ¿Cómo lo haces? ¿Cómo haces para que el tiempo no pase por ti y te haga más femenina…Y deseable?

- Luis…

Sus manos, sigilosas y viscosas, como imagino debe ser el cuerpo de una serpiente, masajeaban mi cuello de forma pertinaz y libidinosa.

- Imagina lo fácil que sería para mí, apretar…

Tragué saliva como pude.

- Luis, déjalo ya, ¿Quieres?

- Tienes una piel muy suave…

En aquel momento sonó el timbre de la puerta. Los dos nos quedamos tensos. Esperé aguantando la respiración a bocanadas. Como un pez fuera del agua, a punto de perder el poco oxigeno que me quedaba.
Esperé a que Alex no volviera a llamar. Pero, no, volvió a insistir hasta que un ofuscado Luis me fue soltando por la urgencia de las llamadas.

- ¿Esperas a alguien?- Preguntó suavemente.

- Si- Afirmé rotunda.

Yo me zafé de sus manos, laxas ya, y corrí en busca de la puerta de la calle.
Iba a decirle que se fuera. Que cogiera su precioso y carísimo coche y se largara sin mirar atrás, pero me resulto imposible. Tenía a Luis detrás de mí, cuando le abría la puerta.
La posible sonrisa que dibujaba su rostro se esfumó. Quise que descifrase en mi mirada, el enigma, los misterios, que la presencia de Luis guardaba. Sin embargo, su mirada pasó de la mía a la figura de Luis, en un espacio de tiempo tan fugitivo, que me desubicó por completo.

- Hola, cariño ¿Todavía no estás vestida?

Entró y me besó en los labios dejándome sin poder de reacción.

- ¿Y este tío quien es?

Luis se encaraba con él. El otro no se amilanó.

- ¿Y tú? ¿Quién eres tú?

- Yo soy…

- Luis- Intermedié entre ambos- Este es Alex un, un…

- Soy su pareja- Contestó tan chulo como cuando se lo proponía.

¡Ya lo habíamos arreglado! Pensé.

- ¿Cómo que su pareja? Nuri, no sabía que estuvieras con nadie…Aunque ya imaginaba yo…Una zorrita como tú…

¡Joder! Exclamé ante el puñetazo de Alex encaminado al lelo rostro de Luis…

NUESTRO NUSHU

DAME LA LLAVE… ¿PARA ABRIR TU CORAZÓN?

Soplé con todas las fuerzas de mis pulmones, al tiempo en que me dio por dirigirme a mi ex, para comprobar el alcance del derechazo.

- ¿Estás bien?- Pregunté arrodillada, mordiéndome los labios. Le había “tocado” de lleno en pleno ojo izquierdo y de la comisura de sus labios, un hilillo de sangre fluía lánguidamente.

¡Que leches iba a estar bien! Entre el aturdimiento y la moña que llevaba encima; el puñetazo le venía de perlas. Ahora ya estaba totalmente repuesto y fresco para hablar con propiedad.

- ¡Serás hijoputa! Ahora vas a saber…- Intentó levantarse. A duras penas logró quedarse estancado a media postura. Así, medio sentado, razoné lo poco que podría razonar en un par de días, el pobre de Luis.

- ¿Quieres que le lleve a algún lado?- Me consultó el otro impasible. Flema británica, podría decirse- Nuri, ¿Le llevo a un hospital?

Las reacciones de este “Superman” me apabullaban. Me encogí de hombros aturdida.

- Vamos, fiera… levántate.

Si no hubiera sido por lo dramático de mi escena anterior, me habría reído con ganas. Eso y qué cuando Luis ándase ya fresco por el mundo de los cuerdos, me habría buscado y no precisamente para darme las gracias.

- ¡Voy a romperte la cara, niñato de mierda!- Gritaba mi ex, anonadado- Tú no sabes con quién te la estás jugando, chaval…

- Bueno, como veo que puedes irte tú solito, ya te me estas largando. Nuri y yo, tenemos muchas cositas que hacer ¿Vale, majo?

- ¿Era o no un Príncipe Azul? ¿Podría o no podría ser el sueño de cualquier heroína de ficción? ¡Ay, que me estaba dejando más K.O que a mi Luis!

Este, mi ex, aturdido por la suerte de desventuras vividas y nada satisfactorias y dolido en lo más profundo de su orgullo de macho receloso, a medio camino entre la puerta del ascensor y el rellano de la escalera, aún tuvo ganas de berrear como un poseso:

- ¡Nuri, esto no va a quedar así! ¡Te juro qué…!- Hasta que la puerta del ascensor, cerrándose ella solita, le pillaba parte de la americana, estuvo vociferando. Nadie le hizo caso. Mis vecinos son como todos los vecinos, muy cotillas detrás de una puerta. Deseosos de conocer detalles, pero nada solidarios por si se escapa alguna mala sangre.

Cerré la puerta suavemente apoyando mi espalda sobre ella. Aún pasó algo de tiempo para qué mi raciocinio pudiera verse encaminado correctamente.
Alex me observaba esperando una explicación que no llegaba. Torcí los labios en señal de desconcierto. Asentí varias veces con la cabeza, como si de pronto hubiese comprendido algo imposible de entender y durante unos segundos me mantuve en esa coyuntura mental, hasta qué encogiéndome de hombros, pregunté cómo la cosa más trascendente del mundo:

- Que digo, yo ¿Te apetece quedarte a cenar?

Existía una diferencia sutil entre mi Luis y Alex. Al margen del físico y del tema generacional, se hallaba la divergencia de posturas. Hablando con propiedad. Sencilla y llanamente, eran dos polos opuestos. Me preguntaba yo, a estas alturas de la vida (y de mi desastrosa vida conyugal, dicho sea de paso) si estos dos hombres podrían extrapolarse de alguna forma. Decididamente, no cabía duda alguna, sintiéndolo mucho por mi ex, me quedaba yo tan agustito con este Alex de película, estilo Pretty Woman, que con el Otelo de mi Luis. Fuera de todas conclusiones absurdas, nada habría que los hermanase, salvo el hecho concreto de vestirse por los pies.

- ¿Quién era ese tio?- Quiso saber al tiempo en qué colocaba los platos sobre la mesa.

Desde la cocina, yo preparaba algo socorrido. La pasta en ensalada se hace en un decir amen y aproveché la tranquilidad del momento para relajarme cocinando. En la distancia, a mi vez, pregunté:

- ¿Tiene importancia?

Realmente mi comportamiento resultaba ridículo, pero no tenía ninguna gana de meterme en intimidades. Explicar mi vida matrimonial era lo último que me apetecía hacer con Alex. Pero él, volvió a insistir, esta vez, dando un pequeño rodeo.

- Estabas desencajada cuando llegué…- Y esperó que yo dijese algo. Me hice la sorda- Digo…- Ya estaba en la cocina- Que…

- Alex, no me apetece hablar de eso.

- Ya, pero…

- ¿Realmente es importante para ti?

- Cuando te pones nerviosa sales con un desbloqueo mental.

Esto me chocó lo suyo. Parecía haberme cogido el tranquillo y no sabía muy bien si resultaba bueno o malo para mí.

- Por eso le dijiste que éramos pareja.

- ¿El vino…?- Pidió buscando con la mirada.

- No te esfuerces en buscarlo. No tengo alcohol.

- Vale, no hay problema…Él si venía cargado.

Solté la cuchara de madera empezando a sentirme verdaderamente molesta.

- No voy a contarte nada de mi vida. Era mi ex marido y punto. Es más de lo que necesitas saber.

- Está bien. No haré más preguntas.

Íbamos y veníamos por la cocina cogiendo y colocando utensilios al tiempo en que nos rozábamos levemente en cada ida y venida. Yo estaba más endeble que una pluma, pero fingía hallarme preocupada por otras cosas. Una de las veces nos rozamos más de la cuenta.

- ¿Si?- Inquirió presuroso, mirándome en espera de algo.

- ¿Qué?- Yo también quise ponerme al servicio de no sabía qué.

“Amigos, amigos”, me decía yo entre dientes, rechazando cualquier posible jugada, a destiempo de algo que tan solo se ejecutaba en mi imaginación.

- Nada, pensé que habías dicho algo…

- No…Yo también pensé…- El cuchillo se me escapó de las manos y no se clavó en nada tierno porque tengo losetas de barro en el suelo de mi cocina.

El ímpetu que le movió a levantarme la cara con las manos, me dejó helada. Por unos momentos me sostuvo así, como el que quiere besar en los labios, y con una pasión desmedida a otro, (que estaba deseando ser besada) y la resistencia es la clave de un beso de esos que te dejan para el arrastre psicológico. Pero, no, no hubo beso. Me quedé con las ganas.

- No- Negó como si estuviera al borde de una dificultad compleja y enigmática.

A mí, todo esto, me estaba dejando en un fuera de juego total. Y lo qué era más complicado; no sabía cómo comportarme ante esos arrebatos desmedidos.

- No puedo…Bueno, no debo…

No puedo, no debo. Si quiero, si puedo… ¡Y yo qué! Me sondeé a mí misma.

Me quedé parada. Mis ojos no podían abrirse con más amplitud. Encogidita de incógnitas indescifrables, mi mente fue capaz de salir por el lado menos oportuno para mí.

- ¡Se acabó! Me tienes un poquit….

¡Y me besó…! Me besó, como quiso besarme antes. Cogiéndome la cara y dándome el beso que siempre quise tener de un Luis lejano en el tiempo…Y en mi vida. Porque pensase lo que pensase, y soñase lo que soñase, Luis, nunca me besó así.

NUESTRO NUSHU

FRUSLERÍAS

No quería pensar. Estaba exhausta. Conmovida por un sin fin de acontecimientos atropellándose unos a otros de manera alocada y transgresora.
Llovía como llueve en Madrid en el mes de septiembre, anunciando con su muestra, los pocos días azules que nos dará el último verano. ¿Cómo no pensar? ¿Cómo mantener fresca la mente y seguir como cualquier viandante un paso propio? Ya no me conocía a mí misma. Ni mis comportamientos podían llamarse míos, pues había comprobado de forma insospechada, lo poco fiables que son las ideas que tenemos sobre lo que somos o no somos capaces de realizar. Vamos descubriéndonos ante las experiencias vividas a golpes de momentos. Sustancias hechas con nuestras sombras, predestinadas a un destino irremediable, por mucho que nos neguemos a el.
El beso. Ese fue el principio. Yo quería ser besada y él quiso besarme ¿Qué hice mal? ¿Qué hubo de imprudente en aquel gesto? Dos personas que se atraen. Dos cuerpos encendidos de deseo. Cómo imanes atrayéndose solo por leyes que la naturaleza entiende. El hombre, absurdo y contradictorio, necesita etiquetar dándole más transcendencia de la que en realidad posee y así sucede, tanto etiquetar, desnudamos, más que resguardamos, sentimientos.
Alex me besó como nunca antes me besara nadie. Y en ese beso, en esa unión feroz de dos bocas luchando de ansia, se me borró el pasado de toda una dictadura de amor.
Comprendí de pronto, que nunca había sentido. Que nada habría sido. Que mi idea del amor era una canción del verano, repetida hasta la saciedad, cansina, alojada en nuestro cerebro por reiterativa. Pero no era bella. Apenas decía nada. En cambio su boca y la mía parecieron de pronto conjugarse, adivinarse y crecerse ante el reconocimiento mutuo. Mi cuerpo entero tembló. Y las cicatrices de mi alma, se las llevó el dulce sabor de su boca. No sabía a vino, ni a malicias de amores resentidos, como la de Luis. Era un deje distinto. Recuerdos de niñez y cosas nuevas. A la plenitud de escenas recién descubiertas, esas que te dejan en el alma un recuerdo imborrable.
Si, así fue. Imborrable. El recuerdo de la noche pasada volvía a mi memoria, sin poder evitarlo…

- Nuri…- Decía sin parar de besarme. Indefensa yo, tan aturdida y excitada que apenas salía una sola frase en mi delirio.

- Nuri, vine a decirte algo…Pero no puedo…

No paraba de aprisionarme, hermanando su piel a la mía. Y yo dejando que me hablara sin escucharle, sin conocer siquiera que su lenguaje salía disparado como un dardo buscando un destinatario, ciego, conformista, aplicado y maleable.

- Nuri, no sé que me ha pasado contigo…No puedo entenderlo.

A lo lejos, tambores lejanos irrumpían intercaladamente, confundidos entre una multitud de sensaciones. En algún recóndito lugar de mi cerebro, un algo sin definir, me alertaba estérilmente. Las señales recibidas se interferían unas a otras, careciendo de fundamento. La posible advertencia, se difuminaba irremediablemente entre las vaporosas sensaciones, mucho más efectivas que una borrachera.

- Hay algo en ti, que me está dejando gilipollas perdido. Desde que te conocí, no he hecho otra cosa…

¿Por qué hablaba tanto? Me pregunté deseosa de su cuerpo. Sus palabras desviaban mi atención.

De pronto me soltó. Tuve el recuerdo de haber vivido antes una situación parecida con él mismo. Pero no lograba materializarla.

- Nuri, no puedo seguir con esto. No quiero hacerte daño.

Sonó el teléfono. Justo en ese momento, el timbre me sacó, de Dios sabía dónde.

- ¿Si…?

- Nuri, soy Arancha…

Estuve a punto de llorar ¿Por qué no me dejaban en paz? Yo también tenía mi vida.

- Dime, Arancha.

- Necesito que vengas al hospital. Está muy mal… ¡Coño, Nuri, ven de una puta vez! No puedo yo sola con esto…

Suspiré sin que ella pudiera escucharme.

- Tranquilízate. Voy enseguida.

- Tengo que irme…- Expresé al tiempo en qué colgaba y me frotaba la frente completamente trastocada.- Siento que tengas que irte así, pero tengo cosas que hacer.

- ¿Dónde vas? …Si no te molesta que te lo pregunte.

¿Que mas daba?, se lo diría y me dejaría en paz.

- Arancha necesita que la acompañe al hospital.

- ¿Es grave?

- No lo sé- Mentí sin querer dar más explicaciones.

- Te acompaño.

No preguntó, afirmó. No me estaba gustando nada como se desarrollaba mi historia con él. No señor, no me estaba gustando nada de nada. Las cosas andaban enredándose demasiado.

- No, gracias, además…

Se acercó lentamente hasta mí.

- ¿Por qué me tienes tanto miedo?

Conocí, antes de que llegaran sus propósitos. Me conmovieron sus ojos verdes y rasgados, cargaditos de deseo y creo que eso fue lo que me enloqueció del todo.
No pensé, ni por un solo instante, ni en su juventud, ni en mi desventaja ¡Cuantas emociones debieron de dispararse en mi persona!

- Me voy- Murmuró quedamente, sin despegarse un solo centímetro de mis labios.

- Si- Asentí yo, sin querer que se fuera.

…Y no se iba.

- Si me voy me arrepentiré- Y esta vez cerró los ojos al besarme con furia.

Me derrumbé. Una debilidad, hasta entonces ignorada, me manipuló. Solo recuerdo un pensamiento: Irremediable.

Estaba segura, lo sé, sé que cuando todo acabase me sentiría por los suelos, absolutamente avergonzada y ridícula al dejarme llevar por el instinto animal que me secuestraba. En aquel momento la pasión resultaba más fuerte que cualquier reproche posterior, así qué me abandoné a mi suerte dejando que esas manos y esa boca ladrona, se llevasen los razonamientos de una mujer, ya madura, pero poco inteligente.

No hubo consideración alguna. Jamás en mi vida, reconocería mi forma de comportarme en aquel momento. No hubo amor. Estoy segura de eso. Solo deseo. Era verdad que después de Luis no había estado con ningún otro hombre. Y ya hacía de eso dos años. La abstinencia me otorgaba cualquier excusa, aunque solo fuese para no sentirme sofocada con el sucesivo recuerdo de aquella noche. No existían pretextos ¿Para quién iba a necesitarlos? Era dueña de mis propios arrebatos. Dueña de mis fantasías. Dueña de mi universo y dueña, también de todo lo que me provocase placer. “Morir de amor” frase cursi y ñoña, contenía ahora una idea que la confería el carisma justo y necesario para, en sus brazos, repetir, hasta el cansancio. Me dispensaba todos los derechos del mundo. Al menos los momentáneos. Y con esos bastaban.

Cuando desperté, Alex se había marchado sin que le escuchase siquiera abrir la puerta. Me ruboricé al repasar los momentos anteriores. Eché una ojeada desinteresada al reloj. Eran las cuatro de la madrugada. Todavía podría dormir un rato… Acudió como un relámpago el nombre de Arancha a mi memoria. Eso me impidió ver la nota de Alex sobre la mesilla de noche.
Desnuda y con la melena enredada busqué el móvil. Anduve por la casa mordiéndome las uñas en espera de que me cogiera el teléfono.

- ¿Arancha?

- Dime…

- Soy Nuri…Lo siento…

- No te preocupes, Nuri, ya está mejor.

- ¿Estás sola?

- No, no estoy sola. No te preocupes, de verdad Nuri. Perdona por llamarte así. Me pasé tres pueblos, pero es que me acojoné ¿Sabes…? Se ahogaba y creímos que…

- Voy ahora mismo…

- No hace falta, llamé a las chicas y Sonia pudo venir. Sigue aquí conmigo.

Colgué sintiendo una extraña mezcla de remordimientos y perplejidad.
Me senté en la cama aturdida. Sonia, me dije. Esa misma Sonia a la que yo había descalificado como persona, me asombraba de nuevo con otro giro de su personalidad. El altruismo no me cuadraba en ella teniendo en cuenta el descubrimiento de su engaño. Tal vez la cuestión se encontraba en separar matices. De igual modo se puede apoyar a una amiga, cuando te necesita, que ser desleal a otra, si el momento lo requiere. No tenía más que fijarme en mi misma y mi forma de olvidarme de Arancha ¡Quien se cree con el poder de dictar normas!
Iba a acostarme otra vez aunque careciese de sueño, cuando al darme la vuelta reparé en un rosado- posiblemente arrancado de mi libreta- papel sobre la mesilla. Lo leí sintiéndome la mujer más imbécil del mundo:

“Nuri, me marcho mañana a Japón. Ha sido de puta madre contigo. Me va a costar olvidarte. Lo que quería decirte antes de irme es que tengo novia. Dudé entre marcharme con ella o largarme yo solo. Intenté decírtelo, pero no he podido y simplemente me dejé llevar. Fue algo, que sin querer, pasó. Me has ayudado a pensar que la necesito conmigo. Está esperando a que se lo pida y es lo que voy a hacer. Puede que pienses que soy un cabrón; estas en tu derecho, pero quiero que sepas que me va a costar olvidarme de ti. Eres un cielo”
Alex.

Mi optimismo, ese que según iba creciendo al asimilar mi comportamiento me daba alas, ahora me abandonaba de forma traicionera.

NUESTRO NUSHU

PASANDO PÁGINA

¿Quién podría tener un minuto para pararse a preguntarme qué me pasaba? ¿Cómo era que mis ojos miraban sin ver, o mi expresión de alucine se me incrustaba en la cara, sin que hubiese manera de borrármela? Seguramente se debía al día de perros que hacía. Tal vez, y solo digo tal vez, a la gente mis fantasías o en este caso mi desfase con Alex, le traían al fresco. Al tiempo en que los semáforos se volvían locos y organizaban el lío padre, los conductores clamaban al cielo sus prisas. Yo era un manojo de nervios y para más descoloque, me había dado aquel desastroso martes por ponerme un vestido de tirantes. Así, sin un maldito paraguas que echarme a la azotea, huyendo de mis penas, desorientada en mi propio norte, sin ganas ya de llorar y sin querer correr por falta de fuerzas, me metí en un bar a descargar las ganas de orinar que ya me iban entrando.
Tiritando de frío abrí la puerta. Mi facha debió de sorprender a más de uno. Y yo que me preguntaba a cuento de qué a nadie le importaba mi dolor, me arrepentí al momento en que los ojos de los parroquianos se me clavaban como puyitas en la desastrosa pinta de perro empapado, que busca consuelo en un techado cualquiera.

- ¿Me pones un café…?

El camarero, al tiempo que secaba un vaso con esmeradísimo esmero con un paño de dudoso linaje, dibujó una sonrisa que aplastó aún más mi figura. Pasando de él tanto como de los demás, pregunté dónde se encontraba el baño.
El retrete estaba tan limpio que me asombré de su pulcritud. Durante un buen rato estuve orinando ¡Joder!, me asombré, si no me descargaba llorando, lo hacía orinando. Decididamente con la meadita me sentiría mejor. La sonrisa se me borró en el mismo instante en que me limpiaba. Ya lo tenía todo. Acababa de bajarme la regla. Hubiese dado lo que fuese porque una de esas niñas de los anuncios de tampones, hubiese estado a mi vera diciéndome lo guay que es tener la regla en cualquier momento. Con las bragas a media rodilla busqué en el bolso. Nada. Ni uno. Enrollé un poco de papel y me lo coloqué a modo de tapón. Me lavé las manos y sequé mi melena en el seca-manos. Mirándome en el espejo me acicalé dándole a mis labios un poco de color. Y dispuesta me observé en el espejo. Suspiré con un guiño de satisfacción. Esto ya era harina de otro costal, me dije contenta con mi nueva facha.

El camarero debió de notar mi cambio y hasta pareció que le agradaba pues su sonrisa resultaba más definida que la anterior.
Me sentía increíblemente bien. Cogí el café y me senté en una mesita cerca de los grandes ventanales que daban a la calle. La gente estaba loca. Tanto preocuparse por cosas tan triviales. La lluvia caía con tanta rabia que más bien parecían puñaladas divinas. De mis ganas de llorar ya no quedaba ni rastro. Me había llevado una alegría para el cuerpo. Eso era lo que tenía que pensar. Una aventura que pasaría a mi historial como algo inédito. Ya nunca podría decir que nunca me fui a la cama con un gilipollas, ni que los chulos me fueron indiferentes. Por una noche de cuento, había pagado mi pena ¡Por los clavos de Cristo!, si las chicas se enteraran, con la cantidad de historias que tenían cada una, la mía les habría parecido una golosina. Habría que verlas comentando mi estupidez…Aunque cada una y a su manera, se hubiese suicidado por vivir algo semejante con aquel cerdo.

- Perdona…

Levanté la cabeza saliendo de mis ensoñaciones.

- Te has dejado esto en la barra- Me advirtió mostrándome mi propio bolso.

Asombrada por mi descuido le observé.

- Tienes unas caderas preciosas…- Y se marchó.

Le contemplé saliendo del bar. Abrió un amplio paraguas y se giró para mirarme. Sonrió y sin que yo le mostrase ningún gesto cerró el paraguas y volvió a entrar.

- Si quieres puedes mirar dentro por si te falta algo.

- ¿Algo de qué?- Indagué totalmente desconcertada.

- Del bolso, por supuesto.

- No sé…

- Si no miras dentro, no lo sabrás hasta que ya sea demasiado tarde.

No sé calcular edades ajenas. Se me da fatal eso de calibrar este tipo de cuestiones. La única certeza era su sonrisa. Un gesto tan limpio que me encantó.
Hice lo que me pedía sin darle demasiada importancia. Luego le observé afirmando:

- Pues no, no falta nada.

- ¿Otro café?

Y antes de que me diese tiempo a contestar ya se estaba sentando.

- ¿Puedo sentarme?

- Pues…

- No me digas que no, me iría muy triste.

M eché a reír.

- Bueno, hombre, pues siéntate.

- Me lo debes, por lo del bolso…

Llamó al camarero y sin que yo le dijese nada, pidió dos cafés.

- ¿Quieres que te acompañe a algún lado?

- No hace falta, con devolverme el bolso y este café, es suficiente.

- ¿Seguro que no esperas a alguien?

Su descaro no me desagradaba. Al contrario, me venia de perlas para desdramatizar tanto embrollo en mi vida.

- No, hoy no…- M e arrepentí de aquella tonta contestación en ese mismo instante. Él la aprovechó.

- Muy ambigua.

- Es la verdad.

- ¿Cómo te llamas?

Por supuesto le mentí.

- Lucia ¿Y tú?

- Luis.

¡Hay que ver las bromas que se gasta el destino! , pensé sacudiendo la cabeza.

- ¿Qué te parece tan gracioso?

- ¿En serio te llamas Luis?

- ¿Tan raro te parece?

- No, no es eso. No me hagas caso.

Nos llevamos las tazas a la boca. Fue un gesto tan dual y mimético, que hasta me pareció cronometradamente perfecto.

- ¿Cómo se te ocurrió salir sin paraguas un día como este?

- Pues, no sé, esta mañana cuando salí no llovía.

- No me has dado las gracias.

- ¿Por qué?

- Por el bolso.

- Ah, si. Gracias.

- Estabas muy guapa con el pelo mojado… Y el vestido empapado.

- Ya ¿No me digas?

Me estaba poniendo nerviosilla. Decidí salir cuanto antes de allí. Una cosa era entretener un rato mi ánimo. Otra muy distinta, volver a meterme en enredos.

- Bueno, tengo que irme- Me levanté en dirección a la puerta.

- ¿No pensarás irte así?

-¿Cómo?

- Mira como llueve. Te empaparas de nuevo.

En aquellos momentos, era verdad, llovía a mares.

- No importa, ya estoy acostumbrada.

- Oye, espera. Te llevo dónde quieras. Tengo el coche aquí mismo.

- Que no, gracias. Eres muy amable, pero tengo que irme. Voy aquí mismo…

Y me alejé al tiempo en el que el aguacero se ensañaba con mi persona. Ya corría pues era de tontos pasear por aquellas calles sembradas de hongos que me empapaban aún más. La gente cuando utiliza los paraguas parecen ser dueños de una escasísima parcela de terreno y se vuelven huraños con quién quiera robárselas.

Alcanzaba a otear un centro comercial. Era mi salvación. Pero me quedan unos metros para alcanzarlo y notaba ya mis pezones a punto de transparentarse por entre la fina tela de mi liviano vestido. Alguien me agarró del brazo y de repente, la lluvia dejó de caer en mi propia parcela.

- No estabas tan cerca como creías. Anda, ven conmigo. Vas a coger un resfriado de narices.

Muerta de frío y destemplada por completo me dejé llevar.

- Estás tiritando…- Y puso la calefacción- ¿Dónde te llevo?

- Pues…

- Me gustaría llevarte a mi casa- Ante mi desconcierto soltó una carcajada- Esto me pasa por decir lo que pienso…No te preocupes, te llevaré dónde tú me digas.

- Ya casi estamos…Tuerce a la izquierda.

- Si te pidiera tu teléfono ¿me lo darías?

- No, no te lo daría.

- Lo que imaginaba… ¿Cogerías el mío aunque no tengas intención de llamarme?

Yo sonreí.

- A eso no me puedo negar.

- Así me iré menos triste…

Al parar el coche me observó largamente.

- Cuídate, Lucia, y si ves que te entran unas irresistibles ganas de llamarme, no te lo pienses dos veces y hazlo: Me has roto el corazón.

- Si, si, gracias por todo. Lo haré…

- Tómate un buen vaso de leche caliente y métete en la cama, es el mejor remedio para ese constipado que ya has pillado.

- Gracias, de verdad.

Y cerré tan lentamente, que claro, no cerré.

Cómo seas tan suave con todas las cosas que haces como con esta, me quedo contigo.

Me fui echando leches de allí.

Ya en la cama con unas decimillas de fiebre, recordando el incidente, pensé en lo rápido que a veces suceden los olvidos. Unos momentos de distracción bastan para relegar sucesos y personas al límite de lo necesario. Luises y Alex, entremezclados en mi pensamiento. Y la fiebre comenzando a dejarme en brazos de Mofeo. Para qué más, ¡otro hombre en mi vida! Este otro, Morfeo, se apoderó de mi cuerpo de tal forma que durante tres días me tuvo entre sus brazos en su sola exclusividad.

NUESTRO NUSHU

CRÓNICA DE UNA GENERACIÓN

Fue una época de locura. El final de los setenta presagiaba un principio de seducción. Los ochenta arrasaron y en su corriente se mezclaron los sueños junto con las utopías, cegadas de falacias. Muchas esperanzas se quebraron y los jóvenes de entonces, asumiendo papeles que desconocían por completo, investigando más de la cuenta; se pasaron de la raya. Los grupos de rock sugerían, tanto como el cine, que aquello de morir rápido y joven los convertiría en los héroes de la vida real. El marketing desempeñaba un papel fundamental, pero ellos nunca lo vieron. Eran incapaces de ver nada. Ciegos, se dejaron embaucar entre los sicodélicos mundos de lo fácil y lo instantáneo. La soberbia de creerse con derecho a morir en vida, les facilitó la tarea y en la trascendencia de sus motivos, el último giro de tuerca les llevó al abismo.
Cuando conocí a Arancha y Manuel estos eran tan ingenuos como yo misma. Aunque siempre hubo una distancia abismal entre ellos y yo. Nunca tuve prisa por ir a ningún lado. Si tenía que llegar, ya lo haría. Teníamos dieciocho esplendorosos años y muchos sueños por cumplir. Manuel se prometió montar una discográfica, Arancha por el contrario, recorrer el mundo en una caravana dejándose la piel entre los menos favorecidos. La solidaridad en camello, pues el coste necesario para tal empresa iba dilapidándose de a poquito tras las incursiones de ambos por el mundo de la droga. Yo andaba con mis estudios a cuestas. Les costaba trabajo convencerme que una “rayita” me levantaría los pies del suelo. Como el primer cigarro. Esos malos hábitos se cogen a lo tonto. Todas las películas de entonces nos mostraban qué, tanto hombres como mujeres eran mucho más altos, listos y seductores, con un halo de humo entre los labios. Mi primer cigarrillo me dio tal asco que apenas si lo inhalé. Luego sentí vergüenza y una ridiculez ridícula al ser más torpe que todos mis amigos. Ellos parecían saber disfrutar y sintiéndose superiores, me miraban por encima del hombro. Con tal plano despectivo, imagino que cuadraba poco o nada con la “peña” siempre dispuesta a una buena charla, unas birritas y un porro caprichosamente manoseado. Mientras Marlon Brandon y su “Último tango en Paris”- aquí nos llegó en el 78- aún como película de culto, nos abría los ojos a otro aspecto del sexo, “Bajarse al moro”, proclamaba a los cuatro vientos lo fácil y divertido que resultaba traspasar algunas fronteras en busca de alicientes algo más excitantes y peligrosos. Entretanto Carlos Santana y su “Europa” los “enganchaba”. Yo me hacía la “progre” creyendo que la palabreja contenía otras connotaciones menos desastrosas que las que mi grupito prometía pero secretamente adoraba a toda la corriente de cantantes italianos de entonces, empalagosos, pero tremendamente románticones y guapos a más no poder. En la soledad de mi habitación escuchaba embobada a un Umberto Tozzi, Sandro Giacobbe un Nicola Divari, Albano, y tantos y tantos más, que me hacían secretamente enloquecer. El signo de la flor de la marihuana se representaba en sus camisetas junto con la cara del Ché. Apenas sabíamos quién era quién, en cambio, se buscaba romper reglas. Aunque atrás quedara el Mayo francés y otras muchas reivindicaciones reales, nosotros exigíamos unas condiciones que llevarían a más de uno al final de su propia guerra. Juntas conocimos nuestro primer amor, ese que nos dejaba medio lelas, intercambiábamos barras de labios escandalosamente provocativas y comenzamos a depilarnos las axilas con las cuchillas de nuestros padres. A escondidas nos contábamos el primer beso, el primer achuchón, evocando con febril temblor, cada caricia furtiva. Los portales de las casas de entonces contenían más secretos adolescentes que todos los “Tuentis” de hoy en día. Con Manuel negociaba discos que más tarde él vendería clandestinamente en el Rastro. A veces me torturaba chantajeándome con decirle a mis padres que andaba de parranda con éste o aquel, si no le entrega mi flamante colección de discos de Joan Manuel Serrat- algo completamente pecaminoso para mí- O me venía haciendo de Celestina presentándome a toda una serie de mindunguis sin oficio ni beneficio. Yo simplemente, los adoraba a los dos, incluso cuando soltaban aquellas risotadas fuertes y contundentes, al observar mi cara de idiota en sus “mejores cuelgues”. Fuesen quienes fuesen, su amistad perduraría hasta la madurez.
Ambos debieron de ser un molde distinto al mío. Creo firmemente que el destino nos marca aunque nos neguemos a el. Lo cierto es que ellos nunca se negaron nada y en toda su trayectoria de jóvenes a adultos, el curso que tomó su destino los abocó hacía un mundo de andar siempre buscando un ideal que nunca encontraron.
Manuel si que encontró. Si su relación con Arancha tuvo sus más y sus menos, jamás se negaron el trozo de pasión que cierra el círculo de dos seres hechos el uno para el otro. Siempre estuvo a su lado, aún en aquellos momentos en que la física les negase la materia. Cuando decidió romper del todo con él, el retal en que se había convertido su vida, no había forma humana de recomponerlo. Desarmado, Manuel optó por echarse a un lado, ante la furia acojonante de una mujer cansada de luchar contra corriente. Ella si que fue capaz de levantar su vida. De dejarse escamotear por los feroces suburbios del éxtasis. Supo parar a tiempo, pero fue demasiado tarde. Perdió parte de su corazón. Lo tuvo ingresado, con una fuerza sin precedentes, en una granja de desintoxicación. Las cartas que le llegaban le animaban a seguir adelante con la esperanza de ese hijo que ya venía en camino.
Poco o nada le duró la esperanza. Las armas de Manuel eran potencialmente más aniquiladoras que las de ella. A tropezones, volvió a las andadas. Viví con Arancha, momentos tremendos. Su fiereza era solo una falsa pared. No existía esa mujer tan inhumana en algunos momentos, o tan arisca, como para rechazar unas caricias en otros.

Día a día Manuel se fue quedando sin esperanzas. Arancha continuaba allí, impertérrita. Sólida como una roca y con más sueños por cumplir que Manuel, a quién ya poco o nada, le salvaba de la desgracia con la que culminaron todos aquellos a los que el tren, les soltó en un simple apeadero.

- Gracias por venir, Nuri…

Percibí el esplendoroso rayo de sol que entraba por la ventana. Este, desleal, no hacía sino mostrarle más demacrado. Le recordé cuando éramos dos críos y las ganas de llorar se me quedaron en el pecho. La habitación del hospital era amplia, pero el oxígeno artificial que le entraba por la boca, por el contrario me asfixiaba a mí.

- Estuve tentada de no venir- Bromeé sin poder evitar que mi sonrisa se mostrase forzada- Tenía mucho que hacer. Ya sabes, los niños y esas cosas…

NUESTRO NUSHU

DE TODO UN POCO, COMO EN BOTICA

Él quiso imitar mi sonrisa, pero un arranque de tos, se lo impidió. Me observó a través de sus ojos negros. Con la mascarilla, su mirada contenía toda la indefensión de un animalillo asustado.
Arancha llegó hasta la cama. Buscó en sus ojos el alcance de aquella tos y al comprobar que era momentánea, dio un respiro.

- Necesito un cigarro ¿Estás bien?

Manuel asintió mientras cerraba los parpados en señal de cansancio.

- ¿Cuándo le quitan el oxígeno?

- No lo sé- Contestó encogiéndose de hombros.

Al salir a la calle una bocanada de calor nos sorprendió a ambas. Bajamos las escaleras. Nos sentamos en el bordillo de la acera junto a la sombra de una acacia. Abrió el paquete de cigarrillos y me ofreció uno. Siempre la misma costumbre. Yo me negué a su ofrecimiento con un simple movimiento de cabeza.
Aspiró de manera que el cigarro se quemó hasta casi su mitad.

_ ¿Cómo estás?

_ ¿Yo…? Perdida. Es una sensación muy extraña. Ya somos adultos y sabe perfectamente lo que tiene. Pero es como si hubiera tirado la toalla. Nuri, ya no quiere luchar, ni siquiera por Mario. Es lo que me está dejando echa una mierda. Anoche se quitó la mascarilla y dijo que no se la iba a poner nunca más. Que era absurdo retrasarlo. Que lo que tenga que venir, es mejor que venga cuando uno lo decida. Tuve que discutir con él para que se la volviera a poner…Es más consciente que nunca de la gilipollez que le ha llevado a esta situación. ¡Justo ahora que ya es tarde, comprende en lo que se ha metido! Siempre fue un inconsciente, siempre corriendo para alcanzar algo que nunca supo que existía.

Arancha rescataba recuerdos a sabiendas de que esos mismos formaban parte de la memoria de ambas.

-…Cuando decidí dejarle solo, me llamó de todo. Incluso me calificó de cobarde porque me negué a seguir jugando. Tú estabas allí ¿Lo recuerdas? Yo ya no podía hacer más el indio. Con Mario me era imposible seguirle. No entiendo como no puse más empeño. No sé, como cojones, no luché más de lo que lo hice, para que no se viera abocado a esto…Nuri, es el final. Ya no hay marcha atrás. Ya no queda nada del principio, de ese principio que los dos habíamos soñado cuando hablábamos de nuestro futuro ¡Menuda mierda de futuro nos esperaba! ¿Recuerdas cuando le dije que no quería que nos casáramos y cuando me prometió millones de veces que dejaría de meterse esa mierda…? Nunca lo intentó de verdad. Nunca. Sólo fueron excusas para que le dejara a su aire y le abriese un hueco para respirar… ¡Que ironía! Ahora ya no puede ni respirar él solo. ¡Coño, Nuri!, la muerte de alguien a quién has querido durante toda tu vida, es lo más absurdo que le puede pasar a las personas…

Se giró para observarme. Estaba segura de qué no me veía.

- …Creo que no voy a superarlo, Nuri.

Adormecida, di una vuelta más en la cama. No podía dormir por más que lo intentara. La cabeza me daba vueltas a punto de estallar con tantas emociones.
Alcanzaban mis parpados a cerrarse cuando sonó el teléfono. Dí un brinco, al tiempo en que me giraba para mirar el reloj. Eran las doce y diez de la noche.

- ¿Diga…?

- ¿Nuri? , perdona, ¿te he despertado?

- Ya estaba en la cama ¿Pasa algo?

- No, tranquila…Es que necesitaba contárselo a alguien.

- Dime…

- Ya está. Ya lo he hecho. Y me siento de maravilla. Ni remordimientos, ni leches; como una reina.

- ¿De qué me estás hablando? ¿Qué es lo que has hecho?

- Pues que ya me lo he quitado.

- Pero ¿El qué te has quitado? Aurelia, hija, me estás volviendo loca.

- El qué va a ser. El crío, Nuri. Ayer estuve en el médico y ya me lo han quitado.

Me incorporé en la cama completamente patidifusa.

- ¿Quieres decir que has abortado?

- Si señora, eso es exactamente.

- Es decir, que era verdad.

- ¡Toma, pues claro que era verdad!

Aurelia se me iba descubriendo como una caja de sorpresas ¿Dónde quedaba ahora la beata con su santa cohorte de virtudes? Como Pandora abría su cajita, soltando de tal manera su contenido, que hasta miedo daba con tantos secretos.

- ¿Estabas embarazada y has abortado así, sin más?

- Así como te lo digo.

- ¿Y cuando ha sido eso?

- Acabo de decírtelo; ayer mismo.

- ¿Y fuiste sola?

- Si, estuve llamándote, pero como no me cogías ni el fijo ni el móvil, y no se lo quería contar a nadie más, pues no tuve más remedio que ir yo sola.

Intenté recordar en qué momento habría descolgado el teléfono o fui incapaz de ver una llamada en el móvil, pero no pude refrescar mi memoria.

- Lo siento…

- No te preocupes, no pasa nada. La verdad es que estas cosas hoy en día son coser y cantar.

- Ya… ¿Y cómo te encuentras?

- Divinamente. Además he dejado a Rodrigo.

¿Por qué?

- No veas la charleta que me echó, Nuri ¡Pero si parecía que me hubiese quedado embarazada por arte de birlibirloque!

- Aurelia, ¿Estás bien…?- Interrogué empezando a mosquearme al escuchar como se iba acelerando al hablar.

- Estoy de puta madre, Nuri ¡De putisima madre!

Algo estaba pasando para que Aurelia hablase de aquella manera. Nunca la escuché un taco semejante. Siendo sincera, diré que me resultaba gracioso al mismo tiempo en que me alertaba su escaso recuerdo de la devota con todos sus santos axiomas. Sonaba en ella a chiste mal contado, a salero y chascarrillo dicho por una boca infantil.

- ¿Tienes algo que hacer mañana?

- Si, trabajar ¿Por qué lo preguntas?

- ¿Por qué no me invitas a merendar en tu casa? Hace mucho que no lo haces.

- Vale…

NUESTRO NUSHU

UNA CUESTION DE HORMONAS

En lo que respecta a mi mundo, Aurelia comenzaba a ser un microcosmos. Desde que descubriera que podría ser cualquier cosa, menos mojigata, el estudio de su persona se modificaba de manera que ya no sabía ni como comportarme con ella.
Y allí esta, rarita, pero entera. Como si de la Aurelia que conociera tan sólo quedase el exterior, pues hasta aquella manía suya de sobar rosarios se había esfumado de manera misteriosa.

-…Tiene que haber una razón por la que le has dejado.

Intentaba por cualquier medio buscar a la Aurelia de los días serenos. La Aurelia de la razón exacerbada al empeñarse perennemente en buscar doctrinas y fe, dogmas que únicamente ella hoy en día cumplía a rajatabla. Pero me resultaba imposible encontrarla. Daba la impresión que esta otra mujer había secuestrado su personalidad y en su intrínseca esencia, jugase a ser otra, contradiciendo todo lo que la beata le dictase.

- Es un gilipollas, y lo qué es peor, un cabrón de padre y muy señor mío. Resulta que le tenía miedo a su mujer. Eso era lo que me contaba al principio. Y que no hacía más que expiarle. Que no le dejaba vivir. Que le estaba amargando la existencia… ¡Y qué se yo, cuantas mentiras más! Al decirle que estaba embarazada, cambió de forma radical. Dejó de ser tierno y comprensivo para mostrarse como realmente era; un egoísta de mierda. Yo no esperaba que me dijese que lo tuviese. Tengo muchos años para esas locuras, pero lo que menos necesitaba era que me armase la que me armó ¿Sabes qué me dijo?
Que a cuento de qué me había quedado embarazada. Que si pensaba que con eso, le iba a retener. Que si lo había planeado todo para luego contárselo a su mujer… ¿Qué te parece el señor…? ¡Menuda joya en bruto, me salió! Necesité un par de días y una buena botella de coñac para decirle lo hijo de puta que era. Se me quedó más suavecito que un guante cuando le comenté, así, de pasada, que iba a abortar y que por supuesto, no le diría nada a su mujer, pero que quizás, y puse mucho énfasis en el quizás, se me escaparía sin querer delante de sus hijos.

- ¿Tú no habrías sido capaz de eso, verdad?

Aurelia se estiró en el sillón descubriéndome una actitud tan nueva y paradójica como esa reluciente pizpireta que comenzaba a adivinar.

- ¡Quien sabe lo que una es capaz de hacer en un momento de rabia!- Luego de mirarme con interés, preguntó- ¿Tú que harías ante un cabronazo como ese?

- ¿Yo?

- Si, tú. Nuri; ¿Qué harías ante una situación como esa? Imagina que el tío con el que estás saliendo… ¿Cómo se llamaba…? Alex, ¿no?, pues imagina que el tal Alex te salta con algo parecido o te engaña de alguna manera ¿De qué forma lo solucionarías tú?

Contesté con rapidez antes de que mi subconsciente me jugase una mala pasada.

- No lo sé, tendría que verme en una igual.

- Todos los tios son iguales. Por qué esa es otra ¿Qué le diría a la pobre de su mujer cuando estaba conmigo? Nuri, ¿porqué son tan egoístas y retorcidos?

- No lo sé- Y pensé en Sonia y en mi Luis divirtiéndose de lo lindo a mis espaldas- Para que haya un hombre que le ponga los cuernos a su mujer, tiene que existir una mujer con quién ponérselos.

- Es verdad, Nuri, tienes razón- Y reflexionó durante unos instantes- Pero el casado es él, así que mi pecado queda absuelto.

- ¡Vaya, que forma más cómoda de verlo!

- Si te parece me pongo a llorar.

- No mujer, si en el fondo admiro tu valor para hacer ciertas cosas, sobretodo teniendo en cuenta que esta era tu primera experiencia con un hombre ¿Y ahora qué?

- ¿Ahora? Pues hija, qué quieres, igual me hago tortillera porque menudo empacho he cogido de hombre. Ni ganas de retomar otra historia…

- Mujer, no todos los hombres son iguales.

- ¿Qué no? Dime tú uno que haya salido bueno.

Traté de recordar.

- Pues…Imagino que alguno habrá…

- Pues eso. Que pena que no te guste el vino, Nuri. Tengo preparado un asado de cordero que está loco porque se lo coman. Regadito con el tinto que tengo en la nevera… ¿Sabes? Estos son los verdaderos placeres de la vida. Los que no te crean cargo de conciencia cuando estás disfrutando de ellos…Es decir, todos. Ja, ja, ja

- No…No te reconozco- Titubeé

- ¿Y eso?

- ¿Qué pasó con la religión?

Se acercó y arrodillándose me cogió las manos con la misma ternura que utilizó para hablarme.

- Cariño, la vida está para vivirla. Cuando uno no es feliz siendo otra persona, es mejor cambiar los hábitos. Llegó un momento en mi vida en que todo aquello en lo que creía, se había convertido en una falacia…Y ya me cansé de fingir. Lo mejor es darse cuenta a tiempo y no llegar a ser una hipócrita. Al menos con una misma… Si a mí, me llegan a decir hace unos años que hubiese hecho el amor con un hombre casado y que además de quedarme embarazada había abortado, me habría colgado de esa lámpara que ves ahí- Y me señaló la decadente lámpara de su salón- Pero el tiempo pasa. Las conductas se mueven con los tiempos y comprendí que era absurdo ser tan extremista y contradictoria. Si iba de marcha con vosotras ¿Qué buscaba?…Nada, Nuri, lo que yo te diga. Lo más justo es vivir con la conciencia tranquila y el alma en paz…No se puede huir de uno mismo.

Hay momentos en la vida de las mujeres, en los que una se cuestiona infinidad de teorías místicas, o misteriosas. Cosas cómo: “Qué pasaría si el mundo se destruyese, si cállese una lluvia ácida, si la capa de ozono, de pronto se nos agotase; o si los hombres son tan diferentes a las mujeres y en tal caso, si la respuesta fuese afirmativa ¿Porqué razón no sabemos vivir sin ellos?”

Aunque Aurelia lo tuviese muy claro no estaba yo tan segura de que no repitiese. Sobretodo ahora, que ya lo había probado. De entre todas las chicas era la que menos podía hablar, pero curiosamente y aunque todas nos sintiéramos desengañadas, y el amor nos ligase como ninguna otra cosa en el mundo, el tema de los hombres era, el argumento básico de nuestras conversaciones diarias.
De una manera o de otra, siempre salía a colación. Ya fuese porque recordásemos historias pasadas o bien con lo que soñáramos cada una sobre cómo nos gustaría que fuese el hombre que nos encantase.
Al final y extrañamente concordante, coincidíamos en el mismo punto; el hombre perfecto no existe.
Tal análisis nos llevaría a la conclusión de modelar uno con todas las características soñadas de cada una.
Aparte del físico, tema absolutamente diverso, el hombre perfecto perdería todo su encanto en el momento en que fuese construido según nuestro criterio. Quiero decir, que cada cinco minutos de la vida de una mujer, vamos cambiando tanto el ánimo, que cuando llega el final del día hemos pasado por tantas fases, que si hiciéramos una recopilación de todas ellas comprobaríamos la cantidad de hembras tan dispares que contiene nuestro multicolor universo. En pocas palabras, hay cientos y cientos de mujeres, en una sola mujer. Las hormonas, principal causa de nuestro descoloque emocional, se mueven a su capricho, tocando hilos, que nosotras mismas desconocemos que tenemos.
Realmente da un poco de yuyu reflexionar en voz alta sobre ello y dicho así hasta parece una barbaridad, pero es cierto.
No sé como me hubiera gustado que se comportara Alex conmigo. Por supuesto, nunca como lo hizo. Pero estoy segura de que si ese mozalbete, vivaracho y juvenil me hubiese propuesto una relación de las llamadas normales, lo primero que yo habría pensado era que le faltaba un cocimiento y medio.
En el caso de Aurelia la fantasía vivida le abría las puertas de lo desconocido. Y realmente salió de la historia como nadie imaginaría. Diciéndole al mundo que una hembra con un par de ovarios no se achanta ante un tio sin huevos…Aunque ella le sacaba ventaja., muchos años de espera la habían convertido en alguien que sabía a ciencia cierta, lo que quería y no quería. Sobretodo, lo que “no” quería. Y por supuesto, Aurelia lo que menos necesitaba de un hombre, a estas alturas de su vida, era que le complicasen la suya.

NUESTRO NUSHU

AL QUE DIOS SE LO DA SAN PEDRO SE LO BENDIGA

“…Y desnudos al anochecer, nos encontró la luna…”

Sabina sonaba en mi choche, desarmándome y adoctrinándome al mismo tiempo. Cada una de sus canciones de amor, me secuestraban. Entre las estructuras oníricas de sus leyendas debía de encontrarse la buena cátedra, la sapiencia de quien ha vivido en carne propia, amores y desamores por igual. Sus letras, todas de un caprichoso ingenio, solían ponerme de buen humor. Cargaban directamente las pilas de ese resorte poco maleable, conscientemente hablando, e invisible. Con carácter de urgencia mis sentimientos se transformaban en algo lúdico y juguetón, imaginaban labios y zonas oscuras dónde reencontrar un amor de asfalto, nada pedigüeño, en contraste con otros amores de antaño. Las farolas que alumbraban la carretera se me antojaban velas rosadas, predispuestas a las fantasías más absurdas. Las ternuras rondaban mi cabeza, canturreando suavemente, sobretodo, los amores más canallas.
“…Debajo de tu falda…” Me sofocaba el eco de mi propia voz.
Conducía sin prisas. Relajada, deleitándome sin perder ojo del camino, con mis circunstancias y mi hambre de ser feliz. A ratos lo conseguía. Ponerme al volante en una noche fría, a pocas semanas de las navidades en dirección a la nueva casa de Susana, suponía volver a encontrarme con las chicas meses después de nuestro viaje veraniego. Manuel se había estabilizado. Arancha se encontraba más calmada, y de las demás apenas sabía nada desde la última conversación con Aurelia. Todo parecía en orden. Un orden extraño, pues Luis despareció de mi vida de la misma forma que apareció en mi casa aquella noche de sucesos tan contradictorios. La rutina se había instalado de manera natural haciéndome pensar que nada podría romperla.
Un mensaje en el móvil. Una invitación de Susana: “Me encantaría que vinieras a visitarme, Nuri”. Y una dirección desconocida. En un barrio desconocido, un poco alejado del centro de Madrid y de la más alta categoría, conferían al mensaje al menos, una pizca de curiosidad.
Del minúsculo apartamento en el centro, al chalet de la zona norte de Madrid. El paso era tan agigantado que me moría de ganas por conocer los detalles de tal cambio.
Aparqué en la acera. Parecía ser la última. Los coches de las demás ya estaban allí.

La casa era efectivamente un primor. El jardín, pulcramente cuidado junto con la piscina de dimensiones estratosféricas, hicieron las delicias de las chicas. La primera sensación de asombro fue dando paso al entusiasmo que enmudece. En cambio ella, encantada con la sorpresa, presumía sin disimulos de esta o aquella lámpara de diseño único, de la cocina de ensueño o de las alfombras más cálidas del planeta tierra.
Algunas de las chicas se arremolinaban a su alrededor preguntando el dónde y el cuándo de aquél cambio. Ella disfrutaba al tiempo en que nos daba extrañas y confusas explicaciones del dinero de una herencia de la que su hermana Rosa, distraída o desganada, asentía haciéndose la loca, como si en realidad no tuviese parentesco alguno.

- ¡Joder, Susana, que “choza” te has comprado!

- Ahora entiendo lo que deben sentir los ricos…Yo sería superfeliz.

No quería mirar a Sonia, su presencia me molestaba. Indagar en mi malestar cuando Luis había pasado a ser un glacial en el océano, resultaba toda una contradicción. Aunque ella, sin dejar de ser la absurda dama “del quiero y no soy”, en su delicada compostura, me evitaba todo lo que podía pasando de mí, tanto como yo de ella. Me preguntaba hasta que punto los remordimientos podrían instalarse en una persona tan superficial como ella.

Susana no paraba de sonreír ante los comentarios La noche se nos fue escapando de las manos, acabando en un suspiro. Nadie consiguió que Arancha borrase la leve tristeza de sus ojos. Que Sonia y yo no nos dirigiéramos en ningún momento la palabra, ni que Aurelia se mostrase más descarada y chistosa que nunca. Tampoco nadie se ocupó de estos detalles. Imagino que cada cual tenía sus propios asuntos.
Más tarde y un poco antes de que fueran mostrando su intención de marcharse, Susana me rogó que me quedase cuando todas se fueran. Sin prisas, pues era viernes y no tenía guardia al día siguiente, acepté algo intrigada.

- Has sido la única que no me has preguntado nada.

- Ya estaban las demás para hacerlo- Dije ante un café, completamente relajada.

- No te crees lo de la herencia, ¿Verdad?

- ¿Es tan importante lo que yo piense?

- Para mí, si. Eres la más enigmática de todas.
- No te entiendo.

- Las demás son previsibles, tú no.

La observé atentamente. Estaba más guapa que nunca. Parecía que las cosas le iban bien. Sin embargo existía un matiz en su voz que me hizo pensar que no todo era tan perfecto como pretendía aparentar.

- ¿Y a quién le importa lo que yo opine?

- A mí.

- Bueno, qué quieres que te diga, cada cual…

- Tú si te has dado cuenta.

- Y Rosa.

- Ella lo sabe ¿Te ha contado algo?

- No, no me ha contado nada. Pero salta a la vista que algo especial ha tenido que pasar para este cambio tan radical.

- Por supuesto, las cosas no salen de la nada.

- Si no quieres, no tienes porqué contármelo.

- Es que, si quiero- Susana tomó aire y se tomó su tiempo para continuar- Nuri, puede que pienses que soy una cualquiera, pero la vida es muy corta y yo quiero vivirla al máximo…Y exprimirla todo lo que pueda.

- Haces bien. Ojala pensara igual que tú. Las cosas me irían mucho mejor.

- No creo que te vaya tan mal. Tú tienes una carrera. Y un trabajo que te permite vivir como tú quieres…Aunque sea más joven que tú, no tuve esa oportunidad.

- ¿Estás intentando justificarte ante mí?

- No. No necesito excusas para nada ni para nadie. Pero no sé porqué, necesito contártelo.

- Como quieras.

Apretó un cojín entre sus brazos y ante una copa de vino comenzó a sincerarse.

Al principio resultó algo, no digo difícil porque mentiría, pero si complicado para que me sintiera cómoda. Conocí a alguien frecuentando sitios diferentes que me habló de mis posibilidades. Por supuesto, no me lo creí. Quiero decir, que nunca me había planteado algo semejante. Pero lo intenté. Y resultó. Resultó que por unos tontos sobeteos, sacaba algo más que un ratito agradable. No hace falta poner el corazón, solo eso, tener bien claro que es lo qué quieres…

- ¿Te has prostituido?- Quise saber sin querer darle importancia.

- No me seas antigua, Nuri. No me he puesto en ninguna esquina, ni me he buscado un chulo, ni nada parecido. Simplemente me acerco a los hombres que me gustan y me dejo hacer al tiempo en que ellos me pagan, como pagan los hombres por estas cosas.

- Con dinero.

- Con dinero, joyas, o la casa que ves.

- ¡Joder! ¿Y eso como se hace?

- Esto es un regalo de un alemán que andaba de paso por Madrid…

- ¿Puta de lujo?

- Puta de lujo- Afirmó sin reservas- La del dinero es su mujer, por eso no se separa. Eso es lo que me cuenta él. Sé que es mentira, pero sinceramente, me la trae al fresco. Es más, prefiero que sea así. La sinceridad en una relación como esta es innecesaria.

- ¿Con papeles y todo?

- ¿Te refieres a que si la casa está a mi nombre?

Asentí con los ojos como platos.

- Si, así es.

- ¿Y qué opina tu hermana de todo esto?

- Esa es otra cuestión. Rosa es muy distinta a mí.

- Tienes que entender que la cosa tiene su miga.

- En este caso, o blanco o negro. Para mí no hay medias tintas. Me niego a mirarme en su espejo. Solo hay que verla, para detestar su modelo…- Iba a contestarla cuando levantándose me ofreció con una sonrisa- ¿Otro cafecito…?

NUESTRO NUSHU

EN TIERRAS DE LESBOS

-… No es justo que hables así de tu hermana.

Susana me entregó la taza de café y sin mirarme se sentó de nuevo entrelazando las piernas.

- ¿Qué no es justo? ¿Para quién? Vamos, Nuri, mira las pintas que lleva siempre…Por no hablar de su matrimonio…

- No creo que quisieras que me quedase para hablar mal de Rosa. Si es así, me voy ahora mismo, no tengo nada que hacer aquí.

- Juzgar sus comportamientos y errores no significa que no la quiera- Paladeó el vino. A mí me resultaba difícil quedarme a escucharla después de los comentarios sobre su hermana, sobretodo después de la confesión que me hiciera- Pero no, no te he pedido que te quedaras para eso, sino para algo más importante…Nuri ¿Te has sentido alguna vez desplazada?

- ¿A qué te refieres?- Pregunté intrigada.

- Tú crees que la vida para mi ha sido fácil…

- No sé qué quieres decirme con eso.

- Pues que todos tenemos secretos. Nuri… me pregunto- Y clavó su mirada persistentemente en mis ojos- Me pregunto, cual puede ser el tuyo…

- No estábamos hablando de mí- Contesté confundida y molesta al mismo tiempo.

- Es verdad, no hablábamos de ti, sino de mí. Mira que resulta difícil traspasar más allá de lo que nos dicen las personas que conocemos ¿Qué piensas de mí Nuri? ¿Qué te dicen mis ojos cuando intentas averiguar lo que siento?

- No sé dónde quieres ir a parar con tantos rodeos.

Tras una pequeña pausa continuó.

- Resulta un tanto complicado y tú no me lo pones nada fácil…Podrías ayudarme un poco más…

- Mira, no sé realmente lo que buscas. Me invitas a quedarme y me sueltas un rollo de misterio que me descoloca ¿Qué es lo que estás buscando?

- Quizás una justificación. Algo que aclare todos mis comportamientos.

- Yo no puedo ayudarte en eso. Ni sé lo que te pasa ni podría orientarte. Ando más perdida que nadie. Te estás equivocando de persona.

- Fíjate que yo creo que no, aunque si me preguntasen, no sabría decir porque razón busco tu aprobación. Hace mucho tiempo que necesito contarte…

- No pretendas nada de mí- Dije cansada de tantas sinceridades ajenas.

- Nuri, tienes algo que hace que los demás nos sinceremos contigo. Desconozco si alguien más te ha buscado como yo lo hago ahora. Sólo sé que necesito contarte cosas que no le contaría ni a mi hermana. Especialmente a mi hermana.

- Nada hay de irremediable en esta vida, Susana. Todos cometemos errores. Además si tienes dudas sobre tu personalidad siempre puedes consultar a un psicólogo. Dicen que para eso están.

Susana no sonrió. Pareció sentirse herida y humillada. Respiró profundamente y en el aire de su vestido de flores se dibujó una figura abstracta al caer, casi muy levemente, sobre el sillón azul cielo de aquel salón tan refinado.

- Antes casi de ser, sentí. No trato de liarte, sino de aclarar mi propia confusión. O tal vez ya no exista tal confusión y ande con pies de plomo, antes de decirte abiertamente…Que estoy loca por ti.

¡Alabado sea el señor y sus confesionarios de pacotilla!, sé que pensé antes de razonar abiertamente, la confesión de la última de mis amigas.

Pasaron algunos minutos antes de que me sacudiera de mi propio aturdimiento. Ella, expectante, esperó mi reacción. Yo a mi vez buscaba las palabras adecuadas para salir de tal encrucijada. Como siempre, en la tangente de mis confusiones, el reflejo de la conmoción la desubicó más que a mí misma.

- ¡Anda, no me digas! ¿Y eso…?

Suelto sin saber lo que provoco. Sobradita de riesgo y sin talento para preveer ciertos grados de peligro o desorientada en lo qué a sentimientos sutiles se refiere, avanzo como una cabra loca, tirando siempre al monte. No existe maldad ni maligna elaboración. Soy así y de esta manera, me sacudo de momentos gloriosos, como el que estaba viviendo en aquellos instantes.

Susana, la pobre, se quedó más muda que un muerto. La verdad, a mí también me intrigaba su silencio ¿Hacía dónde me llevaría ahora su sinceridad? Me preguntaba curiosa.

- Hija, es que no sé con qué quedarme ¿No decías que andabas con tios?- La ayudé.

Me costaba un esfuerzo enorme asimilar una declaración semejante. Asumir que una amiga que ha llegado a compartir momentos íntimos con una- ¿Realmente los había tenido?- compañera de descaros, risas sin malicias, y confidencias femeninas, se transformase en algo incomprensible, era algo fuera de mi propio control ¿Qué hacer o qué decir, sin herir sentimientos y al mismo tiempo dejar constancia de lo que una siente sin más expectativas que las reales?
Tengo ya muchos añitos para cambiar los modelos que aprendí de mis mayores. Afortunadamente Susana me ayudó.

- Eres única. Realmente auténtica. Nadie me habría dicho como tú, que no le gustan las tortillas.

- Uy- Solté entre carcajadas- Las de huevos, si…De todas maneras- Dije sinceramente intrigada- No entiendo lo de Alex.

- ¿Seguro que no?

Y era verdad ¿A cuento de qué una lesbiana trataba de robarme los pantalones?

- A no ser…Que no le hagas ascos a nada.

- Más o menos.

- Y por eso…

- Ay, Nurita, que te estás perdiendo. Quiero decir en el caso concreto de ese mamarracho.

¿Pretendía angustiarme, confundirme, liarme? Susanita de mis amores tenía más peligro que encontrarse en la jaula de un hambriento león.

- Iba más ciego por ti, de lo que nadie esperaba. Y…-Me dio miedo su pausa- Me carcomían los celos el ver que te derretías por un chulo como él.

- Joder, Susana, me estás asustando.

- No te asustes tanto. Me gustas más que comer con los dedos. Pero tia, que quieres, sé a lo que atenerme contigo y eso hace que el muro se haga infranqueable.

- Ya, que bien. Y ¿Cómo hago yo ahora para mostrarme normal contigo sin pensar en lo que tú tendrás en esa cabecita lésbica?

Apunto de escupirme en plena cara el líquido que contenía la copa que se llevaba a los labios, tragando con dificultad, y entre risas, aseveró:

- Dependerá del día Nuri, por qué como sigas así, no habrá hombre que se me ponga por delante…

NUESTRO NUSHU

LA FAMILIA… ¿Y UNO MÁS?

- ¿Cómo va esa lombarda, Nuri…?

- Bien, bien, remojadita.

-¿Porqué no sales conmigo a dar una vuelta al pueblo? He olvidado alguna compra.

- No quiero dejar a mamá sola con la cena.

Mi madre me dio un empujón con su trasero alejándome del fuego.

- Acompaña a tu padre. No queda tanto. No meteré las manos en el asado hasta que llegues- Dijo guiñándome un ojo a modo de complicidad mientras me soltaba el nudo del delantal.

Mi padre se colocaba la gorra y me ofrecía mi chaquetón. Colocándome mi gorro de lana y los guantes, salimos en dirección al garaje.

Me encantaba estar en la casa del pueblo. Las montañas, cuajaditas de nieve, se alzaban orgullosas y desafiantes. Teníamos suerte de que la quitanieves funcionara tan profesionalmente y la carretera pudiera ser transitada. Muchos de los pueblos de alrededor no contaban con el mismo servicio.
Todas las navidades nos reuníamos la familia entera para celebrarla. Eran las mejores fiestas del año. En particular, mi madre, presumía de familia y le gustaba rodearse de todos nosotros. Ese nosotros abarcaba desde mis tres hermanos mayores, los abuelos- mi abuela materna y el yayo Miguel, padre de mi padre- Los dos tíos más cercanos de mi padre, una tía, hermana de mi madre, los niños de mis tres hermanos, un hamsters, recién comprado, los tres gatos de Manuela- una de mis cuñadas- un Yorkshire, un Cocker, y un San Bernardo, los tres de mis padres. Con toda esta tribu, mis progenitores, se sentían los dueños del universo. La casa que nos acogía, un caserón, propiedad de la abuela, soberbia, estructura a base de piedra, antigua casa labriega y totalmente reformada y con sus diez habitaciones, nos daban la completa intimidad para cada uno.

La piel curtida y rugosa de mi padre me enternecía. Había trabajado muy duro y en muchas profesiones en su vida y ahora ésta le devolvía con creces todo lo sembrado. A su lado una periodista jubilada, intrépida y vivaracha- mi madre- colocaba las ies a todos sus fallos ortográficos, cada vez que a mi padre se le escapaba alguna burrada gramatical.

- ¿Cómo va todo Nuri?

- Bien papá, como siempre.

- ¿Y en el hospital?

- Bien. Pura rutina, ya sabes.

Sin dejar de mirar la carretera sacó un cigarrillo ya liado del bolsillo. Con mano trémula, lo encendió.

- Papá, todavía…

- Ni una palabra de esto a tu madre.

- Te olerá el aliento.

- Pues recuérdame comprar caramelos ¿Vale?

- Si, claro…

- ¿Qué sabes de Luis?- Me preguntó de improviso mirando distraído el espejo retrovisor.

- Nada.

- ¿Nada?

- Nada, papá…Hace meses que no sé nada de él.

- Pobre muchacho…Es un buen hombre y de qué mala manera se nos…

- Oye, papá, no me apetece mucho hablar de eso.

- Tampoco tienes que guardarlo debajo de la cama.

- Ya, pero no es el momento.

Hicimos el corto trayecto en silencio hasta que divisamos la plaza, centro neurálgico del pueblo.

- Ya llegamos ¿Nos tomamos un cafecito dónde Fonsi?

- ¡Hace!- Sonreí liberada.

Aparcamos y nos dirigimos hacía un coqueto bar en medio de la plaza.

- ¿Qué tal, Fonsi, que se cuece por aquí?

- ¡Hombre, Paco, como me alegra verte! ¿Qué tal Nuri, que me cuentas de los Madriles?

- Poco, Fonsi. No se ha movido del sitio.

Nos quitamos los abrigos y mi padre quiso que nos sentáramos en una de las mesitas.

- ¡Sean dos cafés bien cargados!- Gritaba el hombre entre la algarabía del local.

- ¡Uf, que agustito se está aquí!- Dijo frotándose las manos.

- Si, es verdad… ¿Dos?, ¿No te parece que te estás pasando?

- De algo hay que morirse, mi niña…Deja que me lo fume sin remordimientos, nena. Esto- Dijo observando el cigarrillo- Me sabe a gloria.

- Ya, y te quema los pulmones.

- Nuri, bonita, déjame disfrutarlo, hija, no seas aguafiestas.

- Vale.

- Paco, te vas a…- Intentaba decirle Fonsi a mi padre al momento en que éste le cortaba.

- Hijo, dejarme ya de tocarme los huevos. Anda, guapo, dedícate a tus cosas.

El dueño del local soltó tal carcajada que se le saltaron hasta las lágrimas.

- ¡Coño, Paco, contigo es imposible! Fúmatelo de una puta vez, a ver si explotas…

- Rico, rico- Decía dándole vueltas y recreándose en el- Bueno, Nuri, ¿Por dónde andábamos…?

- No andábamos por ningún lado- No tenía muchas ganas de reiniciar mí finiquitada historia con Luis y mucho menos con mi padre. Siempre habían sido muy afines y se habían llevado de maravilla.

- ¿No pudiera ser que le llamaras y se viniera a cenar esta noche?

Negué con la cabeza.

- Ni se te ocurra, te lo digo en serio.

- Necesita ayuda.

- ¿Y…?

- Pues…

- No- Me aparté ligeramente de la mesa. El camarero nos dejó los dos cafés sobre ella. Le sonreí a modo de agradecimiento.

- Vamos, niña, tu madre y yo siempre te enseñamos a perdonar. Y él siempre fue bueno contigo- Continuaba, moviendo despreocupadamente la cucharilla para disolver el azúcar.

- Hasta que dejó de serlo.

- La bebida es muy mala, mi niña, muy mala. Corrompe a los hombres.

- Tú no sabes nada. Ni quiero que lo sepas.

- A lo mejor, si que sé.

Le observé. Su enigmática sonrisa me inducía a pensar cosas que no quería ni investigar.

- Vale, tú lo sabes. Pero yo no quiero…

Entonces mi padre tomó mis manos y las acarició muy suavemente.

- Mi niña, tu madre y yo sabemos lo que has sufrido. Luis no era así. El problema de tu marido- para él siempre sería mi marido- lo sabemos todos. Siempre fue educado y cariñoso contigo hasta que comenzó a beber. Los hombres, y no me refiero sólo a los varones, cometemos errores. Nunca nos hemos metido en tu vida, tú lo sabes, pero creo que si pensaras un poco en lo que pasó, puede que te dieras cuenta de la ayuda que necesita.

- Papá, parece que tú sabes muchas cosas… ¿Cuánto hace que hablaste con él?

- Llamó hace una semana, cuando todavía no habíamos llegado aquí. Está yendo a rehabilitación y…Le vimos muy sereno. Ni punto de comparación…

- ¿Y porqué tengo que ser la última en enterarme?- Pregunté irascible.

- Nos pidió que no te dijéramos nada.

- Poquito caso le habéis hecho- Me sacudía la sorpresa como podía, a fuerza de decirme a mí misma, de qué pasta estaba hecha la intención de mis padres- Estoy furiosa con vuestro comportamiento, papá. Vuestra hija soy yo y no él.

- Ya, ya, si no te digo que no- Negó tomando la taza y pasándose la lengua por los labios- Tienes toda la razón del mundo, hija…Pero piensa un poco, no seas tan terca como tu padre.

- No quiero verle. Creo que queda muy claro.

- Bueno, como tú quieras. Luego no digas…

- No te diré nada.

- Está bien ¿Nos vamos a casa?

- ¿No tenías que comprar?

- No…Ah, si, los caramelos ¡Fonsi!- Gritó a punto de romperme los tímpanos- ¿Tienes por ahí algunos chicles o algo parecido?

Sonreí a Fonsi. Pero en el fondo hubiese estrangulado a mi padre…

NUESTRO NUSHU

SORPRESA DE NOCHEBUENA

Eran las ocho de la noche y la casa parecía un circo. Mientras yo en la cocina, completamente concentrada en mi par de maravillosos asados de cordero, la moradita lombarda, y demás viandas, escuchaba los gritos de los críos, los maullidos de los tres gatos, los correspondientes ladridos de los perros, la altura superlativa de las risas de mi padre, las idas y venidas de los demás y supongo que al pobre hámster no le percibía por falta de hueco. Pero era feliz. Más feliz que un regaliz. Pocas cosas hay en la vida comparadas con la familia. El calor que se desprendía en aquellos momentos habría abrigado a todos los solitarios de este mundo.
Un estruendo nos advirtió al equipo que comandábamos la cocina, que el árbol de navidad se había desplomado. Mi madre salió escopetada.

- ¿Qué ha pasado?- Quiso saber secándose las manos en el delantal- Los demás la seguíamos curiosos- ¿Qué trastada…¡ Ay, Señor, el árbol…!

Los críos, siete en total, se detuvieron en seco. Observaron en silencio a mi madre, hasta que el más pequeño de unos cuatro años, indicando a uno de los perros, acusó.

- Ha sido ete…

- ¿Ha sido este…? ¿Y tú, Paco, se puede saber para qué te dejo a cargo de toda esta fauna?

- Hombre, Ada, ¿No irás a echarme la culpa a mí?

- No, se la hecho al Papa. Con los años que tienes…Parece mentira, Paco.

Entre todos fuimos recogiendo bolas y luces por doquier. Los abuelos regresaban de su partidita de cartas y se unieron a los demás. No a recoger; sus huesos ya no estaban para esos trotes, sino para retirar a los niños y sentarse en sus cómodos asientos. Ambos reían como dos críos más.

- Algo huele…- Sugirió la abuela- …Algo se está quemando, Nurita…

No sé que tendría de gracioso que la cena se quemara, pero los dos nos regalaron a todos toda una serie de risitas sofocadas. Me fui renegando de aquella loca familia. En el trayecto llamaron al timbre de la puerta.

- ¡Yo abro!- Grité- ¡Pero que alguien se ocupe de la carne…!

Y abrí.

- Luis…

- Hola, Nuri.

Me quedé petrificada ¿Dónde estaba el Luis de los últimos años? Un Luis como recién duchado, de ojeras enormes y ojos limpios. Era la primera vez en muchos, pero que muchos años, que vislumbraba a la persona que yo conocí allá por los años de Mari Castaña.
El traje perfecto, la corbata derecha y en sus manos una impresionante planta de Pascua. Me asombró su temple. La planta no temblaba en sus manos.
Sin embargo mi mirada fue de hielo. Era lo que quería demostrar. Y seguramente lo estaba consiguiendo pues bajó la cabeza como si se sintiera intimidado.

- Hola, Nuri- Insistió de nuevo ante mi silencio.

- Hola, Luis… ¿Qué haces aquí?

- Pues…Tu padre…

- ¿Mi padre te dijo que vinieras?- Pregunté cabreada.

Una de mis cuñadas salió a buscarme.

- Nuri…Uh, perdón- Se disculpó al vernos- No te preocupes por nada Nuri, yo me encargo… – Y entornó la puerta con suavidad. Yo la cerré de golpe a mis espaldas.

- ¿Qué quieres?- Y crucé los brazos. No por nada, sino porque no sabía que hacer con mis manos.

- Nuri…Yo…Vengo a disculparme. Y, bueno…Me gustaría que me escucharas un momento…

- Yo creo que ya lo tenemos todo hablado. Hace mucho que nos separamos ¿No crees?

- Estás en tu derecho de tratarme así. Yo…- Carraspeó temblándole ahora la voz- Yo, creí que iba a ser más fácil. Pero, no…

Al momento apareció mi padre.

- ¡Luis, hijo, que alegría verte! ¿Cómo estás?

Los dos se dieron la mano amistosamente.

- Bien, gracias…Muy bien.

- Nuri, ¿Por qué no le dices que entre? Hace un frío de narices aquí fuera.

Vi su guiño observándole de reojo, pero me hice la loca.

- No hace falta, Luis ya se va.

- Está bien- Asumió sin contradecirme- Me he alegrado de verte, hijo.

- Yo también Paco. Saluda a Ada de mi parte…Y a los demás.

- Lo haré. No te preocupes.

Volví a cerrar la puerta. No quería darle ni un solo síntoma de acercamiento.

- Bueno…

- Nuri, por favor, escúchame. Sólo dame un momento para explicarme…Me he comportado como un cabrón. Tú sabes que siempre he estado loco por ti ¿Lo sabes verdad?

Yo enmudecí. Estaba claro cual iba a ser mi postura.

- Después de lo que hice la última vez que nos vimos…Yo, bueno, cogí tal borrachera al verte con aquel tio, que… ¿No te ha contado nada tu padre?

- No, no me ha contado nada- Yo me estaba helando de verdad. Mi nariz era un témpano de hielo y me frotaba disimuladamente unos dedos contra otros para sentirlos.

- …Cogí tal borrachera que me dio un coma etílico…Y eso Nuri, que después de salir de el, me dio que pensar…No tengo excusas por lo que te he hecho…Ni tampoco…

- ¿Y Sonia?

- Me arrepentí de la pregunta nada más soltarla ¿A qué venía eso ahora?

- Sonia…Si, Sonia…

- Si, la que creí mi amiga- Alá, me dije, echa más leña al fuego, a ver si nos calentamos de una vez.

- Nuri…Me estoy helando. Y tú tienes una cara… Parece que de un momento a otro te vaya a dar un patatús.

- No voy a dejarte entrar Luis. Verás, ya no te tengo ni miedo ni amor. Sinceramente, no sé ni siquiera que hago hablando contigo.

- Me lo merezco, la verdad.

- Nada te da derecho a llamar a mis padres y meterlos en problemas que ya están más que pasados.

- Nui, les conté todo lo que había pasado entre nosotros dos. Les conté las barbaridades que te hice…Y les conté también que estoy yendo a rehabilitación. Llevo un par de meses sin probar una sola gota de alcohol… Necesito que vuelvas conmigo. Necesito que me des fuerzas…

- ¿Yo? -¿Darle fuerzas? me dije estupefacta ¿Quién me las dio a mí cuando las necesitaba? Esto me encendió, brotando dentro de mis recuerdos, todas las llamas de los infiernos- ¡Date las fuerzas tú solito! No estoy dispuesta a que me amargues más la vida.

- Si es por lo de Sonia… – Se apresuró en un último intento de misericordia- Puedo explicártelo…

- Un poco tarde para dar explicaciones. No quiero volverte a ver. Y por Dios que si me vuelvo a enterar de que haces una sola llamada a mi padre, una sola Luis, verás la mujer que llevo dentro- Le miré sin odio, pero si con mucha ira al declarar a pocos centímetros de su cara- ¡Vete a la mierda, mi querido Luis…!- Trae- Dije cayendo en el detalle de la planta de Pascua arrebatándosela de las manos ante su estupor- ¡Mi madre se la merece, que cojones!
Con más fuerza de la que nunca me creí tener me dí me di media vuelta y entré en la casa. No me tembló la voz, ni las manos, ni el alma. Quizá las experiencias de mis amigas me habían hecho ver las cosas como eran. Quizá yo ya no era la misma después de lo de Alex…Quizá mi corazón comenzaba a sanarse de una puñetera vez.
Mi padre me esperaba tras la puerta. Contempló mi gélida mirada y la sonrisa de satisfacción que se reflejaba en mi rostro. Durante unos segundos olvidamos que no estábamos solos y nos estudiamos mutuamente. Luego me quitó la planta de las manos la dejó en el suelo, y atrayéndome hacía si me abrazó con tal fuerza, que sentí sus viejos huesos clavándose en mi cuerpo.

NUESTRO NUSHU

NURI, ESA DESCONOCIDA.

- … ¡Nos vamos de marcha!

- ¿Todas?- Pregunté intrigada.

- Todas, guapa ¿Te apuntas o tienes que preguntarle a tu pimpollo?

- No, claro que no- Me espabilé a contestar- ¿Arancha también va?

- Si. Manuel está en casa de su hermana y se siente mucho mejor. A la pobre Aranchita le hace falta desempolvarse un poco…

- Vale, me apunto.

- Genial. Nos vemos a las once. Nuri, recógeme en casa ¿quieres? Tengo el coche en el taller.

- Sin problemas. Allí estaré.

Me duché sin prisas. Buscando en mi armario, la duda de siempre. Necesitaba ponerme sexy. Más sexy que nunca. Sentía que el cuerpo me pedía guerra, que unas ganas locas de hacer el indio me invadían. Que la Nuri gamberra llevaba mucho tiempo dormida y ya era hora de despertarla.
Volviéndome a mirar en el espejo, puse morritos juguetones. Otro retoque a mis labios. Un poco más de rimel, un ahuecamiento- no sé cuantos llevaría ya- más. Otro aire de perfume en mis senos. El vestido negro ajustado y cortísimo, marcaba todas mis curvas. Los altos zapatos de tacón me sentaban de infarto. Con mi melena al viento y un penetrante olor a perfume, salí de mi casa, más contenta que unas castañuelas.
Me sentía como una novicia en una fiesta de disfraces. Mis caderas no se habían movido tanto desde el diluvio universal. En el ascensor me dí una palmadita complaciente a mi trasero ¡Fiesta, fiesta!, exclamaba eufórica ya.

Recogí a Aurelia en su casa. Me pregunté que cosa nos habría hecho ponernos de acuerdo esa misma noche para que las dos nos mostráramos con tanta hambre de pasárnoslo bien.
Iba muy mona, tanto, que durante unos minutos la miré embobada.

- ¿Qué te has hecho…?

- ¿Te gusta?- Preguntó girando sobre si misma, haciendo que su largo vestido color crema se desplegase a su antojo.

- Estás pá comerte. Nunca te había visto tan guapa.

- Es que fui a la pelu. Me he teñido el pelo y, agárrate, Nuri… ¡Me he puesto maquillaje!

- Pues ya podrías hacerlo más a menudo. Estás guapísima- Insistí ante el fulgor de su mirada.

- Ayúdame con esto…- Me entregó un collar, más que estrafalario para colgárselo en el cuello.

Yo lo miré con disgusto, negando con la cabeza.

- ¿No tienes otra cosa mejor?

- Yo…Ven conmigo- Y me llevó de la mano hasta su cuarto buscando en un cajón un pequeño cofre que abrió y dónde nos entretuvimos en buscarla algo más adecuado.

- ¡Le mandé a la mierda, era un gilipollas!- La música enmudeció y yo me quedé con aquel gilipollas entre el cielo de la boca y la duda de los desconocidos que me observaban entre risitas flojas. Mis amigas no me observaban, me clavaron los ojos como puñales.

- ¿Y eso, desde cuando?

- ¿Eh?

- ¿Qué desde cuando le mandaste a la mierda?

- Pues…- El medio vaso que me había bebido de ron con coca-cola subía y bajaba, como un tobogán, recorriendo todo el largo camino de la espina dorsal. La vergüenza y el miedo, se diluían como los hielos en mi vaso. Lentos, pero seguros.

- Al poquito de conocerle- Ellas se arremolinaron a mí alrededor. Susana reía picarona.

- Cuenta Nuri, cuenta…- Me animaba Arancha.

La música sonaba de nuevo obligándome a dar casi alaridos. Pero eso no parecía importarme. Seguramente me encontraba la mar de a gusto contándolas mis desventuras. Igual al día siguiente me arrepentiría, pero en aquellos momentos la razón se escabullía como agua entre los dedos.

- ¿Os acordáis del primer día que nos fuimos a tomar algo y él estaba allí con sus amigotes? Pues el muy cabrón sólo quería burlarse de mi. No hicimos nada. Le mandé a tomar por…

- ¿Queeé?

- Que le mandé a…

- Oye, Nuri, ¿Por qué no vamos al baño y nos lo cuentas todo?- Sugirió Pipa muy dispuesta ella.

- Venga, aquí no se puede mantener una conversación en condiciones.

Y allá que nos fuimos, como la procesión de las santas vírgenes, en busca del tiempo extraviado.

-¡Eso!- Gritó Carmen- ¿Sabes lo que decía hoy tu horóscopo…? Que confiaras un poco más en tus amigas y te dejaras de tantos secretos…

-Uf, menudo mareo tengo. Que raro…No me tengo ni en pie.

- Normal, no te había visto beber nunca y si te dejamos, te bebes hasta el agua del lavabo.

- ¿Yo?- Pregunté asombrada- Pero si sólo me he tomado un vasito de ron.

- ¿Un vasito? Nuri, empezaste a cogerle el gusto al segundo vaso y ya no hubo forma de pararte. Te tomaste tres y eso en ti, fue la hecatombe.

- ¡Venga ya!

- ¡Chissss! Baja la voz, los chicos están durmiendo.

- ¿Los chicos? ¿Qué chicos? No sabía que te habías quedado embarazada otra vez- Y me reí a carcajadas ¡Coño!, pensé, cómo son las cosas de hoy en día ¡Ni que quedarse embaraza y dar a luz, fuera tan ágil como la banda ancha de Internet!
Carmen se echó a reír y todo su cuerpo tembló.

- Si, hombre, si. Del Espíritu Santo, no te jode…Javi llamó a un amigo para que se quedara a dormir con él.

Al momento, dos caritas de adolescentes en plena pubertad, sobresalieron de una puerta entreabierta.

- ¿Qué pasa mamá?

- ¿Os hemos despertado?

- No, estábamos escuchando música… ¿Qué le pasa a Nuria?

- Nada, ha bebido un poquito.

- Si, un poquito: ¡Menudo pedo lleva!- Los muchachos se intercambiaron miradas socarronas.

-¿Quién es?- Le preguntaba uno al otro a media voz.

- Una amiga de mi madre. La buenorra- Y cerraron la puerta tras un pequeño saludo con la mano.

¿La buenorra? Rescaté tras las zambullidas de mi cerebro atestado de información ¿Yo era la amiga buenorra de Carmen? Jo, que regusto me dio aquello, con mi pedo, mi inestabilidad, y las enormes ganas que me iban entrando de echarme un sueñecito.

- Nurita ¡Menuda bomba la tuya!

- Si, si- Contesté mientras me quitaba la ropa y me tumbaba en la generosa cama de Carmen- Mañana te explico todo. Ahora déjame dormir un ratito…

- No, si no te va hacer falta contar nada, guapa. Ya nos lo has contado todo, y con toditos los detalles… ¿Sabes una cosa, Nuri? Tuve que luchar con todas ellas para ser yo la que te llevara a mi casa. Sobretodo con Susana. Se puso tan pesada que casi discuto con ella.

- Claro, claro- Contestaba yo en el limbo, rodeada de nubes, sonrisas estúpidas, y la neblina más atrayente.

NUESTRO NUSHU

CARMEN, DESHACIENDO ENTUERTOS

-“… ¡Ay que dolor, ay que dolor, ay que dolooooooor!”

Poco a poco fui abriendo los ojos. La música martilleaba mis tímpanos. Los chunguitos espoleaban palmas y jaleos a las diez de la mañana como si fueran las diez de la noche. A pleno pulmón, el jolgorio consiguió que me levantara y me dirigiera al baño “entusiasmada” con sus alegrías.

- “Hiciste la maleta…”- Me vi obligada a restablecer mi ubicación. Había pasado la noche, o mejor, la madrugada durmiendo en casa de Carmen. Esta consiguió traerme a su casa tras una borrachera. La primera en mi vida. Tampoco estaba mal. Aunque odiara el alcohol, por razones conocidas y no tan conocidas, a veces no resulta tan catastrófico desmandarse-“… Ay, sin decirme adiós…”- ¿Cómo era posible que los vecinos no la llamaran la atención?, me interrogaba lavándome la cara, restregando a conciencia el “desastre” en el que se había convertido mi rostro.

En el pasillo me encontré con Javi. El niño me guiñó un ojo y yo le devolví el saludo revolviéndole el flequillo.

- ¿Qué tal Nuria? ¿Has dormido bien?

- Si, hijo, muy bien. ¿Y tu madre, dónde anda?

- En la cocina. Sigue el rastro de la música y la encontrarás.

-“…Con tus amigas a la discoteca, te vas los domingos…”- La camiseta que Carmen me había dejado me sentaba como un puñetazo en pleno ojo. Entraban en ella tres Nuris, sin exagerar- ¿Carmen…?- Llamé suavemente, asomando la cabeza tímidamente por el dintel de la puerta. Claro, con el escándalo ella de espaldas, no me escuchó- ¡Carmen!- Grité.

- Nuri…- Se giró con una sonrisa de oreja a oreja- Buenos días.

Yo me senté desplomándome en la silla como si una noche de juerga me dejase más cansada que una noche de guardia en el hospital.

- ¿Un cafecito?- Invitó generosa.

- Si, por favor. Estoy que no me tengo en pie.

- Ja, ja, ja. Te creo.

- ¿Se me ve muy mal?

- No, peor.

Me gustaba la casa de Carmen. Se respiraba cierto aire de familiaridad. Aunque el caos se palpara por todos los rincones y la limpieza brillara por su ausencia, el calor y el afecto reinaban a sus anchas. Y la música con sus palmas, rumbera y rumbosa, vivaracha; casi se me iban los pies sin querer siguiendo su compás.

“…Dime gitana, que te ha pasao, lerelerele, que los ojitos tienes enamoraos, lerelerle…”

- Oye, ¿Te importaría bajar la música?

- No, claro- Y bajó el volumen. Gracias a Dios, suspiré físicamente aliviada- Aquí tienes. Tómatelo calentito…

- Gracias.

Ella se sentó conmigo. La cocina, era cierto, pareció otra con los Chunguitos a media voz. El pájaro en su primorosa jaula verde, dejó de trinar y yo me sentí culpable de ser la causante de tan mustio panorama.

- ¿Qué tal, mejor?

- Gloria bendita- Afirmé paladeando con gusto.

- Sigo pensando en lo que nos contaste anoche ¡Que fuerte, Nuri! Y tan callado que lo tenías.

Mi mente procesó. Mi mente dejó de hacerlo al verificar ciertos hechos de la noche en cuestión. Bocachanclas, apareció y mis interlocutoras debieron de pasar la noche más dadivosa que se recuerdan en los anales de la historia del cotilleo.
La tempestad, turbó mi calma mañanera. Sólo pensarlo me entraban unas terribles ganas de meterme en mi casa, descolgar el teléfono y no volver a verlas en mi vida. Imposible, razoné observando a Carmen. Sus ojazos negros, penetrantes y festivos se subían al tren de la canción siguiente.

“…Dame veneno que quiero morir. Dame veneno…”

Intuí que como cualquier hembra que se precie, no se cansaría de rebuscar en el amplio baúl de los detalles. Algo olvidado, un pequeño retazo, un detalle que quizás quedara por rescatar y que las demás ignoraran.

Distraída miré hacia otro lado. Sobre una de las sillas un libro descansaba, puede que un poco cansado de tanta “sobadura”. Las tapas manoseadas hasta lo indecible, presumían ser las más vistas de toda la literatura de aquella casa.

- Vaya, sigues leyéndolo- Expresé indicándolo con la mirada.

-Anda, pues claro.

- El señor Gala tendría que tener alguna atención contigo…

- ¡Que rica eres Nuri!

- Tú si que eres rica ¿Cuántas veces te has leído “La pasión turca”?

- ¡Yo que sé! Chiquicientas…

Ella se levantó y cogió el libro. Volviendo a sentarse, palmeando sobre el, comentó:

- Esto si es locura ¿Lo has leído?- Yo negué con la cabeza dando unos sorbitos al café- Una pasada, Nuri.

Aquello me dio pie a preguntar.

- ¿Qué pasó con lo tuyo?

Yo miré a mis espaldas cerciorándome de que el adolescente no se encontrara detrás de mí.

- ¿Qué mío?

- Lo del padre y el hijo.

- Ah, – Lentamente colocó el libro sobre la mesa- Nada.

- ¿Nada? No me lo creo. Algo tuvo que pasar… ¿Les distes los aparatitos?

- Si, claro. A los dos…

Los chunguitos volvían con su ritmo.

“Si me das a elegir, entre tú y la riqueza…”

- …Juntos…

“ … Me quedo contigo”

- ¿Juntos?- Casi grité.

- Si- Carmen se levantó y colocó su taza en el fregadero. Luego se volvió regalándome una de sus graciosas sonrisas.

- A los dos, Nuri…Ya sé lo que me vas a decir…. Me cansé de jugar.

- ¿Te cansaste de jugar?

- Si. Me cansé. Los llamé por teléfono por separado para quedar. Cuando se vieron se quedaron más pasmaos…

- ¿Pero cómo se te ocurrió algo semejante?

- Pues ya sabes como soy. Cuando tengo un impulso, lo sigo.

- Sigue.

Carmen se sentó encantada de continuar. Yo no me preguntaba nada. Escuchaba, nada más.

- Imagina sus caras cuando me vieron. Yo que me voy, muy ufana. Tan mona que me puse. Con mi falda color lila… ¿Sabes la que te digo?- Yo asentía loca por saber- Y mi camiseta blanca de tirantes. Me puse la sombra de ojos…

- Olvida los detalles, al grano Carmencita- La apresuré.

- Pues eso, Nuri, bien guapetona que me presenté. Y ya estaban los dos allí, en la misma cafetería y sin haberse visto. Primero me acerqué al chaval y le dije que me acompañara. Cuando llegamos a la mesa del padre… ¡Lo que hubieras dado por ver sus caras!… Entonces nos sentamos juntos saqué los dos paquetitos y se los dí a cada uno. El hombre me miraba como alelao, el chico rojo como un tomate. Y voy y les suelto que me ha encantado estar con los dos. Que forman una familia estupenda. Y que aprendí mucho con los ellos. Les dí un beso a ambos en los cachetes y me marché por dónde había venido.

- ¿Y ellos? ¿No te dijeron nada?

- Mudos, Nuri, más mudos que un muerto.

Bajaba las escaleras. Estas crujían. La madera desgastada, pisada por cientos de fieles vecinos y adornadas en los descansillos de maceteros sembrados de unas hortensias preciosas, se quejaban con mis pisotones. Tras los enormes ventanales, el patio interior ofrecía un espectáculo Galdosiano. Prendas de mil colores. Las sábanas y colchas se henchían por una brisa eficiente. Las prendas menores simplemente se mecían al compás de la radio de Carmen. Ahora, Ana Belén modulaba más calmo:

- “No sé por qué te quiero…Será que tienes alma de bolero…”

Alguna vecina, ocupada en tender su colada la seguía, destrozándolo aunque pusiera todo su corazón en el bolero. Otra se la unía. Entre medias, un cotilleo diario.

- ¡Herminiaaaaa!

- Dime, Paca.

- ¡Que la Susi se nos ha embarazao! ¿Qué te parece…?

Terminé de bajar las escaleras como alma que lleva el diablo.

NUESTRO NUSHU

MÁS RARAS QUE UN PERRO VERDE

Mundos tan dispares como el de Sonia y Carmen, como polos opuestos, era muy difícil de encontrar. Desde la personalidad hasta el privativo ecosistema. Desde la apariencia, hasta la quintaesencia de las taxativas ideas. El alter ego, incluso, de cada una, jamás podría toparse en el camino de la otra.
Todas estas cuestiones me asaltaban al llamar a la puerta del apartamento de Sonia. Días atrás, recibí una llamada de Pipa. Los continuos mensajes y las persistentes llamadas de Sonia a mi teléfono, no hacían sino cabrearme. Ni una sola vez se lo cogí, de manera que recurrió a Pipa. La mujer, imagino que solidaria, pero desconociendo completamente las intenciones de Sonia, se puso en contacto conmigo. Como no me apetecía dar explicaciones, sin más la contesté que no se preocupara y que ya la llamaría.
Al escuchar su voz, sentí unas tremendas ganas de vomitar. No dejaba de sorprenderme esta actitud mía en relación con ella ¿Cómo era posible que considerara deslealtad algo que me la traía al fresco? Hice todo lo posible por tragarme mis ganas de mandarla a la mierda y escuché su invitación. Las mujeres, cuando queremos conseguir algo lo conseguimos. Pocas cosas nos frenan.
Y a ella nada la frenó. El ático, tan fatuo como la misma dueña, se alzaba en plena Gran Vía de Madrid. Carísimo, pomposo. Al llamar al telefonillo, me sentí observada. La cámara controlaba todos mis movimientos, más ni así, disimulé y ni una sola sonrisa sobresalió de mis labios. Ella abrió desde el cielo muda ante mi glacial compostura.
Al entrar al portal un penetrante olor a ambientador me rodeó sin escapatoria. El portero, un señor bastante entrado en años y tan cotilla como todos los porteros del planeta salió presuroso a preguntarme dónde iba. No suelo ser tan desagradable, pero todo lo que rodeaba a Sonia me fastidiaba. El pobre hombre me abrió solicito la puerta del ascensor sin conseguir que yo le diera un solo dato de hacía dónde me dirigía.
Las escaleras de mármol, tan discordantes con los humildes peldaños de Carmen posicionaban ya mi ánimo, sugestionando mi conducta mucho antes de que ella me abriera.
Un frío” hola” recibió a lo que quiso ser una sonrisa cálida de bienvenida suya. Al avanzar tras ella por el largo corredor, los cuadros, perfectamente delineados, hermosos, elitistas y circundados por unos muebles carísimos, ya iban poniéndome en antecedentes sobre lo que más tarde encontraría.

- ¿Quieres tomar algo, Nuri?

- No. No quiero tomar nada- Dije sin sentarme siquiera esperando su reacción.

- ¿Por qué no te sientas?

Y me senté.

El sofá de diseño clásico me acogió educadamente. El protocolo demandaba sentarme correctamente tal y como ella lo hacía. Sin cruzar las piernas, juntándolas en las rodillas. Así las cosas hice lo propio. Entrelacé mis piernas y desnuda de sentimientos aguardé aquello tan apremiante que tenía que contarme.

- ¿En serio no quieres tomar nada?

- Estoy aquí por educación. Pero creo que sabes las ganas que tenía de venir. Si no te importa, tengo mucha prisa, así que procura ser breve.

- De antemano, gracias por venir. Imagino como te sientes.

- No creo que imagines nada. Si tuvieras esa capacidad no me habrías llamado, créeme.

- Bueno- Tomó aire y lo expulsó con dificultad- Te he llamado porque necesitaba contarte algo.

- Te advierto que no estoy para muchas confidencias- Corté sin contemplaciones.

- Nuri, no quiero más problemas contigo. Te he llamado para no volver a tenerlos. Si quieres me escuchas y si no, también.

Me gustaba el tono que ahora utilizaba. Prefería la guerra abierta a aquella silenciosa que luego te da en plenos morros sin previo aviso. Ahora era mucho más fácil mirarla y no sentirme escrupulosamente tiquismiquis. Al pan, pan y al vino, vino, me dije adaptándome a mi nueva postura. Como las hembras de cualquier género yo también podría hacer que mi actitud se mostrara en vigilancia ofreciendo a mi contrincante las posibles armas con las que se vería.

- Quiero que tengas bien claro que no tengo nada en contra tuya. Que todo lo que te voy a contar no tiene nada que ver contigo. Que a veces las cosas suceden sin más. Porque tienen que suceder y punto…- Se encendió un cigarrillo completamente serena y prosiguió- Estoy saliendo con Luis. No pido ni tu aprobación ni ningún sermón por tu parte. Soy lo bastante mayorcita como para saber quien es Luis. Cómo se comporta Luis y lo que busca Luis. Eso por una parte. Por otra lo que yo quiero. Y quiero estar con él aunque… Bueno, eso no es asunto tuyo. Luis me contó que fue a buscarte y lo que tú le dijiste. Está yendo a rehabilitación y está consiguiendo no beber. Lleva cuatro meses sin probar el alcohol y para mi es suficiente. Sé que no me llevo ninguna joya. Tampoco me hacen falta ese tipo de joyas…Ya tuve una y tú sabes muy bien las características de la alhaja en cuestión. Pero con Luis es diferente. Mis años no son los de entonces y la claridad de ideas tampoco. Quiero que estés enterada pues entenderé que no quieras nada conmigo. Pero no quiero que pienses que soy desleal. Por encima de todo está mi corazón y este me dicta que aproveche esta oportunidad. Que al menos lo intente y es lo que voy hacer. Voy a luchar por ese hombre. Mis cuarenta años no me van a impedir buscar hijos con él. Como verás voy a poner toda la carne en el asador. Si el quiere hijos, los tendrá. Y si no los quiere haré que su felicidad dependa de mi…Sé lo que hizo contigo. Sé en la clase de individuo que se convirtió con la bebida. Yo le buscaré un motivo para dejarla. Al menos, Nuri, déjame intentarlo sin que los remordimientos me hagan pensar en ti…

Y la entendí. Entendí que por amor una mujer es capaz de humillarse ante otra. O dejar abierta la ventana al batacazo con mayúsculas.

Al resbalar con toda la artillería me quedé desnuda de argumentos. Nada había pensado, ni discursos guardados para rebatir sus manifestaciones, sin embargo lo que menos me esperaba era esta declaración sobre un amor tan ciego.
¿Qué podía decirla? Ni bueno ni malo. Nada.

- Entenderé que cuando salgamos, muy de tarde en tarde y para no tener que dar explicaciones a las demás, disimulemos. No te lo reprocharé.

- Lo tienes todo muy claro.

- Ya lo hice rematadamente mal una vez, no quiero repetirlo.

- ¿Qué tienes de beber por ahí?- Tan asombrada se quedó de mis palabras como yo misma.

- Pues…Nuri, ¿Eso que quiere decir?

- Pues no sé, un vaso de agua, una coca-cola…

- No, no digo eso ¿Me perdonas?

- ¿Perdonarte? Gracias a ti, Sonia, al fin podré quitarme del medio al “pesadito” de Luis. Lo único que espero es que no le cuentes nada de esta conversación. Él no tiene porqué estar enterado ¿De acuerdo?

- También me interesa a mi, no lo dudes- Levantándose aliviada como si se quitara un peso de encima me abrazó con algo de duda. Yo la rodeé, abarcándola sin reparos.

- Nuri, te invito a comer ¿Puedes?

- ¿Qué si puedo…? Estaré encantada.

- Luis no debe saber nunca.

- Nunca lo sabrá. Ni Luis ni las chicas ¿Estamos de acuerdo?

- Estamos de acuerdo.

Difícil de entender incluso para mi misma. Somos raras, raras. Impredecibles, contradictorias, anómalas, paradójicas, geniales, únicas y solas. Solas para sufrir y solas para hacer el ridículo. Para amar y odiar, para sentir o para la indiferencia más absoluta.

NUESTRO NUSHU

COMO TU MUJER…

La peluquería, ese lugar en dónde las mujeres entramos encogidas y salimos más derechas que apaleadas con una vara. Imagino que el concepto que tienen los hombres sobre este establecimiento público dista muy mucho de la magia que a nosotras nos supone. Punto de encuentro de las mejores charlas, los cotilleos amenos y el bolsillo bien preparado para los cambios que puedan surgir. Hay que tener ciertas reglas muy claras cuando necesitamos acudir a ella. La primera y más importante; si tienes cosas que hacer, es mejor posponerlas para otro día. El tiempo, elemento valiosísimo en este mundo que nos ha tocado vivir, entra en una dimensión fuera de toda lógica al poner el pie en ella. Nunca te podrán asegurar la hora de partida. Curioso. Entran en juego factores tan diversos como absurdos. Una permanente que no sube, un tinte que no colora, alguien que se nos cuela y un largo etcétera de argumentos que hacen de la “Pelu” el lugar ideal en dónde las excusas logran cambiar nuestro carácter de manera instantánea.
El vello que crece a su antojo y los tratamientos faciales, nos muestran un amplio abanico de oportunidades a la hora de fijar apósitos.
La morena querrá ser rubia, la pelirroja rubia, la rubia morena. La anciana buscará la comodidad de una permanente de permanencia ilimitada, la joven la transformaciones más radicales. Las de edades intermedias como la mía, la incógnita pues llega un momento en el qué, nos pongamos lo que nos pongamos, nunca nos veremos como en nuestra juventud y el pánico se apodera de nosotras al comprender lo inminente que andamos ya de la senectud. Y si andas cercana, rondando, o ya instalada en ella, la menopausia te ubicará en esa línea disparatada de hormonas que ya olvidaron el rumbo.

Las raíces se exhibían sin pudor alguno en mi cabello. Prestas a dejarme en evidencia, no quedaba más remedio que buscar la solución. Llamé a mi peluquera, el hada madrina que pulía mi cabeza metódica y magistralmente.
Me lavó concienzudamente el cabello al tiempo que masajeaba, con manos expertas, mi cuero cabelludo. Mortal, el masajeo me dejaba tan relajada que incluso cerré los ojos para disfrutar de una cabezadita aún con la peluquería colmadita de mujeres en pleno apogeo parlante. El ruido de los secadores, el ameno parloteo, la radio y los lentos movimientos de mi cuello, me transportaban más allá de los oníricos y celestiales mundos de las fugaces siestas.

Entre el jaleo, una mano que me zarandeaba y unos tremendos bramidos, me sobresaltaron. No se trataba de ninguna desconocida, ni de mi peluquera alertándome sobre el final del masaje. No, se trataba de Pipa. Una Pipa eufórica y locuaz, contraría a la conocida hasta en la vestimenta.

- ¡Nuri!

- ¿Pipa?

- Hola, guapa- Decía dándome dos sonorosos besos en las mejillas- No sabía que venias hoy a la pelu ¡Menuda sorpresa, chica!

- ¿Y tú…?

- Nuria, siéntate aquí- Me pidió la niña encargada de mi cabeza indicándome un sillón frente al espejo, colocándome una toalla a modo de turbante- En un minuto estoy contigo.

Pipa se sentó justo a mi lado.

- No molesto aquí, ¿verdad?- Nadie la contestó y ella se sentó junto a mí- ¿Qué tal va todo…? ¿Bien? No sabes la alegría que me da verte, hija…

Sinceramente, comenzaba a pensar que mi alegría se había esfumado en el mismo instante en que me despertaba con sus sacudidas. Nunca la había visto tan eufórica y mucho menos tan charlatana. Justo reparaba en la metamorfosis de su aspecto físico, cuando un par de codazos más me sacaban de mis casillas.

- ¿Qué, de arreglos? ¿No? Pero si a ti no te hace falta arreglarte nada hija, si parece que tuvieras los treinta ahora…Ji, ji,ji.

¿Qué había de nuevo en Pipa? Recapacité observándola detenidamente. Los zapatos. Estos ya no eran de tacón bajo. La falda marcaba su pompis y aunque su estilo fuese siempre el clásico, la blusa dejaba abierta toda una puerta a la imaginación con el botón que dicen los cánones-si quieres ser atrevida- nunca lleves abrochado. Curioso, pero no sé que haría en la peluquería pues el magnifico moño que rasgaba sus facciones y la sentaba como a una reina, se erguía impoluto como recién implantado.
Ante mi mudo asombro y sin que yo fuese capaz de abrir la boca, me informó.

- Vengo a hacerme las uñas. Vine esta mañana bien temprano para hacerme el recogido. Es que Roberto y yo, nos vamos esta noche a cenar fuera…

- ¿Has vuelto con Roberto?- Alcancé a preguntar en tan minúscula pausa.

- Si. ¡Anda! ¿No me digas que no lo sabías?- Otro codazo- Pues si que estás tu atrasada. Pues si hija, si. Volvimos…

La profesional eficiente, soltó mi toalla y se dispuso a secarme el pelo con el secador. El aire caliente a mi izquierda me impedía mirarla de frente, de esta manera al tiempo en que me observaba en el espejo seguía las palabras de Pipa. Un poco con dificultad, pero las seguía.

- Que quieres. Ya te lo dije. No tenía ninguna intención de volver a dejarlo escapar…

– ¿Y tu madre…?- Indagué sin perderla de vista.

- ¿Mi madre? En una residencia más feliz que nada. Ya tiene hasta amigas Nuri. No puedes ni imaginarte lo feliz que está.

- ¿Y cómo fue lo de…?

- ¿Volver?- Ante mi asentimiento de cabeza, ya por los tirones de pelo, ya por su pregunta, prosiguió.

- Roberto nunca dejó de quererme- Contestó observándose de izquierda a derecha en el espejo ahuecándose el moño- Fue muy romántico Nuri. Mucho…

Parecía una quinceañera hormonalmente hablando. La chica que me peinaba se intuía ausente sino fuera por los continuos empellones que le producía a mi cabeza. El chicle que masticaba daba vueltas y vueltas en su boca como la rueda de un antiguo molino.
-¡Mari!- Vociferó la dueña- ¡Saca a Matilde del secador, coño, que se nos está achicharrando!

- … Mucho- Y se acercó a mi oído para susurrarme-…Te hice caso, Nuri…

- ¡Señora! ¿No ve que la estoy secando el pelo?

- Uy, perdón…

Lady Gaga sonaba con su Bad Romance:

“Oh, oh, oh, oh, oooh…”

- ¿Queeeé…?

- Eso. Que te hice caso ¿Te acuerdas de la conversación que tuvimos…?

- Si, si- Recordé sonriendo al evocarlo- ¿No me digas que…?

- Si, Nuri, Y le tengo más contento que unas Pascuas.

- Pepa…

- Ya voy. Ya te contaré Nuri. Ya te contaré…- Dijo yéndose hacía una de las niñas que la reclamaba para hacerla la manicura.

La niña acabó de peinarme.

- ¿Qué tal, Nuria, te gusta?- Me preguntaba quitándome la batita que te ponen nada más entrar.

“Oh, oh, oh, oh, oooh…”

- Si cielo, me gusta. Me gusta mucho…- La sonreí con dulzura.

NUESTRO NUSHU

PERO SIGO SIENDO EL REY…

Campanilla me sonreía con la mirada, llevándose el tenedor a la boca.

- Nuri, esta lasaña está de muerte- Comentaba con la boca llena- No sé que le pones para que salga tan rica.

- Pues lo que todo el mundo, Pipa- Admití halagada.

- No, hija, no. Te lo digo yo.

Con buen apetito Pipa terminó de paladear el último bocado.
Intrigante, como algunas mujeres se olvidan de la línea. Un año antes me habría dado igual, pero de un tiempo a esta parte tenía que cuidarme lo mío para entrar en mi talla treinta y ocho. En un año había ganado nada menos que una talla. Ahora encajaba en una cuarenta, un pelín holgada, era cierto, pero justo lo suficiente como para tener que comprarme un nuevo vestuario. Comenzaba a inquietarme este extraño ensanchamiento de caderas y la voluptuosidad de unos senos de los que siempre carecí.
Esto modificaba desde mis hábitos- ahora andaba una hora diaria, por prescripción propia- hasta la comida, pasando por beber un litro de agua al día. En fin, cosas de la edad.
A Pipa sin embargo esto le importaba un pimiento dada la voracidad con la que acometía el segundo trozo de lasaña. Relamiéndose de gusto y limpiándose los labios con la servilleta exclamó complacida.

- ¡De vicio, Nuri, de vicio!

- Gracias ¿Hace un cafecito?

- Lo que tú quieras, reina

Preparé la cafetera y mientras esperábamos que subiera el café, entretenidas en recoger los platos me comentó de pasada.

- Nuri, que distinta es mi vida ahora…Y todo gracias a ti.

- No creo que sea para tanto.

- ¿Qué no? Mírame ¿No te parece que he cambiado?

- Si, un cambio increíble. Pero no me refiero a eso. Quiero decir que no sé en que te pude ayudar yo.

- ¿Tú? Tú fuiste quien me abrió los ojos. Tú quien me dio pie a pensar…

-No, Pipa, tú lo tenias ya muy claro- Afirmé mientras echaba el café en las tazas y nos sentábamos.

Con su nueva mirada me recorrió a media sonrisa. En este gesto el misterio buscaba el túnel de salida. Algo guardaba. Algo que ella estaba loca por contar. Y yo por escuchar. La ecuación perfecta.

- Después de la conversación contigo tuve tiempo de reflexionar. No quería volver de la misma manera. Pero tampoco quedarme sin él. De esta forma llegué a una conclusión al preguntarme lo siguiente ¿Qué me diferenciaba de Roberto?- Yo asentía totalmente intrigada- El egoísmo, Nuri, el egoísmo. Después de dejarme tirada como un perro y quitarme hasta la casa, volvía con el rabo entre las piernas en el justo momento en qué la otra despilfarró nuestro dinero. ¡Nuestro! Yo no podía olvidar esto. No se me iba de la cabeza. Roberto se había comportado como un completo egoísta pensando sólo en él. Y seguía pensando en él, en el momento en que me pidió que volviera. Ahora regresaba jurándome su amor. Aunque lo parezca, yo no soy tan tonta, Nuri- Y se tomó un respiro bebiendo un sorbo de café- Comencé a meditar, a reflexionar, creyendo que me iba a volver loca, porque también estaba lo de mi madre. Aunque te dijera que no me importaba, me mentía a mí misma. Si que me importaba, ella lo que no quería era que yo sufriese otro desengaño con él. Me hiciste ver otro punto de vista ¿Qué fue lo que hizo que Roberto me dejara? Puede que…No, estoy segura, mi represión. La mojigatería y la intransigencia hacía mi misma, me impedían vivir. Esto hizo que Roberto se buscara a otra mujer. No es una disculpa. Si no hubiera pensado en si mismo, habríamos tenido alguna conversación. Algo que me alertase sobre lo que sentía. Cada uno a su manera, nos fuimos distanciando. Así de simple. Entonces se me encendió la lucecita de la comprensión. La claridad de ideas llegó y me sentí increíblemente bien. La casualidad hizo que una amiga de mi madre entrara en una residencia. Estaba tan encantada, que al poco tiempo mi madre ya pensaba en irse con ella. Su pensión le daba de sobra para hacerlo. Y me quedé con la casa Nuri. Ahora era dueña de mi espacio, de todo lo que me rodeaba. Y entre medias, Roberto. Perfecto, me dije. Y utilicé las armas que tú me dijiste…

- ¿Que armas?- Quise saber intrigada.

- Sexualmente pasé a ser activa, si señora. Me costó, para qué te lo voy a negar. Empecé a informarme por revistas y cosas así. Cuando Roberto y yo intimamos, pasó lo que tenía que pasar.

-¡Dios mío, Pipa!

- Si, hija, si. En esta vida o te subes al tren o este te arrolla.

- Pero…Sigo sin entender…

- Muy sencillo. Agarré el toro por los cuernos como se suele decir. Roberto no tuvo más remedio que tragar. Ahora yo imponía mis leyes. No quedaba nada suyo en la casa. Nada. Los chicos hacía tiempo que se independizaron. Estábamos solos. Sin más obligaciones que las que yo misma me impusiera… Roberto comía en mi mano- Decía al recrearse en mirarse las novísimas uñas- Y aceptó mis condiciones sin rechistar.

- ¿Y…?

- En primer lugar: Yo administraría todo el dinero que entrase en casa. Segundo, gastaría lo que me viniese en gana. Por supuesto dejaría de trabajar en la empresa de seguros. Estoy muy mayor ya para levantarme tan temprano. Tercero, en la cama, la que manda, soy yo…

Yo, ya me doblaba de la risa.

NUESTRO NUSHU

TE LLEVO EN EL ALMA…

Que poco hace falta para ser feliz. Para completar la armonía. Para cerrar el círculo y olvidar que un día nos vapulearon sin razón. Las consultas de los psicólogos están llenas de personas insatisfechas con su propio yo, aquel que se esconde continuamente por miedo al ridículo o a una realidad mal interpretada. Nos complicamos la vida intentando buscar soluciones culpando a los demás de todo lo malo que nos acontece ¿No poseemos sinceramente, otras opciones? ¿No somos libres para tomar las decisores correctas? Evidentemente a nuestro alcancen se despliega, generalmente, un amplio abanico de caminos que tomar. Aunque seamos incapaces de verlos.
Pipa comprendió lo absurdo de su camino. Los fuegos de artificio que coronaban todas sus conductas matrimoniales, no la conducían a ningún lado más que a la soledad y el abandono. Tuvo suerte de reconocer su error. De dar marcha atrás y comprender que la vida, a veces, y con un poquito de decisión, podemos cambiarla buscando nuestro propio beneficio.
Los errores ajenos se enjuician divinamente. Pero cuando se trata de los propios, el análisis se transforma en un jeroglífico indescifrable.
Yo en cambio no reflexiono, me muevo por impulsos. Zarandeándome a golpes de momentos, impulsiva, me dejo llevar. No importa hacía dónde ni lo que arrastre en mi camino. Fiel a mis instintos, hasta que no meto la pata hasta el corvejón, no paro.
Es cierto que con Luis fue otro cantar. Ciertamente la “ayudita” de Sonia me brindó la inestimable oportunidad de quitármelo de en medio. Si era verdad, pero al fin y al cabo tuve el valor suficiente como para ponerlo en su sitio, diciéndole de manera radical lo que sentía sin el menor remordimiento.
De pronto, y ya olvidado en el cajón de los recuerdos, apareció aquel fantasma sin sábana, pero fantasma de naturaleza chulesca y desempolvó mis recuerdos con un mensaje en el ordenador.

“Hola Trinity. Desde la tierra de los Samuráis y las Geishas, te mando este pensamiento…Sigues es mi recuerdo cómo la princesa que me enamoró”

-¡Coño!- Exclamé en voz alta. Fue lo único que me salió, juro que del alma.

Como no puedo estarme quietecita. Como soy incapaz de pensar dos veces lo que hago. Como además de todo eso, estaba más aburrida que un caballo de feria, pues eso, que los dedos se me fueron en contestar nada más abrir el sobrecito y leer embobada.

“Hola, mi príncipe, ¿Qué tal te va por ahí?”

¿Mi príncipe? ¿En qué narices estaría pensando para escribir algo semejante?

El príncipe raudo y veloz, y transportado, mágicamente para mí, en la alfombra voladora de las redes cibernéticas, me respondió de forma casi instantánea.

- ¿Tienes Facebook?

Yo me quedé en blanco ¿Qué narices querría decir Facebook? Ante la duda me fui al Google. Un extenso mar de dudas me invadió. Más que mar, yo calificaría de océano a la laguna pedagógica que me envolvía, particularmente, en estos temas.
Al momento pensé en Rosa. Ella tenía en su casa gente joven. Seguramente me sacarían de dudas como lo hicieron cuando me metieron el messenger ese, en el ordenador. Con la pantalla repleta de una información absurda marqué su número de teléfono, ávida de conocimiento.

- ¿Rosa?

- Si…Hola, Nuri, ¿Qué tal?

- Bien ¿Y tú?

- Bien…Tirando.

- Oye, ¿Está en casa alguno de los chicos?

- Si, ¿Porqué?

- Hazme un favor, pregúntale si sabe lo que es un facebu.

- ¿Un qué?

- Un facebu.

- Nuri, hija, no te entiendo.

- Yo tampoco, Rosa, pero tú pregúntaselo por si acaso. Seguro que ellos lo saben.

- Pero…

- Rosa, guapa, pregúntaselo.

- ¡Miri!- Gritó a pleno pulmón sin tener la consideración de tapar el teléfono para que yo no me dejara el tímpano hecho misto- ¡Tú sabes lo que es un facebu…! ¿Era eso, Nuri?

- Si, eso mismo. A ver si le suena.

- Espera, que no la oigo ¡Que no te oigo! ¿Puedes acercarte un poquito, reina? Tengo a la Nuri en el teléfono.

Desde la lejanía escuchaba a la niña de Rosa descojonarse de la risa.

- ¿Se puede saber que te hace tanta gracia?

- Nada, mamá, nada. Con que facebu…Ja, ja, ja ¿Nuria? ¿Estás ahí?

- Si, aquí sigo Miri. Dime…

- ¿Para qué quieres saber tú lo que es un facebu, como dices tú?

- Cosas mías, guapa- Al no tener ni idea de lo que era eso, evité dar más explicaciones, no fuera a ser que el facebu ese, tuviese que ver con cualquier cosa insignificante y andara yo luego de boca en boca y de cachondeo en cachondeo entre los comentarios de gente tan versada como los jóvenes.

- Vale, Nuri, aunque no creo que te sirva de mucho. El facebu- Aquí intercaló otra risita esta vez ahogada por las palabras- Es una red dónde te conectas con amigos…

- ¿Una red?

- Ay, Nuri, por favor, no me hagas reír más- Se desternillaba

- ¿Quieres dejar de reírte? No veo la gracia por ningún lado.

- Es que no sé de qué manera explicártelo… A ver…Tú ya sabes lo que es el menesenger, ¿Verdad?

- Pues claro, a ver si te crees que soy tonta.

- Vale, Pues el facebu, viene a ser lo mismo, pero más actual. Tienes que abrirte una cuenta y…

- Pero, ¿para qué sirve?

- Puedes buscar gente…Por ejemplo, compañeras de colegio, amigos de los que no sepas nada. Puedes colgar tus fotos…

- Ah- Dije rumiando ideas- Ya- No lo entendía muy bien sobretodo ligándolo con la intención de Alex, pero me servía- Vale ¿Y qué necesito para abrirme una cuenta de esas?

- No te preocupes, ya te lo hago yo.

- Si, igual que cuando me hiciste lo del messenger.

- Lo mismo, Nuria. Bueno, te paso con mi madre ¿vale? Ya te llamo para pasarme por tu casa cuando tenga un rato. Hasta luego…

- Adiós Miri y gracias.

- ¿Nuri…?

- Dime, Rosa.

- ¿Ya te lo ha aclarado?

- Si, si. Ya está todo aclarado- Mentí como una bellaca- ¿Y que tal tú?

- Bien, bien…Bueno, no tanto.

- ¿Y eso?

- Ya hablaremos. Aprovecho cuando Miri vaya a verte y me voy con ella.

- ¿Pero es grave?

- No, no te preocupes por nada. Todo va bien, tranquila. Te dejo, Nuri, tengo la comida a medio preparar.

Comencé a enfriarme tras la conversación telefónica y apagué el ordenador con los mensajes de Alex buscándome, como Tesseo, tras el hilo de una Ariadna muy particular.

UN PEQUEÑO PARÉNTESIS

Durante unos días este blog dejará de ser el que era. No sé hasta cuando voy a dejar de asomarme a este gran espacio que hace unos meses creé sin imaginar las satisfacciones que me aportaría. Todos los que por aquí habéis aparecido-absolutamente todos- me habéis demostrado un cariño y un respeto impresionante.
Gracias. Mil gracias a todos. Sólo espero volver muy pronto y retomar a Nuri y su pandilla, pues quedará dormida en el mismo cajón de donde la rescaté para que la conocierais y disfrutarais de sus aventuras y desventuras.
¡Un enorme abrazo para todos! ¡Espero que hasta muy pronto, amigos!

NUESTRO NUSHU

SIN MIEDO

Para mi tranquilidad siempre había disfrutado yo de una vida cómoda y nada complicada. Salvo mis últimos años con Luis, las cosas me habían llegado sin grandes dramas. Mi mundo era un mundo lineal, y cómo el fluir de un río de inmenso caudal, me dejaba llevar sin más emociones que las cotidianas. La libertad que ahora poseía y que siempre me había sido ofrecida por el gran dios destino, la valoraba sin la conciencia de quién se ha visto privado, en algún momento de su vida, de tan valioso tesoro. La palabra esclavitud no sólo contiene una connotación física de argollas en pies y manos. Va más allá de todo esto. La tiranía puede aparecer de mil maneras en nuestro camino. El sino de cada uno, pegado a la suela del zapato a modo de un fastidioso chicle, se abraza a nuestro mundo con una solidez de espanto. Cada uno existimos para algo. Bien carretero, o buey. O tiramos del carro, o somos quienes llevamos las riendas.
Rosa, nunca, que yo supiera, fue del segundo grupo. En su vida, la ruda realidad la había modelado de un barro muy distinto al de todas las demás. Su capacidad para buscar soluciones sobre la marcha la convertían en un toro disfrazado de buey, nada manso con una potencia y una fuerza digna de admiración.
Sin embargo y a pesar de ser consciente de todas sus virtudes, no fui capaz de sospechar la clase de mujer que se escondía tras la apariencia de “Señora de la Montera”, recargada, barroca y de escaparate mundano. Si en la calle pasaba por meretriz de poco pelo, en su casa aquél día, me recibió una Rosa dueña de si misma y capaz de dejar con la boca abierta a cualquier literato de dramas sociales.

- Hola, cielo, ¿Qué tal todo?

- Bien, bien…- Yo me quedé en el pasillo investigando sobre su vestimenta ¿Era un mono de trabajo lo que vestía?

Al momento apareció Miri.

- Hola Nuria.

- Hola, guapa, te he traído el portátil para que no tengas que ir a casa.

- Perfecto. A ver, trae…

Yo se lo entregué. Miri se fue con el y se metió en su habitación. Observé a Rosa con su peluca recogida en una coleta y las manos enfundadas en unos guantes.

- Ven conmigo, Nuri, ¿Te apetece tomar algo?

- Vale, dame lo que tengas.

- ¿Una cervecita?- Invitaba llevándome hasta la cocina, quitándose los guantes y guardándoselos en los bolsillos del pantalón. Se me antojaba un eficiente obrero, técnico y competente a falta del palillo en la boca.

- Vale, pero ya sabes, sin alcohol, que luego me pasa, lo que me pasa.

Al llegar a la cocina reparé en la parte baja del fregadero. El mueble estaba abierto y un tubo curvo, desgastado y roñoso, descansaba tirado en el suelo junto con algunas herramientas.

- ¿Qué te ha pasado?- Quise saber señalando con la mirada.

- Nada, Nuri, cosas que pasan…

- Pues te va a salir por un ojo de la cara. Los fontaneros no regalan nada.

- Por eso lo estoy arreglando yo- Contestó dándome un botellín de cerveza, fresquita, y por supuesto, sin alcohol. Ella echó un largo trago del suyo y nos sentamos frente a frente de cara al estropicio.

- ¿Pero tú entiendes algo de eso?- Pregunté estupefacta.

Rosa se encogió de hombros como si su nueva faceta fuera de lo más natural.

- Claro, hija. No sólo lo hago ¡Me encanta!

- ¡Anda!, no sabía yo eso.

- Pintura, fontanería, madera, electricidad…Todo lo que quieras. Y la verdad, no se me da nada mal.

- Genial- Dije sonriendo- A partir de ahora, cuando tenga un problema te llamaré. Además de ser muy torpe, odio todas esas cosas.

Yo no paraba de mirar detalladamente todo aquel tinglado de material tirado en el suelo. La sorpresa me dejaba completamente pasmada.

- ¿Qué tal todo, Nuri?

- Bien ¿Y tú?

- Jodida.

- ¿Y eso?

- Manuel ha hecho lo que esperaba. Se ha largado con su bombón, sabe Dios dónde.

- ¡Mierda!

- Si, Nuri, una mierda. Estoy buscando curro desesperadamente- Consiguió articular mientras se tomaba otro trago- Espera- Dijo levantándose- Tengo un poquito de jamón por algún lado.

- No hace falta que te molestes…

- Esta cervecita, está pidiendo una tapita, guapa.

Mientras la preparaba, de espaldas a mí, continuó.

- Lo peor es que no sé que buscar. No he trabajado en mi vida. Estoy echando curriculums de esos por todas las empresas de limpieza que encuentro. La Miri, me está ayudando.

- Joroba, si quieres yo puedo contratarte para mi casa- Ofrecí sobre la marcha- No es que me haga mucha falta, pero si lo necesitas, puedes contar conmigo…Además estoy pensando… ¿Qué te parece si lo comento en el hospital? Conozco gente que estaría loca por tener alguien de confianza en su casa… ¿Qué me dices?

- Pues que me viene de perlas, Nurita- Y se volvió con un plato de delicioso jamón y unos trocitos de pan- No sabes cómo te lo agradezco- Sonrió feliz- Eres un sol, de verdad.

- No sé porque no me dijiste nada ¿Hace mucho de…?

- No, una semana, pero ya me lo barruntaba.

- ¿Y tu hermana, lo sabe?- Pregunté sin dejar de mirar las herramientas.

- No, todavía no se lo he contado…Y de momento no quiero que lo sepa ¿Me entiendes?

- No te preocupes, no se lo diré. Pero quizás ella te pueda echar una mano.

- Si, al cuello.

- ¿Qué os pasa a vosotras dos?

- Nada, Nuri…- Y se puso algo tensa- No entiendo su manera de vivir. No sé, no la encajo bien.

- Ya- Asentí con la boca llena.

En ese momento apareció Miri con el portátil.

- Ya lo tienes Nuria.

- Gracias, mona.

- ¡Qué bien os cuidáis!- Exclamó abriendo la nevera y sacando un refresco sentándose con nosotras, dando buena cuenta del jamón.

Advertí la alegre mirada de Miri y pronto comprendí lo lejana que se encontraba del drama. Su gesto era risueño y de sus ojillos limpios brotaba la nitidez de una niña de diecisiete años, cándida y despierta. Su pijama de ositos rosados, proporcionaban a su adolescente figura la fragilidad de una varilla endeble, con un estilo de niña de revista.

- ¿Has hecho los deberes?- Quiso averiguar Rosa

- Si, mamá. He hecho los deberes.

Hasta entonces no me había dado cuenta y pregunté.

- ¿No tenías que estar tú en el Instituto?

- Tiene algo de fiebre y anda con anginas. En una hora- Dijo Rosa mirando el reloj de cocina- Nos vamos al médico.

- Ay, pobre… No sabía…

- No estoy tan mal, Nuria, mi madre exagera.

- A ver, abre la boca.

- Que…

- Ábrela…Así…Tu madre no exagera nada- Al tiempo la toqué la frente. Ardía- Pero nada, nada.

- ¡Que pesaditas sois! Os dejo… Voy a mi cuarto a vestirme…

Rosa se puso los guantes y se tiró al suelo armando todo aquel entramado de tuercas y cañerías que a mí me producía cierta grima solo con mirarlas.

- En un minuto termino esto, Nuri… A ver, como te decía… Esto, es muy sencillo… O trabajo o nos vamos a la mierda… A ver, si- Dijo atornillando la última tuerca. Luego se levantó y abrió el grifo. Este le respondió con una bocanada de agua- Bueno, esto ya está… ¿Otra cervecita?

- No. Además no quiero entretenerte más.

- Otro día charlamos más despacio ¿Vale?

- Si. Ya me llamas cuando sepas algo del trabajo.

- No te apures, enseguida me pongo en marcha con lo tuyo.

Ya afuera, entre la algarabía de los críos y los coches comiéndose literalmente las aceras, eché una última mirada al edificio que acababa de dejar. Rosa se asomaba por la ventana de un cuarto piso sin ascensor con una sonrisa espontánea. La figura se me antojó de un papel quebradizo a punto de salir volando tras una insospechada ráfaga de viento.

NUESTRO NUSHU

UNA BUENA COMPRA

Pereza. Mal asunto. Cuando esto me sucede, la anarquía se apodera de mi ánimo. Las luces y las sombras se entremezclan y la desidia me conduce inevitablemente al caos. Por la tarde Carmen me había llamado. Era imprescindible un cambio de vestuario. Pipa, Aurelia y Susana se mostraron abiertas a la propuesta, las demás, cada una en su universo particular, denegaron la oferta. Yo, aburrida y con necesidades de cambio, decidí unirme al grupo.
Las compras suelen ser la festividad del género femenino por excelencia. Un día para gastar y perder el tiempo entre telas, bolsos, maquillajes, y demás necesidades, imprescindible en nuestro exclusivo club de seres incompletos sin estos señalados momentos.

- Conozco un mercadillo de la muerte…

- No, por favor, Carmen. Yo necesito ropa de verdad, no esos trapos que tú te compras.

Carmen fulminó con la mirada a Susana. Pero, curioso, sus labios se ensanchaban en una sonrisa sin límite. Las demás decidimos obviar a ambas.
Discutiendo sobre el lugar- Sólo Dios sabía lo que opinábamos sinceramente, las unas de las otras- se llegó a la conclusión del centro comercial más conocido de Madrid. Aquél en el que tienes de todo a unos precios en ocasiones excesivos, comparativamente hablando con otros de menos renombre.
Ya al entrar hubo discrepancias en cuanto a gustos. No recuerdo la forma en la que Susana se me pegó como un dispositivo magnético, allá dónde yo fuere. El caso era que la tenía cosidita a mi lado mientras sonreía y me otorgaba para bienes a diestro y siniestro, en cuanto a mi buen gusto y el estilazo que me gastaba- palabras textuales de la susodicha-
Yo renegaba por dentro mientras sobaba esta falda o le sacaba algún defecto a este otro pantalón.

- Mira Nuri, este vestido te sentaría de miedo… ¿Porqué no te lo pruebas?

A duras penas, mantenía la tranquilidad, buscando con la mirada a las “desparecidas en combate”. No entendí la facilidad con la que se habían esfumado sin dejar el más mínimo rastro. Al poco, una voz acudió a mi rescate.

- ¿…Y en verde…? ¿No me diga que no lo tiene en verde?-

- No señora. Sólo tenemos los que ve ahí.

- ¿Sólo en blanco, negro, lila y amarillo…? ¡Valla, mierda!

La dependienta se hizo la sueca.

Yo me acerqué a Carmen más contenta que unas castañuelas.

- ¿Y en la talla cincuenta?

- No señora, de la talla cincuenta no tenemos nada aquí. Si quiere esa talla, tendrá que buscarla en la planta de señoras.

- ¿Y dónde estamos?- Preguntaba a punto de sacar de sus casillas a la pobre dependienta.

- En la planta joven.

Pipa mostró su amplio catálogo de empatía a la pobre muchacha y tirando físicamente de Carmen, se la llevó pretextando la visión de una falda del inconfundible gusto de Carmen.

- ¡Mira que monada de falda, cielo!

Yo me sumé a la caza de la prenda sin intención de disfrutar del evento.

Susana nos siguió a regañadientes.

-¡Arrea! ¡No me lo puedo creer! ¡Mirar que cosa más rebonita, niñas!

La seguimos sin mucha decisión, más bien como el que es arrastrado por una muchedumbre sin destino común.
Entre el caos del momento, me rocé despistada con el hombro de un desconocido.

-¡Hombre, Lucia!

Claro, al no llamarme Lucia, seguí mi camino.

- Oye… ¿No te acuerdas de mi…? Soy Luis.

Ante el nombre, me paré en seco.

- ¿Qué? ¿Te acuerdas ahora…? Te llevé hasta tu casa…

Mis amigas dejaron el entretenimiento de la prenda para saciar su curiosidad.

- ¿Te conozco?- Quise saber sin llegar a recordarle.

- ¿No me digas que te olvidaste de mi? Yo en cambio no he podido olvidar a la chica de las caderas más bonitas de todo Madrid.
Susana se me acercó. Hubiese sacado su espada si aquello hubiera resultado un lance del medioevo y presta a resarcir su honor, luchase por la mujer de sus sueños. Su actitud me hizo reaccionar de forma instantánea.

- Claro que te recuerdo- Dije sin que mi memoria alcanzara a reconocer el dato.

- Te has confundido de mujer, chato, ella no se llama Lucia, sino Nuria- Espetó Susana al confundido gentleman.

El hombre me miró completamente aturdido. Y fue entonces cuando le recordé. Desorientada, le sonreí con amabilidad y algo de nerviosismo. Me importaba un pimiento y no tenía ninguna intención de mantener ningún tipo de conversación con él, pero la conducta de Susana me incomodaba hasta el punto de colgarme de su brazo y largarme de allí cuanto antes.
Sin darme tiempo de reaccionar, Carmen ladeó la cabeza y se acercó a él.

-¿Quién ha dicho que no se llama Lucia? ¡Que despistada eres, Susana! Ella se llama, Nuria Lucia… Por eso el error.

Todas la miramos a punto de soltar una carcajada. Todas, excepto Susana, claro.

-¡Touché!- Susurró Aurelia facilitándome pistas sobre lo que podría imaginar sobre Susana.

- Claro- Asentí almibarada. La Nuria cursi quiso salir de las ruinas de una Nuria más extraviada que Carmen en el centro comercial en el que nos encontrábamos- Es verdad. Todo el mundo me conoce por Nuria, más que por Lucia…Ji, ji, ji- Sonreí estúpida.

- ¿Y qué, de compras?- Dijo el hombre más asentado que yo misma.

- Si. De compras- Perder las riendas de la situación, me incomodaba. Pero no tenía otra ante la pertinaz Susana.

Al momento hice las convenientes presentaciones. Al escuchar el nombre del caballero, hubo miradas de complicidad entre todas.

- Me ha encantado verte de nuevo…

- ¿Comprando algo para su mujer?- Investigó Carmen por su cuenta.

- No…Igual me podéis ayudar. Es el cumpleaños de una sobrina y no sé que comprarle. Había pensado en una camiseta, pero estoy un poco perdido…

Aurelia y Carmen se colgaron de sus brazos respectivamente encantadas con la invitación. El tal Luis me miró suplicando ayuda. Como fuere que me sentía en deuda, aunque él mismo no lo supiera, las retiré suavemente y asentí.

- Estaré encantada de ayudarte.

Pipa me prestó su facultad de amiga sin reservas.

- Nosotras podemos vernos otro día ¿Verdad Nuri…?

- ¿No os importa?

- Claro que no…- Contestaron acordes. Incluida mi “pesadilla”.

Se quedó parada en medio del pasillo entre risitas cómplices, abrigos, chaquetas y pantalones petrificados. Como su gesto. La mirada descansaba glacial sobre la espalda del caballero, que sin necesidad de espada, había sido capaz de liberar a la princesa de su inventado cuento.

Poco a poco la frivolidad del momento se me esfumó por arte de magia. Se me relajó hasta la conciencia y aunque el destinatario de tan acosador nombre, me sonreía como alelado, yo no dejaba de preguntarme que narices iba a hacer ahora y como se suponía que tenía que comportarme.
Cualquiera que fuese mi conducta nacía de una huida y de aquello no podía resultar nada bueno.

Pero… Me equivoqué, como casi siempre. Dando pasos de ciego y a tientas, pasé una deliciosa tarde en compañía de un hombre cabal. Era muy pronto para enjuiciar tan a la ligera, pero salvado el obstáculo del miedo me solté la melena y disfruté como hacía mucho, no recordaba.
Le ayudé no sólo a encontrar la camiseta que buscaba, sino que me entregué, por primera vez en mi vida, a dejarme aconsejar por la opinión de un hombre a elegir vestuario. Algo inaudito en mi persona.
En ningún momento me pregunté que conexión nos mantenía con los ojillos chispeantes, las sonrisas a pedir de boca, y los nervios a flor de piel ante cualquier roce espontáneo.

NUESTRO NUSHU

CON LA MOSCA TRAS LA OREJA

Vivía en mi privativo momento de días y rosas. Decir que era feliz equivalía a decir nada. De pronto y con mis “Lara,Lara” de años, la impaciencia me arrastraba, seduciéndome, arrollando a su paso la tranquilidad de mis muchos años. Parecía una colegiala, una niña abriendo los ojos por primera vez al misterio. Sentía cosquillas en la boca del estómago, un nudo en la garganta, al tiempo en que mis sudorosas manos se frotaban frenéticas, cada vez que hablaba con él por teléfono. Brincaba con su sonido. Y su voz, un matiz a recién estrenar en mi universo, desencadenaba toda una serie de notas inventadas por un fantasioso duende encargado de colocarme en el lado más imposible del precipicio.
No sabía como ni entendía el porqué, lo único tangible eran los minutos que permanecía a su lado. La vorágine y la necesidad de sentir su risa. El buscarme con los ojos. El hacerme sentir importante y única. El creerme la mujer más hermosa de la tierra. Observar sus ojos y vislumbrar en ellos el orgullo, eran mi todo.
Me estaba enamorando de la forma más tonta que imaginara.
Después del día de las compras, nos convertimos en inseparables. Íbamos juntos a todos lados. Luis también me enseñó, o quiso educarme, en la literatura. Suponía un enorme esfuerzo para mi capacidad intelectual, bastante cómoda y holgazana en cuestiones de ese calibre, pero el hombre se entregaba con tanto ahínco y benevolencia, con tanto amor, que yo respondía a todas estas atenciones dejándome los ojos y la memoria-algo desgastadilla ya por los años y el escaso uso- en aquellos mamotretos que me regalaba. Adoctrinándome, me seducía. Mi particular Pigmalión, a su vez, iba enamorándose de la disciplinada alumna, terca y burra como ella sola.
Recuerdo la primera vez que me llevó a la opera. Sentía una enfermiza tirria por la música que no entendía y sin lugar a dudas, esta era una de ellas. Me aburría soberanamente. Ni la clásica, ni el Jazz…En fin, todos esos ritmos que se salen fuera de toda regla coherente. No es que sea muy clasista, pero yo siempre preferí las cosas más sencillitas. Lo que entiendo, lo que entra por mis oídos de manera legible sin más traducciones enrevesadas.
Él me preguntó si alguna vez había visto Otelo. A mí, Otelo me sonaba a celos. Valla usted a saber de dónde habría sacado tal conclusión, únicamente se trataba de un dato escuchado en algún determinado momento de mi vida, inútil y falto de coherencia, pueril sin opciones de valía para mi diario vivir. Disfrutaba con mis carencias, y con una sencilla humildad, digna del más perseverante educador de almas más torpes que una carretera sin asfaltar, me invitó una noche a ponerme menos guapa de lo que era, pues según sus palabras “Vas hacer que hasta el cantante pierda el hilo del libreto”. ¿Libreto? Me cuestionaba yo riendo sin saber de qué me reía.

Al tiempo en que él me explicaba con paciencia de Santo Job- Las luces, las sombras, la puesta en escena. Los personajes, sus incógnitas, y las fascinantes voces que, prestos, íbamos a escuchar- yo me dediqué a lo mío.
Sé- las miradas dicen mucho más que lo que las palabras alcanzan explicar- que andaba embrujado con mi persona. Últimamente- desde que nos conociéramos- iba yo con el guapo subidito. Me arreglaba y maquillaba con más ganas que nuca y cuando una mujer anda enamoradilla, se la ve sexy, encantadora y con una emoción distinta en cada ropa que se ponga. Es decir, que yo estaba en mi punto álgido. En ese momento mágico capaz de trasformar un simple vestido en el más hermoso de los detalles para un cuerpo aún con sus perfectas curvaturas. Sin embargo anda yo más fascinada en buscar comparaciones entre las damas que acudían a tan delicado evento. Algo de especial debían de tener. Algo de único y diferente de nosotras, las mundanas. Sinceramente, no pude apreciar tal diferencia. Eran mujeres normales. Curioso, me comentaba en mi propio parloteo interior. No sé, imagino que el cine nos dota de modelos que en la vida real no tienen nada de particulares. En estas andaba mi persona cuando llegó.
En un primer momento las presentaciones. Me dediqué a observarla. Una vuelta, y otra, y otra más… La música se hizo muda. Y yo solo tuve ojos para ella y sensibilidad para su incansable vuelo. Su ir y venir me tenía obnubilada.
Mientras tanto Otelo, el negro o el turco, andaba a su rollo. Yago, pérfido y odioso, andando de allá para acá con un mugriento pañuelo, rozando lo escatológico, y al que hubiese asesinado con mis propias manos por embustero y cotilla…Otelo, enfermo de celos…Y la gorda aquella, pegando esos gritos de muerte…Y Luis susurrándome al oído quién era éste y aquél…Y yo con ella. Embrujada…
De pronto Luis se percató de su presencia y allí acabó nuestra amistad. Justo en el momento en el que Luis la aplastó, conscientemente, con el programa de la obra en pleno ronroneo, al posarse sobre una de sus rodillas.
La pobre se quedó aplastada sobre el papel que “mi hombre” dobló cuidadosamente, dejando un surco negrísimo y nada artístico.
“RIP” Oré en silencio. Amén, por el último acto de una mosca.
Reconozco sinceramente, que no me enteré de la misa, la mitad. Celos había pensado yo. Celos y poca consideración por un insecto mundano y tan poco correcto en un evento extremadamente delicado y repleto de glamour.

- ¿Te ha gustado?

- Pues…

- ¿Si…?- Quiso saber con toda la ternura del mundo.

- Pues, que no lo entendí- Me sinceré-

- No importa. Tendremos que empezar con algo más divertido.

- ¡Vale!- Dije emocionada por su infinita condescendencia- ¿Qué te parece Bisbal? El mes que viene tiene concierto aquí en Madrid… ¿Qué te parece?

Luis me miró raro. No supe explicarme su media sonrisa y el sonoro beso que me pegó en mis radiantes y rojos labios.

SIEMPRE QUISO SER COMO ALICIA

He aquí una nueva historia para no cansar a mis lectores del Nushu. Este cuento fue escrito hace muchos, muchos años para la que ya todos conocéis: YAIZA.

Siempre quiso ser como Alicia. Adoraba el viejo cuento, aquel que mezclaba locura con inocencia y fábula. Sueños que se guardaron un día en el baúl que la abuela conservaba en la buhardilla. A Yaiza le encantaba subir y trajinar entre tantas cosas, inservibles o no. Fotos en color sepia por el paso del tiempo. Lanas increíblemente nuevas protegidas en papel de cebolla, para que no se desgastaran. Joyitas, de cuando la abuela Ángela era una cría; anillitos diminutos de cientos de colores. Pulseras, ya negras, pero de dibujos tan seductores como curiosos. Gargantillas que pesaban casi como Yaiza; decía su madre en los momentos que juntas curioseaban y se los ponían jugando a ser damas de alto copete; como lo fue la abuela en sus años de juventud.
…Hilos para trabajar el encaje. La casa de juguete que un día el abuelo construyó para la mamá de Yaiza cuando nació. Con sus, casi microscópicos utensilios, propios de un hogar de verdad. Con aquellas sabanitas y colchas para las camas en tonos azules y fucsias. Lamparitas de un material llamado cromo (mamá le explicó que el cromo era un material muy resistente al paso del tiempo)…Figuritas de cristal en la vajilla, la plancha de hierro, las sillitas de madera oscura…Y los muñecos, suaves y tenues, casi etéreos, delicadísimos al tacto. Toda una familia: El papá y la mamá con los dos pequeños.
A Yaiza le daba un poco miedo tocarlos por si se rompían y de vez en cuando los sacaba de sus estuches; simplemente para contemplarlos y disfrutar de la perfección y el amor con que fueron construidos.

Entre todo aquel batí burrillo de cosas, lo que más le interesaba eran los cuentos. Las portadas, preservadas del polvo por un papel especial, mostraban unas imágenes de ensueño. El príncipe llevando a su princesa a lomos de un caballo blanco, adornados en tonos arabescos, y con un colorido tal, que al verlos cualquiera se dejaba llevar por una historia tan seductora, tan solo con ver las imágenes. Las caras, en unos casos angulosas y en otros finísimas; evocaban la ternura de unos cuentos hechos para hacer volar la imaginación.
Pero entre todos ellos, uno: “Alicia en el País de las maravillas” el titulo era ya de por si, tan seductor como la portada. En ella podía contemplarse al señor sombrerero, de figura escuálida y con gesto irónico y malicioso, gesticulando y dando unas extrañas explicaciones a su amiga la liebre de orejas tan alargadas y expresión tan intrigante, como la misma del señor sombrerero. Un poco más alejados de ellos y de píe, tras la mesa de la merienda, una Alicia un poco cansada y aturdida por la conversación enrevesada de ambos personajes. El cabello recogido hacía atrás, pero sin tirantez, con la raya en medio, para darla más inocencia en sus rasgos. El vestido, rememoraba los años veinte; es decir en la época en que debió de ser escrito. Por lo que, Yaiza, en su corto entendimiento, intuía que aquel libro que retenían sus manos trémulas, casi tímidas para no desmembrarlo, debía de ser una joya en su género.
Sentada en el suelo y al tiempo que un rayo de sol entraba por el tragaluz, dejaba volar su mente, conjugando palabras ya sabidas y frases familiares…”Llego tarde, llego tarde…” “cómeme, bébeme”… Y el naipe, y la reina, el conejo, la oruga fumadora, el gato…Y tantos personajes que la mostraban un mundo de diferentes tonalidades.
Ella sabía muy bien que la realidad era otra cosa. Pero su realidad tampoco tenía límites, tal y como escribió el autor de aquel precioso libro. Resultaba enigmático, pues aunque aún era muy niña, comprendía que el otro lado de las cosas se verían con solo mirarlas dos veces.
Resultaban intrigantes y apetecibles para una mente tan despierta como la suya; los juegos de palabras, las paradojas, el absurdo de las situaciones. Algo así como muchos juegos dentro de un juego. Un rompecabezas en el que las piezas no eran lo que parecían. Uno tenía que averiguar, poniendo interés y mucha intuición; cual era la verdad de cada momento. A veces, lo leía, creyendo que era un libro nuevo. Es decir, que cada momento le descubría una nueva faceta tan estimulante y sabía, como la anterior.

Aquella tarde mamá la había dejado sola. Subió al desván con pasos rápidos y seguros. Mamá no tardaría en llegar, había dicho al tiempo que le preparaba la merienda_ ¿Seguro que quieres quedarte?_ Le había preguntado recelosa_ No voy a tardar nada, pero no me gusta que te quedes sola.

_ No te preocupes, ya soy mayor. No va a pasarme nada. Y se llamar por teléfono. ¡Ya soy mayor, mamá, para que te preocupes de esa manera!

Mientras leía, una pluma blanca entró. Se posó ligera sobre su hombro. Yaiza leyó, como todas las veces que lo hacía, imaginando cada fragmento del libro, pasando de la emoción a la risa, según la aventura de cada capítulo.

Pasó una semana. Todos los días tenía que leer un capítulo entero de Alicia. Sin que se diera cuenta; todas aquellas tardes, una pluma blanca se posaba en su hombro. Hasta que dejaba de leer. Luego, desparecía tan misteriosamente como había llegado.

NUESTRO NUSHU

ACTO FINAL. EN DÓNDE SE CUENTA COMO LAS MUJERES SÓLO SON PERSONAS.

La vida y la muerte equidistantes confiscadas, en el mismo aliento del espíritu. Me enseñó Luis, éste, el de ahora no el del desvarío, un hermoso poema del que rescato el siguiente fragmento: “Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar…” Antonio Machado se infiltró en mi corazón un día de penas para olvidar. O quizás no. Quizás el olvido es imposible cuando se ha crecido y vivido tan cercano al cataclismo. Entonces es imposible olvidar que se ha vivido. Imposible subsanar errores. Vienen solos, clandestinamente tortuosos y sibilinos buscando su porción de gloria. Nada bendita. Vencida y con hambre de podredumbre. La putrefacción corrompida y siniestra, alimenta gusanos endiosados y carroñeros destruyendo, a su paso, cualquier atisbo antiséptico.
Manuel se nos fue lentamente. Como si le costase un esfuerzo sobrehumano traspasar la póstuma frontera. Día a día, labrando el barbecho, cultivó su propia tumba. A pedacitos de ternura, a costa de su propio sueño.
A medio año de sus cuarenta primaveras, deslizó suavemente el exquisito bramante que le ataba a la vida.
Nunca vi una Arancha más entera. Nunca una mujer de un temple como el suyo ante una muerte tan grosera. Su propio hijo, apenas crecido en sus quince años, no la soltó la mano ni cuando le entregaron las cenizas del pobre Manuel en una urna de color opaco, disimulando toda una existencia. Polvo. Barro. Nada.
El chiquillo, con su entereza bien entera, no la quitaba ojo de encima. Nosotras, las que siempre discutíamos reíamos y nos abrazábamos por cualquier nadería, nos habíamos convertido en estatuas de cera, estáticas y más hermanadas que nunca. Los ensangrentados ojos de Arancha poseían el peor de los lutos. La orfandad del hijo que adoraba a su padre. El dolor que el vientre anidó para dar cobijo a quién más se ama. Una a una, enfilamos el camino del abrazo, de la frase insípida, cuando ya no hay frases ni palabras que alivien el calvario.
¿Qué se suele decir en estos casos? “Lo siento” “Te acompaño en el sentimiento…” ¿Quién dictó tales palabras para el duelo? ¿Quién las identificó para despedir a los muertos? ¿Y quién amortajó su pena, por primera vez, con tan lacónicas frases? Yo, solo supe abrazarla. Ni una sola palabra me salió de los labios. Solo un abrazo, casi trémulo por el desconcierto.
Entre el dantesco espectáculo en el que se convierte todo funeral, mis dos Luises se encontraron frente a frente. El antiguo, resplandeciente y desconocidamente sereno, me miró con ternura. Maldije sus ojos inyectados de un amor tan grande y tenaz. A su lado, una Sonia hermosa y femenina le arropaba con mimo cogida de su mano. Sólo yo sabía que las lágrimas de mi ex marido no contenían la pena del duelo por Manuel. Aunque lo conociera mucho tiempo atrás, aunque viviéramos una juventud paralela, aunque su roce de “colegas puntuales”, le machacase como persona, por encima de cualquier otra cosa sobresalía el hombre. Y el hombre, contemplándome, me comía con la vista, con un hambre tan voraz como insaciable. Me alegré de que Sonia estuviera a su lado. De que le amase de forma que su existencia, aplacase mi ausencia, aunque fuese tan sutil y a fuerza de constancia. Sé que la paciencia era una de sus mejores virtudes y quizás no lograra nunca que Luis la amara como un hombre debe de amar a una mujer. En cambio sostendría el mejor andamiaje para estos casos. El amor. Su amor por él. El mismo que Luis me había ido desposeyendo de a poquito cada vez que sus enfermizos celos rayaban la esquizofrenia.
Se acercó hasta mí y quiso abrazarme en un acto de total descontrol, pero Sonia, observadora, derrotó la tentativa serena y firme. Yo desvié la mirada hacía mi flamante y querido Luis. Entendiendo la escena, me pasó el brazo por los hombros sin más frases ni dudas. Hubieran sobrado. Cualquier cosa en ese momento, habría estado de más.
En cambio y para mostrarla mi aprobación me acerqué hasta mi amiga y la dí un par de sonoros besos en ambas mejillas. Sonia ya no contuvo el llanto y las lágrimas se fundieron entre la pena de Arancha y mi gesto.
Aurelia sacó un sencillo rosario de su bolso y en silencio, moviendo los labios en callada letanía, rezó de memoria, una larga plegaria.
Pipa se acercó a su lado y la acompañó siguiendo la estela gestual.
Carmen, increíblemente para todas, fue la tercera. Más guapa que nunca, más hembra que ninguna, más sentidamente humana que en toda su vida, se abrazó por la cintura a ambas.
Sonia se disculpó ante Luis y aceptó de buena gana ser la cuarta.
Susana y Rosa- sin maquillar y con una falda de longitud correcta y una blusa con sus botones donde deben estar- avanzaron unos pasos hasta alcanzarlas.
Yo advertí con la mirada a mi nuevo Luis. El hombre me empujó hasta ellas. Mi ateísmo no me impidió este gesto.
Arancha nos miró embobada. Fuera de su dolor, una sonrisa se dibujó en los surcos que laceraban sus lágrimas.

FIN

SIEMPRE QUISO SER COMO ALICIA

UNA TERRIBLE ENFERMEDAD LLAMADA PAMPLINAS

Una tarde dejó de leer. Un fuerte catarro la tuvo en cama. Su madre la traía tazas de leche caliente que ella apenas podía tragar. La arropaba tiernamente y salía de la habitación. Yaiza solo quería dormir.
Llevaba así tres días. Hasta que, al cuarto; llegó la abuela.

_ Bueno ¿se puede saber qué pasa aquí?

La niña asomó tímidamente sus ojillos por el edredón. Tenía unas ojeras suavemente perfiladas en un violeta tan delicado, que la conferían un aspecto frágil y quebradizo.

_ Abuela, me encuentro mal. Me duele mucho la cabeza.

_ Tonterías_ Le dijo al tiempo que abría las ventanas y un viento gélido entraba instalándose a sus anchas en el dormitorio.

_ Esto está muy cerrado ¡Hace falta que entre el señor aire y refresque un poco esto!

_ Abuela_ Protestó débilmente Yaiza_ Tengo frío…Mamá…

_ ¿Qué pasa con mamá? ¿Tiene ella que enterarse de todo?

Yaiza pensó que la abuela se estaba comportando de una forma un poco rara.

_ A ver, señor aire, dígame, ¿tiene usted frío?

Yaiza abrió los ojos como platos.

El viento, ronco, atronó desde algún lado:

_ ¡Por supuesto que no, abuela!

_ ¿Ves? Y de esto el señor aire, sabe mucho. Vamos a ver dígame: ¿sabe usted mucho de aires, señor aire?

_ Hombre, ya ve usted a quien se lo pregunta.

_ ¿Ves?_ Y la abuela movía mucho las manos, haciendo tantos gestos que Yaiza apenas podía seguirlos_ ¿Cómo es posible que pongas en duda lo que te dice tu abuela?

De repente Yaiza comprobó que ya no le dolía la cabeza. La verdad es que se sentía divinamente bien.

_ A ver, ¿dónde hay un termómetro? Voy a demostrarte que estas estupendamente y que solo tienes pamplinas…

Yaiza asomó lentamente su cabecita dejándola al descubierto.

La abuela sacó de su bolso un aparato muy extraño y se lo acercó a Yaiza a la nariz.

_ Respira, niña…_ del fantástico artilugio salió una voz chillona y estridente_ ¡No tiene nada, abuela! ¡No tiene nada!… Si, un momento; ya sé: ¡Pamplinas! Eso tiene, abuela, pamplinas y muy gordas, por cierto.

Yaiza sacudió la cabeza completamente aturdida.

_ Abuela_ Volvió a querer protestar_ Abuela ¿Qué te está pasando? ¿Y eso que es?…

_ Venga, niña, déjate de tontadas. Voy a prepararte un caldo bien frío que te quitará esa pamplina. Ya sé que es muy molesta. Cuando yo era pequeña, me daban muy a menudo. Son bastante complicadas de erradicar, pero yo sé como lo vamos a conseguir…

Se disponía a abrir de nuevo su bolso cuando la puerta del dormitorio se abrió de nuevo. Su profesora de matemáticas entraba, con un ademán estirado y como siempre, educativo al máximo.

_ ¿Qué pasa Yaiza? ¿No quieres ir a clase? Ya me han dicho el tres y el cuatro, que llevas dos semanas sin aparecer por el colegio ¿Creías que no me iba a enterar? Para eso tengo al tres y al cuatro…El siete, como siempre, haciendo de abogado del diablo, escondiendo tus trastadas. Menos mal que tengo al tres y al cuatro…Hola abuela, dígame ¿qué tiene Yaiza?

_ ¡Señorita Paloma!…

_ ¡Cállate, niña!_ Le ordenó la abuela_ Venga que se lo diga_ Yaiza pensó que lo que quiera que fuese, se lo iba a decir bajito, muy cerca del oído. Pero se equivocaba. La abuela dio unos gritos tremendos al dirigirse a la profesora:

_ ¡Esta muy grave, tiene pamplinas!

La profesora de yaiza se escandalizó. Su tez, blanca, casi de porcelana; enrojeció superlativamente.

_ ¡Pamplinas!

_ Como se lo digo.

_ Habrá que hacer algo Usted tiene más experiencia ¿Qué se puede hacer?

_ Tendremos que llamar a mi esposo_ Dijo la abuela poniéndose trascendente.

Yaiza se alegró. El abuelo era mucho más serio y pondría orden en todo aquel lío.
Pero sucedió algo tan extraño como todo lo anterior. La abuela, por tercera vez, introdujo la mano en su bolso y durante un buen rato estuvo rebuscando en el. La señorita Paloma, a su vez, no paraba de dar vueltas y más vueltas por la habitación sin parar de frotarse las manos, como si se hallara muy nerviosa. Por fin, sacó lo que parecía estar buscando y con gesto serio comenzó a hablar:

– Quiero hablar inmediatamente con mi esposo- Reclamó a través de un círculo de pasta con un agarrador. Yaiza pensó que era como un espejo de mano, sin cristal. La abuela, bien se lo colocaba en el oído como si escuchara, o en la boca; como si hablara por teléfono.

-… Le he dicho, que quiero hablar con mi esposo. Cuando se entere de que me ha tenido tanto rato esperando; se le va a caer el pelo, caballero.

– ¿Qué sucede, abuela?

– Este mamarracho- Contestó ella volviendo la cabeza en dirección a la señorita Paloma, que ahora se paraba, cada vez más excitada, para preguntar a la abuela- Que parece que no sabe con quién está hablando.

– Rodolfo…Mira, tienes que venir inmediatamente. Yaiza ha cogido unas pamplinas impresionantes…Si, claro, es lo que yo pensé…Bueno. Está bien. Adiós…

- Abuela ¿va a venir el abuelo a verme?

- Claro que si, cielo. Y no te preocupes por nada. Él sabrá como arreglarlo todo.

– “365” dijo que el abuelo ganó su última batalla en “Maravillas” ¿Es eso cierto, abuela?

Alicia miró con interés a la señorita Paloma intentando comprender que era lo que preguntaba.
La abuela se sentó en el butacón y con los brazos cruzados asintió:

– Así es, señorita Paloma. Y no es por que lo diga yo, pero realmente fue así. Su arte como estratega es indiscutible… En este reino, y en muchos más.

– Vaya, había oído hablar mucho de “Maravillas” pero nunca imaginé tal magnitud en cuestiones de estrategia militar. Creo que sus decisiones fueron óptimas en todo momento. Tan acertadas, que gracias a ello se pudo asediar el reino de “Maravillas” sin que ni uno solo de sus habitantes dejase de aclamar a nuestros reyes. Cuentan por ahí- Y la señorita Paloma adoptó un aire confidencial al dirigirse a Yaiza- que la cifra de bromas se multiplicó por cientos. Eso, cuentan, que yo no lo sé, claro. Además esta lo de la danza de los pies…

Aquí la abuela se estiró toda orgullosa al responder, no sin cierto orgullo:

– Ya sabe usted que la gente habla mucho, señorita Paloma. La gente por hablar, es capaz, hasta de quedarse muda.

– Si, si, que me va a contar a mi. Si yo le hablase de lo parlanchina que es la gente…

Y comenzó a hablar de manera tan vertiginosa que Yaiza se asustó de veras. Su tono era tan excesivamente alto y locuaz, que por mucho empeño que puso; fue incapaz de retener nada.

De pronto, unos golpes sobresaltaron a Yaiza. No estaba muy segura, pero parecían provenir del armario.

– ¡Quieren abrirme de una vez! ¡Les ordeno que abran esta puerta, ahora mismo!

– ¡Rodolfo! Es él, señorita Paloma, abra ahora mismo la puerta, por favor.

La señorita Paloma se dirigió al armario y lo abrió.
Yaiza no supo de qué asombrarse más, si de la extraña aparición del abuelo o de su indumentaria.
Resultaba increíblemente espectacular verlo vestido de aquella manera, con aquel grandioso casco plateado al cual le sobresalían un manojo de plumas bien estiradas. El traje de milicias, de algún siglo que Yaiza solo reconocía por antiguos libros de su padre, le sentaba que ni pintado. Realmente parecía estar hecho a su medida. La espada que le colgaba del cinto resplandecía a medida que el abuelo se movía de un lado a otro. El bombacho de los pantalones y la pulcritud en las brillantes botas de montar, mostraban lo majestuoso de su arrogante gallardía.

Ambas, la señorita Paloma y la abuela, mostraron su alegría y algo de respeto al contemplar sus andares dirigidos hacía la cama de la niña.

– ¿Dónde está mi niña? – Dijo al acercarse y coger su mano con ternura- ¿Qué le pasa a mi princesa? ¿Te pusiste enferma, criatura? ¿Cómo cogiste esas pamplinas, niña? Cuéntaselo al abuelo, dime…

– Abuelo, ¿eres tú de verdad?

– Claro, que si – Dijo sonriendo volviendo la cabeza en dirección a las dos mujeres

– Es la fiebre…Por eso no me reconoce…Ada ¿le diste ya algo para la calentura?

– Estaba esperándote, Rodolfo.

Y le miró de forma tan intrigante que Yaiza se asustó.

– Quería consultar algo contigo…

El abuelo se levantó de la cama, no sin antes besar en la mano a su nieta.

– Dime, Ada, ¿Qué es eso que me tienes que consultar?

De nuevo, la abuela, como sucedió con la señorita Paloma, se puso a dar voces.

– ¡Tiene unas pamplinas tan grandes que me asusta pensar lo que hay detrás de ellas!

¿Por qué razón gritaba tanto, cuando en realidad lo que quería contar parecía ser un secreto? La niña empezaba a pensar que se habían vuelto locos de remate. Eran como secretos a voces. Verdades para todo aquel que quisiese escucharlas. Sobretodo para el que “no” quisiese escucharlas.
Demasiado complicado para su mente de ocho años, pensó para si.

– ¡Tienes razón!- Gritó él también_ ¡Aquí hay gato encerrado! ¡Hay que mantenerla al margen de todo! ¡No quiero que se asuste!

¿Asustarse? Aquello sonaba de risa, si no fuese porque comenzaba a ponerse mucho más nerviosa y asustada que nunca. ¿Qué podría tener tan maligno para que todos la metieran el miedo en el cuerpo de aquella ridícula manera?

– Me temo que habrá que trasladarla.

Yaiza, totalmente desconcertada, se levantó de la cama.

– Abuelo ¿Qué es lo que está pasando? ¿Por qué vas vestido de esa forma tan rara? ¿Y tú, abuela, por qué te comportas así?

– Es más grave de lo que imaginaba- Dijo el abuelo poniéndose más serio que nunca.

Tomó a la niña entre sus brazos y entró en el armario. Le siguieron, mudas y obedientes; la abuela y la señorita Paloma.

Tras la oscuridad total, una atemorizada Yaiza se desvaneció, al momento en que una pesada neblina los envolvía…

SIEMPRE QUISO SER COMO ALICIA

– …Su afirmación es absurda, caballero. No es ciertamente, ni de lejos, algo en lo que coexista una base científica…

- ¿Usted cree? Es usted el equivocado, perdóneme que le diga. Un caso tan sencillo; y se empeña en darle una importancia que no tiene…

La niña abrió los ojos lentamente.

- ¡Cuidado, está despertando, no tiene que enterarse de lo que tiene! ¡Eso interferiría en la investigación clínica!

Yaiza giró la cabeza. Quien gritaba de esa manera era un niño de cuatro años. Vestía una bata blanca que le arrastraba enormemente y aunque las mangas las llevaba arremangadas, apenas podían sostenerlas sus frágiles bracitos. Las gafas de un aumento desmedido, empequeñecían sus diminutos ojillos. En realidad toda su carita era incapaz de soportar la magnitud de las lentes. El abundante pelo rubio ensortijado, del cual uno de los rizos se obstinaba en meterse en uno de sus ojos, le daba un aspecto angelical, en discordancia con la voz ronca y fuerte, nada a tono con el exterior de su diminuta figura.

Apenas tuvo tiempo de girarse, cuando otra voz la dejó más impresionada que la anterior.

- ¡Lo siento, papá, es culpa mía, pero no te preocupes, yo lo arreglaré!

El timbre de esta otra voz, era tan desagradable, que Yaiza se estremeció. Sin embargo lo que le pareció más increíble fue comprobar que quién se dirigía al niño pequeño y lo llamaba papá, no pasaba de tener la misma edad que el anterior.

- Está bien, hijo. Quedas disculpado, pero no creas que te quedarás sin tu castigo. Saldrás todos los días a jugar al parque con tus amiguitos. Y espero que eso te sirva de escarmiento.

– Lo siento papá, no volverá a suceder…

– Caballeros, siento tener que entrometerme en su conversación, pero la niña…

– Por favor, general, discúlpenos…A ver, niña: ¿Dónde te duele?

Yaiza se asombró de que el pequeño llegase a la altura de la cama tan fácilmente pues esta se hallaba a un nivel considerable.

– ¡No me duele nada!- Protestó Yaiza al borde de la desesperación. Le estaban entrando unas tremendas ganas de llorar ante la impotencia de la situación. Sobre todo al ver a sus abuelos allí tan tranquilos, como si el hecho de que dos niños de cuatro años se comportasen como doctores, fuese lo más natural del mundo.

– No la haga mucho caso- Gritó uno de ellos- ¡Está gravísima! ¡En cualquier momento puede entrar en un sueño irreversible del cual nunca jamás podrá regresar!… Más, es importantísimo que ella no lo sepa…

– Efectivamente, hijo. Estamos totalmente de acuerdo con la tesis. Es la conclusión o disertación más ajustada que he escuchado nunca.

– Gracias papá. Se lo debo a usted…

– Caballeros…- Interrumpió el abuelo de Yaiza algo nervioso- Siento tener que interrumpir, pero…

- Abuelo, quiero irme a casa… ¿Dónde estamos…?

- No te preocupes, niña. Todo va a salir bien- Dijo tomando su mano, besándola dulcemente- Estas en las mejores manos. Son los mejores doctores del reino.

De pronto la habitación se llenó de niños. Fue tal la vorágine, de idas y venidas, que la niña perdió de vista al abuelo.
Mientras una cría de no menos de tres años, regordeta y con una piruleta rosada en la boca la ataba los brazos con una comba verde y blanca a la cama; otra de la misma edad, la masajeaba los pies. La verdad es que la provocaban unas tremendas ganas de reír. Más bien eran cosquillas lo que sentía al contacto de aquellos juguetones deditos.
La tercera, una graciosa pelirroja con un trozo de plastelina pegado en la frente, la tomaba la temperatura con un aparato idéntico al de la abuela.

– ¡Pamplinas! ¡Pamplinas!- Gritaba el aparato con aquella voz estridente y loca.

La niña de la plastelina al tiempo que se reía, lloraba, exactamente igual que los bebes. Con un llanto tan desgarrador, como incansable.

Mientras todo eso sucedía, la puerta del armario se abrió de nuevo. Un niño, empujando una camilla con una enorme caja de colores, entraba. Comenzó a abrirla, como los niños abren paquetes de cumpleaños; de forma nerviosa y apremiante. De ella saltaron montones de golosinas que se esparcieron por todos lados.
La niña que preparaba lo que parecía instrumental clínico, empezó a gritarle. Los “doctores” enfrascados en una discusión absurda daban la espalda a una Yaiza completamente aturdida.
Todos vestían uniformes de hospital y entre tanto jaleo, al pasar de unos a otros; por primera vez desde que saliera del armario, casi sin darte cuenta, descubrió donde se hallaba.
Se trataba de un bosque. Un bosque, repleto de niños pequeños que ya salían detrás de cualquier árbol arrastrando batas, conduciendo ambulancias de su tamaño, enloqueciendo a la niña con sus estridentes alarmas.

– Muy grave…- Dijo la abuela traspasando la puerta del armario.- Debe de estar muy grave para dejarla ingresada…

Y se fue perdiendo tras la oscuridad. La siguieron con caras muy serias, el abuelo y la señorita Paloma. Yaiza no pudo evitar que se marcharan. Sus gritos al llamarlos, se disipaban entre la algarabía de los niños…

SIEMPRE QUISO SER COMO ALICIA

UN VIAJE ALGO ACCIDENTADO

-…Corre, corre, vamos a llegar tarde.

- Si, ya lo sé, pero no puedo hacer más. Este trasto no da más de sí…Si me hubieses dejado un rato más con el mecánico habríamos dado con…

- Deja de hablar tanto y pisa el acelerador. ¡Cuidado! Señor que mujer, cada día está más loca…

- ¿Loca yo? ¡Rayos y centellas lo que hay que oír! Lo que tienes que hacer es centrarte en guiarme como es debido. A este paso nos comeremos todos los árboles del bosque…

- Por cierto… ¿Cómo dijiste que se llamaba?

- Yaiza.

- Que nombre tan raro ¿verdad?

- Si. No se lo digas a nadie, pero yo también pensé lo mismo cuando me enteré.

-¿Y de dónde viene?

-Mujer, pareces tonta, pues no te has enterado de que es la nieta del General…

- No hombre, eso ya lo sé. Pregunto que de dónde viene lo del nombre.

-Ah, no sé. De algún remoto país. Ya sabes, estas gentes de alto rango visitan sitios muy raros.

- Que pena que tenga esa enfermedad. ¿Te acuerdas cuando…?

- …¡Cuidado con ese árbol! ¡Giro a la izquierda! ¡Hay que susto!

- No me pongas más nerviosa de lo que estoy. Además si no paras de hablarme tendremos un accidente; ya lo verás…Por cierto; ¿Te has fijado en lo rarita que parece?

- ¿Rarita? Eso es poco. Siempre me preguntaba como sería la nieta del general. Parecen tan estirados y señoriales, que nunca creí que una nieta suya tuviera el aspecto de esta niña.

- A ti también te parece un poco ida ¿verdad?

- Ya lo creo. Pero debe ser por el cambio climático…

Yaiza comenzó a despertarse. Sus sentidos se avivaron y de la conversación de los dos críos, tan solo, la palabra climático, llegó hasta sus oídos. Dentro hacia un calor insoportable y el traqueteo de aquella destartalada ambulancia la producían unas repulsivas nauseas. Quiso saber quien la transportaba y hacía dónde y al querer incorporarse, un violento giro, la hizo caer de culo en el duro suelo. A trompicones
consiguió descorrer la diminuta ventanita que la separaba del conductor.
Casi se muere del susto. ¡Aquella ambulancia antiquísima la conducía una cría de no más de cinco años! A su lado y vistiendo de forma rara, un niño de cabellos rubios, con cara de velocidad y alucine.
No existía, ni carretera, ni camino alguno. ¡Iban por el mismo bosque! Esquivando, milagrosamente, todos los árboles que encontraban a su paso.

- ¡Ay!

- ¡Se ha despertado!- Gritaron a dúo.

- Corre, corre, hay que llevarla cuanto antes. Tiene cita con la señorita “Mis Fina” y ya sabes como se pone si no se es puntual.

- Es verdad.

- ¡Por favor, parad este chisme! Me voy a romper todos los huesos.

- Anda, que delicadita es la niña.

- ¡A la izquierda!- Gritó el niño- Te vas a quedar sin puntos, ya verás. ¡Cuidado con esa piedra!

- No te preocupes, mira que bien lo hago- Y rodeó el obstáculo de manera increíblemente experta al tiempo que torcía la boca mordiéndose la lengua ante el esfuerzo.

-Además, me importan un pimiento los puntos ¿Te digo yo como tienes que cocinar las judías, cuando no hay marciano que se las coma?

- Deja de meterte con mis judías. De sobra sabes que soy el mejor cocinándolas…

-¿Quiere alguien decirme dónde vamos?- Protestó Yaiza siendo incapaz ya, de incorporarse.

-Esta niña es un poco pesada. Anda entra con ella, a ver si se calla de una vez.

- ¿Y por qué tengo que ir yo?

- ¿Porque soy yo la que conduzco? ¡Hombres! ¡Pero que pocas luces les has dado, Diosito!

- Ya voy, ya voy. ¡Mujeres! ¿Quién las entiende?

Al traqueteo de la vieja y destartalada ambulancia, el niño, dando trompicones; llamó a Yaiza.

- A ver, niña ¿Qué te duele?

- ¡Por fin!, no me duele nada. Yo solo quiero saber a dónde me lleváis… ¿Cómo es posible que dos niños como vosotros seáis capaces de conducir?

- ¿Qué nos pasa? ¿Estamos tarados?

-¡Sois muy pequeños!

- A ¿si? y ¿qué? ¿Quién dice que no podemos conducir? ¿Tú? Pues mira que eres lista niña. Como verás…- Y dejó la frase sin terminar al caerse de rodillas- ¡Quieres hacer el favor de centrarte en la carretera! ¡Me voy a romper todos los huesos! ¿Quieres que te diga una cosa?- Le dijo a Yaiza en voz baja como si se tratase de un secreto- Tienes razón; no sé cómo la dieron el carnet. Ella cree que conduce mejor que yo, pero, y cuidado que no se te escape: eso no es verdad. Parece una gruya loca. Y la verdad, no sé en qué estado llegaremos.

Yaiza pensó que se estaba volviendo loca de remate. Todo aquello era absurdo. La conversación con el crío resultaba de lo más increíble y extraño. Aún así y dado lo surrealista de la situación, quiso saber hacía dónde la llevaban.

- Tenemos órdenes estrictas de llevarte a casa de “Mis Fina”, te espera para tomar una tacita de chocolate. Además…

- ¿Quieres volver?… ¡Creo que nos hemos perdido!

El crío le guiñó un ojo a Yaiza de manera cómplice. Sonrió al tiempo que mudaba la sonrisa para dirigirse a la conductora.

- Vamos a ver- Dijo volviendo al lado de la conductora más rarita que conociera- ¿Qué te ha pasado?

-Había un cartel mal señalizado. Íbamos en dirección correcta, pero indicaba a la izquierda, por obras, y resulta que nos hemos perdido.

- ¿Nos hemos perdido? Vaya, nos hemos perdido…

- Si, nos hemos perdido.

- Pero, Ángel mío ¿Cómo nos vamos a perder con lo buena conductora que eres?

- Déjate de ironías. Eso puede pasarle a cualquiera.

- A cualquiera si. A una experta como tú…

La niña le fulminó con la mirada.

- ¿Sabes?, me estoy cansando un poco de tus tonterías.

- A, ¿si? ¿Y qué vas hacer?

- No sé. Déjame pensar…Puedo elegir entre dejarte sin jugar a los bolos los sábados con tus amigotes, o…_ Al crío le iba cambiando el gesto mientras la niña hablaba- Sin jugar con la consola los viernes después de cenar. Elige.

- ¿Te he dicho alguna vez que no te aguanto?

- No, cariño, nunca me lo has dicho- Contestó suave y delicadamente- Solo trescientas sesenta y cinco veces al año. Pero no te preocupes; yo también te quiero.

Yaiza seguía la conversación a través de la pequeña ventanita que los separaba. No podía recordar en que momento aquella discusión le era familiar. Aún así, se asombró de que dos niños tan pequeños se comportasen como dos adultos… Y de repente lo recordó. Era casi la misma riña que sus padres tenían de vez en cuando. Salvando las distancias en cuestiones de reprimendas, su madre amenazaba a su padre casi de la misma forma. Mama le metía en cintura con cosas como: “Dormirás en el sofá (algo que Yaiza no entendía en qué consistía el castigo) o (graciosa coincidencia) no irás a jugar a los bolos con tus amigotes los sábados.
Para su sorpresa pasaron de la tirantez al afecto en un segundo. Yaiza se preguntaba dónde se había perdido y en qué momento la cosa había cambiado tanto.

-Cariño, mira el mapa.

- Si, mi amor. No te preocupes, ya estamos cerca. Siempre te lo he dicho; eres muy buena conduciendo. Vida, gira hacía la izquierda. Así…Eres un encanto.

La cría sonrió y su carita se dulcificó de tal manera transformándose lentamente en un ángel.

SIEMPRE QUISO SER COMO ALICIA

COSAS VERDADERAMENTE IMPORTANTES

La habían soltado allí sin más. Como si se tratase de algún paquete de máxima entrega y sus preguntas a nadie importarán. Los vio alejarse discutiendo sobre quién debería conducir, al tiempo que otra niña, esta vez de su edad pero vistiendo
de forma fantástica la invitaba a entrar.

-Pasa, pasa y siéntete como en tu casa- Al tiempo que la daba dos besos (era la primera vez, desde que comenzara todo aquel absurdo, que alguien se molestaba en saludarla) – Me llamo “Miss Fina” y tú debes de ser Yaiza, la nieta del general.
Estoy encantada. Es un honor para mí recibir en mi propia casa a una nieta de tal alto
linaje…Sabes, no es muy corriente…¿Un poquito de chocolate?…

Se sentaron alrededor de una diminuta mesita de cristal decorada con un precioso mantel blanco de lino. El juego de tazas era de finísima porcelana con unos dibujos pintados a mano que imaginaban jardines japoneses con todo lujo de detalles.
Al observarla mientras servia el chocolate y su dedo meñique se estiraba hasta el infinito, en un gesto de delicado y refinado porte; reparó en todo su vestuario. Le sorprendía que estando en la casa no se quitase aquel recargado sombrero pareciendo, tanto por su vestido, collares y demás abalorios (que la sentaban divinamente bien) que se hallase en otro punto de la historia. Preparadita para salir a una fiesta de disfraces, pensó Yaiza, tomándoselo como, si así fuera, y siguiendo el juego.

– ¿Te gusta muy caliente o lo prefieres templado?

– Así esta bien, gracias.

-Bueno, ya estamos-Dijo sentándose frente a ella-He mandado al servicio salir esta tarde. Son muy cotillas y no nos dejarían en paz. Además, enseguida contarían toda nuestra conversación ¿Te importa?

- No- Negó Yaiza desconcertada.

- Genial de la muerte. Esto es más intimo.

- Claro- Asintió dándola la razón para que no se molestara.

- Tú si que debes saber de moda. Se ve en toda tu figura. Además eres monísima. Lo único raro que veo en ti es tu vestido. No sé, pero pareces una niña…

- Es que soy una niña- Afirmó con rotundidad.

“Miss Fina” pareció no escucharla.

- Por lo demás; te digo, un encanto. Tu pelo, hija, no sabes la cantidad de productos que tengo que usar para que me quede como lo ves ¿Qué usas tú? Seguro que lo último de lo último ¿Me equivoco? No me lo digas. Todas tenemos nuestros secretillos… ¿Qué me dices de la línea? Te voy a contar un secreto- Y se aproximó hasta ella, aunque no hubiese nadie que pudiera escucharlas- Esta chocolate que me tomo contigo, es para mí algo terrible. Mañana me estaré arrepintiendo de haberlo tomado. Pero hija, que quieres, se trata de agasajar a la nieta del general y si mañana me toca hacer la dieta del “nocomernada” pues no tendré más remedio que hacerla. Mira mi cintura. Mi trabajo me cuesta ¿Cómo lo haces tú? Deja, no me lo digas. Come un bollito de nata. Perdona que yo no te acompañe, pero es que entonces todo se iría a la mier… ¡Ay, perdón! ¡Hay frases tan vulgares que una señorita no debe decir!

- Pero, tú eres una niña. No deberías…

- Ay, que rica. Muchas gracias, tesoro. Mira mi piel, tersa y suave, como el culito de un bebé. Igualita. Nada, ni una sola arruga. Dicen por ahí que me he hecho ya tres operaciones, pero no les hagas caso. La gente es muy envidiosa y no entiende que una se conserve tan bien como yo. ¡Uy! que gusto me da haberte conocido. Ya sabía yo que serías un encanto. ¿Sabes? No les caigo bien.

- ¿A quién?

- Perdona- Dijo a modo de disculpa- No debí hablar así. Me gustas Yaiza. Eres discreta y muy buena interlocutora.

- ¿Qué quiere decir interlocutora?

- ¿Bromeas?

-No. Es qué no sé que quiere decir.

- Seguramente de dónde tú vienes no se utiliza un lenguaje tan culto…Un interlocutor es aquella persona que forma parte de un dialogo…

Yaiza se arriesgó y preguntó, esperando que aquella extraña niña, la ayudase un poco.

-¿Sabrías tú la forma en que podría salir de aquí?

- ¿Y para qué quieres salir de aquí? ¿No te gusta mi casa, ni el chocolate…?

- No, no es eso. Quiero decir qué ¿Cómo habría de hacer para encontrar a mis abuelos?

- Tus abuelos andan un poco preocupados contigo…- ¿Más chocolate?- Yaiza negó con la cabeza- Verás están buscando la forma de curarte.

- ¿Curarme?

- Si ¿No es verdad que son un encanto?

- Pero; ¿Qué me pasa?

- Creo que tienes una enfermedad. ¿No me digas que no lo sabías?

-No

-Pues si, hija. Tienes pamplinas. Por eso te han traído aquí. Para curarte.

- ¿En este sitio me voy a curar?

- Ya lo verás.

- No sé. Pero nunca había estado en un sitio tan raro. De dónde yo vengo, los niños no se comportan como adultos.

- Es que los niños son niños en todos sitios.

- Tú, ¿tú eres una niña?

- De verdad que eres lo más. Cada vez me gustas mogollón. Tus padres tienen que estar encantados contigo. Esa educación y ese saber estar. No hay dudad. Eres una digna nieta del general-Al momento acariciando suavemente la mano de Yaiza la levantó del asiento de manera delicada.

-Ven conmigo. Quiero enseñarte algo…

-… ¿Estas segura?

- Claro, póntelo; anda. Seguro que te sienta divinamente bien.

-Pero…No puedo entender como es posible que tus padres hayan dejado que te cases tan joven.

- La vida, hija. La vida que tiene cosas imprevisibles.

Yaiza se probó el vestido sin rechistar. La verdad es que era precioso y además parecía hecho a su medida.

- ¿Tienes alguna foto de tu boda?

-Claro, ven voy a enseñártela.

-¿Guapo, verdad?

-Si. Mucho, se parece a un cantante…

-¿Cantante de ópera?

Yaiza arqueó las cejas en señal de sorpresa.

-No, no. De un grupo-Luego de pensárselo un momento se convenció de que le resultaría muy difícil explicarle nada de su propio mundo- No sabrías de quien te hablo…

-Te sienta divinamente bien-Dijo mirándola con envidia-Yo ya no entro en el.

-Pesa un poco-Y se observó largamente en el espejo-Es realmente precioso.

-Sabía que te gustaría.

-Oye, ¿cómo se llama esa enfermedad que dices que tengo?

-Pamplinas-La contestó mientras daba vueltas a su alrededor.

-¿Y eso que es?

-Algo terrible.

-Pero, ¿Cómo se sabe si se tiene pamplinas?

De repente se paró mirándola a través del espejo.

- Al principio te da mucha fiebre. Y pierdes la noción de la realidad. Es como si no supieras lo que necesitas ni dónde te encuentras. Es una de las peores enfermedades que puede padecer un niño. Se vuelven caprichosos y excitables.

Yaiza quiso decir algo, pero cuando más interesante se estaba poniendo la conversación, la puerta de la entrada se abrió. A “Miss fina” las carcajadas siguientes la provocaron irritación.

-¡O, Dios mío! Ya han vuelto…Ven conmigo

Arrastró a Yaiza hasta un baúl situado bajo el ventanal que daba al jardín. Sin dejarla siquiera pronunciar una sola palabra de protesta, a empujones la metió en el baúl. Juntas y casi pegadas, en silencio, se dispusieron a esperar.
Yaiza no entendía nada, pero se dejó llevar esperando acontecimientos.

-¡Eh, tíos, la bruja no está!

-¿Estas seguro, tronco?

-Que no macho, que no esta.

-No puedo creerlo, búscala bien, esta tía no puede haber ido muy lejos.

-Vale, espera un rato. Voy a darle una vuelta a la casa. Ahora vengo.

-¡Jo! como me gustan estas pulseras de la bruja.

-Deja eso. Como aparezca, nos hace fregar el suelo con la lengua.

-¡Tronco…!

-¿Qué?

-Es cierto, no la encuentro por ningún lado.

-Vale, sube. Seguro que se ha ido a la peluquería.

Yaiza se giró observando a “Miss Fina”. Esta no quitaba ojo de la cerradura.

-Bajemos ya, tengo hambre.

-Ya estamos. Hace un cuarto de hora que hemos comido. ¿No puedes aguantar un poco?

-¿Un cuarto de hora? No me extraña que me duela la barriga de esta manera.

“Miss Fina” la animo a curiosear tras el pequeño agujero…

SIEMPRE QUISO SER COMO ALICIA

CORREO DE URGENCÍA

No cabía duda alguna. No podía explicarse ni el cómo ni el por qué, pero cada vez estaba más segura de encontrarse en un mundo completamente diferente al suyo. Tras la cerradura exploró el exterior. Tres niños- de nuevo tres niños, nada, ni un sólo adulto hacía acto de presencia- se movían por la casa a sus anchas. Uno de ellos regordete y de mofletes hinchados con la cara llena de pecas y aspecto bonachón, seguía a los otros dos, confiado en la seguridad del grupo. Ambos niños con aspecto de pillos callejeros adornaban sus cabezas con unas chulas gorras que tapaban sus vivarachos ojillos. Se desplazaban por la casa cómo si la conocieran perfectamente, pero con algo de prudencia. Yaiza pensó en lo que ella imaginaba ladrones en su mundo. Notaba la acelerada respiración de “Miss Fina” cerca de su oreja derecha produciéndole unas cosquillas desagradables.

- No puedo… – Decía malhumorada- No puedo con ellos.

-…Seguramente no ha llegado todavía- Comentaba uno de los críos. Sus ojillos negros soltaban chispas de picardía- Todo el mundo habla ya de ella. Dicen que la enfermedad la ha atontecido…

- Me gustaría encontrármela cara a cara.

- Tiene que estar muy enferma. Me da pena- Se entristecía el regordete con su cara de hambre permanente- Una enfermedad como esa, no es cosa de broma ¡Dicen que se te olvida hasta comer!- Y en este punto tembló de pies a cabeza.

- ¿Ves lo que te digo? No son más que chusma…- Asentía “Miss Fina” bien pegadita a su oreja para que los niños no la escucharan.

- ¿Chusma?

“Miss Fina se hizo la sorda.

En ese preciso momento llamaron a la aldaba de la puerta. Su ensordecedor sonido quedó como un eco en el aire.”¡Llaman!… ¡Llaman…! Llaman…!” El eco se repetía de manera que pareciese no fuese a acabar nunca. Los chiquillos se miraron aterrados.

- ¡Rápido!- Gritó el más despierto- ¡Bajemos a la cocina! Entremos en la alacena y cerremos con cien llaves.

- ¿Eh?

- ¡Corre! ¿No ves que nos van a pillar?

-¡Vamos a la alacena!- Y tiró de él bajando las escaleras a trompicones- ¡La alacena!

Al bonachón se le perfiló la sonrisa como si un artista plástico le adivinara el pensamiento.

- ¡La alacena!… ¡Comida! ¡Rica comida!- Abriendo las piernas para aligerar su peso, dio saltos de rana para alcanzar los peldaños- ¡Qué bien pensado! ¡Qué buen escondite!

La aldaba apremiaba a que la hicieran caso.

-¡Llaman…Llaman…Llaman…!

Ante la escapada, “Miss Fina” se apresuró a salir del baúl. Yaiza la imitó. “Miss Fina bajó las escaleras de forma señorial, como una gran dama sin perder en ningún momento la compostura.

Al abrir la puerta, Yaiza se quedó con la boca abierta. El sello que el niño-cartero llevaba pegado en la frente, no era ni de lejos, lo que más le llamaba la atención. Era largo y delgado, y sus pequeñas piernecitas se hallaban arqueadas mostrando la deformidad de quién se ha pasado toda una vida moviéndose en bicicleta.

-¿Miss Fina? Tengo el placer de comunicarle que me tengo que llevar a la niña. Correo urgente. Si es tan amable de firmarme aquí, le estaría muy agradecido- Y la reverencia que inventó, hizo que Yaiza se quedara pasmada.

- Si sois tan gentil, estimada dama….- Volvía a reclamar- Me echáis una firmita…

- Si, claro… ¿Dónde?

-Aquí…En el brazo derecho, si sois tan amable. Tengo muchos encargos hoy.

- Antes de que te la lleves, me gustaría entregarla un regalo ¿Puedes esperar unos minutos?

- Claro Miss Fina. Pero no se demore mucho. La bici se me enfriará.

-Tranquilo, vuelvo enseguida.
“El niño-cartero examinó a Yaiza recorriéndola con la mirada de cabeza a pies.

- Tú debes ser la nieta del General ¿Verdad?

- Si. ¿Y tú?- Preguntó sabiendo la contestación.

- No puedo darte esa información- Dijo soberbio. A Yaiza este comportamiento la hizo tanta gracia que soltó una alegre carcajada- ¿De que te ríes, niña? ¡Un respeto a la autoridad pública!- Ordenó cuadrándose en plan militar.

- Perdón, perdón- Se disculpó sonrojándose. Ya volvía “Miss Fina” con un trozo de pan, una botellita de agua y… ¡Un espejo de mano!

Entregándole dichos presentes, aclaró a una anonadada Yaiza.

- Toma, querida. Seguramente te lleven al “Mar de las dudas”, ¿No es así, cartero?

- Discúlpeme, Miss Fina, pero no estoy autorizado a dar esa información. Es confidencial. Usted me perdonará ¿Verdad? ¿Lo entiende? ¿Me entiende, Miss Fina?

El niño resultaba cómico en aquella compostura de adulto intrigante y misterioso.

- ¿Y esto para qué es?

- Mi querida amiga, ¿Puedo llamarte así?- Ante el asentimiento de Yaiza, prosiguió- Son las tres cosas que me llevaría a una isla desierta. Comprenderás para lo que sirve el alimento. El espejo te resultará imprescindible. No conozco a ninguna mujer que se prive de un espejo. Es crucial para la supervivencia de nuestra especie. Tú me entiendes ¿Verdad?

Yaiza no entendía en absoluto, pero recibió los tres regalos sin hambre, ni sed, ni ganas de observarse en ningún espejo… Al menos por el momento.

Montó en el manillar de la bicicleta, siguiendo las reglas de tan curioso personaje qué, pedaleando a la velocidad del rayo, la trasladaba comiéndose literalmente las invisibles partículas de aquel extraño mundo.

Llegaron a lo que parecía un puerto de mar. El aire se condensó de olores a cangrejos y estrellas de mar. Las gaviotas surcaban un precioso cielo azul de nubes nacaradamente blancas, espesas y volátiles al mismo tiempo. Un embarcadero roñoso, pero seguro-incomprensible para su entendimiento- los sostuvo el tiempo que cruzaron por el. El niño-cartero se apresuró a buscar al capitán del único barco de todo el puerto.

El barco, si es que podía llamarse así, se sostenía de puro milagro. Daba la impresión de caerse a trocitos en cualquier momento. Los marineros- por supuesto todos niños de no más de cinco años- subían y bajaban, daban rodeos por todo el barco sin un fin concreto. Vestían con uniformes de marina de algún siglo perdido en el tiempo. Con gorras de borlas azules y presos de una actividad invisible.
- ¡Marineros! ¿Estamos a punto? ¿Todo preparado?… ¡Suelten el cabo mayor! ¡Izando velas! ¡Rola el viento de Poniente! ¡Abordemos por el Abrollo! ¡Busquemos la Altamar!

Yaiza, ante tan incomprensible vocabulario, esperó acontecimientos en un segundo plano. El vozarrón del que mostraba la desenvoltura de un jefe o algo parecido, tenía la facultad de volver más locos a los marineros pues las frenéticas idas y venidas se veían cada vez más alocadas.

-¡Capitán! ¡Le traigo a la nieta del General!

- Muy bien. Súbala aquí, cartero.

- Ahora mismo…Tiene que firmarme. Sin la firma no podré justificar la entrega.

El niño-cartero se alejó con la firma del Capitán en el mismo brazo que la de “Miss Fina”.

Yaiza lo vio alejarse con la misma velocidad con la que habían llegado.
Con los regalos de “Miss Fina bajo el brazo y la incertidumbre de su mente de niña, dejó que
el agua salada se le incrustara en la piel y los sentidos.

SIEMPRE QUISO SER COMO ALICIA

EN EL MAR DE LAS DUDAS

El sol resplandecía en lo alto y una gaviota planeó hasta posarse en el timón que el gracioso y pequeño aprendiz de capitán, se esforzaba en gobernar. El ave movía la cabeza de un lado a otro como lo hacen todas las aves, con movimientos bruscos y fugaces. Yaiza temió que le hablase. No le resultaba tan descabellada la idea, dado lo absurdo que viviera desde que los abuelos la dejaran abandonada en aquel fantasioso y extraño lugar. Pero no, la gaviota, a pesar de observarla con ojos clínicos, a lo máximo que llegó fue a levantar de nuevo el vuelo y desaparecer.

- ¿Tienes frío, niña?- Era la primera vez que la hablaba desde que salieran del puerto. Mantenía fija la mirada en un horizonte oscuro y nada agradable. Presumió lluvia, al notar sobre el rostro un goteo imperceptible.

- No…

- ¿Y hambre?

-Tampoco.

- ¿Estás segura, niña?

Yaiza se cansó de tanta pregunta. Esta vez fue ella misma la que preguntó.

- ¿A dónde vamos?

- ¿Para qué quieres saberlo?

- ¿Por qué no me contestas?

- ¿Porqué me lo preguntas?

Iba a decirle que se fuera a freír espárragos, al tiempo en que se percataba de un extraño detalle. Su ropa estaba impregnada de incógnitas. Desconcertada, se las sacudió. Eran livianas, como hechas de aire. Miles de interrogaciones se estrellaron contra el suelo del barco ¡Eran signos de interrogación! Se dijo maravillada.
Quiso decir algo sin razonar. Pero a su pensamiento solo acudían dudas. Cientos, miles; millones de dudas sin control.
El sol abandonó su protagonismo y fue a esconderse tras unos negros nubarrones.

- ¿Conoces a mis abuelos?

- ¿Tus abuelos?

- ¿Los conoces?

- ¿El general?

- ¿Cómo es posible que un niño tan pequeño maneje un barco?

- ¿Cómo es posible que una niña tan grande sea tan cansina?

- ¿Quién te enseñó a capitanear un barco?

- ¿Sabes tú de algebra?

- ¿Me voy a curar pronto?

- ¿Quieres curarte?

- ¿Por qué no me llevas a mi casa?

- ¿Sabes tú el camino?

Le ardía la cabeza. Se sentía tan mareada por las olas, la lluvia de incógnitas, las preguntas del niño, y su propio descontrol, que le entraron unas terribles ganas de llorar. Se contuvo pensando en lo ridícula que se sentiría al hacerlo delante un niño tan pequeño. No podía dejar de preguntar. Una tras otras, las interrogantes llenaban su cabeza, vestido y cuerpo, como si se hubiesen propuesto ahogarla de dudas.
Cada vez caían con más fuerza. Se incrustaron en su cabello y comenzaban a meterse entre su piel. Al contacto con su cuerpo, se diluían de forma instantánea. Era como si entraran a formar parte de su organismo.
Fluían en su interior, se disgregaban y acomodaban a su capricho recorriendo, precipitadamente, el largo camino entre las venas y las neuronas. La masa gris de su cerebro y la parte emocional del mismo.
Confundida, pero incapaz de dejar de preguntar, histérica casi, continuó preguntando.

¿De dónde salen tantas dudas?

- ¿No lo sabes?

- ¿Crees que si lo supiera estaría preguntándote?

- ¿Tú crees que si yo lo supiera no te lo diría?

- ¿Por qué no puedo parar de hacer preguntas?- Quiso saber con lagrimas en los ojos, totalmente desesperada.

- ¿Has probado a no pensar?

- ¿Puedes tú hacer eso?

- ¿Crees que si pudiera, no lo haría?

- ¿Capitán?- Se escuchó un voz infantil que Yaiza, entre tanta lluvia de incógnitas, apenas distinguió en un vivaracho grumete de cuatro años- ¿Cree usted haber visto una certeza en el horizonte?

-¿Usted la vio, grumete?

- ¿Quién lo sabe?

- ¿Podemos llegar hasta ella?

- ¿Quiere que lo intentemos?

- ¿Hay posibilidades de no dar muchos rodeos?

- ¿Vale la pena intentarlo?

El diminuto capitán se volvió a una apenada Yaiza.

- ¿Nunca viajaste al mar de las dudas?

Según avanzaban, el mar se calmaba. Las incógnitas caían más vaporosamente, despejando el aire y su cabeza. Poco a poco, el agua se tornó tan transparente como el cristal y Yaiza sintió como si se descargara de un pesado dolor de cabeza.
Las dudas dejaron de existir. Y el sol se vio reflejado en aquel fascinante mar.

¡PUBLICAN SU PRIMERA NOVELA!

Esta noche es una noche muy especial. Acabo de recibir un email de mi querida amiga bloquera Victoria “LA ESCRITORA NOVATA”. Bueno, a partir del día 11 de Noviembre dejará de ser tan novata. Por fin va a ver su sueño hecho realidad. Ese mismo sueño que todos los que sentimos el “gusanillo” de la escritura en nuestras venas, estaríamos locos por cumplir. Por fin publicarán su libro. Todo el que pueda y tenga interés, puede acudir el día 11 de Noviembre a las 8 de la tarde a LA FÍBULA un café, del centro de Madrid, en la mismísima calle Huertas.
Me siento muy feliz por ella. Se lo merece. Leí su historia y desde sus primeras frases supe que estaba ante una muy buena escritora. El vasto y laborioso trabajo que se aprecia en cada una de sus páginas dan una idea del tesón y de su capacidad para el maravilloso arte de la escritura.
Me halaga contarme entre sus lectores. En serio. Me siento una pequeña parte de su novela, pues la vi nacer, crecer y desarrollarse con un entusiasmo impropio en mí. Quedé atrapada con cada uno de sus personajes. Con esas espléndidas descripciones del paisaje, con la documentación que iba aportando a la historia. En ningún momento me defraudó.
Desde este espacio, te deseo toda la suerte del mundo, Vicky. Tendrás tu venta y firma de ejemplares. Y será, posiblemente, uno de los días más importantes de tu vida. Disfrútalo. Vive cada segundo de ese día, como si nunca amaneciera.
Los sueños, a veces se cumplen sin que nos demos cuenta.
Sólo decir, que únicamente una catástrofe, me impedirá estar contigo esa hermosa tarde. Estaré encantada de conocerte personalmente Victoria.
¡SUERTE!

JUGAR

Quizá fueran esas galletitas de un fuerte marrón generado por la altísima temperatura del horno o la cremosa mousse de chocolate que explotaba en su boca miles de sensaciones a cual más placentera. Quizás la premura en bajar las escaleras de forma alocada, transgrediendo cualesquiera de las leyes de la naturaleza… Antes incluso que el pensar, era el acto. La guía perfecta para comprender su impetuosa naturaleza se escondía fresca y nueva en sus cuatro años y en esa exultante y vigorosa magia que atesoran cada una de las normas de la niñez ¿Dónde estuvo escrito que el hablar fuera pecado? ¿Que la mentira tuviera orejas de elefante para hacerse tan evidente? ¿Que cantar en medio de un respetable coro de adultos en plena bronca familiar configurara un puzzle desbaratado?
Malena, sentada en una silla desproporcionadamente alta para su diminuto cuerpo y con las pequeñas piernecitas colgando, atravesaba la barrera de la imaginación, ocupando espacios imposibles de memorizar.

-Mamá…

-Dime.

-¿Porqué corren tanto las estrellas?

-No sé, tendrán prisa-Contesta su madre buscando un colador en los muebles de la cocina.

-¿Y dónde van?

-Pues…A buscar algo-Al fin consigue encontrar el colador. Saca la pasta de la cacerola y la vierte sobre el. El humo que se forma le hace a Malena desviarse de las estrellas desatendiéndolas por el momento. En su camino se ha tropezado una imagen fascinante: Un tren cargado de cosas interesantes.

-Mamá…

-¿Si, Malena?

-¿Tú sabes que los trenes que vuelan, cuando aterrizan se quedan sin pies?

-Anda, no lo sabía ¿Y eso?

-Pues si-Afirma muy seria. Cómicamente trascendente, asiente-Pareces tonta, mamá. Como lo hacen tan deprisa no les da tiempo a esconderlos.

-No lo había pensado. Puede que tengas razón-Comenta riendo entre dientes-¿Sabes que eres muy lista?

-Ya lo sé. Me lo ha dicho la “seño”.

Un extraño (por lo poco usual en la niña) silencio se acomoda en la cocina. Se explaya a su capricho serpenteando. Se queda absorta mirando sus piernecitas balanceándose juguetonas. Poco a poco el impulso se acelera. Ahora el movimiento es más rápido, más…

-Malena, para ya. Te vas a caer.

-¿Qué pasa si me caigo y me rompo una oreja? ¿O me quedo calva?

-¿Qué?

-¿Te asustarías mucho? ¿Llorarías?-La pregunta abriendo los ojos como platos. Sus celestes ojillos, cuajaditos de diminutas lucecillas, son la llave que abre una generosa sonrisa a su madre.

-Es que no…

-Como cuando leíste esa carta…-La pequeña inclina la cabeza buscando la reacción de su madre-Yo te vi llorando y papá te decía:”Ya saldremos de esto Magda, no llores…” ¿A qué si? ¿A qué te decía Magda, no llores?

La mujer no sabe que hacer. Se queda sin argumentos. Muda, como una laguna en época de sequía. Como un desierto sin arena. Como todo un muestrario de emociones desbordantes y sin abecedario para clasificarlas.

-Estábamos jugando-Se le ocurre decir con un mal disimulado nudo en la garganta.

-¿De verdad? Yo quiero jugar a eso.

-Jugamos otro día ¿vale? Ahora tengo que terminar la cena-Argumenta volviéndose para continuar preparando la comida. Una lágrima obtusa se empecina en salir a tomar el aire.

-Yo quiero jugar ahora.

-No puede ser, cariño.

-Mami-Gime mohína-Mami, anda, vamos a jugar a eso…Te prometo que si jugamos a eso, no muevo más los pies…Que sé que te pone de los nervios.

Respira hondo y se vuelve con el disfraz de payaso asomando a sus labios.

-Venga, eso no lo vas a cumplir que nos conocemos, niña.

-Que si, que te lo prometo por…Por… Willi.

-Ya, no sabes tu nada. Anda que no eres lista. Así que me lo prometes por el perro.

-Si. A él no le va a importar. Como es un perro no se entera de nada.

La mujer suelta una carcajada. Esta reacción provoca en todo su cuerpo una deliciosa sensación relajante. Va hacia ella y la coge en sus brazos. Comienza a besarla mascullando palabras sin sentido. Poco importa la interpretación, los gestos son un universo para el oído. Dédalos, imprescindibles y sanos.

Es posible que el sueño que acuna a nuestra Malena esta noche se encuentren desordenados todos los cuentos. Es posible que el Capitán Garfio, le corte de un solo tajo la nariz a Pinocho. Que Blancanieves, en un acto de purita anarquía, se coma la manzana suicidándose porque si. Que los tres cerditos se lleven a casa al Lobo y que éste, porque así lo decida, baile un vals con la abuelita. Que Winnie de Pooh arreste a Tigger por no comerse unos macarrones quemados. Que la Sirenita se ahogue en un mar de lágrimas al descubrir a una Pocahontas sentada en el trono del Príncipe azul. Es posible que nuestra Malena acomode a su capricho cualquier cuento. Así ha de ser pues en sus sueños no imperan más reglas que las marcadas por la inventiva más anárquica que pueda existir. Cierto es, pues en el mundo de la infancia todo es creíble. Viable; como desayunar lentejas en un plato sin fondo ¿Quién puede decir lo contrario?

A Malena, presa de un sueño ligeramente profundo, le llegan voces reales. Voces de un mundo en dónde soñar cuesta algo más que un poco de imaginación. Dinero. Sudor, lágrimas. El llanto la motiva a levantarse y descalza sin soltar su Pluto de lana se acerca al dormitorio de sus padres. La misma escena de la noche anterior hace que todo su cuerpo se quede como una estatua espiando tras la pequeña rendija de la entreabierta puerta. Sabe que no tiene que respirar ni hacer ruido alguno si quiere conocer ese secreto. Tiene que hacer un gran esfuerzo por entender bien de qué se trata si no, no podrá saber como se juega a ese juego. Y ella quiere jugar. No hay nada en este mundo que la guste más que jugar. Sin reglamentos, sin códigos estructurados y mal interpretados por las mentes adultas, siempre dispuestas a fastidiar…Y otra vez, la misma frase. Y los llantos que la encogen ese diminuto corazón, recién estrenado y con ganas de vivir. Y jugar…

-Ya saldremos de esto, Magda, no llores. No llores, por favor. Vas a despertar a Malena. Shhhh. No llores más, por favor…-Y la apretaba contra su cuerpo y la llenaba de besos como hacía con ella misma. O como cuando se quedaba dormida en sus rodillas. O como cuando contaba un chiste malo-Magda, por favor, la niña…

Y ella, Malena, abría los ojos como platos para empaparse bien del juego, para no perder ni un ínfimo detalle.

-Por favor, cariño, no llores más. No quiero verte sufrir…

A Malena se le abre la boca en un bostezo. Está a punto de caer al suelo. Rendida, tira la toalla regresando a su cuarto. Se acuesta soñando en consolar a su mamá y en el fascinante secreto de los adultos. Mañana, cuando se levante, será ella la que haga de papá y la consuele, y la abrace, y la diga al oído todas esas cosas que tendrá que inventar, pues han sido dichas de forma tan fastidiosamente apagadas, que no ha podido interpretarlas.
No importa, mañana, jugaran…Una suave melodía acuna su sueño. Puede ser una flauta, encantadora de niñas buenas…

Es tal el gentío que se agolpa en el portal de casa, que Malena está asustada. Esa mañana, más temprano de lo habitual, su madre la ha levantado. Ha preguntado cienes de veces porqué no iba a la escuela. Todo esto hace que Malena haya llegado a pensar que es domingo. Había maletas hechas y le ha entrado una alegría enorme creyendo que se iban de viaje. Como cuando las vacaciones. Lo más raro de todo es que allí estaban muchas personas. Quizá demasiadas. Todos sus abuelos y tíos…Aunque la ausencia de los primos la hacía sospechar muchas cosas sin sentido. Todos andaban con caras muy serias y al pasar a su lado la cogían en brazos y la besaban de forma muy exagerada. Como en un cumpleaños; pero sin regalos.

Lo peor ha sido al salir a la calle. Su padre la llevaba en brazos. La gente gritaba cosas sin sentido y a ella, sin saber porqué, se le ha encogido el corazón. Un llanto desgarrador ha aflorado de su pecho. El terror se ha apoderado de todo su ser. El miedo era tal, que no podía concentrarse en lo que decían. Ésta misma gente aplaudía y gritaba al mismo tiempo.
Alguien se ha acercado hasta su padre y rozándola la espalda de forma cariñosa, la observa con ternura.

-No se preocupe. No les vamos a dejar solos. Para eso estamos aquí.

-Gracias-Escucha a su padre decir-Muchas gracias, de verdad. Va a ser difícil…-Y siente que la voz de su padre es tan quebradiza como una desbaratada hoja desplomada en el suelo.

-Pero no imposible. Se intentará. Esto es un robo…

Suben como pueden a un coche. Parece que a mamá le va a dar un desmayo y un agente de policía la sujeta de manera que no llega a caer.

-Lo siento, señora…Lo siento…

Cuando entra en el coche, un poco más calmada, Malena la mira sonriendo.

-¿Dónde vamos, mami?

-A casa de los abuelos, mi niña.

-¿Y vamos a poder jugar?

-Claro, mi reina.

-A lo que yo quiera.

-A lo que tú quieras, mi amor.

El coche avanza entre la multitud. Por entre la entreabierta ventanilla Malena escucha como un señor con un micrófono en mano, habla a una cámara de televisión:

-Esto ha sido todo, compañeros… ¿Dónde irá esta familia ahora? Según parece, varias organizaciones y familiares se han ofrecido a alojarlos…Si, así es Elena; el desahucio ha sido imposible de pararse…

La cámara se gira y se queda hipnotizada con la niña. Ésta, nuestra Malena, la tira un beso y agita su mano diciendo adiós. Está muy contenta. Mucho. Mamá la ha prometido jugar. Jugaran a cosas de mayores. Ya no tiene miedo. Solo piensa en jugar…

DE FANTASMAS Y DEMONIOS

Hoy me tomo despacio el vino. El paladar se agolfa, creyéndose el rey del universo. Pienso que estoy en un mundo aterciopelado, de tesituras mágicas y condescendientes con mi ánimo. La copa queda en medio de mis labios, disfruto con este ritual envolvente, ávido de pétalos de rosas. Es cierto que la lengua se me queda agazapada entre el cielo de la boca y el limbo de lo inaudito. Por lo pronto se queda ahí, esperando que el denso líquido sea estudiado concienzudamente por las papilas gustativas. Entonces florecen toda una serie de explosiones sensoriales. Los movimientos de mi lengua se asemejan a un tiovivo de feria. Arriba, abajo, derecha, izquierda…Me siento incapaz de dirigirla hacía un sentido más concreto. Tampoco lucho. Es ella quien decide el rumbo. El afrutado gusto del líquido se hace más potente avanzando, arrinconando cualquier excusa que me desvíe de mi propósito. Olvidar.
Hoy quiero olvidar que te conocí. Que me dejaste el alma preñada de vacíos. Que no tengo ánimos para ocultarte mi desesperación. El quejido propone hoy, un salvoconducto que me lleve hasta tu lado. Y determino escribirte. Y encontrarás, cuando leas esto, estoy segura de ello, un sin fin de razones para odiarme. Tanto mejor. Cualesquiera de mis sentencias, marcaran un antes y un después en nuestra corta, pero intensa historia.

¿Sabes? Supe tu secreto nada más conocerte. Tu cara fue un mapamundi de tu propia esencia desde el mismo instante en que te vi. Nada me hizo sospechar de tu buen hacer. Eras monstruoso de narices. No me engañó, ni por un solo momento mi corazón, pues siempre resultó un buen aliado para mi razón. Tu cara, insolidaria hasta con tus instintos, deja bien claro el material del que estas hecho. Las cejas, bien pobladas, puente en demasía ancho, capaz de dejar exhausta hasta una mosca en un recorrido maratoniano hasta su final. Oscuras. Tan odiosamente negruzcas, que hasta una noche sin luna, sería capaz de sentir envidia. Puedo narrarte de memoria lo que sentí al ver tus ojos en nuestro primer encuentro. Terror. Algo pasmada por el descubrimiento de la forma y lo grotesco de esos dos pares de ventanas abiertas al mundo; lo primero que me pasó por la cabeza fue el motivo, por el cual, un ser humano puede llevar tan claro en su rostro la maldad. Sobresalen como poseídos por un mecanismo fijo, hábil y mañoso, lo suficientemente irrefutable, para conseguir su propósito. Dar miedo. La frente ancha, explayándose a su capricho. El mentón, voluntariamente enmarañado. Selva de cantidades infestas e infecciosas de un sin fin de bacterias por el poco uso del agua. Carestía que poco o nada te costaba llevar a cuestas. Se me hace harto problemático describir tus labios. Quizá sea porque en ellos, carnosos protuberantes y sádicos, no milite ni una sola razón para seguir existiendo.
Todo en tu cuerpo destila el horror que tu maquiavélica mente atesora. Si, querido, lo supe desde el primer día. Eras un asesino. Bueno, no sé conceptuar eso de “en serie”, no he dado ninguna clase de criminología para saberlo. Pero no hay que ser ningún analista de libro para que dieras con el esteriotipo del criminal nacido y no hecho, a lo largo de toda una vida de desgracias. Aunque, entiendo por lo que me contaste, que tu familia ya cargaba a sus espaldas con toda una ristra de seres nacidos para matar.
Si, querido, el vino me viene de perlas para olvidar. Sigo escribiendo, casi a oscuras. Cae la tarde y tras las rejas, robo, sin que nadie lo note, claros que se acumulan tras mi ventana, desahuciados y a los que nadie hace mucho caso. A propósito, una de mis vecinas sigue cazando moscas y guardándolas bajo la almohada. Sé que está mal hecho. Pero no seré yo quién la delate. Cualquier día le dará una indigestión y habrá que lavarla el estómago. Entonces se delatará ella sola.
Por aquí todo transcurre igual que siempre. Mariana se arranca los pelos como una posesa y Vicenta hace punto sin agujas ni lana. No creo que haga mal a nadie. Pero cuando sus dedos aparecen sangrando yo me interrogo sobre la posibilidad de que existan realmente. Aunque nunca nos dejan coger nada que pueda dañarnos.
El otro día vi un abejorro posarse en los barrotes y eso me hizo acordarme de ti y plantearme esta carta. Llega la primavera y el sol cada mañana, gimotea para que le deje entrar. Recordé lo que hiciste en mi memoria. Lo que persistentemente quiero olvidar. Desde entonces, tengo que confesarlo, los brotes llegan con más fuerza. Me siento incapaz de controlarlos. Me hago la sorda. Quisiera que pararas. La fuerza de tus palabras penetra en mi cerebro.
Sé quién eres y hacía dónde quieres llevarme.
Esta noche tomaré más vino. Ya no existe consuelo para mí desde el día en qué descubrí tu imagen en mi espejo.

EL VALOR DE UN LANGOSTINO

-…Yo quiero langostinos.

-No puedes comer langostinos.

-¿Porqué?-Pregunta la anciana evitando el manotazo al vuelo.

-Por el ácido úrico.

-Que me registren. No conozco yo al señor ese…

De pronto la casa se llena de gente. La anciana aprovecha el jaleo para llegar hasta la cocina y en un descuido coge un langostino y disimuladamente se lo mete en el bolsillo.

-¿Qué pasa, abuela?-Grita un muchacho colgándose de su cuello.

A la mujer casi le da un patatús. Se queda blanca como el papel.

_ ¿Eh…?-Aprieta de tal manera el molusco que se incrusta la piel entre los dedos. Pasado el susto intenta reponerse alisándose la falda.

El mozalbete se la come a besos.

-Oye, ¿Tú podrías hacerme un favor?

-Claro, pide lo que quieras.

-Es que no me dejan comer langostinos-Comenta mohína, casi con lágrimas en los ojos-¿Podrías cogerme alguno?

-¿Y si te pones mala por mi culpa?

-¿Y si te doy veinte euros?

Antes de que el muchacho pueda abrir la boca, aparecen en la cocina una pareja cargada de paquetes y botellas. Con algo de dificultad los esparcen por la encimera para dirigirse a la anciana y achucharla.

-¿Cómo está la mami más guapa del mundo entero?

-Bien, hijo, bien…

-Venga-La anima la mujer-Vamos al salón ya han llegado todos.

La anciana se vuelve y le guiña un ojo al adolescente. Éste se hace el loco y la tira un beso con los labios.

-…Yo quiero langostinos…-Aprovecha a decir entre un tumulto de voces.

En una amplia mesa se distribuyen, el pescado y la carne, la lombarda y las setas, las nécoras…Y los langostinos. Una exquisita mesa repleta de los productos propios de una cena de nochevieja. La mujer de más edad preside la misma, a su alrededor, los hijos, yernos, nueras y nietos. Todos con un apetito voraz.
Cada uno de ellos entrelazan comentarios. Ella le lanza una furtiva mirada. Se vuelve a meter la mano en el bolsillo. Si, el langostino sigue allí.

-Quiero ir al baño-Le dice a una de las mujeres.

-¿Quieres que vaya contigo?

-No, gracias. Sé mear sola- La contesta con una parsimonia aplastante, cortando de esta manera cualquier crítica.

Levantándose con dificultad llega hasta el cuarto de baño. Se encierra con el pestillo y saca su “hermoso tesoro”. El “hermoso tesoro” se encuentra en unas condiciones algo deterioradas por el incidente.

-Vaya mierda-Comenta en un susurro dándole vueltas y más vueltas examinándolo concienzudamente-¿Y ahora cómo me como yo esto?

Con manos temblorosas, se dispone a despojarlo de la cáscara. Poquito a poquito, con una minuciosidad y una delicadeza extremada va desgranando…

-¡Abuela! ¿Estás bien?

El momificado bicho se le escurre de las manos y va a parar al mismo retrete. La mujer se queda atónita observando al animalito ya en un medio más familiar: El agua.

-¡Abuela!

De pronto reacciona:

-Que si, que estoy bien-Luego entre dientes-¡Coñe, con esta gente!-¡Me estoy colocando la faja…!-Grita molesta-¿Porqué no os metéis en vuestras cosas?… ¿Quién diantre habrá dejado la tapa abierta?

-Vale. Si no puedes…

-Que te vayas a…Vale. Ya os llamo, si eso.

Durante unos momentos se queda completamente hipnotizada mirando al bicho. Reflexiona entre cogerlo con un papel, o tirar de la cadena y hacer desaparecer la prueba del delito. Mientras la incertidumbre planea por su cabeza, mecánicamente se dirige al lavabo y se lava las manos.”Tengo que hacer algo. Ésta gente se va a mosquear y no van a parar…”
Lamentándose de su desgracia tira de la cadena. “¡Hala, venga, ya estás otra vez en el agua, majo…!

-¡Abuela! ¿Se puede saber qué haces? ¡Que van a dar las campanadas!

-Ya voy-Dice cansina abriendo por fin la puerta. Antes una última ojeada al retrete. Casi puede decirse que una cristalina tela enturbia su mirada.

-¡Vamos! ¿Dónde te habías metido, mamá?

-¡Abu!, las uvas…

-Échale un poquito de sidrita a la abuela…Corre que van a dar las doce…

-¿Y los langostinos?-Quiere saber ante la desierta bandeja abriendo los ojos como platos.

Uno de los nietos se acerca a su lado. Trae una mano tras la espalda. Se gira y mueve el langostino pareciendo que jugueteara con el. A la anciana se le desborda toda una acuosa serie de emociones. El muchacho se gira y se lo entrega.
A la abuela, esa noche, se le olvidaron las uvas. Mientras los demás las tomaban, ella, pacientemente, pelaba su ansiado regalo de Año nuevo.

Dedicado a mi maravillosa mami: Gracias por ser cómo eres.

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.

Únete a otros 43 seguidores